Promesas de sal CAPÍTULO 4
6%

CAPÍTULO 4

NILL

Raíces

Tenerife me recibe como siempre. Con el aire fresco y salino que te golpea nada más bajar la escalerilla del avión, ese olor que no tiene nombre pero que reconoces en el cuerpo antes de que el cerebro lo procese.

Es el olor de casa. No importa cuánto tiempo lleves fuera, ni cuántos aeropuertos hayas cruzado.

En cuanto ese aire te llena los pulmones, algo en ti cede.

Llego a casa pasadas las dos, aparco con cuidado de no hacer ruido y entro con llave, moviéndome en la oscuridad con la memoria del que ha recorrido ese pasillo miles de veces.

El olor a café y a la colonia de mi madre flota en el aire, y el silencio de la casa dormida pesa de una manera distinta al silencio de los hoteles. Este silencio tiene calidez de hogar.

Por la mañana, Rosario, mi madre, me recibe como si llevara meses fuera y no cinco días.

—¿Comiste algo en el avión, mi niño? —me dice mientras me palpa los brazos, buscando como si hubiese adelgazado—. Mira que yo te conozco, que te olvidas de comer cuando estás trabajando.

—Mamá, estoy bien.

—Estás bien, estás bien... —repite, con ese tono canario que convierte la frase en un reproche cariñoso—. Siéntate, que te hago un café como Dios manda, no esa aguachirri que sirven en los aviones.

Me siento en la silla de siempre, la que da al patio.

Desde aquí puedo ver el aguacatero que plantó mi padre cuando éramos críos, enorme ya, con las ramas tan cargadas que hace años hubo que poner una estructura de metal para sujetarlas.

Da una sombra perfecta sobre la mesa de abajo, esa mesa donde hemos comido mil veces.

La semana pasada recogió los aguacates que estaban maduros, me dijo Lucía por teléfono.

Fue un buen día. De los que todavía hay.

Ancor aparece en la cocina con esa forma suya de moverse que ha cambiado en los últimos años, más despacio, con más cuidado, como si su cuerpo le avisara con antelación de cada paso. Cuando me ve, sonríe. Es la misma sonrisa de siempre, eso no ha cambiado.

—¿Qué tal en Suiza, hijo? —me pregunta, apoyándose en el marco de la puerta.

—Bien, papá. La obra va genial, ya le falta poco.

—¿Y Saúl? ¿Pudiste verlo?

—No llegué a Berlín. Me llamó Lucía con lo del cliente alemán y volví directo.

Asiente. Sus manos tiemblan ligeramente sobre el marco, ese temblor rítmico que ya no intenta disimular delante de mí, aunque sé que con los demás todavía lo hace.

Con los clientes, con los vecinos. Solo delante de los suyos baja la guardia.

Es lo más parecido a la confianza que un hombre como él sabe mostrar.

—Siempre hay algo —dice, con una filosofía sencilla que no necesita más palabras.

—Siempre hay algo —confirmo.

Rosario nos sirve el café. Nos quedamos los tres un momento en silencio, con el sol de la mañana entrando por la ventana y el aguacatero quieto en el patio. Hay días en que esto, solo esto, es suficiente.

Lucía aparece en la cocina con el móvil en la mano y esa expresión de quien lleva despierta desde hace rato.

—El cliente alemán ha preguntado si podría ser hoy mismo.

Miro un momento el patio. El aguacatero quieto, mi padre con la taza entre las manos, el sol entrando despacio. Cinco días fuera y el mundo no ha esperado.

—Llámalo y cítalo en la oficina sobre las once —le digo, dejando la taza sobre la mesa—. Dame una hora para ducharme.

La reunión con el cliente alemán va bien.

Mejor de lo esperado. Es un hombre directo, de esos que no pierden el tiempo en formalidades y llegan a la reunión ya habiendo leído todo el dossier.

Me gusta eso. Dos horas después salgo del despacho con un contrato firmado y la certeza de que este proyecto va a ser el salto que llevamos buscando en Europa.

Lucía me espera en el pasillo con un café y esa expresión de hermana que ya lo sabe todo, aunque no haya estado dentro .

—¿Bien? —pregunta.

—Bien. —Le paso los documentos—. Mira los números cuando puedas. Pero es sólido.

Ella hojea las primeras páginas con esa rapidez suya que a veces me da vértigo y asiente despacio.

—Papá va a estar contento —dice.

—Papá ya lo sabe. Le he mandado un mensaje.

Lucía sonríe. Hay algo en esa sonrisa, una mezcla de orgullo y alivio, que me recuerda por qué hacemos todo esto.

No por los contratos, ni por los metros cuadrados construidos, ni siquiera por el dinero.

