Promesas de sal CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

ALI

Sin redes

Me levanto antes de que suene el despertador, con ese tipo de vigilia que no es descanso sino simplemente rendición, cuando el cuerpo decide que ya ha tenido suficiente de fingir que duerme. Son las siete menos cuarto. Hay luz gris entrando por la persiana y el piso está en silencio.

Un silencio que interpreto como victoria.

Me pongo mi pantalón vaquero y un jersey de punto grueso con una eficiencia silenciosa, recogiendo el pelo en un moño rápido, sin mirarme demasiado en el espejo porque hoy no tengo tiempo para eso.

Cojo el móvil, los cascos, el bloc de apuntes.

Plan: llegar a la cocina, prepararme el café, salir antes de que nadie se despierte y pasarme la mañana en la facultad terminando el proyecto.

Volver por la tarde cuando todo haya vuelto a la normalidad y solo estemos en este piso Saúl y yo.

Es un plan perfecto.

Abro la puerta de mi habitación con cuidado, sin hacer ruido, y camino hacia la cocina en calcetines, con mis All Star en la mano, por ese pasillo que anoche tuvo demasiada temperatura para mi gusto.

Y entonces lo huelo.

Café recién hecho. No el café de cafetera que hago yo, sino ese café cargado y oscuro que sale de la prensa francesa que Saúl tiene guardada en el armario y que no saca porque yo soy más práctica y prefiero la comodidad de la cafetera italiana de toda la vida.

Me paro en seco antes de entrar por completo en el salón-cocina.

Nill está de pie junto a la ventana del salón con una taza en la mano, mirando Berlín despertar.

Lleva una camiseta gris y el pelo todavía húmedo de la ducha, y hay algo en esa imagen, ese hombre grande y quieto, contra el cristal con la ciudad gris de fondo, que me ocupa el pecho de una manera que no había pedido.

Se gira cuando me escucha entrar.

—Buenos días —dice, con esa voz grave que a las siete de la mañana tiene todavía más peso del habitual.

—Buenos días —respondo, y camino directamente hacia la cafetera porque necesito tener algo entre las manos.

—Saúl se ha ido a correr —dice—. Ha salido hace media hora.

Qué oportuno el rubio, saliendo tan temprano.

—¿Has dormido bien? —me pregunta.

Me giro nuevamente hacia donde se encuentra y me apoyo en la encimera de cara a él y tomo un sorbo ligero de mi café.

—Perfectamente —miento, con rapidez, y soy consciente de que no es la primera vez que intento hacerlo desde que este hombre ha aparecido en mi vida.

Algo cruza por su cara. Esa media sonrisa que ya conozco y me pone nerviosa.

—Yo también —dice, con una gravedad tan fingida que me recuerda demasiado a todo lo que me costó conciliar el sueño. Y la vergüenza que sentí al ser consciente de que me vio en pijama y con el pelo despeinado.

Me llevo la taza a los labios para tener algo que hacer con la boca.

El café está bueno. Muy bueno. Me irrita que esté tan bueno.

Nos quedamos los dos en la cocina con nuestras tazas y el silencio de Berlín a las siete de la mañana, que es un silencio distinto al de la noche, más limpio, con ese sonido lejano de la ciudad arrancando.

Nill se apoya en la encimera, justo enfrente de mí, y me mira con la calma de quien no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Yo finjo revisar algo en el móvil.

—¿Desayunas algo? —pregunta, abriendo la nevera con esa naturalidad de quien lleva tiempo en una cocina ajena—. Saúl tiene pan de centeno.

—No hace falta que...

—Tranquila estoy más que acostumbrado a preparar desayunos, aunque no lo parezca. —Me mira—. ¿Te apetece una tostada?

Hay algo en cómo lo dice que no da opción a negarse sin que parezca una grosería, y eso me molesta porque yo soy perfectamente capaz de negarme a las cosas sin que me importe parecer grosera. Pero esta mañana es diferente y no consigo hacerlo.

—Está bien —digo, y me siento en el taburete, ya que pone suficiente encimera de por medio.

Nill pone el pan en la tostadora con una eficiencia que no malgasta movimientos y me pregunto si se habrá dado cuenta de ese paralelismo con el agua de anoche o si simplemente es así con todo.

—¿Mantequilla o aceite? —pregunta, sin girarse.

—Un fisquito de aceite —respondo.

Se gira con una expresión que no termino de leer.

Las tostadas salen. Las pone delante de mí sin ceremonia, coge las suyas, y vuelve a su sitio en la encimera de enfrente. Comemos en silencio durante un momento que no es incómodo sino todo lo contrario, y eso es casi peor, porque un silencio incómodo sería más fácil de gestionar.

—¿Cuándo te vas? —pregunto, porque necesito saber el horizonte.

—Mañana por la noche —dice—. Tengo la reunión de seguimiento esta tarde y mañana por la mañana una visita rápida a la obra. Luego vuelo a la isla.

Mañana por la noche. Eso es manejable. Eso es perfectamente manejable.

—¿Cuándo vuelves? —pregunta él.

Lo miro.

—¿A Tenerife? —respondo con otra pregunta, ganando algo de tiempo.

—Sí.

Hay algo en cómo lo pregunta, directo y sin rodeos, que me descoloca más que si lo hubiera preguntado con suavidad.

—No lo sé, quizás me quede aquí definitivamente —al final decido ser honesta y decirle la verdad. Al menos la verdad sobre mis planes futuros.

