Promesas de sal CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

AL I

La gravedad de lo desconocido

La habitación queda bien.

Lo sé porque Saúl se queda en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa sonrisa suya de medio lado, mirándola en silencio. Ha ido a buscar agua y se ha quedado ahí plantado, como si hubiera olvidado adónde iba.

—Peque —dice al fin.

—¿Qué?

—Que está perfecta.

Me giro hacia él con el cojín todavía en la mano y lo encuentro mirándome a mí, no a la habitación. Con esa expresión que tiene a veces, más suave que de costumbre, de las que no necesitan explicación.

—Para de mirarme así —le digo, con esa queja que no es reproche de verdad, sino la incomodidad de no entender por qué me mira como si viera algo más allá de este momento. Con esa admiración suya que a veces no sé dónde meter.

—¿Cómo te estoy mirando?

—Como si acabara de hacer algo importante.

—Es que lo has hecho. —Se aparta del marco y entra, pasa una mano por el cabecero de madera con ese gesto suyo de arquitecto que evalúa sin poder evitarlo—. Cuando me mudé a esta casa estaba tan sobria. Ahora tiene... no sé. Tiene algo.

—Alma —digo yo.

—Eso. —Me mira—. Hacía tiempo que no te veía hacer algo así. Con esa concentración tuya de cuando algo te importa de verdad.

No respondo. Miro la luz entrando por la ventana que da al patio interior, exactamente como lo había calculado, y siento algo parecido a la satisfacción posándose despacio en el pecho.

Se tira boca arriba en la cama recién hecha con esa desfachatez que solo tiene él.

—Va siendo hora de que invites a alguien, ¿no? —dice, mirando el techo—. Esta también es tu casa, peque.

Lo miro. Hay algo en cómo lo dice, sin presión, sin ironía, que me llega de una manera que no esperaba.

Me siento en el borde de la cama y me quedo mirando la habitación desde ahí. Y entonces llega, sin avisar, como siempre llegan las cosas que duelen.

Ana.

Nada me gustaría más que tenerla aquí, tirando su maleta en este suelo de madera, llenando el piso de ese ruido suyo que nunca molesta.

El rumor del tráfico berlinés se desvanece un momento y me encuentro bajando de nuevo el acantilado al atardecer, por aquella senda de tierra suelta que siempre nos hacía resbalar.

Casi puedo sentir el calor del sol en la nuca y el olor a salitre golpeándome la cara.

Las piscinas naturales que la marea baja esculpía entre las rocas.

Ana que soltaba barbaridades que nos hacían doblarnos de risa mientras flotábamos en un mundo que todavía era mío.

Esa libertad pura que ahora, en el gris alemán, añoro con una sonrisa que escuece .

Saúl me mira un segundo de más desde la almohada.

—¿En qué pensabas?

—En Ana —confieso, y el nombre suena pesado en el silencio del piso—. La echo tanto de menos...

—Pues llámala, habla con ella, igual está deseando que le hables —sentencia él, con esa sencillez suya.

—Luego lo haré. —Me levanto y le lanzo el cojín directamente a la cara—. Ahora fuera de aquí, venga. Esta es la habitación de invitados. No es para ti.

Él se ríe y se incorpora sin prisa. Desaparece hacia su habitación y yo me quedo sola en el pasillo un momento antes de entrar en la mía.

Me siento en la butaca que tengo al lado del espejo y cojo el teléfono. Los dedos me tiemblan ligeramente sobre el cristal. Sé que mi silencio ha sido necesario para sobrevivir, pero Ana es el único hilo que me une a quien yo era antes de que todo se rompiera.

Abro su chat. El vacío de los últimos meses me pesa en el pecho y aun así escribo con una fluidez que me sorprende:

«Ana, lo siento. Siento haber estado tan perdida, pero no ha sido por falta de ganas.

Te echo de menos. He amueblado la habitación que estaba vacía en el piso de Berlín y ha quedado increíble.

El rubio me ha dado carta blanca para invitar a quien yo quiera...

y no sé, igual te gustaría conocer la ciudad y al rubio, al fin y al cabo, es mi mejor amigo también y aún no se conocen.

Igual hasta te parece mono. Tenemos que hablar, de verdad. Te quiero, Anita» .

Le doy a enviar y me quedo mirando el «entregado».

Mañana tengo prácticas. Berlín sigue siendo mi refugio y por ahora es suficiente.

Esta mañana salimos juntos del piso con nuestro café en mano, dos figuras que caminan por la ciudad un día cualquiera de septiembre. Caminamos en ese silencio cómodo que tenemos, compartiendo el vaho que exhalamos con cada respiración, sin necesidad de llenarlo con palabras.

En la entrada de la facultad nos informan de la asignación para las visitas de obra. Saúl y yo nos miramos cuando leemos los grupos.

—Nos han separado —dice él, con un gesto de resignación genuina.

—Ya veo.

—Qué pena. Me habría gustado ir contigo. —Me mira—. Bueno, que te vaya bien. Nos vemos esta tarde en casa.

—Lo mismo te digo, cenamos juntos y así me cuentas qué tipo de remodelación te toca a ti. —Le doy un golpe suave en el brazo antes de que doble la esquina.