Por él. Para que cuando tenga un día malo con el temblor y la frustración y la rabia sorda de quien siente que su cuerpo le falla, sepa que lo que levantó con sus manos sigue en pie y sigue creciendo.

—Oye —dice Lucía, antes de que me dé la vuelta—, esa señora ha vuelto a llamar. La de las tierras en La Matanza. Dice que necesita una respuesta esta semana.

—Ya. —Frunzo el ceño—. Ahora tengo comida con Érica. Mañana me siento con los planos y los miro con calma.

—¿Quieres que llame a la madre de Saúl? Para que eche un vistazo legal antes de que decidas nada.

—Sí. Hazlo, porfi. —Pausa—. Pero sin decirle nada a Tamara todavía.

Lucía asiente con esa eficiencia suya que no necesita más instrucciones. La dejo con los documentos y salgo hacia el coche.

Érica ya está sentada cuando llego, con el codo apoyado en la mesa y un vaso de vino tinto de la casa entre los dedos.

La Tasca La Carambola huele a potaje y a madera vieja, ese olor que tienen los sitios donde se come de verdad, sin aspavientos.

Nos conocemos desde hace años. Es nuestro sitio, de los lunes que podemos, cuando los dos tenemos la cabeza demasiado llena y necesitamos vaciárnosla sin tener que explicar por qué.

—Llegas tarde —me dice, sin levantar la vista del menú, aunque sé que ya lo tiene decidido.

—Dos minutos.

—Cinco. —Ahora sí me mira, y en sus ojos hay esa chispa de quien ya ha decidido que hoy va a sacarme de quicio—. Siéntate y cuéntame qué te pasa, que tienes una cara muy rara.

Me siento. El camarero aparece casi de inmediato, nos conoce lo suficiente para no hacernos perder el tiempo con presentaciones.

—Lo de siempre —le digo.

—Lo mismo —añade Érica.

Cuando se va, ella me mira con esa expresión suya de forense emocional. Érica tiene la habilidad de quedarse completamente quieta y hacer que el silencio pese lo suficiente para que el otro hable. Conmigo funciona menos que con el resto del mundo, pero hoy estoy en desventaja y los dos lo sabemos.

—Conocí a la compañera de piso de Saúl —suelto, antes de que empiece el interrogatorio.

Érica deja el vaso sobre la mesa con una lentitud que no es casual.

—¿A Ali? —dice, y en su voz hay algo que no es sorpresa sino curiosidad afilada—. ¿La conociste de verdad, en persona?

—Por teléfono. Llamé al móvil de Saúl y lo cogió ella. Tenía un problema en la obra y me ayudó a resolverlo.

—Ah. —Pausa—. ¿Y?

—Y nada. Me pareció... interesante.

Érica me mira un momento largo. Luego coge el vaso y le da un sorbo despacio, como quien necesita tiempo para ordenar lo que va a decir.

—Nill...

—¿Qué?

—Que llevas cinco minutos sin mirar el móvil.

—¿Y?

—Que tú siempre miras el móvil. —Apoya los codos en la mesa y se inclina levemente hacia delante—. Saúl lleva años hablándonos de ella. Dice que es brillante pero que tiene un muro que te corta si te acercas demasiado.

—Ya lo noté.

—¿Cómo que ya lo notaste? ¿Por teléfono?

—Sí.

Érica suelta una carcajada breve que le sale del alma, y en sus ojos veo que ya ha atado cabos sin que yo le haya explicado nada: que fui yo quien alargó la llamada más de lo necesario, que la idea de la visita a Saúl salió de mi boca antes de que nadie me la propusiera.

Conmigo tiene ese radar encendido desde que éramos críos.

—Madre mía. —Niega con la cabeza, divertida—. ¿Le escribiste después de que te «ayudase con el tema de la obra»?

—Le mandé un correo avisando de que no iba a Berlín, porque en la llamada le dije que igual iba a hacerle una visita al rubio.

—¿Y contestó?

—No.

Ahí está. La carcajada que llevaba guardando desde que llegué.

—El gran Nill Armas, ignorado por correo electrónico —dice, con una satisfacción que no intenta disimular—. Esto no tiene precio, de verdad que no.

—No tiene ninguna gracia, Érica.

—Tiene toda la gracia del mundo. —Se recuesta en la silla—. ¿La has buscado en redes?

—No tiene.

—¿Cómo que no tiene?

—Que no tiene redes. Ninguna.

La diversión en su cara da paso a algo más serio. Érica cuando se pone seria de verdad es de las pocas personas que me hace prestar atención.

