Promesas de sal CAPÍTULO 2
4%

CAPÍTULO 2

NILL

Algún día

El aire de los Alpes es un cuchillo frío que te recuerda dónde estás en cuanto sales de la calidez de la obra.

Me guardo el móvil en el bolsillo de la chaqueta técnica y me quedo un momento quieto, mirando el hormigón fresco del eje central mientras los operarios trabajan bajo mis órdenes corrigiendo el armado.

El problema está resuelto. En media hora, gracias a la compañera de piso y amiga de Saúl, al otro lado del teléfono.

Dos palabras. «Algún día».

Repaso las palabras mientras camino de vuelta a la zona de supervisión.

En mi mundo, cuando alguien dice «algún día» con ese tono, en realidad está diciendo «nunca».

Lo sé porque yo mismo lo he dicho mil veces.

Es la respuesta de quien ha aprendido a cerrar puertas antes de que nadie pueda cruzarlas.

Saúl me ha hablado de ella durante años.

Siempre con ese tono protector que reserva para muy poca gente, ese que usa con su familia.

«Es brillante», me decía en sus visitas a la isla, sentados en la terraza con una cerveza.

«Pero tiene un cristal blindado entre ella y el mundo».

Yo siempre le reí la gracia sin darle demasiadas vueltas.

Saúl tiende a magnificar esos detalles de la gente que quiere.

Ahora no me parece tan exagerado.

Hay algo en esa voz que no encaja con el perfil que me había construido.

Esperaba encontrar a alguien frío, distante, de esas personas que funcionan perfectamente en la distancia porque en la cercanía se rompen.

Pero no. La voz de Ali tiene temperatura.

Tiene bordes afilados cuando se pone a la defensiva, sí, pero también algo cálido, de quien deja de fingir en cuanto se olvida de tener miedo.

Lo noté en cómo cambió cuando se metió de lleno en los planos.

En cómo su voz perdió esa tensión del principio y se volvió otra cosa. Concentración pura. Seguridad real.

—Señor Armas. —Uno de los operarios me intercepta con una tableta en la mano—. El arquitecto local quiere revisar con usted las modificaciones antes de continuar.

—Dile que en diez minutos —respondo, sin desviar la vista del encofrado.

El hombre asiente y se aleja. Me quedo solo otro momento, con el frío metiéndose por el cuello de la chaqueta y ese silencio de montaña que no se parece a ningún otro silencio. En la isla, el silencio siempre tiene mar. Aquí tiene roca y altura y una quietud que te hace pensar más de la cuenta.

Pienso en lo que le dije. Que igual pasaba a visitar a Saúl. No mentía, era una idea real. Pero ahora, con esa evasiva de dos palabras flotando todavía en el aire, me pregunto si una parte de mí quería algo más que ver a mi amigo.

Saco el móvil y marco a Lucía. Tres tonos.

—Dime —contesta ella con esa voz de quien ya lleva horas trabajando, aunque sea domingo.

—Luci, ¿cómo está papá?

Un silencio breve. Lo suficiente para que me apriete algo en el pecho .

—Bien, dentro de lo que cabe. Esta mañana ha tenido un mal rato, se le cayó la taza del desayuno y no hubo manera de calmarlo hasta que mamá se sentó a su lado. —Pausa—. ¿Por qué llamas un domingo por la mañana a preguntarme eso? ¿Estás bien tú?

—Estoy bien. Ha sido una mañana rara. —No sé por qué no le cuento lo de Ali. Quizás porque todavía no tengo muy claro qué contarle—. ¿Todo en orden con la obra de Tacoronte?

—Todo controlado, tranquilo. —Noto la sonrisa en su voz—. Llevas fuera cinco días. Respira. El mundo no se cae porque no estés encima.

—Ya.

—¿Ya? —Se ríe—. Eso es lo más corto que te he oído responder en años. Algo te pasa.

—No me pasa nada.

