CAPÍTULO 6
NILL
La misma
Berlín huele diferente de noche.
No es el salitre ni el alisio ni ese calor denso que la isla suelta cuando el verano no termina de irse. Es otro olor, más frío, más mineral, con ese punto húmedo de las ciudades. Lo reconozco del último viaje. Saúl lleva años diciéndome que venga más. Años diciéndome que me estoy perdiendo algo.
Quizás tenía razón.
Subo las escaleras del edificio con la mochila al hombro y el cansancio de una jornada que empezó antes del amanecer.
Tengo los músculos del cuello agarrotados y el cerebro lleno de planos, de desviaciones de ángulo y de una conversación de esta mañana que no consigo dejar de repasar por más que lo intento.
La señorita Acosta.
Una mente así en una obra de remodelación de segundo nivel.
Llevo la mitad del trayecto en metro pensando en eso, en la velocidad con que leyó los planos, en cómo no vaciló ni un segundo, antes de responderme, en esa forma de devolver cada golpe con la misma moneda sin perder la compostura ni un milímetro.
Y en cómo no me dio el nombre, tan solo el apellido.
Llego al tercer piso y busco el número de la puerta. Saúl me ha mandado un mensaje diciendo que llega en un rato, que Ali estará en casa, que entre con confianza.
Ali.
Me quedo un segundo con el puño levantado antes de llamar.
Ali. La compañera de piso. La que cogió el teléfono un domingo por la mañana con la voz todavía a medio despertar y me resolvió un problema que el arquitecto local no había sabido ver. La que dijo «algún día» con ese tono que lo decía todo. La que no contestó el correo que le envié.
Eso último todavía me molesta, y no consigo justificarlo del todo.
Repaso mentalmente la lista de mujeres que me han dejado un mensaje sin respuesta en los últimos años y no encuentro ni un solo nombre.
No consigo encajar la voz del teléfono, con nada de lo que me he construido de ella en estos años, desde que mi amigo me cuenta cosas de ella.
Llamo a la puerta.
Pasos al otro lado. El sonido de una cerradura. La puerta se abre y el tiempo hace algo extraño. Se ralentiza exactamente lo suficiente para que mi cerebro procese varias cosas a la vez.
La chica que está en el umbral es morena, melena larga ondulada, ojos que me miran con una expresión que tarda exactamente un segundo en cambiar. Un segundo en el que los dos estamos procesando la misma información desde direcciones opuestas.
La señorita Acosta.
Lo veo en su cara antes de que cualquiera de los dos diga nada. El mismo parpadeo que yo noto en la mía. El mismo instante en que las piezas encajan de golpe y ya no hay manera de desencajarlas.
No puedo creerme esta casualidad. Que la chica que estaba esta mañana en la obra, la que me dejó dándole vueltas a una conversación durante todo el trayecto en metro, sea la misma que resolvió aquel problema por teléfono hace semanas, sin conocerme de nada.
Y que las dos sean, además, la compañera de piso de Saúl.
Empiezo a sospechar que el universo tiene un sentido del humor que no comparto.
—Soy Nill —digo, porque es lo único que tenía preparado y porque necesito que haya palabras en este umbral, que rompan el silencio que se ha creado.
Ella me mira un segundo más. Y entonces, con la misma calma de esta mañana, señala levemente con la barbilla hacia mí.
—¿Armas?
—¿Acosta?
Silencio de dos segundos exactos.
—Ya, has dicho tu nombre cuando has llamado al timbre —responde, como si quisiera cerrar ese paréntesis antes de que se haga demasiado grande.
Y en su voz hay algo que reconozco. El mismo tono con que esta mañana me dijo «lo sé» cuando le di la razón sobre el ángulo de inclinación. Una seguridad que no necesita demostrar nada.
Nos quedamos mirándonos un momento que dura demasiado.
Luego ella sale al umbral y me da dos besos con la naturalidad de quien ya daba esto por hecho. Primero uno, luego el otro. Su pelo roza mi mejilla y huele a jabón y a algo más cálido, entre el sándalo y el jazmín, que me queda ahí, flotando, mucho más tiempo del que debería.
