CAPÍTULO 7
ALI
Ovejitas blancas
Saúl tiene la costumbre de dejar la calefacción al máximo cuando llega a casa.
Fuera hay nueve grados, que para cualquier berlinés es una tarde agradable de septiembre, pero es más canario que el gofio pese a sus padres alemanes y sus rasgos de vikingo, y para él todo lo que baje de veinte es una emergencia climática.
Lo hace desde que vivimos juntos y yo llevo semanas peleándome con el termostato.
Esta noche no es diferente.
Después de la cena, en la que Saúl no ha dejado de meterse con Nill por su ritmo de trabajo ('este tío no para, ¿eh?
Ya podrías delegar algo, que para eso tienes a Lucía'), y Nill se ha limitado a encogerse de hombros con una media sonrisa cansada, como quien lleva demasiado tiempo cargando algo sin saber cómo soltarlo, me escabullo a mi habitación con el té de canela y el portátil, con la excusa de terminar el proyecto de la facultad que tampoco es del todo mentira.
Me queda poco, un último repaso, unos detalles que afinar.
Pero la verdad es que necesitaba salir del salón.
Necesitaba poner una puerta entre Nill Armas y yo antes de que mi cara dijera algo que mi boca no tenía intención de decir.
Me siento en el escritorio, abro el portátil y miro los planos durante un rato que no sabría decir cuánto duró.
Las líneas están ahí pero no las veo. Lo que veo es la forma en que me miró cuando le dije que no sabía qué contestar al correo.
Sin presión, sin juicio. Solo aceptándolo como si fuera la respuesta más lógica del mundo.
Eso me descolocó más que cualquier otra cosa que haya hecho en todo el día.
Cierro el portátil.
Me pongo el pijama, ese de canalé gris con las ovejitas blancas que compré el primer otoño aquí porque hace fresco, pero con la calefacción la franela es demasiado.
Me dejo el pelo suelto, cayéndome por los hombros con esa ondulación que tiene cuando no lo peleo.
Hago todas las cosas de siempre en el orden de siempre, buscando en la rutina esa calma que esta noche tarda en llegar.
Cuando salgo al pasillo para ir a buscar agua a la cocina, el piso está en silencio.
La puerta de la habitación de invitados tiene luz por debajo.
Nill sigue despierto. Lo noto en el sonido que hacen las teclas de su ordenador, cuando las teclea sin parar.
Saúl, sin embargo, tiene la luz apagada. Debe estar durmiendo.
Camino hacia la cocina con cuidado, sin encender la luz del pasillo.
Conozco este suelo de memoria, sé dónde crujen las tablas y dónde no.
Lleno un vaso de agua, me lo bebo de pie frente a la ventana mirando Berlín de noche, ese resplandor anaranjado que nunca se apaga del todo, y me digo que mañana todo volverá a su sitio.
Que Nill es el amigo de Saúl y nada más.
Que lo de esta mañana en la obra fue una visita de prácticas y lo de esta noche ha sido una cena entre tres personas que se conocen a través de un amigo común.
Que no debo darle más vueltas a mi cabecita .
Me convenzo bastante bien. Lo suficiente para volver al pasillo con el vaso vacío y encaminarme hacia mi habitación con una serenidad que casi es real.
Y entonces la puerta de la habitación de invitados se abre.
No sé quién se lleva el susto mayor.
Nill sale al pasillo en el mismo momento en que yo paso por delante, y los dos nos quedamos parados a medio metro el uno del otro sin que ninguno lo haya planeado.
Va sin camiseta. Solo el pantalón de chándal gris y ese torso que en la penumbra del pasillo resulta todavía más difícil de ignorar que esta mañana en la obra, cuando al menos tenía una camiseta y el chaleco reflectante de por medio.
Tiene el pelo ligeramente revuelto y una expresión de quien lleva un rato despierto sin poder dormirse.
—No podía dormir —dice, como si necesitara explicarse—. Demasiado calor.
—Es Saúl —respondo—. Lo pone siempre así. Cree que nueve grados es el ártico.
—Lo sé. —Hace una pausa—. Iba a buscar el termostato.
—En la pared del salón, junto a la puerta de la terraza.
Asiente. Ninguno de los dos se mueve todavía.
El pasillo es estrecho. No ridículamente estrecho, pero lo suficiente para que la distancia entre los dos sea la que es.
Huele a su perfume, algo amaderado y seco que no había notado tanto en la obra y que aquí, en la penumbra, con su pelo y su piel y ese calor que desprende, resulta imposible de ignorar.
—¿Tú tampoco podías dormir? —pregunta.
—No con este calor, he salido a por un poco de agua...
—Ah. —Otro silencio—. ¿Me das un poco? Yo también estoy seco.
Lo miro. Tiene una expresión completamente seria que de alguna manera resulta divertida.
—En la nevera hay una botella —digo.