—Lo que tú digas —dice, con ese sarcasmo suave que solo usan los mellizos cuando saben exactamente qué está pensando el otro—. Oye, y lo de esa señora que vino la semana pasada, la de las tierras de La Matanza de Acentejo...

—¿Tamara?

—Esa. Ha llamado dos veces preguntando si has tomado una decisión. Tiene mucha prisa para un proyecto tan atractivo.

Frunzo el ceño. Demasiada prisa, efectivamente.

—Dile que estoy valorándolo. Que en cuanto vuelva a la isla hablamos. No le des más información.

—¿Algo no te cuadra?

—No lo sé todavía. Pero papá tenía razón, huele raro.

Lucía asiente al otro lado, y sé que ya está tomando nota mental de todo sin que yo se lo pida. Es así desde que éramos críos. Mientras yo construía y medía, ella observaba y recordaba. Somos las dos mitades de una misma cabeza.

—Disfruta un poco de Suiza —me dice antes de colgar—. Aunque sé que no vas a hacerme ni puto caso.

Cuelgo con una sonrisa que se me va tan rápido como ha venido.

Horas más tarde, en la habitación del hotel, con la maleta abierta sobre la cama y los planos de la obra extendidos sobre la mesa, el móvil vibra. Es Lucía de nuevo, pero esta vez por mensaje.

«Ha llamado el cliente del proyecto de oficinas. Quieren reunión presencial esta semana. Te reenvío el correo».

Dejo la sudadera doblada a medias y abro el correo. Leo. Proyecto serio, cliente alemán con músculo financiero, obra de envergadura. Es exactamente el tipo de expansión que llevamos dos años buscando en el mercado centroeuropeo.

Abro el portátil, cancelo el vuelo que tenía para ir a ver a mi amigo y compro uno para volar a Tenerife esta misma noche.

Busco el correo de Ali, el que le envié con los planos.

Su dirección está ahí, guardada en los enviados.

Podría simplemente escribirle. No hay ninguna razón objetiva para no hacerlo.

Es la compañera de piso de mi mejor amigo.

Me ha ayudado esta mañana. Un mensaje de agradecimiento es lo mínimo .

Empiezo a escribir. Lo releo. Lo borro. Lo vuelvo a escribir.

Al final lo dejo así:

«Ali, me ha surgido un inconveniente de última hora y no podré visitar a Saúl. La próxima vez será. Un cliente me reclama en Tenerife y vuelo esta misma noche. Encantado de haberte “conocido”».

Le doy a enviar antes de que se me ocurra añadir algo más.

Me meto en la ducha. Dejo que el agua casi hirviendo me quite el frío de los Alpes y la cal de la obra. No consigue quitarme esa sensación extraña, como de oportunidad que se cierra antes de haber terminado de abrirse.

Cuando bajo, el taxi ya me está esperando. Cojo la maleta, compruebo que no me dejo nada y salgo del hotel.

En el aeropuerto, sentado frente a la puerta de embarque con un café que sabe a plástico, abro el correo por inercia. Nada. Cierro la aplicación. La vuelvo a abrir. Nada. La dejo sobre la mesa boca abajo.

En cambio, lo que sí tengo son quince mensajes de Sara. Los deslizo sin abrir, viendo fragmentos de frases que ya me sé de memoria. ¿Dónde estás? No puedes ignorarme siempre. Tenemos que hablar de lo nuestro. Bloqueo el teléfono sin pensarlo dos veces.

Me levanto, me ajusto la mochila al hombro y camino hacia el finger . El avión me espera, y Tenerife también, con todas las responsabilidades de las que había creído escaparme unos días .

Mientras camino, me pregunto si Ali habrá leído el correo. Si habrá decidido que no merezco ni un segundo de su tiempo o si su silencio tiene otro nombre.

Subo al avión sin respuesta.

Fuera, los Alpes se pierden entre las nubes mientras el avión despega hacia el sur. Cierro los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no pienso en planos ni en presupuestos ni en el siguiente paso.

Pienso en dos palabras.

Algún día.