—Yo soy Ali, aunque eso ya lo sabes —dice, tendiéndome la mano después, como si los dos besos fueran el protocolo y esto fuera la presentación oficial.
Se la estrecho. Su mano es pequeña, firme y cálida.
—Menos mal que por fin te pongo cara —digo—. Llevas años viviendo con Saúl, y yo sin conocerte. Bueno, ni yo ni el resto de nuestros amigos.
Algo cruza por su expresión. No llega a ser una sonrisa, pero se le parece bastante.
—Pasa, no te quedes ahí, Saúl no debe tardar mucho en llegar —dice, y se aparta de la puerta.
El piso huele a canela y a madera nueva.
Me quedo un momento en la entrada mirando el salón antes de dejar la mochila.
Hay algo en este espacio que se nota habitado de verdad, no de esa manera impersonal de quien vive en un sitio sin echar raíces.
Está diferente a cuando acompañé a mi amigo a instalarse hace unos años.
Los planos sobre la mesa, las plantas en el alféizar, una taza a medias junto al sofá, libros apilados con un orden que no es propio de Saúl.
Ella ha impregnado cada rincón con su presencia sin que parezca haberlo hecho a propósito.
Eso es lo más difícil de conseguir en un espacio, esa sensación de que alguien pertenece a él. Y ella lo ha conseguido en este piso.
Ali está en la cocina, de espaldas, haciendo algo con el grifo. La observo un segundo sin que ella lo sepa .
Esta mañana llevaba el casco y el chaleco reflectante y se movía entre los pilares con esa concentración que hace que el mundo a su alrededor desaparezca.
Ahora lleva ropa cómoda, el pelo recogido a medias, y hay algo completamente distinto en verla así, en su propio espacio, que me arranca una sonrisa que intento disimular todo lo rápido que puedo, antes de que se gire.
Recuerdo el correo y el silencio que vino después. El teléfono boca abajo en el aeropuerto con sus quince mensajes de Sara deslizados sin abrir y ninguno de ella.
—¿Agua? —pregunta, girándose.
—Sí, por favor.
Me siento en el sofá. Ella llena un vaso, lo trae, lo deja sobre la mesa con una eficiencia que no malgasta ni un solo movimiento, y se sienta en la silla frente a mí en lugar del sofá. Lo noto. Lo noto perfectamente y no digo nada.
El olor a té de canela sigue flotando en el aire, mezclándose con algo que reconozco de esta mañana en la obra y que ahora, aquí, en la calidez del piso, resulta difícil de ignorar.
—¿Cómo está Saúl? ¿Cómo lleva la vida por aquí? —pregunto, porque es un territorio neutral y porque necesito escucharla hablar para acabar de ubicar esa voz que lleva semanas dando vueltas en algún lugar que no consigo apagar.
—Bien, acabará con muy buenos resultados, ha mejorado muchísimo —dice—. Está agotado pero contento.
—¿Y tú ?
Me mira un segundo, antes de responder. Hay algo en esa pausa que no es indiferencia. Es más parecido a alguien que mide las palabras antes de soltarlas.
—Igual, agotada, con ganas de acabar.
Hay una pausa que ninguno de los dos se apresura a llenar. Afuera, Berlín hace ese ruido sordo de ciudad grande que nunca termina del todo de callarse. Dentro, el único sonido es el de la calefacción y el de los dos procesando en silencio todo lo que ha pasado en las últimas horas.
—No contestaste el correo —digo al fin.
El silencio que sigue dura exactamente lo suficiente para que los dos sepamos que no ha sido un olvido.
—No —confirma, sin apartar los ojos de los míos.
—¿Por qué?
Me mira un momento. Hay algo en esa mirada que no es evasión sino algo más parecido a una decisión consciente, a alguien que está eligiendo cuánto mostrar.
—Porque no sabía qué contestar —dice al fin.
Es la respuesta más honesta que podría haberme dado y los dos lo sabemos. La dejo estar en el aire un momento antes de asentir despacio.
—Es lógico. Al fin y al cabo, apenas nos conocemos —digo, mirando directamente a los ojos.
Ella me devuelve la mirada con una expresión que no termino de leer del todo.
