Promesas de sal CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

—Vamos, que te ha gustado... —dice Marco, con esa sencillez suya que no tiene filtro—. El que no se enchocha ni del mayor pibón de la isla. No me lo puedo creer.

Me río. No puedo evitarlo.

—No me he enamorado de nadie.

—Pero te ha dado en el ego, pero bien, ¿eh? —dice Érica, con una sonrisa que mezcla picardía y cariño a partes iguales.

—Ya estamos... Que no ha pasado nada de nada —la imito, antes de que lo diga ella—. Solo un poco de feeling .

Los tres me miran con esa expresión colectiva de quien no se cree una palabra.

—Un poco de feeling —repite Marco, saboreando cada sílaba—. Ya, ya...

—Precisamente con Ali —dice Lucía, más seria ahora—. Ya verás la que se va a liar cuando haya que explicarle todo el asunto de las tierras. Por no decir lo que dirá Saúl de ese feeling .

—¿Tú crees que va a pensar que Nill sabía que eran suyas? —pregunta Érica, frunciendo el ceño.

Arrugo el entrecejo.

—¿Cómo va a pensar eso si nos acabamos de enterar de que ella es la heredera? —digo.

—Nill —dice Érica, con el tono de quien te está explicando algo que deberías saber ya—. Estuviste dos días en su casa. Fuiste a su obra. Tienes sus papeles en tu despacho. Y encima vas a ir a recogerla al aeropuerto. Si yo fuera ella y me entero de que lo sabías y no me lo has contado...

—Se lo voy a contar —la corto.

—¿Cuándo?

—Cuando llegue. Saúl me ha pedido que los recoja, así que buscaré el momento.

Érica asiente despacio, como quien acepta la respuesta, pero se reserva el derecho a volver a ella más adelante. Marco abre otra cerveza. Y justo cuando la conversación empieza a tomar otro rumbo, escucho una voz a mi espalda.

—Por fin se te ve el pelo. Parece que te andas escondiendo de mí, Nill.

Sin girarme ya sé quién es. La reconozco antes de verla, por el tono, por esa cadencia particular que tiene cuando cree que tiene ventaja sobre alguien.

Sara .

Me levanto de la silla y le doy dos besos con esa normalidad que intento mantener, aunque la situación no la tenga. Ella me mira con cara de reproche. Es una expresión que conozco bien a estas alturas.

Desde mi punto de vista no tiene nada que reprocharme.

Le dejé claro desde el principio que no quería nada serio.

Lo dije con esas palabras, sin rodeos, porque no soy de los que dejan las cosas a medias para evitar una conversación incómoda.

Pero ella decidió que eso era una coraza y que debajo había otra cosa, y desde entonces vive instalada en esa convicción con una tenacidad que ya no sé cómo manejar.

—No me escondo. Ya sabes que el trabajo no me da mucha tregua. Voy casi siempre liado.

—Sí, sí, te veo super liado. —Sus ojos se desplazan hacia la mesa donde están mis amigos, con las cervezas y las sonrisas y toda la evidencia de que llevo un rato aquí sentado sin pensar en el trabajo.

Me miro a mí mismo. El vaquero manchado de polvo de obra, las botas, las manos que todavía tienen ese tacto áspero de quien ha estado moviendo cosas con las manos durante horas. Levanto los brazos levemente.

—Acabo de salir de la obra.

Sara recorre mi aspecto con la mirada y algo en su expresión se suaviza un milímetro, ese milímetro que siempre consigue hacerme sentir que la conversación se va a complicar más de lo que debería.

—A ver si me contestas a los mensajes y nos vemos un día con más calma. —Me guiña un ojo y se va hacia una mesa más alejada, donde la esperan sus amigas con esa discreción calculada de quien finge no estar mirando.

Me siento.

Érica es la primera en pronunciarse.

—¿No le habías dejado claro que no querías quedar más con ella?

—Sí. Pero no lo pilla. No deja de insistir y de actuar como si no le hubiese dicho nada.

—¡Uf! Mal asunto, hermanito. —Lucía hace ese gesto tan suyo, arrugando la nariz, ese que también hago yo a menudo—. Te tocará ser aún más directo. O eso al final...

—Eso son problemas, tío —añade Marco.

—Problemas y espectáculos innecesarios. —Érica lo dice mirando de reojo hacia la mesa donde se encuentra Sara—. Esa tía está obsesionada contigo. Y lo que menos me gusta es cómo me mira a mí. Sigue creyendo que tú y yo tenemos algo.

Los tres se ríen. Yo también, porque si no me río los demás lo hacen por mí y es peor.

Pero debajo de la risa hay algo que no es tan ligero.

No quiero ser un capullo con Sara. Nunca ha sido mi estilo tratar mal a nadie, y menos a alguien que no me ha hecho nada malo.

Así que le dedico una sonrisa desde la mesa, aunque me cueste un poco fingirla, solo para que no se vaya pensando que la ignoro del todo.

Total, no cuesta nada. Una sonrisa, un mensaje contestado dos días tarde, una cena de vez en cuando insiste demasiado.

Pequeños gestos que no significan nada para mí pero que, a ella, por lo visto, le bastan para seguir esperando algo que yo no pienso darle.

Ya se le pasará. Siempre se le acaba pasando .

Cojo la cerveza y dejo que la conversación de la mesa siga su curso, convencido de que esto, sea lo que sea, no es nada que no pueda seguir aplazando un poco más.

Glosario canario

Enchocharse: encapricharse o enamorarse perdidamente de alguien.