CAPÍTULO 11 #2
Ali Acosta va a volver a Tenerife. Va a volver a una isla que lleva años evitando, a un padre que no tiene la salud con la que lo dejó, a un asunto legal que nadie le ha contado todavía. Va a volver a todo eso sin saber que yo estoy en el medio de una parte de ello.
Y cuando llegue, voy a tener que decírselo.
Pienso en lo que dije en las escaleras de su edificio, con el guiño y la carpeta bajo el brazo y esa ligereza que me salió sola.
Te veo por Tenerife, Acosta.
No iba a hacer falta buscarla demasiado.
Pero no esperaba encontrarla así. Ni mucho menos tan pronto.
Glosario canario
Aguachirri: bebida demasiado aguada o con poco sabor.
CAPÍTULO 12
NILL
El Pub Limbo
Saúl me escribió ayer.
Lo leí dos veces, sentado en el despacho con los planos de la obra del hotel extendidos sobre la mesa y el café ya frío. Que ya tienen billetes de avión. Que estaban preparando las maletas, que se habían pasado a despedirse de los tíos de Ali, que viven cerca del piso. Volverán en unos días.
Cierro el mensaje y me quedo mirando los planos sin verlos.
Los tíos de Ali. La familia alemana de su madre. Me los imagino mayores, con esa formalidad alemana que Saúl tiene a veces heredada de sus padres.
Ali no parece alemana por su físico. La mirada oscura, las curvas, esa manera de moverse que tiene, más propia de una canaria.
Tiene que parecerse más a la familia de su padre, que es de aquí.
De esta tierra que ella lleva años sin pisar y que sin embargo lleva dentro de una manera que se nota, aunque no lo diga.
Esa mirada marrón oscura sigue dando vueltas en algún lugar que no termino de controlar.
No es algo que me suela pasar, no de esta manera, no con esta persistencia que no tiene ninguna lógica y que por eso mismo me resulta más incómoda que cualquier problema de obra que haya tenido en años. Lo descarto. O al menos lo intento .
Cierro la carpeta de los planos y me levanto.
Lucía se fue después de comer con Marco y Érica a hacer un pateo por Anaga.
Me lo dijo ayer con esa naturalidad de quien da por supuesto que yo también iré, y yo tuve que decirle que no podía, que tenía varios contratos que firmar hoy y la supervisión de la obra del hotel en el puerto que no podía dejar para otro día.
Me miró con esa expresión suya que usa cuándo sabe que estoy usando el trabajo como excusa y cuándo de verdad no puedo.
Esta vez era de verdad.
La tarde en la obra pasa con ese ritmo que tiene el trabajo físico cuando decides meterte de lleno en él, sin distancia, sin el traje de empresario.
Bajo a la planta donde están instalando los ventanales del ala norte y paso dos horas revisando ajustes con el encargado, con el polvo de la obra en los zapatos y los planos enrollados bajo el brazo.
Es lo que más me gusta de este trabajo. Que cuando quieres puedes bajar al barro y olvidarte de todo lo que no tiene que ver con que las cosas estén bien hechas.
Cuando salgo ya está cayendo la tarde. El puerto huele a salitre y a gasoil de los barcos y a ese aire húmedo que viene del agua cuando el sol empieza a perder fuerza. Saco el móvil y llamo a Marco.
Descuelga al tercer tono.
—¿Dónde andan?
—En el Limbo, en la terraza. Vente, que hemos pedido cervecitas.
Están acomodados en una mesa cerca de la barra cuando llego, con un cubo de cervezas en el centro y esa expresión de quienes llevan toda la tarde al aire libre y están exactamente dónde quieren estar.
Marco me hace un gesto con la botella. Lucía levanta la mano.
Érica me mira con la expresión de quien lleva guardando algo desde que me ve entrar.
Me siento. Cojo una cerveza del cubo.
—¿Qué tal el curro? —pregunta Marco.
—Bien. Los ventanales del ala norte ya están colocados y los contratos firmados.
—Qué vida tan emocionante tienes —dice, con una sonrisa que no es burla sino el cariño particular que tenemos los dos.
—¿Y el viaje? —suelta Érica, sin preámbulos, apoyando los codos en la mesa—. Cuéntanos cómo ha ido. Lucía me ha contado lo de las tierras y yo todavía estoy procesando que fuiste a Berlín y no me dijiste nada.
—Te lo dije.
—Me mandaste un mensaje de dos líneas. Eso no cuenta.
Marco nos mira a los dos.
—Espera, espera. ¿Qué tierras? ¿Fuiste a Berlín? ¿Alguien me puede explicar algo porque yo no me entero de nada?
—Que Nill fue a Alemania por curro y a ver a Saúl —empieza Lucía, con la paciencia de quien ya sabe que va a tener que explicar todo desde el principio—.
Y que mientras estaba allí coincidió con la compañera de piso de Saúl, que resulta ser la heredera de las tierras de La Matanza que Tamara lleva meses intentando vender.
Esa señora que no deja de aparecer sin aviso por la oficina.
Marco abre los ojos.
—No me digas. ¿La tía que vive con tu hermano es la heredera del proyecto que te ofrecieron?
—La misma —confirmo.
—Qué morro tienes. —Me señala con la botella—. El único que la conoce. Con lo que ha hablado Saúl de ella y resulta que tú ya te has adelantado.
—Fue una casualidad.
—Claro —dice Marco, con un tono que no se cree nada.
Érica sigue mirándome con esa expresión de forense emocional que conozco demasiado bien.
—¿Y? —dice—. ¿Cómo es?
—Arquitecta. Lista. Directa. —Bebo un sorbo—. Y algo le ha pasado en la vida que parece no fiarse de nadie.
—Eso ya lo sabíamos por Saúl. —Érica no aparta los ojos—. No nos estás contando nada nuevo.
Hay una pausa breve.
—Tengo ganas de ponerle cara —interviene Lucía, con media sonrisa—. La única tía que pasa de ti.
—No ha pasado de mí.
—No te ha contestado un correo, te ha llamado señor Armas durante una hora en tu propia obra y te ha dicho que tienes pinta de complicar las cosas —enumera Érica, con una satisfacción que no intenta disimular—. Eso es pasar de ti con matrícula de honor.
—Me considera un peligro —digo.
Silencio de dos segundos.
—¿Cómo? ¿Cómo? —Lucía se inclina hacia delante—. ¿Eso te dijo ?
—¿Cómo que te considera un peligro? —Marco mira alrededor—. ¿Pero tú has conocido a Ali en persona o no? Porque yo no me entero de nada.
—Fui a Berlín —digo—. Me quedé en el piso de Saúl. Ella vive allí. Coincidimos en la obra el primer día sin saber quién era el otro.
Marco procesa eso un momento.
—¿Y Saúl lo sabe?
—Que coincidimos en la obra, sí.
—¿Y lo otro?
—¿Qué otro?
Marco me mira. Érica me mira. Hasta Lucía, que es la más discreta de los tres, me mira con la expresión de quien ya sabe la respuesta, pero quiere escucharla.