Promesas de sal CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

ALI

Las maguas

El despacho de Markus huele a café recién hecho y a esa seriedad ordenada que tienen los espacios donde las decisiones tienen peso real.

Me siento frente a él con la sensación extraña de quien está a punto de soltar algo que lleva soportando más tiempo del que debería.

Le cuento el motivo por el cual no puedo aceptar su propuesta de empleo.

Podría haberlo hecho por correo. Habría sido más fácil, sin tener que sostener su mirada mientras le digo que no a lo que él lleva meses construyendo para mí.

Pero no me parece bien. Markus ha apostado por mí desde el principio, me ha abierto las puertas en su empresa, ha confiado en mí, y gracias a compaginar el máster con el trabajo he podido tener cierta independencia económica.

Gracias a la oportunidad que me brindó, no he necesitado depender de mis tíos en exceso.

Lo mínimo es decírselo de frente, dando la cara.

Estoy muy agradecida con él y con sus socias del bufete de arquitectura.

Me escucha sin interrumpirme. Cuando termino de explicarle mi situación y los motivos por los que no puedo aceptar el puesto, se queda un momento en silencio, con una calma que no es frialdad sino el tipo de serenidad que viene de haber visto muchas cosas y haber aprendido a no reaccionar antes de tiempo.

Tiene unos treinta y ocho años y esa manera de estar presente que tienen pocas personas, la de quien sabe exactamente lo que vale sin necesitar demostrárselo a nadie .

—Lo entiendo, Ali —dice al fin, con una voz pausada que no juzga ni consuela sino simplemente acompaña—.

Ahora mismo tienes asuntos mucho más importantes que un puesto de trabajo.

Tu familia te necesita. —Hace una pausa breve, de las que no se llenan—.

Y tú eres muy buena arquitecta, las puertas de esta empresa seguirán abiertas para ti.

Si vuelves a Berlín pásate por aquí, o me llamas.

—Muchas gracias, Markus. De verdad, gracias por todo.

Me despido con un abrazo, y él y las chicas del despacho me despiden con cariño.

Este tiempo aquí trabajando con ellos a la vez que terminaba el máster he aprendido muchísimo sobre la profesión y me ha dado mucha soltura, aunque lo que más valoro es el acogimiento que he tenido por parte de cada uno de ellos.

Salgo a la calle de Berlín con el pecho extrañamente aliviado.

No feliz, no segura, pero sí en paz con lo que acabo de hacer.

A veces soltar algo es la única manera de seguir respirando.

A veces la valentía no tiene nada que ver con quedarse, ni siquiera con irse...

la verdadera valentía está en afrontar los obstáculos que la vida nos pone de frente.

Quizás esta es la primera vez que lo hago con esta madurez. Y eso me hace sentir distinta.

El avión despega de Berlín un martes por la mañana con ese cielo plomizo de fondo que ya no me sorprende pero que hoy, de alguna manera, se siente diferente. Como si la ciudad supiera que me voy .

Yo ocupo el asiento del pasillo. Saúl va en el del medio, con esa facilidad suya de ocupar cualquier espacio sin que parezca que lo ha pensado.

Y Ana tiene la ventanilla, que reclama desde el momento en que nos sentamos con la energía de quien lleva el viaje entero planificado en la cabeza, los auriculares colgados del cuello y una bolsa de ganchitos que saca antes de que terminemos de despegar como si no acabásemos de desayunar hace menos de una hora.

Llevamos una hora de vuelo y el silencio entre los tres es de esos que no pesan, de los que tienen la textura de la confianza, cuando Ana se inclina hacia mí por encima del hombro de Saúl con la expresión de quien va a decir algo importante, pero lo formula como si fuera lo más natural del mundo.

—Oye, peque. ¿Vas a ir directamente a ver a tu padre cuando lleguemos? ¿Te quedarás en tu casa?

El estómago me da un vuelco.

