CAPÍTULO 9
NILL
La carpeta
El desayuno de esta mañana ha sido diferente al de ayer.
Ayer éramos dos personas midiendo distancias sobre una encimera.
Esta mañana éramos tres, y eso cambia la temperatura de un espacio de una manera que no tiene nada que ver con el termostato.
Saúl llenó la cocina con esa energía suya de domingo, aunque sea entre semana, poniendo música a un volumen contra el que Ali protestó exactamente una vez antes de rendirse, y los tres acabamos desayunando con Efecto Pasillo sonando de fondo en mitad de Berlín.
Ali comió tostadas con aceite otra vez.
Cuando nos levantamos de la mesa, ella recogió los platos con una eficiencia que no malgasta movimientos y Saúl y yo nos miramos un segundo, de esos en que los amigos de verdad no necesitan palabras. Él lo sabe. Lo intuye. No todo, pero lo suficiente.
La despedida fue breve. Ali nos dio dos besos a cada uno en el rellano, primero a Saúl, luego a mí, y cuando su pelo rozó mi mejilla por segunda vez en estos dos días guardé el olor sin poder evitarlo.
—Buen viaje —dijo, mirándome con una compostura que no cede.
—Gracias por tu ayuda en la obra... —respondí .
Ella sonrió. No la sonrisa pequeña y casi involuntaria del pasillo, sino una más controlada, más de cara al mundo.
—Ha sido un placer, Armas.
Y ahí estaba. El apellido. Hasta el final.
Saúl y yo bajamos las escaleras juntos. Él hacia la biblioteca, yo hacia la obra. En la puerta del edificio se paró y me miró con esa expresión suya de hermano mayor que intenta advertirte de algo solo con la mirada.
—Nill…
—¿Qué?
—Nada. —Sonrió—. Nada. Ya sabes que en cuanto pueda me escapo un finde a la isla. Nos vemos por allí antes de lo que crees.
Le di una palmada en el hombro y eché a andar hacia el metro.
Llevo veinte minutos caminando cuando me doy cuenta.
Me paro en medio de la acera. Un hombre con paraguas me esquiva con un gesto de fastidio que ignoro. Meto la mano en la mochila. Busco entre los planos, el portátil, el neceser.
La carpeta azul no está.
La carpeta con los planos del ala este, las tablas de carga revisadas y el informe de la reunión de ayer que necesito para la visita de esta mañana. No está.
Repaso mentalmente la noche anterior. Los documentos sobre la mesita de centro. Sí. Me acuerdo de haberlos dejado ahí antes de sentarnos a cenar.
Miro el reloj. Tengo tiempo si voy rápido .
Doy media vuelta y aprieto el paso.
Llamo al telefonillo sin pensar demasiado en lo que voy a encontrar al otro lado.
—¿Sí?
La voz de Ali. Directa. Sin rastro de sorpresa todavía.
—Ali, ¿me abres? Me dejé una carpeta que necesito para la reunión.
Una pausa brevísima.
—Sube.
El portal zumba. Subo las escaleras de dos en dos y llamo a la puerta.
Cuando se abre, tardo un segundo en procesar lo que veo.
No es la Ali del pijama de ovejitas ni la Ali del chaleco reflectante ni siquiera la Ali de esta mañana en la cocina con el moño rápido y ropa cómoda.
Es otra versión. Vaquero, camiseta blanca, americana marrón, el pelo suelto con esa ondulación que tiene cuando no lo pelea.
Un olor dulce e intenso que no es el de esta mañana, sino algo propio, de ella, que no había tenido ocasión de notar hasta ahora.
Me mira con esa calma que he visto en estos pocos días y ya me parece cotidiana.
Me tiende la carpeta azul.
—La encontré en la mesita del salón —dice.
Al cogerla nuestros dedos no se rozan, pero la distancia entre los dos en ese umbral es la misma que la del pasillo hace dos noches, esa que no es invasiva pero tampoco es cómoda .
—Gracias —digo.
—De nada.
No me muevo. Ella tampoco.
Hay algo en esta escena que no termina aquí y los dos lo sabemos. La carpeta está en mi mano. No hay ninguna razón objetiva para quedarme. Y, aun así, no me muevo.
—Me ha gustado conocerte —digo, al fin—. Aunque seas puro misterio y no parezca caerte demasiado bien.
Algo cruza por su cara. No es incomodidad sino algo más parecido a reconocimiento.
