CAPÍTULO 5 #2
Por el rabillo del ojo veo a Ángela. Me está mirando con los ojos muy abiertos y una expresión que grita todo lo que yo estoy intentando no sentir. Cuando nuestras miradas se cruzan, ella señala discretamente hacia él y luego se lleva la mano al pecho como si le fuera a dar algo.
Le clavo una mirada para que se corte un poco.
Ella sonríe y aparta los ojos.
Pasamos la siguiente hora recorriendo la obra.
Él delante, el resto y yo siguiéndole a dos pasos.
Armas conoce cada rincón de la estructura con esa precisión de quien no necesita los planos porque los lleva dentro.
A los operarios los llama por su nombre.
A mí me llama señorita Acosta con una regularidad que no sé si es distancia profesional o algo que ha decidido conscientemente.
Yo lo llamo Armas con la misma cadencia con la que él me nombra a mí, midiendo cada sílaba como si en ese gesto mínimo se jugara más que una simple forma de hablar.
No es casualidad, claro que no. Hay una ironía suave, casi elegante, deslizándose entre las palabras, como si al devolvérselo le recordara que no soy la única que sabe levantar distancias sin elevar la voz.
Y durante un segundo, apenas un segundo, siento que lo percibe, que lo entiende.
Hay momentos, mientras camina delante de mí y señala algo en la estructura, en que lo veo girar la cabeza levemente hacia donde estoy yo, como si verificara algo.
No me mira directamente, o si lo hace es solo un instante antes de volver a la obra.
Yo lo noto. Y me pregunto si él también se ha dado cuenta.
En el tercer piso, asomados al hueco de la escalera con Berlín extendiéndose al otro lado de los ventanales sin cristal todavía, señalo una desviación en los planos.
—El ángulo de inclinación aquí no coincide con lo ejecutado —digo—. Hay una desviación de casi tres grados.
Él se inclina sobre los planos. Demasiado cerca otra vez.
Su brazo roza apenas el mío al apuntar con el dedo y yo no me muevo porque moverme sería admitir que lo he notado, y no estoy dispuesta a admitir nada, ni siquiera que la mirada se me ha detenido en las venas de su brazo, provocándome un calor que sé que no viene de fuera.
Miro los números con una concentración que en este momento me cuesta más de lo habitual.
—Tiene razón —dice. Y lo dice de una manera que suena a que no lo dice a menudo.
—Lo sé —respondo .
Esta vez sí se ríe. Una risa breve, casi para sí mismo, que me descoloca precisamente porque no la esperaba. Porque transforma algo en su cara que hasta ahora había permanecido perfectamente controlado. Se le marcan dos hoyuelos que no había visto venir y que no tenía ningún derecho a tener.
Finjo revisar el bloc.
Cuando bajo los ojos al papel, soy consciente de que él no ha apartado los suyos de mí todavía. Lo siento antes de confirmarlo con un vistazo rápido de reojo. Me mira con una fijeza tranquila, como si estuviera tratando de resolver algo que no cuadra.
Detrás de nosotros, muy bajito, escucho a Ángela decirle algo a otra compañera. No llego a oír las palabras, pero sí el tono. Y la risita que sigue.
Me muero por dentro, queriendo que la tierra me trague y me suelte en un lugar donde no me sienta tan vulnerable como en este momento, en el que me gustaría ser invisible.
Cuando bajamos de vuelta a la caseta el encargado nos deja solos un momento. Me quedo recogiendo mis cosas con esa lentitud deliberada de quien necesita unos segundos para volver a ser quien era antes de entrar aquí. Armas está de pie junto a la mesa, mirando los planos.
—¿Cuánto le queda de máster exactamente? —pregunta, sin levantar la vista.
—Apenas unas semanas.
—¿Y después?
Lo miro.
—Eso todavía no lo sé.
Me mira entonces. Directo, con esos ojos claros que siguen sin dejarme decidir si son grises o verdes. Como si la respuesta le importara más de lo que debería importarle a alguien que acaba de conocerme hace unas horas.
Hay un momento, brevísimo, en que su mirada baja un instante hasta mis labios, antes de volver a mis ojos. No estoy segura de si en realidad ha sucedido de verdad o solo lo he imaginado. Pero noto el calor subiéndome al cuello antes de poder evitarlo.