Me mira un momento.

—Saúl dice que llevas años sin volver, sin visitar la isla.

—Saúl es un lengüín —respondo, pero lo digo sin dureza porque no es una crítica sino simplemente un hecho.

—Solo se preocupa por ti. Es así cuando alguien le importa —dice Nill, con la sencillez de quien no está intentando llegar a ningún sitio sino simplemente diciendo lo que piensa.

Me quedo con la tostada a medias en la mano y algo en la garganta que no es el café.

—Lo sé —digo al fin.

El silencio que sigue es de esos que tienen peso, pero no presión. Nill no empuja. No pregunta más. Se termina el café mirando hacia la ventana y yo me termino la tostada mirando la encimera, y los dos estamos en la misma cocina pensando cosas que ninguno va a decir en voz alta.

Cuando Saúl vuelve de correr veinte minutos después, con las mejillas coloradas y ese optimismo de quien ha madrugado por voluntad propia, nos encuentra a los dos con las tazas vacías y una distancia entre nosotros que parece calculada.

Nos mira. Mira las tazas. Mira la prensa francesa.

—Vaya —dice, con una sonrisa que no intenta esconder—. ¿Me han dejado algo de café para mí?

Paso la mañana en la facultad con los cascos puestos y la música alta. Trabajo bien durante la primera hora. La segunda ya es más complicada. La tercera directamente la paso mirando la pantalla sin ver nada.

Cierro el portátil a mediodía, recojo mis cosas y salgo a la calle. Camino sin rumbo fijo durante diez minutos hasta que encuentro un banco en un parque pequeño con suficiente sol como para sentarse sin que te cale los huesos el frío.

Me siento, saco el móvil y llamo a Ana. Tarda dos tonos en responder mi llamada.

—¡Ali! —La voz de Ana llega cargada de esa energía que nunca he sabido de dónde la saca—. ¡Estaba esperando que llamaras! ¿Qué pasó ayer? ¡Cuéntamelo todo ahora mismo, desembucha! Me tienes muy intrigada.

Me río. Una risa pequeña y genuina que me sale sola al escucharla.

—Hola, Anita...

—Ni hola ni nada, directamente al grano, cuenta, cuenta...

Me acomodo en el banco, subo las rodillas al pecho y miro los árboles del parque perder sus últimas hojas con esa resignación tranquila que tienen los árboles en otoño.

—Primero dime cómo estás tú.

—Todo bien, todo bien, ya te cuento después. Ahora habla tú. Que te conozco y si te dejo empezar por los demás no llegas a lo tuyo en la vida.

Tiene razón. Siempre tiene razón.

—Oye —digo, bajando un poco la voz, aunque estoy sola en el parque—. Guille me escribió.

Silencio de dos segundos.

—¿Cuándo?

—Hace unos días. Un mensaje diciendo que no me había olvidado, que se equivocó... el discurso de siempre.

—Chiquito machango —dice Ana, y en su voz hay algo que no es solo disgusto sino algo más parecido a una certeza—.

Ali, yo no sé qué esconde ese tío, pero algo esconde.

Las pocas veces que me lo he cruzado por aquí, me quita la mirada.

No es capaz de mirarme a los ojos. Acelera el paso, desvía la vista, como si yo fuera a pedirle cuentas en medio de la calle.

Me quedo quieta un momento.

—¿En serio?

—En serio. Hay algo en él que no cuadra. Alguien que no tiene nada que esconder no se comporta así. —Pausa—. No le contestes. No le des ni eso.

—No le he contestado.

—Bien. Que se quede con las ganas.

Hay un momento de silencio entre las dos, de esos que tienen peso, pero no presión. Los árboles siguen soltando hojas. Berlín sigue siendo Berlín.

—Oye —digo al fin—, te voy a contar una cosa que vas a flipar.

—Ay, madre. Ya me gusta el arranque. Venga.

—¿Te acuerdas de que te conté lo de la llamada de hace unas semanas? El amigo de Saúl, el de la constructora, el que me llamó un domingo con un problema en la obra.

—El de la voz —dice Ana, con una precisión que me hace gracia y me incomoda a partes iguales.

—Ese. Pues resulta que ayer tuve una visita de prácticas del máster. Una obra de remodelación en el centro de Berlín. Era una empresa constructora española con un proyecto aquí. Silencio.

—No.

—Sí.

—Ali.

—Era él. El responsable de la obra era él.

El grito de Ana me obliga a separar el móvil de la oreja.

—¡No me lo puedo creer! ¡Pero qué pequeño es el mundo! ¿Y cómo es? ¡Cuéntamelo todo! ¿Es tan imponente en persona como lo es su voz a través del teléfono?

Me muerdo el labio.

—Es alto. Pelo castaño oscuro, ondulado que no termina de domarse. Barba corta. Complexión de quien trabaja de verdad, no solo de ir al gimnasio. Y huele... —hago una pausa— a Dios griego, como dirías tú. Y unos ojos grises...

Silencio de tres segundos.

—Ali Acosta —dice Ana, con una calma completamente artificial—. Llevas años sin describir físicamente a ningún hombre, ni siquiera a Saúl, y ahora me estás detallando hasta el olor de este maromo.

—Me preguntaste cómo es y te lo estoy describiendo... —me quejo.

—El olor, Ali. El olor significa que te has acercado lo suficiente para notarlo. ¿Cómo se llama?

—Nill... Nill Armas.

Otro silencio. Este más largo.