Promesas de sal CAPÍTULO 1
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Promesas de sal

Promesas de sal

Por Mary Salmar

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CAPÍTULO 1

ALI

Algún día

Huir debería ser una aventura. Al menos eso es lo que te dicen, que hay algo romántico en dejarlo todo atrás y empezar de cero.

Para mí no fue así. Para mí fue un mecanismo de supervivencia, puro y duro.

No corrí hacia algo nuevo. Escapé de una realidad que me estaba asfixiando, que me apretaba el pecho cada mañana hasta que levantarse se convirtió en un acto de valentía.

Tenerife me quemaba los pulmones. Huir no fue una opción que elegí con calma; fue la única salida de emergencia antes de que todo saltara por los aires.

Necesitaba distancia. Kilómetros de mar y de tierra entre mi pasado y yo.

Entonces llamó mi tía Hanna. Ella, la hermana de mi madre fue la única que leyó entre líneas mi silencio. No me preguntó qué me pasaba ni me exigió explicaciones. Solo dijo:

—Ven a Berlín, Ali. Empieza la carrera aquí. Mi casa es tu casa hasta que decidas qué hacer.

Acepté antes de que terminara la frase.

Ahora, años después, estoy ovillada en mi rincón favorito: un sofá colgante en la terraza acristalada del piso.

Estamos a mediados de septiembre y Berlín ya ha decidido que el verano se acabó.

Los árboles de la calle empiezan a teñirse de ocre y dorado, y el aire tiene esa frescura limpia del otoño que aquí llega antes que, en otros sitios, con determinación y sin pedir permiso.

Al caer la noche, el frío parece morder cada centímetro de piel expuesta.

De día todavía regala algo de luz, pero poco, lo justo para recordarte lo que se va.

Deslizo la cristalera solo unos centímetros, lo justo para que ese aire limpio barra el olor a encierro del piso y el contraste me eriza la piel.

Vivir con mis tíos duró poco menos de un año. Los quiero, claro que sí, pero necesitaba aprender a respirar sin parte de mi familia alrededor, sin sentir sobre mí esa mezcla incómoda de pena y alivio con la que te miran quienes un día te recogieron del suelo. Entonces apareció Saúl.

Comparto este piso con él desde hace años.

Es de sus padres, una pareja que cambió el cemento de la ciudad por el sol de las islas.

Saúl es mi otra mitad profesional y, de alguna manera, también mi ancla personal.

Él nació en la isla, pero tiene alma germánica.

Yo, en cambio, tengo una madre berlinesa y un padre canario.

Con él la vida pesa un poco menos. Podemos discutir un plano en alemán y, de pronto, saltar al castellano con ese seseo suave que tanto me recuerda a lo que perdí.

Saúl me cuida. Respeta mis sombras. Hasta ahora, no ha exigido más explicaciones de las que consigo darle.

Le basta con saber que estoy aquí, intentando no romperme, para no hacer más preguntas.

Cierro los ojos e intento forzar a mi mente para que rescate los recuerdos bonitos.

Los atardeceres anaranjados sobre el Atlántico.

Los charcos naturales de lava donde nos bañábamos de críos.

El olor del salitre colándose por las ventanas abiertas del salón de mi casa.

Los pies descalzos sobre la piedra volcánica, las buganvillas rosas desbordándose por el muro del jardín, el ruido del mar cuando el viento soplaba del norte.

Quiero aferrarme a todo eso para no pensar en lo que la isla me quitó.

O en lo que yo destruí antes de marcharme.

A veces creo que culpo a Tenerife para no señalar a los verdaderos culpables.

Pero la realidad es que el peso en mi pecho tiene mi propio nombre.

Me culpo por el modo en que me fui. Temo que mi huida no fuera un acto de supervivencia sino algo mucho peor.

Hay sombras que prefiero no nombrar, errores que me persiguen incluso aquí.

A veces me miro al espejo y me pregunto si realmente soy la víctima de esta historia o si fui yo quien lo desmoronó todo.

—Hola, peque.

La voz de Saúl, el rubio, me saca del trance. Se apoya en el marco de la puerta con esa sonrisa que parece no enterarse de que el mundo a veces pesa demasiado.

—¿Te vienes esta noche conmigo? —dice, metiéndose las manos en los bolsillos—. No es nada del otro mundo, una fiesta de unos conocidos. Pero necesito desconectar un poco. Hazlo por mí, anda.

Lo miro. Sé que cuando Saúl pide algo «por él», en realidad lo está pidiendo por mí. Lleva semanas viéndome consumirme en este sofá.

—¿Quién va? —pregunto, ganando tiempo.

—Gente de la universidad. Nada raro. —Se encoge de hombros—. Venga, peque, que te me estás quedando más blanca que un gufo.

Suelto un suspiro que es casi una rendición .

—Está bien, rubio. Pero si me aburro, nos volvemos a casa, ¿vale?

—Trato hecho —dice, y desaparece hacia su habitación antes de que pueda arrepentirme.

Frente al espejo, apenas me reconozco. Estos años han esculpido a una mujer que no existía antes.

Mis curvas son más femeninas, mis facciones se han perfilado y mi pelo cae en ondas que ya no necesitan pelea.

Salgo a correr a menudo, no por estética sino para intentar dejar atrás las cargas que asfixian mi mente.