Me quedo callada un momento, mirando el respaldo del asiento de delante como si tuviera algo interesante que decir.

La verdad es que con todo lo que ha pasado en estos días, las maletas, despedirme de Markus y de mis tíos y de Berlín de una manera que todavía no sé si es temporal o definitiva, no me he parado a pensar en eso.

En el después. En lo que ocurre cuando el avión aterriza y la isla deja de ser un concepto lejano y se convierte en asfalto caliente y salitre y la casa de mi padre con Tamara dentro y todo lo que lleva años acumulándose sin que yo haya estado ahí para verlo.

No puedo ir allí. No todavía. No así, recién llegada, sin haber respirado todavía.

Sin haber pensado bien qué voy a hacer, cómo voy a enfrentar esta situación, sin haber hablado primero con mis primos y tíos para que me expliquen con detalle qué es lo que creen que pasa, sin primero haber ido al médico y conocer exactamente la situación de mi padre.

Solo de pensarlo se me cierra algo en el pecho como una mano que aprieta despacio.

—No sé —digo, con una voz que no suena muy convincente ni para mí misma. No había pensado dónde iba a quedarme.

Ana me mira. Saúl nos mira a las dos.

—Te ofrecería mi casa, peque, pero ya sabes cómo es mi piso, por no decir que es una lata de sardinas. Si aceptas sofá o dormir conmigo...

—De eso nada.

Saúl lo dice antes de que Ana termine la frase, con la firmeza tranquila que tiene cuando ha decidido algo y no hay conversación posible que lo mueva de ahí.

—Te vienes a mi casa. Mis padres cuentan con que vienes. Les dije que llegábamos hoy. Te han preparado una habitación.

—Pero...

—Pero nada, peque. Eres como de la familia y eso no se discute. No va a pasar nada porque te quedes unos días, o el tiempo que necesites. Hay espacio de sobra, créeme.

Lo dice con esa naturalidad suya que hace que las cosas importantes suenen como si siempre hubieran estado ahí esperando a ser dichas. Y yo, que llevo años aprendiendo a no dejarme querer con demasiada facilidad, siento algo aflojarse dentro de mí sin poder evitarlo .

Ana suelta un silbido bajo, entre admiración y algo más, asomándose por encima del hombro de Saúl para mirarme.

—Deja que lo veas, peque. —Me mira con la expresión de quien lleva días guardando el comentario—. Agüita los guiris cómo se lo montan en la isla. Tiene un tremendo chozo. Dicen por ahí las malas lenguas.

—Veo que tienes mucho interés en cómo nos lo montamos los guiris, Anita.

Lo dice Saúl con esa calma suya. Y con algo en el tono que no estaba ahí hace un momento, algo que tiene filo y calidez al mismo tiempo, como quien lanza una pulla sabiendo exactamente dónde va a aterrizar.

Me giro hacia él arqueando una ceja.

Mi amiga tiene las mejillas encendidas y contra todo pronóstico es incapaz de articular palabra ni respuesta, y yo diría que eso es imposible siendo ella.

Se ha quedado con el libro a medio abrir y los ojos puestos en el respaldo de delante como si de repente le hubiera entrado un interés inusitado por el plástico gris de los aviones.

Él tiene una sonrisa de medio lado que no le había visto dirigida a nadie de esa manera.

Decido no decir nada ni hacer ningún comentario. Por ahora.

Acepto ir a casa del rubio sin añadir más.

No solo por no molestar a mis tíos, que me abrirían la puerta sin pensarlo dos veces con una ternura que me haría llorar en el umbral, sino porque necesito apagar el ruido de mi cabeza antes de enfrentarme a nada.

Callar esa voz que lleva semanas diciéndome que no estuve cerca cuando mi padre quizás me necesitaba.

Que me fui, eligiendo la distancia cuando él quizás estaba perdiéndose poco a poco en su propio laberinto.

