CAPÍTULO 3
ALI
La habitación vacía
El correo lleva ahí desde anoche.
Lo he visto tres veces. Una cuando sonó la notificación, pasada la medianoche, y me dije que ya lo leería por la mañana.
Otra a las seis, cuando me desperté sin saber muy bien por qué y la pantalla del móvil estaba encendida sobre la mesilla.
Y otra ahora, con el café humeando en la mano y Berlín amaneciendo, una vez más, gris, al otro lado de los ventanales.
Lo abro.
Es corto. Directo. Sin adornos, como imaginé que es él, al escuchar su voz.
«Ali, me ha surgido un inconveniente de última hora y no podré visitar a Saúl. La próxima vez será. Un cliente me reclama en Tenerife y vuelo esta misma noche. Encantado de haberte “conocido”».
Lo leo buscando algo que no sé muy bien qué es. No hay nada más. Solo esas líneas y ese «conocido» entre comillas que me deja una sensación extraña, como cuando alguien te roza el brazo sin querer y el calor tarda demasiado en irse.
Dejo el móvil boca abajo sobre la encimera y me digo que es un alivio que no haya venido.
Que es lo más sensato. Tener a un desconocido durmiendo en la habitación de al lado, alguien con esa voz y esa forma de analizar cada silencio, era una complicación que no necesitaba.
Me lo digo con convicción, con los dos pies en el suelo y el café caliente entre las manos.
Y casi me lo creo.
Saúl aparece en la cocina con el pelo todavía húmedo de la ducha y esa energía de lunes que tiene él, contenida pero lista, como quien ya tiene el día planificado antes de desayunar.
—¿Has dormido bien? —me pregunta, abriendo la nevera.
—Súper bien —miento. Por primera vez le miento al rubio, y eso hace que me sienta fatal de inmediato, porque ni siquiera sé por qué debería ocultarle que he dormido mal.
Me mira de reojo y sé que la mentira no se le ha escapado, pero decide no tirar del hilo. Cierra la nevera y se apoya en la encimera a mi lado.
—Nill me ha escrito —dice, con toda la naturalidad del mundo—. Al final no viene, tiene una reunión importante con un cliente alemán.
—Ya, me lo dijo a mí también —respondo, mirando mi café, casi en un susurro.
Silencio breve. Del tipo que dice más de lo que pretende.
—¿A ti? —Saúl arquea una ceja, con la pregunta explícita en el rostro.
—Me mandó un correo. Supongo que como me había comentado que pensaba venir, quiso avisarme también de que no lo haría. No sé, igual le pareció lo correcto.
Él asiente despacio, procesando algo que no termina de soltar. Lo conozco demasiado bien. Está calculando cuánto preguntar .
—¿Y? —dice al final, con esa sencillez suya que no es inocente en absoluto.
—¿Y qué, rubio?
—Nada. —Sonríe, mirando su taza, casi con ironía—. Nada.
No insiste. Y yo no explico. Así hemos funcionado Saúl y yo hasta ahora, a base de silencios respetados y preguntas que se quedan a medias porque los dos sabemos que la respuesta llegará sola cuando tenga que hacerlo. Sin forzar.
Me termino el café de pie, mirando por el ventanal.
Berlín en lunes tiene algo de ciudad que arranca con desgana, como un motor que necesita unos minutos antes de coger temperatura.
Las calles ya tienen movimiento, y se respira estrés antes de que comience el día.
Echo de menos la calma. Esa forma que tiene la gente de mi tierra de moverse sin urgencia, de saludarse en la calle como si el tiempo no fuera a ningún sitio, aunque no conozcas a la persona que tienes enfrente.
Aquí todo el mundo camina como si llegara tarde a algo importante.
—Oye —dice Saúl de repente, dejando el vaso en el fregadero—, hoy podríamos ir a por lo de la habitación de invitados. Si no tienes nada que hacer por la mañana.
Lo miro.
—Si al final no viene tu amigo, tampoco es urgente, ¿no?
Saúl se encoge de hombros, pero hay algo en su tono que no es casual.
—No es solo por Nill, peque. Es hora de tener esa habitación lista. Para quien sea. —Pausa breve—. Tú también puedes invitar a tu familia o a tus amigos, ya lo sabes.
Me quedo callada un momento.
Ana. Mis primos. Sigo respondiendo sus mensajes, claro que sí.
Pero hace tiempo que lo hago desde lejos, con esa distancia que se instala sola cuando algo duele demasiado para mirarlo de frente.
Al principio fue el silencio absoluto, luego volví a hablarles, pero de otra manera.
Menos. Más escueta. Sin preguntar demasiado porque cada respuesta suya era un recordatorio de todo lo que seguía pasando sin mí.
Las quedadas, las risas, los planes. La vida siguiendo a su ritmo mientras yo me quedaba aquí, al margen de todo lo que un día fue.
No es que no quisiera saber. Es que cuanto más sabía, más me dolía no estar.
