Promesas de sal CAPÍTULO 10
15%

CAPÍTULO 10

ALI

Raíces que tiran

Es jueves por la mañana y el tribunal nos mira desde el otro lado de la mesa con esa expresión neutra que tienen los profesores cuando ya saben la nota, y todavía no la dicen.

Saúl defiende primero. Lo hace con una seguridad que no necesita preparación excesiva, con las manos en los bolsillos y una calma que a veces me saca de quicio y que hoy agradezco porque se me contagia un poco.

Yo defiendo después. Cuarenta minutos con los planos desplegados sobre la mesa y esa concentración que me sale sola cuando hay estructura de por medio, cuando el mundo se reduce a líneas y ángulos y decisiones que tienen una lógica que no depende de nada más que de la física.

Cuando salimos del aula con las mejores notas de la promoción, Saúl me levanta del suelo en un abrazo que me quita el aire.

—¡Lo hicimos de lujo! —dice, con una carcajada que llena los pasillos.

Me dejo. Hay momentos en que no queda otra que dejarse. Escucharle hablar con tanto acento canario pese a su apariencia de alemán es algo que, pese a los años que llevamos juntos, me sigue sorprendiendo de una manera que me hace sonreír sin querer .

Por la noche celebramos en el suelo del salón con una botella de vino blanco y música a un volumen que los vecinos probablemente no agradecen. Brindamos por los dos, por el máster, por Berlín, por todo lo que viene.

Y entonces Saúl deja la copa en el suelo.

Me mira con esa expresión de quien lleva tiempo cargando algo y ha decidido que ya es el momento. Se lo noto antes de que abra la boca. En la forma en que apoya los codos en las rodillas, en cómo inspira despacio. Tarda un momento. Pero al final lo dice.

Se vuelve a Tenerife.

No es una sorpresa. Lo he intuido desde hace meses, desde que las llamadas con su padre se fueron alargando y las visitas a la isla se fueron llenando de conversaciones sobre el despacho, sobre el futuro, sobre el sitio que le espera.

El despacho de arquitectura de su familia tiene nombre en la isla, en Suiza y en Alemania también, un nombre construido durante décadas, y su padre lleva tiempo esperando que el hijo ocupe el lugar que le corresponde.

Lo entiendo. De verdad que lo entiendo.

Pero entenderlo no quita que duela.

Saúl se ha convertido en mi mejor amigo, casi en un hermano.

Años compartiendo este piso, este silencio, este idioma que tanto me recuerda a lo que soy y de dónde vengo, aunque a veces también me alivia poder hablar en canario cuando necesito respirar de mi idioma materno.

Eso pesa mucho cuando piensas en que va a dejar de estar.

Y hay algo más. Algo que no me atrevo a decirle en voz alta ni a mí misma.

Que Saúl vuelve a la isla donde yo crecí.

A los atardeceres sobre el Atlántico y al olor a salitre y a la tierra volcánica.

A todo lo que yo llevo años diciéndome que no necesito.

Hay un momento, breve y traicionero, en que me pregunto si debería volver con él.

Si hago bien quedándome aquí. Si la distancia que he puesto entre mi padre y yo ha sido supervivencia o simplemente cobardía bien disfrazada.

Pero lo descarto. Duele demasiado mirarlo de frente. Y además hay algo que me protege en este piso, en esta ciudad, en esta vida que he construido sola. No estoy lista para soltar eso todavía.

O eso creo.

Los días siguientes pasan con esa tranquilidad que tienen las cosas cuando están a punto de cambiar sin que todavía lo sepas.

Markus, el director de proyectos de la empresa donde he compaginado el trabajo con el máster, me cita en su despacho un lunes por la mañana.

Me lo dice con una formalidad que no adorna nada pero que tampoco oculta nada.

Contrato indefinido. Incorporación inmediata.

Un proyecto de rehabilitación en Prenzlauer Berg que llevo meses siguiendo de cerca.

Y un sueldo que me daría la independencia que necesito de verdad, no la independencia prestada de quien vive en el piso de un amigo.

Es exactamente lo que quería cuando llegué a Berlín. Exactamente el tipo de trabajo para el que me preparé. En la ciudad que elegí para empezar desde cero .

Tengo hasta el viernes para darle una respuesta.

Esa misma noche Saúl me habla del piso.

—Peque, tú sabes que puedes quedarte aquí. No tienes que irte a ningún lado.

—Saúl, no puedo seguir sin pagarte un alquiler. Ya es demasiado, llevo muchos años aquí.

—No es mi piso, es de mis padres, y mis padres ya lo tienen hablado.

Quieren que tú te quedes aquí. —Me mira con una firmeza suave que solo tiene él—.

Eres de la familia, Ali. Llevas años siéndolo.

Y a la familia no se le cobra. —Lo dice con una sonrisa sincera y llena de ese cariño que no necesita adornos para llegar.

Me quedo callada un momento.

—Mis tíos viven a diez minutos —digo—. Hanna y Otto llevan años diciéndome que me vaya con ellos. Ya sabes que cuando dejé su casa para venirme aquí no les hizo demasiada gracia.