—Bueno, ahora ya nos conocemos —responde, y esta vez sí hay algo en su cara que se acerca a una sonrisa—. Al final tú tenías razón y algo no cuadraba.
Hay algo en ese intercambio que no necesita más palabras. El silencio que sigue no es incómodo. Es de otro tipo. De los que dicen más de lo que cualquiera está dispuesto a expresar por ahora.
Me recuesto un poco en el sofá y la miro con la calma que llevo años entrenando, la que hace que nadie sepa lo que hay debajo.
Ella lo soporta bien. No aparta los ojos, no busca excusa para levantarse.
Me sostiene la mirada con una compostura que esta mañana me costó tanto desmontar y que ahora, en su propio territorio, es si cabe más sólida.
—Saúl lleva años hablándome de ti —digo.
—¿Y qué te ha contado?
—Que eres brillante. —Hago una pausa—. Que tienes un cristal blindado entre tú y el mundo. Y que eres de Tenerife, aunque eso me sorprendió esta mañana cuando te escuché hablar alemán. No esperaba ese nivel.
Algo se mueve en su cara. Rápido. Lo suficiente para que yo lo vea y para que ella sepa que lo he visto.
—Saúl exagera un poco, él es igual de bueno que yo. —Hace una pausa breve—. Y lo del idioma es porque mi madre era alemana. Lo aprendí en casa. Mi padre sí es de la isla.
Lo dice con una naturalidad que no admite más preguntas sobre ese tema. Guardo la información sin comentarla. Hay puertas que se abren solas si no las empujas.
—No me pareció que exagerara. El otro día tuviste buen ojo con el desajuste de la obra en Suiza y hoy más de lo mismo... —digo.
—Tú también hablas alemán muy bien. ¿Dónde lo aprendiste? ¿Con Saúl, o tus padres también son alemanes?
Me mira con una curiosidad directa que no disimula nada, inclinándose levemente hacia delante sin darse cuenta. Es la primera vez que me pregunta algo personal y lo noto. Lo noto demasiado.
—Aprendí en casa de Saúl. Desde pequeños, siempre que podíamos hablábamos en alemán. Los padres de Saúl insistían mucho en eso.
—Pues se nota, lo hablas muy bien, tanto que no reconocí tu voz del todo esta mañana en la obra —hay algo en su tono que suena a genuino, sin el barniz profesional de esta mañana.
Estoy a punto de preguntarle por qué nunca coincidimos cuando Saúl va de visita a la isla, cuando escucho la llave girar en la puerta de entrada.
Cuando llega Saúl, el piso cambia de temperatura de inmediato.
Eso es lo que hace Saúl en cualquier espacio, llenarlo de una energía que no pide permiso.
Entra cargado de bolsas, se para en seco al vernos, y nos mira alternando con una expresión de quien está sumando dos más dos y no le sale cuatro.
—¿Ya se han conocido? —pregunta, con cara de quien llega tarde a algo que quería hacer él mismo.
Ali y yo nos miramos un instante.
—Resulta que ya nos conocimos esta mañana —digo—. En la obra de Mitte.
Saúl abre los ojos. Mira a Ali. Me mira a mí. Y suelta una carcajada que llena el piso entero, de esas que le salen del alma cuando algo le parece genuinamente absurdo.
—No me lo puedo creer —dice, negando con la cabeza—. De todas las obras de Berlín, tenías que caer justo en la suya.
—Ya te digo. No me dijiste que vendría Nill de visita —dice Ali, con un tono que cierra puertas sin dar portazo.
Él levanta las manos, todavía sonriendo.
—Me llamó esta mañana justo cuando nos despedíamos y como luego pensé que comerías fuera con los de la uni... —Deja las bolsas en la cocina—. ¿Cenamos?
Ali se levanta y lo sigue. Antes de desaparecer en la cocina, gira la cabeza levemente, apenas un segundo, y nuestras miradas se cruzan.
No dice nada. Yo tampoco.
Pero los dos sabemos que esto, esta conversación, esta tensión que se ha instalado en el salón sin pedir permiso, no ha terminado. Solo se ha aparcado, con la promesa silenciosa de que volverá a detonar en cualquier momento.