Así que fui espaciando las conversaciones sin darme cuenta. Contestaba, pero no preguntaba. Estaba, pero sin estar del todo. Y ellos, que me quieren, lo respetaron. Quizás demasiado.
—¿Cuándo quieres ir? —pregunto al fin.
—Después del desayuno. —Se encoge de hombros—. Antes de que empiece el día en serio.
Asiento. Y los dos sabemos, aunque ninguno lo diga, que esa habitación ya no es solo una habitación de invitados. Es algo que necesitamos terminar, aunque no estemos seguros del por qué.
La tienda huele a madera nueva y a ese aire recirculado de los espacios grandes. Saúl me da carta blanca desde el primer pasillo, literalmente me suelta un «tú sabes más que yo» y se queda dos pasos por detrás como si fuera mi asistente.
Me meto de lleno en la tarea. Hay algo en el diseño, en pensar un espacio desde cero, que me pone en un estado casi meditativo.
Dejo de pensar en el pasado, en correos no contestados y en voces que no debería recordar.
Solo existen las proporciones, las texturas, la luz que entrará por esa ventana que da al patio interior.
—Funcional, pero con alma —le digo a Saúl mientras señalo unas telas naturales—. Que no parezca una habitación de hotel.
—Exacto —dice él, aunque por su cara está claro que le da completamente igual siempre que haya dónde dormir.
—Y que tenga luz. —Miro hacia las lámparas—. La luz importa.
—La luz importa —repite él, obediente.
—No te rías.
—No me río —se ríe.
Pasamos casi dos horas moviéndonos por los pasillos. Saúl, para mi sorpresa, acaba opinando de verdad sobre un par de cosas, señalando un cabecero de madera que reconozco que encaja perfectamente con lo que tenía en la cabeza. A veces me olvido de que también es arquitecto.
Mientras Saúl paga en la caja, me quedo un momento sola en el pasillo de textiles con una funda de almohada en la mano.
Es de lino natural, de ese color crudo que no es blanco del todo sino algo más cálido, más vivo.
La acaricio con los dedos y pienso, sin quererlo, en las sábanas de la cama de mis padres.
Las que mi madre tendía al sol en la terraza los sábados por la mañana, con esa parsimonia suya de quien disfruta de las cosas pequeñas.
El olor que tenían cuando volvían a entrar, a sol y a brisa del norte.
Me quedo quieta un segundo.
No es dolor exactamente. Es algo más suave, más parecido a la nostalgia que a la herida.
Y eso, me doy cuenta mientras dejo la funda en el estante, es nuevo.
Hace no mucho, cualquier recuerdo de ella llegaba envuelto en culpa, en ese peso oscuro que no me dejaba respirar.
Hoy ha llegado solo, sin avisar, y no me ha aplastado.
Quizás Berlín me ha dado eso al menos. La distancia suficiente para que los recuerdos dejen de ser cuchillos y empiecen a ser, de vez en cuando, algo parecido a un abrazo.
No se lo digo a Saúl cuando vuelve con el ticket en la mano. Algunas cosas no necesitan palabras todavía. Pero lo guardo.
Cuando salimos con el pedido hecho y la fecha de entrega confirmada, el aire de la mañana ya ha ganado algo de temperatura, pero sigue siendo ese frío húmedo que en Berlín es casi un estado de ánimo permanente. Caminamos hacia el coche con las manos en los bolsillos.
—¿Cuándo crees que vendrá? —pregunto, sin mirarle.
—¿Quién?
—Nill. —La palabra me sale más natural de lo que me esperaba, y eso por alguna razón me incomoda—. Como tenía pensado venir a verte...
Saúl tarda un segundo en responder.
—No lo sé. Cuando pueda, supongo. Es un hombre de negocios, y si han pasado años y no ha podido venir, lo raro sería que viniese. —Pausa—. ¿Por qué?
—Por nada —digo, encogiéndome de hombros—. Para tenerlo en cuenta con la habitación. Nada más.
Saúl no dice nada. Pero cuando llegamos al coche y espera a que yo abra la puerta del copiloto, le veo la sonrisa de medio lado que intenta esconder mirando hacia el otro lado de la calle.
No le digo nada.
La voz sigue ahí. Esa voz profunda y directa que llenó mi cocina desde el otro lado del teléfono, que bajó un tono cuando dijo que le había gustado hablar conmigo, que guardó silencio exactamente el tiempo suficiente antes de despedirse.
No sé qué hacer con esa voz. No sé dónde ponerla para que deje de molestarme.
Lo que sí sé es que no puedo permitírmela.
Guille también tenía una voz así. No exactamente igual, pero sí de esas que te dan una falsa sensación de seguridad, de que hay alguien al otro lado que de verdad te escucha. Y mira cómo acabó eso.
Entro en el coche y cierro la puerta.
Hay batallas que simplemente no merece la pena librar.
Al menos, no hoy.