—Y son maravillosos. Pero este es tu piso. Tu habitación, tus plantas, tus planos en la mesa. —Pausa—. No te vayas de aquí porque yo me vaya. Quédate. Además, aquí tendrás la libertad de empezar una vida sola de verdad, aunque me tengas por aquí de visita de vez en cuando.

Lo miro. Mi guiri con acento canario y cara de vikingo que recogió los pedazos de una chica rota y los fue pegando sin hacer ruido durante años.

—Eres muy cabezota —le digo.

—Lo sé. —Sonríe—. ¿Te quedas?

Estoy a punto de decirle que sí.

Es un martes por la tarde.

Saúl está en la biblioteca devolviendo los últimos libros del máster.

Yo llevo una hora sentada en el sofá con el contrato de trabajo abierto en el portátil, leyéndolo por tercera vez sin avanzar más allá de la segunda página, con esa sensación de quien está a punto de firmar algo importante y necesita un segundo más antes de hacerlo.

El telefonillo suena dos veces seguidas. Con urgencia.

Me levanto y pulso el botón.

—¿Sí?

—¡Peque, ábreme o me quedo tullida de frío, chiquito pelete!

Me quedo paralizada.

Esa voz. No puede ser. Ana no sabe exactamente la dirección, nunca ha estado aquí, no... no, no puede ser.

—¿Ana?

—¿Quién va a ser? Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. ¡Abre!

Pulso el botón sin terminar de procesar lo que está pasando y me quedo de pie en medio del salón escuchando los pasos en las escaleras, cada vez más cercanos, hasta que la puerta se abre de golpe y aparece ella.

Ana.

Con una maleta de cabina, un abrigo de lana naranja que solo ella podría llevar con esa naturalidad, y una sonrisa que llena los espacios antes de que el cuerpo llegue a ocuparlos.

—¡Estás tardando en abrazarme, Ali Acosta! —grita, abriendo los brazos .

Me lanzo a ellos sin pensarlo. Con los ojos ya llenos de lágrimas, porque hace demasiado tiempo que no la veo, que no la abrazo, y Ana siempre ha sabido cómo hacer que me sienta mejor sin necesitar explicarme por qué.

Nos quedamos abrazadas en el umbral más tiempo del que ninguna de las dos admitiría en voz alta.

Ella huele a avión y a ese perfume suyo de siempre, ese que nunca ha cambiado.

Yes I Am de Cacharel. Es algo que la define tanto como su verborrea y su forma de entrar a los sitios como si fueran suyos.

Y algo en ese olor me devuelve a una versión de mí misma que creía haber dejado muy atrás.

—¿Cuándo has decidido esto? —pregunto, sin soltarla todavía.

—Hace tres días. Vi los vuelos baratos y dije, me planto.

—¡Ana! ¿Y cómo averiguaste la dirección?

—Preguntando se llega a Roma. —Se separa por fin y me mira de arriba abajo—. Estás guapísima. La ciudad te sienta bien, maldita sea.

—Tú estás igual que siempre.

—Más buena, querrás decir. —Se mete en el piso arrastrando la maleta y mira alrededor con los ojos muy abiertos—.

Madre mía. Esto es una pasada. —Hace una pausa y me mira con una expresión particular, como si pese a lo bonito que es el piso y lo cosmopolita de la ciudad, algo le dijera que nada de esto es suficiente para retenerme del todo—.

Normal que no quieras volver... aunque peque, como la isla, nada de nada, ¿eh? —Sonríe—. ¿Y el rubio?

—En la biblioteca. Llegará en un rato.

—Perfecto.

Deja la maleta junto al sofá y se gira hacia mí. Y ahí está. Esa expresión que conozco bien, la de cuando tiene algo que decir y está eligiendo las palabras exactas para decirlo. La conozco desde que éramos tan pequeñas que no podría ocultarme esos gestos ni queriéndolo.

—Oye, peque. Necesito contarte algo.

El tono ha cambiado. Solo una nota, casi imperceptible. Pero yo llevo toda la vida leyendo a Ana.

—¿Qué pasa?

Se sienta en el sofá. Yo me siento a su lado.

Y Ana, que nunca ha sabido dar rodeos cuando algo importa de verdad, me coge la mano y empieza a hablar.

Me habla de mi padre.

Me dice que Adrián, mi primo, fue a verle hace unas semanas.

Que cuando llegó a mi casa estaba en el jardín, como siempre, con las manos en la tierra.

Pero que algo no cuadraba. Que le preguntó por cosas que habían pasado hacía poco y lo miraba con una expresión extraña, como quien busca una palabra en una habitación oscura y no encuentra el interruptor.

Que le contó la misma historia dos veces en la misma tarde sin darse cuenta.

Y que cuando Adrián intentó recordársela con cuidado, algo en su padre se tensó, se enfadó, con esa rabia de quien siente que le están señalando un fallo que no puede controlar.

—Adrián salió de allí muy preocupado, Ali. —Ana me aprieta la mano—. Y no es solo él. Tu tía Marga lleva meses diciéndolo. Que tu padre no es el mismo. Que se le olvidan cosas que antes nunca habría olvidado.

Me quedo quieta.

—¿Cuánto tiempo lleva así?