Necesito un sitio donde intentar acallar mi conciencia, antes de afrontar mi nueva realidad.

Saúl se levanta al baño cuando queda menos de una hora para el aterrizaje.

Me giro hacia el pasillo para comprobar que esté lo suficientemente lejos y me volteo hacia Ana, que lleva un rato con cara de sobada porque se ha quedado dormida durante media hora y todavía no ha terminado de volver del todo.

Tiene el pelo un poco revuelto y una marca del jersey en la mejilla que me produce ternura.

Y aun así me animo a preguntarle lo que me intriga.

—Oye. ¿Qué fue eso de antes?

—¿El qué? —dice, sin mirarme.

—La pulla del rubio. Y el tomate en que te convertiste inmediatamente después. ¿Te mola? ¿Por eso te quedaste trabada?

Ana abre la boca. La cierra.

—No sé de qué me hablas.

—¡Ana! Vamos, no te hagas la tonta.

—¿Qué? Yo no me hago la tonta. ¿De qué vas?

—Te pusiste súper colorada y ese comentario... llámame loca, pero lo dijo con toda la intención. Y la sonrisita que te dedicó luego... jamás había visto al rubio en esa tesitura. Aquí hay tema, pero tema.

Silencio de tres segundos exactos.

—A ver. —Se gira hacia mí con la expresión de quien va a intentar parecer razonable y ya sabe que no va a conseguirlo—.

Que bueno está el guirufillo, no voy a negarlo.

Pero que no estoy yo para bobadas, peque.

—Baja la voz un tono y mira hacia el pasillo para asegurarse de que Saúl no está cerca—.

Yo ni me había fijado en él con esos ojos, porque pensaba que me mentías cuando decías que no te lo habías tirado ni nada.

Pero el condenado además de estar como un queso hace esos comentarios...

Se muerde el labio. Pone los ojos en blanco con una teatralidad completamente sincera.

—¡Vamos! Que te has enchochado, pero bien —digo, sin poder contener la risa.

—Un fisco. Solo un fisco. —Hace el gesto de poquito con los dedos—. No entiendo cómo no lo has hecho tú en todo este tiempo, la verdad.

—Supongo que no es mi tipo. O que no era el momento.

—Tu tipo es más complicado. ¿Así como tú, o qué?

Me hace reír de verdad, de esas risas que llegan desde un sitio genuino y que sientan bien precisamente porque me recuerda quien fui antes de que me sumergiera en esta versión de ahora más apagada de mí.

Saúl vuelve a su asiento antes de que podamos añadir nada más y sin transición empieza a hablar de la isla con esa naturalidad suya, contándole a Ana sobre su hermano Marco, sobre Lucía, sobre Érica, sobre Nill, que son su gente, los que llevan toda la vida siendo su casa en Tenerife.

Que nos los tiene que presentar, que son buena gente, que nos van a caer bien.

En algún momento debo cambiar la cara sin darme cuenta porque Saúl me mira con la expresión de quien conoce cada uno de mis gestos desde hace demasiados años.

—Te prometo que Nill también es buena gente. A veces es un poco intenso, pero es buen tío. Ya lo verás. Solo le cuesta un poco fiarse de la gente.

—¿Será porque él no es tan de fiar? —suelta Ana, con esa inocencia calculada que tiene cuando lanza algo al aire y espera a ver dónde cae.

Saúl la mira. Ella lo mira. El silencio dura exactamente lo suficiente para que los dos sepan lo que no se están diciendo.

Decido mirar hacia el pasillo.

El comandante avisa por megafonía de que aterrizamos en quince minutos.

—Ana, ¿me cambias el sitio? Quiero la ventanilla.

Ella me mira un segundo, con una mirada que lo lee todo sin necesitar palabras.

Luego asiente en silencio y se levanta, tiene que inclinarse hacia Saúl para no golpear el reposacabezas del asiento de delante, y en ese movimiento se rozan un momento.