Lo veo sacar el móvil mientras baja los escalones y coger una llamada. Me alejo sin prestarle más atención y camino hacia el metro con el viento metiéndome por el cuello del abrigo.

Ángela me espera en la entrada de la obra con el casco ya puesto y esa energía suya de quien llega siempre diez minutos antes a todas partes.

—Llegas justa —me dice, a modo de saludo.

—Llego a tiempo, tranquila —respondo.

Somos seis del máster en este grupo. Ángela es la que más cerca está de ser amiga, o lo que yo consigo que sea una amistad en este momento de mi vida.

Nos sentamos juntas en clase, compartimos apuntes, nos tomamos un café después de las tutorías.

Pero hay una línea que no cruzo, una parte que guardo; una parte de mí lo vería como traicionar a los míos cediéndole a ella el espacio que debería ser de ellos.

El encargado nos recibe dándome un casco y un peto reflectante, ya que soy la única que no lo lleva aún, y nos indica que el responsable de la constructora llegará en unos minutos. Podemos esperar en la caseta revisando los planos.

Me instalo frente a la mesa con el bloc de notas y entro en ese estado de concentración que me sale solo cuando hay estructura de por medio.

Los demás murmuran entre ellos, se hacen fotos con los planos de fondo.

Yo señalo, anoto, analizo. Hay una solución en la unión del tercer forjado que me parece innecesariamente compleja.

Lo marco con un signo de interrogación y sigo.

—¿Encuentra algo interesante, señorita?

La voz llega desde la puerta de la caseta.

Me quedo un segundo quieta sobre los planos.

Me giro.

El hombre que está en el marco de la puerta detiene algo en mí antes de que pueda evitarlo.

Alto, con esa complexión de quien carga peso de verdad, no de quien solo levanta hierros en un gimnasio.

Pelo castaño oscuro con un mechón que no termina de domarse.

Barba corta. Y unos ojos claros, grises o verdosos, no consigo determinarlo desde aquí, que me miran con una expresión que no sé muy bien cómo clasificar.

Tardo exactamente un segundo de más en responder. Un segundo que noto en el pecho como una pequeña traición.

—Encuentro una solución en el tercer forjado que podría simplificarse —digo, con una calma que no sé de dónde saco—. Con el mismo resultado estructural y menos coste en materiales.

Él no responde de inmediato. Se acerca a la mesa de manera pausada pero cargada de un peso que ocupa el espacio antes de llegar. Se coloca a mi lado y mira los planos, apoyando sus manos grandes y firmes sobre la mesa.

Está demasiado cerca.

No lo suficiente como para invadir mi espacio personal, pero sí lo suficiente como para que yo sea consciente del calor que desprende, de su olor a limpio y a algo más que no consigo identificar, de cómo su presencia cambia la temperatura de la caseta sin que haya hecho absolutamente nada para conseguirlo.

Aprieto el lápiz.

—Muéstremelo —dice, clavando su mirada gris en mí, sin apartarla ni un segundo.

No es una pregunta. Tampoco es una orden exactamente. Es algo intermedio que me frustra y no sé cómo controlar esa sensación.

Señalo la zona marcada .

—Aquí. Han usado un sistema de vigas dobles cuando una viga de mayor sección resolvería lo mismo. Es una decisión conservadora pero ineficiente. Si cambian el perfil aquí y aquí...

Trazo con el lápiz sobre el plano. Él sigue el movimiento de mi mano sin interrumpirme. Noto su mirada en mis dedos antes de que la suba a mi cara, y cuando lo hace me encuentro mirándolo de frente sin haberlo decidido.

—¿Estudia aquí? —pregunta.

—Sí, me queda poco para acabar el máster. Esta es la última visita de prácticas.

—¿Y tiene criterio propio o lo ha sacado solamente de la universidad?

Lo miro. Hay algo en su tono que no es condescendencia pero que se le parece lo suficiente como para que yo decida no dejarlo pasar.

—Lo he sacado de mirar la obra, de interpretarla e intuir dónde pueden estar los fallos —respondo—. No solo estudio, también lo compagino con trabajo en una empresa local. Intento entender por qué las cosas se hacen como se hacen antes de asumir que tienen que hacerse así.

Silencio. Me mira un segundo con una expresión que no termino de leer. Como si la respuesta le hubiera sorprendido, o como si estuviera recalibrando algo que había calculado mal.

—Armas —dice al fin, tendiéndome la mano—. Responsable de la constructora encargada de esta remodelación.

Me la estrecha. Su mano es grande y firme y cálida y el contacto dura lo justo, ni un segundo de más ni uno de menos, y aun así noto el calor durante más tiempo del que debería.

—Acosta, estudiante —respondo, porque de repente no me apetece darle más información de la necesaria.

Él arquea una ceja apenas un milímetro.

—¿Sin nombre?

—Por ahora con el apellido es más que suficiente —digo, recogiendo mi bloc y alzando el muro que instalo con una habilidad entrenada—. Como usted.

Algo cruza por su cara. No llega a ser una sonrisa, pero se le parece peligrosamente.