—¡Qué amabilidad!
Algo se me escapa. No llega a ser una sonrisa, pero se le parece, y eso me molesta porque no era mi intención darle esa pequeña victoria.
Me aparto levemente para dejarle pasar hacia la cocina y él hace lo mismo para dejarme pasar a mí y durante un segundo los dos nos movemos en la misma dirección antes de corregir, esa coreografía torpe que pasa cuando dos personas intentan no chocarse en un espacio pequeño. En el intento, su mano roza la mía.
Un segundo. Menos que un segundo.
Pero lo noto en el estómago antes de notarlo en la mano. Un cosquilleo que sube demasiado rápido y que no tiene nada que ver con el frío porque frío, en este pasillo, no hay ninguno.
—Perdona —digo.
—No, perdona tú.
Nos miramos.
Y entonces los dos nos reímos al mismo tiempo, una risa breve y sin pretensiones que descomprime algo que llevaba horas tenso sin que ninguno lo nombrara.
—El termostato —digo, señalando hacia el salón—. Voy yo.
Él arquea una ceja.
—¿Seguro?
—Seguro —respondo, y camino hacia el salón antes de que se me note que no voy por altruismo sino porque necesito alejarme de ese pasillo y de ese olor, de ese torso, y de ese cosquilleo que todavía no se ha ido del todo.
Encuentro el termostato, lo bajo varios grados, y me quedo un momento de pie frente a la terraza fingiendo que miro la ciudad mientras me abanico discretamente con la mano.
Discretamente. O eso creo.
Cuando vuelvo al pasillo, Nill está apoyado en la encimera de la cocina con un vaso de agua fría de la nevera en la mano, mirándome con una expresión que dice que ha visto más de lo que yo quería enseñarle.
No dice nada sobre el abanico. Le doy ese punto.
—¿Quieres un poco más de agua? —pregunta, levantando el vaso ligeramente.
El vaso está frío. Se ve desde aquí, con las gotitas condensándose en el cristal. Y yo, que acabo de bajar el termostato y de abanicarme en el salón como si tuviera sesenta años y sofocos típicos de la menopausia, asiento sin decir nada.
Me lo pasa. Nuestros dedos no se rozan esta vez. Los dos lo hemos gestionado con demasiado cuidado como para que no sea obvio que los dos lo estamos evitando.
Bebo un sorbo. El agua está helada y eso ayuda más de lo que imaginé a sofocar el calor que siento.
—Buenas noches, Ali —dice, empujándose de la encimera con esa calma que ya me resulta familiar y girándose hacia su habitación.
—Buenas noches —respondo.
Se para un momento, con la mano ya en el pomo de la puerta, y se gira levemente hacia mí. Hay algo en su expresión que no termino de leer, esa media sonrisa que ya conozco.
—Si no puedes dormir... —dice, con una gravedad completamente falsa—, cuenta ovejitas.
Tarda exactamente un segundo en desaparecer dentro de la habitación y cerrar la puerta.
Me quedo sola en el pasillo con el vaso frío en la mano y una sonrisa que no tengo ninguna intención de tener, mirándome las ovejitas de mi pijama.
Voy en pijama de ovejitas, con el pelo hecho un desastre, delante de un hombre que acaba de aparecer sin camiseta como si posara para un calendario de albañiles buenorros.
Ni siquiera había reparado en lo que llevaba puesto hasta este momento exacto, mirándome las ovejitas con una mezcla de vergüenza y ganas de reírme de mí misma. Genial, Ali. De verdad, genial.
Me meto en la cama con el teléfono. Tengo el chat de Ana abierto desde antes de la cena y eso me ancla de una manera que necesitaba. Ana. Mis primos. La isla. Las cosas que son reales y que no dependen de un par de ojos claros en un pasillo a las once de la noche.
Le escribo otro mensaje corto:
«Oye. Hoy ha sido un día muy surrealista. Mañana te cuento. Buenas noches, Anita».
Lo envío y dejo el teléfono boca arriba sobre la mesilla.
El techo de mi habitación es blanco y liso y en él no hay nada que ver.
Aun así, me quedo mirándolo un rato, con la colcha hasta la barbilla y la calefacción bajando ya de temperatura, pensando en que mañana me levantaré temprano, me iré a clase antes de que nadie se despierte, y cuando vuelva por la tarde, con un poco de suerte Nill se habrá ido y todo volverá a ser como siempre.
Es un buen plan. Un plan sensato. Un plan de persona que sabe lo que le conviene. Un plan que, para ser sincera, ya sé que no va a funcionar del todo, porque llevo un rato pensando en la próxima excusa que tendré para cruzarme con él antes de que se marche.
Cierro los ojos. Cuento ovejitas. Tardo bastante en dormirme.
Glosario canario
Gofio: alimento tradicional canario hecho de cereales tostados y molidos, muy arraigado en la cultura de las islas.