Promesas de sal CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Mira nuestra conversación. Le escribo y sus respuestas son demasiado escuetas, ese no es mi padre. —Trago saliva—. Jamás me hablaría así, tan frío. Ya no me dice «mi niña». Ni siquiera pregunta cómo llevo el máster o cuándo pienso volver. Es como hablar con un extraño .

Las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas sin que les dé permiso. Saúl me rodea con sus brazos y me deja estar ahí un momento, sin decir nada. A veces, es lo más que se puede hacer por alguien.

—¿Has intentado llamarlo? —me pregunta al fin, con cuidado.

—Mil veces. —Me separo un poco y me limpio la cara con el dorso de la mano—. Nunca responde, o responde su mujer diciéndome que está descansando.

Saúl frunce el ceño. Lo veo pensar.

—Peque, igual deberías plantearte ir. Ir de verdad allí, y ver qué está pasando con tus propios ojos, ¿no crees?

Me quedo callada. La idea de volver a la isla pesa como una piedra en el pecho.

—No lo sé... —murmuro—. Ya ni siquiera sé si esa sigue siendo mi casa. No si mi madre ya no está y es esa mujer la que impone su voluntad.

El silencio que sigue pesa más que todas las palabras que no nos decimos. Saúl no insiste. Me deja con mi té, con el olor a canela y con el fantasma de una isla que sigue esperándome, aunque yo le haya dado la espalda, después de darme las buenas noches.

Berlín amanece con ese cielo plomizo de septiembre que ya no disimula.

Me despierto con los párpados hinchados y esa sensación de haber dormido encima de algo que no se ha resuelto.

He soñado con un Guille del pasado, del que todavía me quería de verdad.

Despertar y recordar la realidad me aprieta las sienes como un tornillo que no deja de girar .

Me arrastro a la cocina buscando café. Oigo el portazo de la entrada; Saúl ya ha salido a correr.

Tiene una disciplina que a mí me falta en días como hoy, y que envidio en silencio.

Pongo la cafetera y me quedo apoyada en la encimera, mirando sin ver, mientras el aroma del café recién hecho me ancla al presente.

Entonces una vibración agresiva rompe el silencio haciéndome pegar un brinco. Es el móvil de Saúl, olvidado junto a sus llaves de casa.

Observo el teléfono y el corazón me da un vuelco antes de que pueda evitarlo.

Reconozco el nombre que aparece en la pantalla y descuelgo por puro instinto, temiendo que el silencio de mi padre haya cobrado por fin una forma trágica.

—¿Sí? —Mi voz suena ronca, todavía a medio despertar.

—¿Saúl?

Me quedo sin aliento.

Es la voz. Profunda, de esas que te hacen vibrar algo en el pecho antes de que el cerebro procese ninguna información. Firme. Cargada de una seguridad tranquila que de alguna manera llena mi cocina desde el otro lado de la línea.

—No, soy Ali, su compañera de piso —respondo, intentando sonar normal—. Saúl ha salido a correr y se ha dejado el móvil. ¿Ha pasado algo?

—Ah. —Una pausa breve que suena a decepción—. Tranquila. Soy Nill. No es una emergencia familiar, es un problema en la obra. Tengo una descompensación técnica en el eje central y necesito que revise un cálculo. Es urgente. ¿Le podrías decir que me llame en cuanto llegue?

Mi cabeza entra en modo trabajo antes de que me dé cuenta.

—Él tardará al menos una hora en volver... —Dudo un segundo—. Pero yo también soy arquitecta. Si no te importa, puedo echarle un vistazo.

Silencio al otro lado. No un silencio incómodo, sino el de alguien que está evaluando lo que acabo de plantearle.

—¿Estás segura? —pregunta al fin—. Saúl me ha hablado mucho de ti, dice que eres muy buena, pero te noto cansada y no quiero molestar.

—Es domingo por la mañana, y me acabo de despertar, por eso la voz de sobada —suelto con más sequedad de la que pretendía—. Tengo el correo abierto. Mándame los planos.

Escucho algo parecido a una sonrisa contenida al otro lado. No lo veo, solo lo noto.

—Dame tu dirección y te lo envío.

Se la dicto. Escucho el tecleo rápido y al fondo el murmullo de la obra, el sonido de máquinas y voces en alemán. Tecnología y fuerza bruta mezcladas en la misma llamada.

—Enviado —dice él. Su voz baja un tono, se vuelve más directa—. A ver si tú ves lo que falla. Yo le he dado mil vueltas y sé que algo no encaja, pero el arquitecto de aquí insiste en que todo está correcto. Mi intuición me dice que no.

—A veces la intuición sabe más que los manuales —respondo, mientras abro el correo.

Descargo los planos. El zumbido del portátil se mezcla con su respiración pausada al otro lado del altavoz. Hay algo en ese silencio compartido, una densidad tranquila que no sé muy bien cómo definir.

—Nill... por el nombre del proyecto en el encabezado... ¿estás en Suiza?

—Sí. En los Alpes. —Una pausa—. Igual aprovecho y le hago una visita a Saúl antes de volver a la isla.

No respondo. Mi mente ya está en los planos. Me abstraigo. Ahora solo existimos esos trazos y esa voz que de vez en cuando dice algo al fondo mientras espera.

Y entonces lo veo.

Un error sutil en la unión de una viga, tan pequeño que cualquiera lo pasaría por alto, tan crítico que podría costar una vida.

—Lo tengo —digo, y noto que mi voz suena diferente, más segura—.

Dile a tu arquitecto que revise la unión del eje central.

Ha calculado el peso como una pieza aislada, pero con esa inclinación la viga va a soportar mucha más presión de la prevista.

Si vertéis hoy el hormigón en el encofrado, la estructura cederá.

Es un error mínimo en el papel, pero fatal en la realidad.

Silencio absoluto. Solo su respiración.

—¿El eje central? Espera un momento...

Escucho planos moviéndose, voces al fondo que suben de tono. Luego un suspiro largo, hondo, que suena casi como un alivio.