—A veces lo que parece misterio es más simple de lo que parece —dice, con una calma que suena a honestidad real, de las que cuestan—. Solo una manera de protegernos.
Me quedo mirando un momento directamente a sus ojos, desconcertado por lo que ha dicho.
Hay algo en esa frase que no esperaba. No el contenido, sino la forma. Ali no se defiende, no ataca, no desvía. Simplemente lo pone sobre la mesa con una sencillez que resulta más arrebatadora que cualquier otra cosa que haya hecho en estos dos días.
Me acerco un paso. Solo uno. Lo suficiente para que la distancia cambie sin cruzar ninguna línea que ella no haya abierto.
—¿Y de qué te proteges, Ali?
No lo digo como pregunta de interrogatorio, ni con la mirada de la obra ni con la de la cena. Lo digo de otra manera, más baja, más directa, de la que no tiene intención de desmontar nada sino simplemente conocer su respuesta.
Ella me sostiene la mirada. Esa mirada oscura que por algún motivo me tiene aquí anclado como si no tuviese toda la prisa del mundo ahora mismo.
—De las cosas que podrían complicarme la vida —responde, y en su voz hay algo que no es del todo una evasiva.
—¿Yo soy una de esas cosas?
Una pausa.
—Tienes pinta de ser de los que complican las cosas, sí.
No sonríe. Pero algo en su cara se mueve un milímetro, casi inapreciable, una mínima mueca.
Me quedo quieto un momento. Hay algo en esta mujer que no consigo resolver y que no estoy seguro de querer hacerlo, porque la única manera de salir de dudas sería quedarse más tiempo del que tengo y hacer preguntas que no me ha invitado a hacer.
Y hay algo más. Algo que no sé nombrar del todo. No es solo atracción, que también, ni solo intriga, que también. Es algo parecido al instinto de quien ve una estructura que tiene fisuras que nadie más ha notado todavía y quiere estar ahí cuando cedan. No para verla caer, sino para evitarlo.
No sé de qué la protegería. No sé contra qué. Pero algo en esa frase, solo una manera de protegernos me dice que hay algo de lo que hay que protegerla. Y eso, sin ninguna razón lógica que lo justifique, me importa más de lo que debería.
Le pongo una mano en la cintura, apenas, el roce de quien pide permiso sin pedirlo, y le doy un beso en la mejilla.
Un segundo. Dos .
Su piel es cálida y su olor dulce e intenso. Un olor que guardaré en la memoria.
Me separo.
La miro.
Tiene las mejillas ligeramente encendidas, ese color que no se finge y que ella intenta borrar mordiéndose el labio inferior con una concentración que me resulta devastadora precisamente porque sé que no lo está haciendo para mí sino para ella, para poner algo entre ese momento y lo que siente.
Lo guardo también.
—Cuida mucho de Saúl —digo, con una calma que en este momento me cuesta más de lo habitual—. Encárgate de que apruebe y convéncelo de que vuelva a Tenerife, que se le echa de menos.
Ella suelta el labio. Me mira.
—Eso no depende de mí —dice, y su voz ha vuelto a ser la de siempre, casi.
—Depende un poco de ti —respondo.
Una pausa.
—Te veo por Tenerife, Acosta.
Ella abre la boca.
Le guiño un ojo y bajo las escaleras sin dejarla contestar.
En el metro, de pie con la mochila entre los pies y la carpeta azul bajo el brazo, Berlín pasa al otro lado del cristal como siempre, gris y rápido.
Pienso en la frase que dijo, con más sinceridad de la que esperaba.
Solo una manera de protegernos .
No sé de qué se protege Ali Acosta. No sé qué lleva guardado detrás de ese cristal blindado del que hablaba Saúl. No sé por qué no tiene redes, ni por qué lleva años sin volver a la isla, ni qué hay en esa mirada suya que a veces parece estar mirando algo que no está en la habitación.
No lo sé. Y eso, que debería ser suficiente razón para dejarlo estar, es exactamente lo que no me deja.
El metro frena en mi parada. Recojo la mochila, ajusto la carpeta bajo el brazo y subo las escaleras hacia la superficie.
Esta noche vuelo a casa.
Tenerife es pequeña. Todo el mundo se conoce, todo el mundo habla. No haría falta buscarla demasiado.
Aunque algo me dice que ella no volverá allí, o al menos eso decía su mirada.