—Nill, escúchame. Saúl nos ha dicho siempre que esa chica carga con algo gordo. Que no se sabe bien qué, pero que tiene una historia detrás que ella no cuenta. —Hace una pausa—. Tú no eres de los que se complican la vida con historias ajenas.

—Es simple curiosidad.

—La curiosidad mató al gato. —Me mira fijamente—. ¿Saúl sabe que estás así?

—No estoy de ninguna manera, Eri, deja de flipar.

—Ah, ¿no? Estás hablando de una chica a la que no has visto en la vida durante una comida donde normalmente solo me hablas de obra y de números. —Coge el tenedor—. Estás así, muy así .

No respondo. El camarero nos trae los platos y aprovecho para cambiar de tema, preguntándole por su trabajo, por Marco, por la ruta de senderismo que tenemos pendiente en Anaga.

Érica me deja cambiar de tema porque sabe que cuando cierro una conversación no hay forma de abrirla desde fuera.

Pero mientras comemos noto que de vez en cuando me lanza una mirada de las suyas, de esas que guardan algo para el momento exacto.

—Una cosa más —dice, cuando ya estamos con el café—.

Si Saúl te pide alguna vez que te mantengas alejado de ella, hazle caso.

—Pausa breve—. Que te conozco. Y sé que cuando algo se te mete entre ceja y ceja, no paras hasta que lo consigues.

Con las obras eso está muy bien. Con las personas, no siempre.

Sobre todo, si no buscas nada serio. Piensa que es su amiga.

Lo dice sin dureza. Con ese cariño directo que tiene ella, de los que te dicen la verdad a la cara porque te quieren demasiado para ahorrártela.

No le respondo. Pero tampoco le digo que no tiene razón.

De vuelta en la oficina, con la tarde ya larga y el sol empezando a bajar hacia el Atlántico, Lucía asoma la cabeza por la puerta.

—La señora Tamara está aquí —dice, y baja la voz un tono—. Se ha presentado sin avisar.

Frunzo el ceño. Dejo el bolígrafo sobre la mesa y me pongo en pie, ajustándome la corbata y la chaqueta. Hay reuniones que te piden que seas el mejor disfraz de ti mismo, y esta es una de ellas .

Tamara entra con esa elegancia calculada que ya vi en la primera visita. Impecable, perfumada, con una seguridad que ocupa el espacio antes que ella. Me estrecha la mano con un apretón breve y frío y se sienta frente a mí sin esperar a que la invite.

—Gracias por recibirme, Nill —dice, con esa voz suave que parece diseñada para desarmar—. Sé que acaba de volver de viaje.

—No hay problema. —Me siento frente a ella y abro la carpeta—. He estado revisando su propuesta.

—¿Y bien?

—Es un proyecto interesante. La ubicación es inmejorable. —Hago una pausa—. Pero antes de avanzar necesito que me aclare algunas cosas sobre la titularidad de las tierras. Todavía no he tenido tiempo de revisar todos los aspectos del registro con mi equipo legal. No firmo nada sin haberlo hecho.

Algo cruza por sus ojos. Tan rápido que casi lo paso por alto, aunque no lo hago. Llevo demasiados años leyendo personas en reuniones de este tipo como para no ver cuándo alguien ajusta la máscara.

—Por supuesto —dice, con una sonrisa que no llega a los ojos—. Todo está en orden, pero entiendo que quieran comprobarlo. Les facilitaré lo que necesiten.

—Se lo agradezco. —Cierro la carpeta con calma—. En cuanto tengamos la revisión legal completa, retomamos la conversación. Estoy interesado en estas tierras, tienen mucho potencial, como su proyecto.

Tamara asiente. Se levanta con ese porte impecable que no se permite un solo gesto de más y me tiende la mano de nuevo.

—No tarde mucho —dice, y en su voz hay algo que no es una petición sino una advertencia suave, envuelta en seda—. Hay otros interesados.

—Lo tendré en cuenta, no tenga ninguna duda.

Cuando sale, el despacho queda impregnado de su perfume caro y de esa sensación que dejó la primera vez. Algo demasiado perfecto. Demasiado urgente. Demasiado dispuesto a cerrarse rápido.

Mi padre tiene razón. Huele raro.

Cojo el teléfono y marco a Lucía.

—Llama a Irma —le digo cuando contesta—. A la madre de Saúl. Dile que necesito que revise esto con urgencia. Que no firmo nada hasta que ella haya visto cada papel.

Cuelgo y me quedo mirando la carpeta de piel sobre la mesa.

Hay obras que parecen de oro hasta que metes la mano y encuentras que los cimientos son arena.

Glosario canario

Aguachirri: bebida demasiado aguada o con poco sabor.