Promesas de sal CAPÍTULO 10 #2
16%

CAPÍTULO 10 #2

—No lo saben con certeza. Pero lo suficiente para que la familia esté muy asustada.

—Hace una pausa tragando saliva—. Y las visitas cada vez son más difíciles.

Siempre hay una excusa. Que está descansando, que tiene cita médica, que mejor otro día.

Tu tía Marga fue sin avisar la semana pasada y nadie abrió la puerta.

Aunque era evidente que estaban en casa.

Los coches estaban dentro aparcados. Tu tía los vio a través del portón.

El aire se me va de los pulmones despacio.

Conozco ese miedo. Lo llevo guardado desde hace meses, desde que sus mensajes empezaron a llegar más cortos, más fríos, sin el «mi niña» con el que siempre empezaba.

Lo he enterrado bajo el trabajo y el máster y la distancia y todas las capas que he ido poniendo encima para no tener que mirarlo de frente.

—¿Y los médicos?

—Ya sabes cómo va esto con la protección de datos. Si no va tu padre o alguien con una autorización... —Ana me mira con una honestidad que no esconde nada—. Igual tú, siendo su hija...

Me levanto sin saber que me estoy levantando.

Camino hasta la ventana. La ciudad está ahí, como siempre, gris y ordenada y silenciosa, con esa frialdad suya que durante años ha parecido abrazarme.

Pienso en mi padre.

En sus manos grandes plantando tomates en el jardín.

En cómo silbaba mientras me llevaba al colegio o me dejaba en casa de Ana para que jugásemos.

En el olor a tierra mojada de su ropa cuando volvía de trabajar.

En cómo me llamaba mi niña con esa voz suya que nunca ha necesitado levantar el tono para que yo lo escuche desde cualquier rincón de la casa.

En la última vez que lo vi. Años. Demasiados años.

Esa vez en que le hablé mal, le grité, le dije cosas que ni siquiera sentía del todo.

El rencor acumulado por no haber sabido ver la maldad de la mujer que trajo a su vida, por haber dejado que eso se colara entre nosotros sin que él se diera cuenta de lo que me hacía.

Le culpé a él de lo que ella hacía. Y aunque sé que él no me lo tuvo en cuenta, y me hablaba con normalidad durante este tiempo, me fui sin arreglarlo y nunca más hablamos del tema.

Y entonces el miedo, ese que he estado guardando en el fondo de todo, en el lugar donde se guardan las cosas que no se pueden mirar, se suelta de golpe.

No es gradual. No es una grieta que se va abriendo despacio. Es todo de una vez, como cuando una presa cede y el agua no espera y mucho menos se puede contener.

Me apoyo en el cristal de la ventana con la frente. Las manos en el marco. El frío del vidrio calando hasta los huesos.

Puedo perderle.

No de la manera en que perdí a mi madre, no de un golpe definitivo y cruel. Sino de esta otra manera, que es quizás la más despiadada de todas. Poco a poco. Sin que él lo sepa. Sin que pueda despedirse de quien era. Sin que yo pueda despedirme de él y de todo lo que fuimos juntos .

¿Y si no puede recordarme? ¿Y si lo último que le dije a quien todavía era mi padre del todo fueron aquellas palabras cargadas de rabia?

Mi madre se fue sin que yo pudiera hacer nada. Sin tiempo. Sin despedida. Sin la oportunidad de decirle todo lo que me quedó guardado dentro.

Esto no puede acabar igual. No. No, no, no.

Y yo aquí. A miles de kilómetros. Construyendo una vida ordenada y segura mientras mi padre se pierde en la suya sin que yo esté, sin poder cuidarle ni apoyarle.

El llanto llega sin avisar, de esos que no piden permiso. No el llanto contenido de quien llora con cuidado para no deshacerse del todo. Sino el otro. El que sale de un sitio muy profundo y cansado de aguantar. El que lleva años esperando que yo baje la guardia el tiempo suficiente para salir.

La coraza cede. No consigo mantenerla.

Me doblo ligeramente sobre mí misma con la frente en el cristal y lloro como no he llorado desde la noche en que mi madre murió. Con todo el cuerpo. Sin poder controlarlo. Sin querer controlarlo.