—Señor Armas —dice el encargado, asomando la cabeza—, le necesitan en la obra.
Él no se mueve de inmediato. Un segundo. Dos. Como si estuviera terminando algo que nadie le ha pedido que empiece.
—Voy —dice al fin. Y luego, a mí—: Ha sido un placer, señorita Acosta. Tiene buen ojo.
—Ya me lo han dicho antes —respondo.
Se va.
Me quedo mirando los planos sobre la mesa sin verlos, con las mejillas más calientes de lo que deberían estar y esa sensación en el pecho de algo que acaba de moverse sin pedirme permiso.
Cuando Armas habla con los operarios en alemán al otro lado del tabique, algo en esa cadencia grave y directa me roza de una manera que no consigo ubicar. Como si ese idioma, con esa voz, ya lo hubiera escuchado antes. En otro sitio. En otro momento. No logro atraparlo.
Lo descarto. Es imposible.
Ángela aparece a mi lado en silencio. Espera exactamente tres segundos.
—Oye —dice, con una calma completamente falsa—, ese hombre te ha mirado a ti más que a los planos. Y eso que los planos eran bastante interesantes.
—Estaba supervisando la visita —respondo, sin mirarla.
—Ali. —Se inclina un poco hacia mí—. Te ha llamado señorita Acosta durante la visita entera como si fuera lo más natural del mundo y en el tercer piso no te ha quitado los ojos de encima mientras mirabas el bloc. Yo me habría desmayado en el segundo forjado.
—Pues menos mal que no eras tú la que revisaba los planos —digo, recogiendo el casco.
Ella se ríe. Y yo salgo de la caseta antes de que me vea sonreír.
Justo cuando vamos a entrar en la taberna con el grupo, el teléfono vibra en mi bolsillo.
Es Ana.
«¡Ali! No sabes el peso que me quitas de encima... Pensé que te había perdido para siempre. Me da igual el rubio y Berlín, solo quiero saber que estás bien. No vuelvas a desaparecer así. Llámame cuando puedas, te necesito de vuelta. Yo también te quiero, pequeña».
Me quedo estática en la acera. El mensaje de Ana me golpea de una manera que no esperaba.
La nostalgia me aprieta la garganta y de repente el ruido de la calle, las risas del grupo, la idea de sentarme en una taberna a hacer conversación intrascendente se me hace imposible.
Se me han ido las ganas de golpe, como cuando una luz se apaga sin avisar.
—¡Ali! ¿Vienes o qué? —grita Ángela desde la puerta del local.
—Vayan entrando —respondo, guardando el móvil—. Al final me ha surgido algo. Paséenlo bien, de verdad.
No espero réplica. Empiezo a caminar hacia el metro. Le envío un mensaje a Saúl por el camino:
«Rubio, no me esperes para comer. Ha sido una mañana intensa. Nos vemos luego».
Necesito la seguridad de mi cuarto y, sobre todo, contestarle a Ana. Esta vez no voy a dejar que la conversación vuelva a enfriarse.
Mientras me alejo, pienso en la obra y la remodelación, un pensamiento que me recuerda a algo que ya sé.
Ya cometí el error de bajar la guardia con Guille. No pienso dejar que un par de ojos claros vuelvan a encender una mecha que yo misma apagué.
Llego al piso antes que Saúl. Me pongo ropa cómoda y me preparo un té, me siento en el sofá y abro el portátil con la intención seria y firme de escribir el informe de la visita de obra.
No escribo el informe.
Me quedo mirando la pantalla en blanco con el té enfriándose en la mano y esa voz dando vueltas en algún lugar que no consigo apagar. Esa forma de quedarse quieto mientras esperaba. Esos ojos que me miraban como si supieran algo que yo no.
Cojo el teléfono. Abro el chat de Ana y le respondo y le doy a enviar antes de que se me ocurra pensarlo demasiado.
«Te llamo mañana, lo prometo. Y no vuelvo a desaparecer. Te quiero, Anita» .
El telefonillo del piso suena, haciéndome pegar un brinco.
Saúl, pienso. Se habrá olvidado las llaves otra vez.
Pulso el botón sin preguntar.
—¿Otra vez te has dejado las llaves?
Una pausa brevísima.
—¿Está Saúl?
Esa voz.
La del teléfono de hace semanas.
La misma. Es exactamente la misma.