Promesas de sal CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—¿Cómo? ¿Nill Armas?

—¿Qué pasa? ¿Lo conoces?

—¿Nill Armas? ¿El de la constructora? ¿El hijo de Ancor?

Me quedo parada.

—¿Lo conoces?

—¡Ali! ¡Llevas demasiados años fuera y ya no estás al día con los marujeos de la isla!

¿Quién no sabe quién es Nill Armas? Empresario, joven, y con una planta que para qué te voy a contar.

Lo he visto alguna vez por aquí, esto es una isla pequeña, y te juro que en persona es para morirse.

—Pausa—. Aunque eso tú ya lo has visto. Y tu amigo el rubio...

Sus padres tienen una casa en El Sauzal que es de revista, con vistas al Atlántico y todo. El hijo de los alemanes vive bien, ¿eh?

—Ana...

—¡Y tiene un hermano adoptado! —suelta, como si llevara guardándolo desde el principio de la llamada—. Y no veas cómo está el niño también. Mulatito, no te digo más.

Me río sin poder evitarlo.

—No tienes remedio... —niego con la cabeza, porque pese a los años la verborrea y retahíla sin respiro de Ana no han cambiado ni un ápice.

—Oye, que tu amiguito, ese con pinta de vikingo empotrador, tampoco está nada mal. Un bombón así no pasa desapercibido en una isla como esta, te lo digo yo. A ese en persona no lo he visto, pero sí por redes, que yo me informo con quién está viviendo mi amiga. ¿O qué te crees?

—Saúl lleva años en Berlín.

—Ya, pero sus padres siguen aquí. Y la gente habla, al fin y al cabo, esto es un pueblo, peque. Viene por la isla de vez en cuando. Y yo me entero. —Se ríe—. Menuda pareja harías con el rubio, por cierto.

—Ana, eso es imposible, no le veo con esos ojos...

—Vale, vale, lo sé, me lo has dicho otras veces, y no lo entiendo con lo buenorro que está, también te digo.

—Y luego, más seria—: Oye, peque. Nill Armas está para mojar pan y seguro que es un tío interesante, pero ese no es de los que buscan algo serio.

Tiene fama de golfillo, de esos que te enamoran hasta las trancas y luego te dejan comiendo helado de chocolate al menos un mes, tú ya sabes a qué me refiero.

—Yo tampoco busco nada serio —digo.

—¿Eso quiere decir que piensas...? Pues por eso mismo te lo digo con todo el cariño del mundo.

Si lo que quieres es una alegría para el cuerpo, perfecto peque, pero si en algún momento se te ocurre querer algo más con ese hombre, ten mucho cuidado.

Todos no tienen por qué ser como Guille, ya lo sé, pero precisamente Nill...

—No voy a querer nada más —la corto—. Lo que me faltaba era meterme en líos de esos. Ya tuve bastante con Guille.

—Eso dices ahora —responde Ana, con esa sabiduría suya que a veces me irrita precisamente porque tiene razón.

—Lo digo siempre.

—Mmm. —No parece convencida—. ¿Y Saúl qué dice de todo esto?

—¿Por qué va a tener algo que decir Saúl?

—No sé, algo opinará... conoce a Nill y a ti... siendo tan amiguito tuyo algo dirá, ¿no ?

—Pues no me ha dicho nada, Anita, y no digas con ironía lo de amiguito, porque solo somos eso... por enésima vez.

Ella se da por vencida y cambia de tema, aunque no sé si cambia, o lo reconduce al terreno que ella quiere entrar.

—¿Y el bombón de Nill está en Berlín ahora mismo?

—Sí. Quedándose ahora mismo en el piso... se irá pronto.

—Entonces tienes poco tiempo para sacar todas tus armas —y con esa eficiencia suya que a veces es canallesca, añade—: No te quedes con ganas de nada que luego te arrepientas.

—¡Ana!

—¿Qué? Solo digo que la vida es corta y hay que disfrutarla. —Se ríe—. Venga, peque. Cuídate. Y cuéntamelo todo cuando se vaya, ¿eh?

—Todo lo que quieras saber.

—Así me gusta, mi niña, manteniendo informada a tu mejor amiga. —Hace una pausa más suave—. Te quiero mucho. Y me alegra que hayas llamado, de verdad. Y me alegra que por fin te dejes llevar un poco.

—Yo también te quiero.

Cuelgo y me quedo un momento en el banco con el móvil en la mano y el sol de octubre dándome en la cara.