Ninguno de los dos dice nada, y, aun así, he notado hasta yo, cómo la tensión aumentaba por segundos en ese corto espacio. Yo me deslizo hacia la ventanilla.

Me siento. Apoyo la frente en el cristal frío.

La última vez que vi la isla fue cuando me marché.

Al principio no veo más que el cielo limpio, el azul enorme del Atlántico, el avión descendiendo despacio mientras la isla todavía se niega a aparecer. Y entonces, en la distancia, como si el mundo hubiera estado esperando el momento exacto para concedérmelo, lo veo.

El Teide.

Solo la cima al principio. La punta oscura asomando por encima de un mar de nubes blancas que lo envuelven con esa quietud que tiene lo que lleva siglos en el mismo sitio y no necesita moverse para imponerse.

La presencia de esa montaña que desde pequeña ha sido el centro de todos mis mapas sin que nadie me lo enseñara. Sin que nadie tuviera que hacerlo.

El avión hace un giro y la isla desaparece del cristal.

El estómago me da otro vuelco, este distinto al de antes. Menos miedo y más algo sin nombre que se instala en el pecho y no pide explicaciones.

—Está dando la vuelta para entrar por Santa Cruz —dice Saúl, desde el asiento de al lado, con la serenidad de quien conoce cada curva de este aterrizaje—. En breve verás Las Teresitas.

Vuelvo la cara hacia la ventanilla. Apoyo la frente en el cristal otra vez y espero.

Y entonces, cuando el avión termina el giro, la isla aparece.

De cerca.

Las montañas. El verde. El sol pegando de lado sobre el mar y deslumbrándome por la ventanilla, con ese tono particular que mezcla el negro volcánico y el verdor que proporciona la humedad de los alisios en una paleta que no tiene equivalente.

El mar de nubes delante de mis ojos, esa nube baja y blanca que cubre el norte como una manta, como algo que protege, como algo que ha estado esperando pacientemente.

Santa Cruz abajo, La Laguna al frente, más verde todavía, y luego el avión se adentra en el mar de nubes y el mundo desaparece por un momento detrás del blanco.

Hay turbulencias pequeñas y yo sigo con la frente en el cristal sin apartarme, sin querer apartarme.

Y entonces el tren de aterrizaje impacta sobre la pista de Los Rodeos.

Las lágrimas me brotan por la cara sin consuelo. Sin avisar. Sin pedirme permiso. De esas que llevan tanto tiempo guardadas que cuando salen no hay manera humana de pararlas. Me las seco rápido con el dorso de la mano, pero ya es tarde. Saúl y Ana lo han visto.

—No te avergüences, peque. —La voz de Saúl es baja y tranquila, la de siempre, la que nunca ha necesitado subirla para llegar—. Emociona. Y en tu caso, con tantos años fuera, con más razón.

Ana se inclina hacia mí y me coge la mano con fuerza. Para hacerlo se apoya un poco contra Saúl, que no se aparta, que simplemente la deja estar ahí con la calma de quien entiende que este momento no es para él sino para mí.

—Las maguas, peque. —La voz de Ana tiene algo cálido y viejo y nuestro—. Es tan bonito ese sentimiento...

Asiento sin decir nada, con la frente todavía apoyada en el cristal y las lágrimas cayendo despacio mientras el avión rueda por la pista y Tenerife se despliega a los lados como si siempre hubiera estado aquí esperándome .

—Pero ya estás aquí —dice Ana, sin soltarme la mano—. Ya estás en casa.

Glosario canario

Agüita: expresión de sorpresa o asombro.

Chozo: casa, vivienda (usado aquí con cariño irónico).

Fisco: variante de fisquito, una pizca, un poco de algo.

Guirufillo: diminutivo cariñoso de guiri, extranjero o turista.

Maguas: sentimiento de nostalgia y emoción profunda al reencontrarse con la tierra propia.