Ana está a mi lado en un segundo. Me rodea con los brazos desde atrás y me deja estar, con la frente en el cristal frío y el llanto sacudiéndome entera, sin intentar calmarlo ni apresurarlo ni llenarlo de palabras que no caben.

Escucho la llave en la cerradura.

Saúl entra, deja las llaves en el gancho de siempre, y se para en seco .

Me ve antes de ver nada más. Ve mis hombros, la postura, el cristal empañado donde apoyo la frente. Y cruza el salón sin dudarlo, sin preguntar, con esa forma de llegar antes de que le llamen que solo tiene él.

—Peque. —Su voz es baja, directa—. ¿Qué ha pasado?

No puedo responder todavía. El nudo que tengo en la garganta, en el pecho y en el estómago no deja que salga ni una sola palabra.

La culpabilidad de haber querido mantenerme lejos de lo que podía hacerme daño sin pensar en él, sin pensar en mi familia, sin pensar en nadie más que en mí, me atraviesa de parte a parte.

Él no insiste. Me pone las manos en los hombros con firmeza y me abraza desde un lado, con Ana al otro, y los tres nos quedamos un momento así, de pie frente a la ventana de Berlín, mientras el llanto va perdiendo fuerza por agotamiento.

Cuando al fin me separo y me limpio la cara con el dorso de la mano, Saúl me mira con esa expresión seria que reserva para las cosas que de verdad importan.

—Cuéntame —dice.

Y se lo cuento. Todo lo que Ana me ha contado. Mi padre. Los olvidos. Las visitas espaciadas. La familia esperando.

Saúl escucha sin interrumpir. Cuando termino, se queda callado un momento, procesando las cosas antes de decirlas, como siempre.

—Tienes que ir —dice al fin. No como pregunta. Como lo que es.

—Lo sé —respondo.

Es solo entonces, en el silencio que sigue, cuando Saúl levanta la vista y repara en Ana, que nos ha estado mirando desde el sofá con una discreción que pocas veces tiene.

Sus miradas se cruzan.

Y duran un segundo más de lo que duraría una mirada entre dos desconocidos.

—Veo que has llegado sin problema —dice Saúl, con una voz que ha bajado un tono sin que él parezca haberse dado cuenta.

—El taxi no tuvo ningún inconveniente con la dirección. Gracias. —Responde ella con una pequeña sonrisa que es mitad agradecimiento y mitad algo que todavía no tiene nombre.

Yo los miro a los dos desde donde estoy, con los ojos todavía húmedos.

Y siento algo parecido a una sonrisa moviéndose en algún lugar que llevaba un rato muy cerrado.

Saber que Ana y Saúl habían hablado para que ella viniese, que no fue casualidad sino cuidado, me reconforta de una manera que no esperaba.

Esa noche, cuando Ana ya duerme en la habitación de invitados y Saúl se ha retirado a la suya, me quedo sola en el salón con el portátil abierto.

El contrato de trabajo sigue en la pantalla. El cursor parpadea junto a la línea de firma.

Lo cierro sin firmarlo.

Mañana llamo a Markus. Le doy las gracias. Le explico que ha surgido algo que no puede esperar.

Y luego busco vuelos a Tenerife .

Berlín seguirá aquí cuando vuelva. O quizás no vuelva. Todavía no lo sé. Pero lo que sí sé, con una certeza que no necesita más argumentos, es que no puedo seguir poniendo kilómetros entre mi padre y yo mientras él olvida.

Apago el portátil.

El piso está en silencio. Huele a té de canela y al perfume de Ana que ha llenado el salón en pocas horas, ese Yes I Am que es tan ella que resulta imposible olerlo sin verla.

Hay algo en esa mezcla que me resulta extrañamente reconfortante.

Como si la isla hubiera venido a buscarme porque yo no me había decidido a ir.

Me voy a la cama.

Esta vez no cuento ovejitas.

Esta vez me duermo pensando en el jardín de mi padre, en lo que un día fue mi casa, y en el olor a tierra mojada, y en que espero llegar a tiempo. Que no sea demasiado tarde.

Glosario canario

Chiquito pelete: expresión que indica mucho frío.

Guiri: extranjero, turista.