Pienso en Nill Armas subiendo las escaleras de mi edificio ayer sin saber que yo estaba al otro lado de la puerta.

Pienso en la forma en que dijo «¿Acosta?

» con ese tono de quien está colocando un mundo entero en una sola palabra.

Pienso en el cosquilleo del pasillo que todavía no se ha ido del todo.

Y me levanto del banco y camino de vuelta hacia el piso.

Saúl ha cocinado y se le nota en la cara esa satisfacción de quien ha hecho algo bien y lo sabe. La mesa está puesta cuando llego del máster, con mantel y todo, lo cual dice mucho de lo especial que es para mi amigo que Nill esté aquí.

—¿Mantel? —le digo en voz baja cuando paso por la cocina.

—Es para que no se estropee la mesa —responde, sin mirarme.

—Saúl.

—¿Qué?

—Nunca pones mantel.

Me mira un segundo con esa expresión de quien ha sido pillado, pero no piensa admitirlo.

—Oye, que el mantel le da un rollito más familiar —dice, y vuelve a sus cazuelas.

Nill está sentado en el sofá con el móvil en la mano, revisando algo concentrado. Lleva una camisa oscura con las mangas subidas hasta el codo y hay algo en ese detalle, tan simple y cotidiano, que me resulta más difícil de ignorar.

Me siento en la silla de enfrente y abro el portátil.

—¿Cómo ha ido la reunión? —pregunto, porque es una pregunta neutral.

—Bien. El cliente es exigente, pero sabe lo que quiere. Es la mejor combinación posible .

—¿Y la obra?

—Hay un par de cosas que hay que ajustar. —Pausa—. La desviación que encontraste ayer la hemos corregido ya.

Me mira con esa expresión directa suya sin apartar la mirada.

—Gracias —dice.

—No tienes por qué darlas.

La cena arranca con esa facilidad que tienen las noches cuando hay buena comida y tres personas que se caen bien, aunque no del todo admitido.

Hablan de la isla, de obras pendientes, de proyectos.

Saúl pregunta por Lucía, por Ancor, por Érica, y Nill responde con esa manera tan suya de decir justo lo necesario, sin adornos, reservándose siempre una parte para él. Yo escucho más de lo que hablo.

Hasta que, entre bocado y bocado, Nill deja el tenedor sobre el plato y me mira.

—Es curioso —dice, con esa calma que siempre me pone en alerta—. Saúl sube fotos de sus viajes, de sus obras, de todo. Pero en ninguna, sales tú. Te he buscado, y es como si no existieras.

La frase cae sobre la mesa con el peso que tiene. Saúl deja la copa despacio. Me mira. Mira a Nill. Y decide sabiamente no decir nada.

—No tengo redes —respondo, con una sequedad que me sorprende a mí misma.

—¿Por qué?

Lo miro. Hay algo en su pregunta que no es curiosidad casual sino esa mirada suya de quien está buscando el fallo en la estructura.

—Porque no las necesito, y es decisión propia —digo.

—Hoy en día todo el mundo las necesita. Todo el mundo las tiene.

—Yo no soy todo el mundo. —Mi tono suena irascible, y me doy cuenta rápidamente de que he sonado más borde de lo que pretendía.

Nill me sostiene la mirada. Y luego, con esa suavidad que resulta más desarmante que cualquier insistencia, dice:

—No. Claramente no lo eres.

No sé muy bien qué hacer con eso. Lo dejo estar y desvío la conversación hacia Saúl, y él, que es el mejor amigo del mundo, entre otras cosas porque sabe cuándo cambiar de tema, recoge el hilo sin hacer preguntas.

Pero noto la mirada de Nill de vez en cuando durante el resto de la cena.

Esa expresión de quien no ha terminado de resolver algo.

Cuando Saúl se levanta a por los postres, nos quedamos solos un momento.

—¿Desayunamos mañana antes de que me vaya? —pregunta Nill, sin apartar la vista de su copa.

—Mañana tengo que madrugar —digo.

Me mira entonces. Directo.

—Hoy también madrugaste y has desayunado —responde con tono bajo.

—Desayunamos juntos, y así nos despedimos, peque —dice Saúl, sentándose en la mesa.

No respondo. Pero tampoco digo que no.

Glosario canario

Chiquito machango: vaya payaso.

Desembucha: ¡cuéntalo ya!, ¡di lo que sabes!

Fisquito: una pizca, un poco de algo.

Lengüín: persona chismosa, habladora.