Me pongo mi perfume, esa fragancia que ya es lo único que guardo de la chica que fui.

Las sombras han ido invadiendo mi vida con una facilidad que a veces me asusta, haciéndome dudar si algún día volveré a recuperar mi propia esencia.

—Madre mía, peque —dice Saúl desde el pasillo al verme salir—. Estás impresionante. Hoy te echas un noviete fijo, te lo digo yo.

Le devuelvo una sonrisa triste, de esas que no llegan a los ojos.

—Cuando tenga que ser, será, rubio, pero no voy con intención de eso.

Él abre la boca como si fuera a añadir algo más, me mira un segundo y decide callarse. Es su manera de quererme.

Entro en el coche, frotándome las manos para entrar en calor, conecto el móvil al Bluetooth y dejo que la música llene el espacio entre los dos. Rezo para que el ritmo sea lo suficientemente fuerte como para silenciar los miedos y las dudas que últimamente me persiguen.

En el club, la música es un martilleo constante, cosa que agradezco.

Bailo como si quisiera desprenderme de las capas de ansiedad pegadas a mi cuerpo, capa a capa, hasta quedarme en algo más ligero.

Saúl se mueve por la pista con esa seguridad que vuelve locas a las chicas sin mover un dedo, pero nunca me deja sola del todo.

Sé que me vigila desde la distancia, que de vez en cuando me busca con sus ojos azules, para asegurarse de que sigo en pie.

Sabe que paso de los tíos que se acercan con esa sonrisa de catálogo ensayada.

Después de lo que he pasado, los inmaduros me producen alergia.

Si alguna vez vuelvo a dejar que alguien se acerque, tendrá que ser un hombre de verdad.

Uno con agallas. No otro que salga corriendo en cuanto las nubes se pongan grises.

Saúl aparece con una cerveza fría y me la pone en la mano sin preguntar. Justo entonces, mi bolso vibra. Seco. Insistente. Saco el móvil casi por inercia y el nombre en la pantalla me revuelve el estómago: Guille.

«Pese a los años, no consigo olvidarte. Me equivoqué, Ali. Nunca pensé que fueras capaz de huir así, de dejarlo todo atrás de esa manera».

Me quedo paralizada.

¿Huir? ¿Él tiene la desfachatez de decir que yo hui?

La bilis me sube por la garganta. Saúl nota mi cambio de expresión al instante, porque Saúl siempre lo nota.

—¿Qué pasa, peque? —pregunta, pegándose a mi oído para hacerse oír entre el ruido.

Intento guardar el móvil, pero él es más rápido. Me lo quita con esa confianza que solo se tiene con alguien que ya lo ha visto casi todo de ti .

—Desembucha —me dice, leyendo—. ¿Quién narices es este tal Guille?

Y entonces algo en mí cede. No exploto, no grito. Simplemente se me acaba la gasolina.

—Sácame de aquí, Saúl —le digo, agarrándome a su brazo—. Por favor. Llévame a casa.

Me mira un segundo, evalúa mi cara y no hace más preguntas. Me guía entre la multitud con una mano firme en mi espalda, abriéndome paso sin escenas ni explicaciones. Eso es una de las cosas que más admiro y valoro de él. Que sabe cuándo callar.

Salimos a la calle. El aire fresco del otoño berlinés me golpea la cara y agradezco ese frío limpio, porque baja la temperatura de lo que me hierve por dentro. El trayecto de vuelta es silencio y luces de neón moviéndose al otro lado del cristal.

Ya en el piso, me refugio en la cocina. Pongo agua a calentar y busco entre los botes el té de canela, ese que guardo en el fondo del armario como si fuera un secreto. En cuanto el agua hirviendo toca la especia y el vapor sube, el aroma me golpea sin piedad.

Es el olor que me recuerda a ella. A mi madre.

Cierro los ojos un momento y dejo que el olor me atraviese entera.

Saúl entra despacio y se apoya en la encimera con los brazos cruzados, mirándome con una paciencia infinita, buscando las palabras correctas antes de hablar.

—Peque... —empieza, midiendo las palabras—. Tarde o temprano va a haber que hablar de esto, ¿sabes? Te vas a terminar quemando por dentro .

Lucho por seguir ocultando lo que guardo dentro, pero verlo ahí, esperando sin exigir nada, me ablanda de todas formas.

—Él terminó de romper lo poco que quedaba de mí. —Lo digo sin mirarlo, buscando el calor de la taza entre mis manos—. Me dejó cuando estaba más frágil que nunca, cuando más lo necesitaba. —Hago una pausa—. Me enseñó que no debo esperar que nadie me ayude a levantarme. Que tengo que hacerlo yo sola.

—Eso no es verdad —dice él con calma.

—Para mí sí que lo es. Es mi realidad. Lo que la vida me ha enseñado.

—Ali...

—Saúl, por favor —lo corto, suavemente, pero con firmeza.

Él suspira. Me coge de los hombros con una firmeza que no aplasta, sino que sostiene.

—No tienes que ser un bloque de hielo para sobrevivir, peque. —Hace una pausa—. Y hay algo más, ¿verdad? Porque esto no es solo por ese tío, ¿o me equivoco?

Saco el móvil con dedos temblorosos y le enseño la conversación con mi padre. Mensajes cortos, fríos, de alguien que parece estar contestando solo por obligación.