CAPÍTULO 11
NILL
Lo que la isla guarda
La sensación de alivio que siento cuando el avión aterriza es indescriptible.
Este viaje ha sido intenso. Ver a mi amigo, conocer a su compañera de piso, dejar el trabajo bien encaminado. Todo junto pesa de una manera que no siempre se nota hasta que el cuerpo por fin puede soltar.
En cuanto salgo del aeropuerto lo siento. Como siempre. Como cada vez que vuelvo de cualquier sitio. No importa cuántos aeropuertos hayas cruzado ni cuántas ciudades te hayan dejado su olor pegado en la ropa. En cuanto este aire te llena los pulmones, algo en ti cede y dice aquí estoy.
Tomo la TF-5 hacia el norte. El Atlántico está a la derecha, quieto y enorme y de ese azul que no tiene equivalente en ningún otro sitio del mundo.
Berlín es gris. Berlín tiene su propio peso y su propia belleza, pero no tiene esto.
Los atardeceres anaranjados de esta zona. Dudo que pudiera vivir sin ellos.
Me pregunto si Ali lo echa de menos, después de tantos años sin venir. No sé si yo sería capaz de estar tanto tiempo sin ver esto. Sin pisar esta tierra, aunque solo fuese una visita exprés como las que hace Saúl.
Descarto el pensamiento antes de que la pregunta termine de formarse. Tengo una reunión mañana por la mañana, tres obras que supervisar esta semana y un asunto legal pendiente que Lucía lleva días diciéndome que no puede esperar más. Tengo suficiente en lo que pensar.
Aparco en la calle, cojo la mochila del maletero y entro en casa.
El olor a café y a la colonia de mi madre me recibe desde el pasillo. El silencio de la casa a media tarde, ese que tiene una textura distinta al silencio de los hoteles y de los pisos de otros, me envuelve de una manera que no siempre aprecio pero que hoy agradezco más de lo habitual.
Rosario me encuentra antes de que llegue a la cocina.
—Ay, mi niño. —Me palpa los brazos con esa costumbre de buscar señales de que me he olvidado de comer—. ¿Has comido algo en el avión?
—Mamá, estoy bien.
—Estás bien, estás bien... —repite, con ese tono que convierte cualquier respuesta en un reproche cariñoso—. Siéntate, que te hago un café como Dios manda, no esa aguachirri que sirven en los aviones, y nos cuentas cómo ha ido el viaje.
Me siento en la silla de siempre, la que da al patio.
Desde aquí veo el aguacatero que plantó mi padre cuando éramos críos, enorme ya, con las ramas tan cargadas que la estructura metálica que pusimos hace años para sujetarlas ya forma parte de él, como si siempre hubiera sido así.
La sombra que da sobre la mesa de abajo es perfecta a esta hora, densa y fresca, y hay algo en esa imagen que me ancla de una manera que no me esperaba.
Mi padre está sentado debajo.
Tiene las manos sobre la mesa, quietas, y mira el patio con esa expresión que tiene a veces, de quien está viendo algo que los demás no ven. Cuando me escucha entrar, levanta la vista. Y sonríe.
—¿Qué tal en Berlín, hijo?
—Bien, papá. La obra va genial, en breve estará terminada.
—¿Y Saúl? ¿Le viste?
—Esta vez sí, papá, me quedé estos días en su piso.
Asiente. Sus manos tiemblan ligeramente sobre la madera de la mesa, ese temblor rítmico que ya no intenta disimular delante de mí.
Me siento a su lado. Rosario nos trae el café sin que nadie se lo pida y los tres nos quedamos un momento en silencio, con el sol bajando despacio sobre el aguacatero y los alisios moviendo las hojas con esa suavidad que tienen las tardes de octubre en el norte de la isla.
Hay días en que esto, solo esto, es suficiente.
Han pasado dos semanas desde que volví de Alemania.
Los días han tenido ese ritmo que tiene la isla cuando la obra manda, temprano y sin pausas, con el cuerpo agradeciendo el cansancio físico porque no deja espacio para otra cosa.
He supervisado tres proyectos, firmado dos contratos nuevos y pasado más horas de las necesarias revisando números que Lucía ya había revisado dos veces antes que yo.
Y cuando eso tampoco ha sido suficiente, he bajado a la obra que tenemos en marcha en Adeje.
A poner bloques. A mover cemento. A trabajar con las manos como cualquier otro albañil, como me enseñó mi padre, con el polvo pegándose a la ropa y el sol dando en la nuca, hasta que el cuerpo ha pedido parar y la cabeza ha dejado de dar vueltas por un rato.
Sara no para de mandarme mensajes. Los leo por encima y los dejo sin contestar con esa misma facilidad con que siempre he dejado las cosas que me complican la vida. No es crueldad. Es simplemente que hay cosas que ya no tienen espacio.
La isla sigue siendo la isla. El Atlántico sigue estando ahí cada mañana cuando salgo de casa, ese azul constante que no pide nada ni promete nada.
Los trabajadores me llaman por mi nombre en las obras.
Érica me arrastra a comer el lunes intentando sacarme de la estresante rutina.
Lucía me manda mensajes a deshoras con actualizaciones que podrían esperar a la mañana siguiente pero que ella necesita mandarme en el momento en que las procesa.
