Promesas de sal CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

—Joder, Ali... Tienes razón. Me acabas de ahorrar un desastre y unos cuantos miles de euros. —Una pausa—. Muchas gracias.

—Solo he tenido buen ojo —le quito importancia, aunque por dentro la satisfacción me invade entera.

—No ha sido solo buen ojo —dice él, y en su voz hay algo que no es condescendencia sino reconocimiento genuino—. Ha sido brillante.

Sus palabras me golpean de una forma que no esperaba. Por primera vez en mucho tiempo me siento valorada. No soy la chica que huyó. Soy la arquitecta que acaba de salvar un proyecto en los Alpes suizos desde una cocina de Berlín.

—Gracias, Nill.

—Las gracias te las doy yo a ti. —Una pausa breve—. Oye, a ver si por fin nos conocemos en persona. Llevas años viviendo con mi mejor amigo y todavía no te pongo cara.

Miro el vapor de mi café. Pienso en Guille, en lo fácil que fue abrirme con él y lo caro que me costó después, emocionalmente.

—Algún día —contesto, levantando mi muro con la misma naturalidad con que respiro.

Nill no responde de inmediato. Lo noto al otro lado, quieto, procesando esa evasiva de dos palabras que lo dice todo.

—Dile a Saúl que me llame cuando vuelva. —Una pausa más corta—. Y de nuevo, gracias.

Me despido y cuelgo. El eco de esa voz, y de su acento, se queda flotando en la cocina mucho más tiempo del que debería. Me quedo mirando la taza de café, que ya está casi fría, preguntándome qué tiene esa voz que me ha dejado así, quieta, con la mano todavía sobre el teléfono.

Justo entonces, suena el timbre. Saúl llama desde el telefonillo. Le abro y al momento aparece con las mejillas coloradas por el frío de la mañana, todavía con el ritmo de la carrera en el cuerpo, y se detiene en seco al ver el caos de planos desplegados sobre la mesa.

—¿Qué es todo esto, peque? ¿A qué hora te has levantado tú?

—Se te olvidó el móvil — le digo—. Ha llamado Nill con un problema en Suiza y le he ayudado a resolverlo.

Saúl abre los ojos como platos. Me mira, mira los planos, me mira a mí otra vez.

—¿Nill? —repite, como si no terminara de procesar—. Madre mía, peque, lo habrás dejado flipando. ¿Sabes lo exigente que es ese tío? Se le habría dado increíblemente bien la carrera si las circunstancias le hubieran permitido estudiarla. Tiene un don natural para ver las estructuras, de verdad.

—Sí —admito—. Es muy intuitivo.

—Es un animal de la obra. —Va a por agua a la nevera y me mira de reojo—.

Ve las fuerzas antes de que se dibujen en el papel.

Pero oye, que tú has dado con la solución, ¿eh?

—Se sonríe—. Me alegra que hayáis hablado.

Al fin y al cabo, son mis mejores amigos.

Algún día te los presentaré a todos, te caerán bien.

Me levanto con una energía que hacía meses que no reconocía en mí misma y empiezo a recoger los planos. Escuchar a Saúl hablar así de sus amigos me ha recordado a mi complicidad con Ana, y he sentido una chispa de lo que un día fui.

—Por cierto —añado mientras coloco los papeles y cierro el portátil—, me ha dicho que igual venía a visitarte. Que se pasaba por Berlín antes de volver.

Saúl se atraganta con el agua.

—¿Qué?

—Que igual viene. Tu amigo. A tu casa. A verte —repito, con calma, como si estuviese explicándoselo a un niño de preescolar.

—¡Peque! —Se pone a dar vueltas por la cocina—. ¡Que la habitación de invitados está vacía! No hay ni colchón, ni nada. No puedo tenerlo durmiendo en el sofá, con lo grande que es el pibe...

—Pobre Nill... —bromeo, y al decirlo me lo imagino sin querer. Imponente. Alto. Con esa voz grave—. Se levantaría con la espalda hecha un ocho, el chiquillo.

—¡Exacto! Me ducho y nos vamos a por lo básico, ¿eh? Hoy mismo.

—Rubio... —le digo despacio, con esa cadencia que tienen las madres cuando dices una absurdez—. Es domingo.

Se para. Me mira. Parpadea.

—Mierda —suelta, y estalla en una carcajada que llena la cocina entera—. Se me fue el baifo por completo. Hoy está todo cerrado.

Me río con él. Una risa pequeña, espontánea, de las que salen solas sin pedirte permiso. Saúl me mira entonces con una expresión diferente, más suave.

—¿Qué? —le pregunto.

—Nada —dice, encogiéndose de hombros—. Es que hacía tiempo que no te veía sonreír así. Me gusta. Te sienta bien sonreír, ¿sabes?

Se marcha a la ducha. Me quedo a solas con el café frío, los planos enrollados y esa pregunta dando vueltas en algún lugar del pecho que todavía no sé nombrar .

Pienso en Guille, en su mensaje de anoche todavía sin contestar, en esa sensación de vacío que me deja cada vez que aparece.

Y pienso en esta mañana: en una voz desconocida al teléfono que, sin proponérselo, ha conseguido que durante quince minutos se me olvidara todo lo demás.

No sé qué hacer con esa diferencia. Solo sé que hacía mucho que algo no me sacaba tan de golpe de mi propia cabeza.

¿Cómo será ese Nill que me ha sacado del letargo con una sola llamada?

Glosario canario

Desembucha: ¡cuéntalo ya!, ¡di lo que sabes!

Gufo: Se refiere a muy blanco o pálido.

Pibe: chico.

Se me fue el baifo: perdí el hilo, me despisté.