Todo igual que siempre. O al menos eso parece.
Hay algo que no consigo apagar del todo.
Una voz. Un olor a algo limpio y dulce que no tiene nada que ver con el salitre ni con la tierra húmeda de la isla.
Una carpeta azul que me tendió desde un umbral con esa calma suya que no cede.
Pequeñeces. Cosas que no deberían seguir dando vueltas después de dos semanas.
Lucía me espera en la oficina un miércoles por la mañana con esa expresión de quien lleva demasiado tiempo cargando con algo y por fin va a poder soltarlo.
—Irma terminó de revisar los documentos —dice, antes de que yo haya cerrado la puerta.
Me siento frente a ella. Cojo el café que me ha dejado sobre la mesa y la miro.
—Cuéntame.
Lucía abre la carpeta. La conozco lo suficiente para saber que lo que viene es importante por la forma en que coloca los papeles, despacio, con ese orden que en ella no es manía sino método.
—Las tierras de La Matanza están registradas a nombre de José Acosta y su esposa desde hace décadas. —Pausa—. Pero hay una heredera en el testamento de Brigitte Hoffmann. Se ve que la mujer falleció hace unos años y se requiere la firma de esta para cualquier venta o sucesión.
—¿Heredera?
—Sí, de la hija. —Lucía me mira—. Ali Acosta Hoffmann.
El café se queda a mitad de camino, atragantándome un poco.
Algo en mi cabeza empieza a moverse muy despacio, como cuando ves una figura en la distancia y tardas un momento en reconocerla, pero sabes, antes de que tu cerebro lo confirme, que ya la conoces.
—¿Cómo se llama? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Ali Acosta. —Lucía frunce el ceño levemente—. ¿La conoces?
Me quedo quieto un momento .
La señorita Acosta de la obra de Berlín.
La compañera de piso de Saúl. La que dijo algún día con ese tono que lo decía todo.
La que no contestó el correo. La que lleva años sin volver a la isla.
La que tiene un cristal blindado entre ella y el mundo, según Saúl.
La que me miró desde el umbral con esa calma suya y me tendió una carpeta azul antes de decirme que tenía pinta de ser de los que complican las cosas.
Esa.
—La conozco. Es la compañera de piso y amiga de Saúl —digo.
Lucía me mira fijamente. Está procesando, igual que yo, pero desde otro ángulo.
—¿Sabes lo que esto significa? —dice al fin.
—Que Tamara lleva meses intentando cerrar una venta que legalmente no puede cerrarse sin una firma que no tiene. —Hago una pausa—. Y que sabía que Ali llevaba años fuera y desconectada. Contaba con eso. Está intentando hacer esto sin su consentimiento.
—Contaba con que nadie pudiera avisarla.
Y lo peor es que nos ha tratado de engañar a nosotros también.
—Lucía cierra la carpeta—. Nill, si Ali no aparece, Tamara puede seguir presionando a José hasta conseguir lo que quiere.
Con otra constructora, o lo que es peor aún, con una firma que no le pertenece.
Me levanto. Camino hasta la ventana. Desde aquí se ve el Atlántico en la distancia, esa franja azul que separa la isla del resto del mundo.
Pienso en Ali.
En aquella frase que soltó con más honestidad de la que esperaba. Solo una manera de protegernos. En la forma en que eligió ser honesta en lugar de evasiva.
No sabe lo que está pasando aquí.
No sabe que mientras construye su vida en Berlín, alguien estaba moviendo piezas que le pertenecen. No sabe que la herencia que su madre le dejó está en juego. No sabe que hay papeles con su nombre en una carpeta sobre la mesa de mi despacho.
Tengo que decírselo. No porque el asunto legal lo requiera, aunque también.
Sino porque Ali le importa a Saúl más que casi nadie en este mundo.
Y Saúl es mi hermano. Lo que le pertenece a él, lo que le importa, entra dentro de lo que yo protejo sin necesitar que nadie me lo pida.
Es así desde que tengo memoria y no va a cambiar ahora.
Aunque reconozco que en este caso hay algo más. Algo que todavía prefiero no mirar demasiado de frente.
Esa misma tarde Saúl me llama.
Lo cojo al segundo tono, de pie junto a la ventana todavía, con el Atlántico al fondo y los papeles de Lucía sobre la mesa.
—Oye —dice, con ese tono de quien va a decir algo importante, pero lo envuelve en naturalidad para que no pese tanto—. Vuelvo a la isla, pero no lo haré solo. Te lo digo para que no vayas a mandar a Marco y a Lucía a recogerme, que no cabremos en el coche.
Me quedo quieto .
—¿Cuándo?
—Todavía no tengo los billetes, pero pronto. —Pausa—. Ana vino a verla y terminó de convencerla de que tiene que volver.
—¿Ana quién es, una amiga de Ali?
—Sí. —Otra pausa, esta más corta—. Oye, Nill. ¿No te importaría recogernos? La noticia de que su padre no está bien de salud la ha dejado tocada y no quiero que esté cogiendo taxis y todo eso sola.
—Claro que no. Cuenta conmigo. Le digo a Érica, a tu hermano y a Lucía que ya quedaremos otro día.
Cuelgo despacio.
Me quedo mirando el Atlántico a través de la ventana un momento.