PROMESAS DE CRISTAL Capítulo 14 La Calma antes de la Tormenta.
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Capítulo 14 La Calma antes de la Tormenta.

La Calma antes de la Tormenta.

“Dos meses”. Eso era lo único que Aleksei Kavinsky se repetía como un eco mental mientras se empeñaba en enterrarse vivo bajo montañas de papeleo administrativo.

Lo suyo ya no era diligencia; parecía una obsesión enfermiza.

Había pasado apenas una semana desde que Abril se marchó de Madrid, y en la oficina el ambiente era asfixiante.

Nadie se atrevía a holgazanear o a levantar la voz; todos sabían que el joven heredero cargaba un humor terrible, gélido y peligroso.

Susan se había encargado de poner al día hasta el último documento atrasado, pero aun así, el ruso se empecinaba en ser el primero en llegar y el último en marcharse.

No comía. Se limitaba a beber alcohol y, de vez en cuando, caía rendido en el sofá de su propia oficina para tomar siestas cortas.

Todo permanecía en calma, pero era esa clase de quietud densa y engañosa que precede a los desastres naturales.

En el aire flotaba la certeza de que algo destructivo estaba a punto de suceder.

Mientras tanto, los hilos de la ciudad se movían.

Los negocios que durante años mantuvo Viktor Kavinsky con Adrián Valleflor se cortaron de raíz de forma abrupta.

Aunque a Viktor aquella ruptura comercial no le afectaba en absoluto, le pareció un movimiento sumamente extraño por parte de Adrián, conociendo lo temperamental y ambicioso que era el muchacho; sin embargo, eran asuntos que ya caían fuera de su jurisdicción.

Por otro lado, Romano apenas si pisaba la empresa; pasaba los días acompañando a María a recorrer locales, totalmente concentrados en seleccionar cada detalle para abrir su futura cafetería.

Llegó el jueves 6 de agosto. La temperatura en Madrid rozaba los sofocantes 40 grados.

Aunque el edificio corporativo contaba con un potente sistema de aire acondicionado, era imposible no resentir los estragos del calor veraniego de la capital.

El cansancio acumulado, las noches en vela y la falta de alimento finalmente comenzaron a pasarle factura a Aleksei.

Aturdido, decidió aflojarse el cuello de la camisa y tumbarse en el sofá, cediendo al agotamiento.

De pronto, la sensación de unas manos recorriéndole el pecho lo extrañó.

Creyendo que se trataba de una alucinación producto de su mente cansada que extrañaba a Abril, no intentó abrir los ojos.

Sin embargo, cuando el contacto de unos dedos helados rozó directamente su piel expuesta, se incorporó de golpe.

Con una mirada cargada de fastidio e incredulidad, se acomodó la corbata mientras observaba a Melissa, quien jugaba coquetamente con un mechón de su propio cabello.

__ ¿Qué crees que estás haciendo? —escupió Aleksei con voz ronca.

__ Ayudándote a liberar tensiones, claro está —respondió ella con una sonrisa sugerente.

__ No recuerdo haberte contratado para que ofrecieras servicios de prostitución en mi empresa —siseó el ruso con una frialdad tan cortante que desarmó a la mujer—. ¡Lárgate ahora mismo!

La orden bastó para que Melissa saliera espantada de la oficina. En cuanto la puerta se cerró tras ella, Aleksei caminó a pasos pesados, le pasó el pestillo de seguridad a la entrada y volvió a dejarse caer en el sofá.

__ Como si fuera a permitir que alguien como tú me tocara... — murmuró para sí mismo antes de que la negrura del sueño lo venciera por completo.

Cerca de la corporación, Romano y María continuaban evaluando posibles ubicaciones para el negocio.

De repente, un destello de cabello rosado cruzó por el rabillo del ojo del pelirrojo.

De inmediato, las alarmas se encendieron en su cabeza.

Con tono firme pero calmado, le pidió a María que ingresara a la cafetería donde solía trabajar y que lo esperara allí dentro; bajo ninguna circunstancia debía salir a menos que él regresara a buscarla.

Traumatizada por el accidente con el Audi rojo, el pánico la dominó y aceptó obedecer de inmediato, refugiándose en el local.

Romano comenzó a seguir a la chica de cabello rosa con sigilo.

Verónica caminó apresurada hasta adentrarse en un callejón solitario, descuidado y de mala muerte.

El pelirrojo se ocultó detrás de una esquina, manteniéndose lo suficientemente cerca para escuchar la conversación y observar con quién se había citado.

__ ¡Yo ya no puedo seguir con esto! — chilló Verónica, con la voz quebrada.

De inmediato, una mano de dedos largos y uñas afiladas como las de una bruja la tomó bruscamente de las mejillas, obligándola a levantar el rostro.

__ Solo debes vaciar el contenido de ese sobre en su bebida y tus hermanos serán liberados. No es nada difícil — sentenció la otra mujer con crueldad. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Verónica —. Lo que te pido es una ridiculez, del resto me encargaré yo misma.

Era Dana Valleflor. Tras su fría amenaza, soltó a la chica con desprecio y procedió a limpiarse los dedos con un pañuelo de seda.

En ese instante, Romano se percató de que alguien más comenzaba a observarlo desde una esquina contraria.

Sabiendo que tenía los ojos de un vigía encima, reaccionó con rapidez: fingió ser un simple transeúnte despistado que andaba de paso.

Justo un joven caminaba por la acera de enfrente, y él lo abordó para preguntarle por una dirección.

El chico, extrañamente amable, se ofreció a acompañarlo argumentando que su destino le quedaba de camino.

Romano aceptó. Sabía que se había perdido la última parte de la conversación del callejón, pero no podía arriesgarse a que Dana descubriera que él ya estaba al tanto de los nexos de Verónica con los Valleflor.

El desconocido lo guio hábilmente hasta la fachada de una tienda de ropa antes de hablarle en un susurro:

__ Andrew está vigilando el perímetro. Es mejor que actúes igual que siempre. Si no fuera por mí, los hombres de tu hermana ya te tendrían en sus manos.

A Romano le tomó un par de parpadeos procesar el peso de esas palabras. Su propia hermana, Valeria Romanova, estaba cazándolo. Asintió sutilmente con la cabeza y regresó a toda prisa a la cafetería. En cuanto María lo vio entrar, se lanzó a sus brazos temblando.

__ Debes volver a la casa principal ahora mismo — le susurró él en el oído, plantándole un beso protector —. Te explicaré todo, esta noche, pero primero necesito que estés a salvo allí dentro.

Romano le hizo una seña imperativa al escolta que custodiaba la entrada, ordenándole que trasladara a María de inmediato a la seguridad de la mansión Kavinsky.

En cuanto el auto con María se perdió de vista, el chico corrió hacia el edificio de la corporación.

Evitó los ascensores por seguridad; entró por el acceso de emergencias y comenzó a subir los escalones de dos en dos hasta alcanzar el décimo piso.

Con la respiración agitada, le hizo un gesto con la cabeza a Susan.

La secretaria lo siguió de inmediato a la sala de juntas, cerrando la puerta con pestillo.

Romano vació toda la información: Verónica, Dana Valleflor, la amenaza a los hermanos de la recepcionista y la sombra de los Románov. Susan palideció.

__ Debemos movernos ya —sentenció ella con un tono de urgencia que heló la sangre de Romano.

__ ¿De qué hablas?

__ Hace diez minutos Aleksei pidió una bebida a su oficina... y fue Verónica quien se la llevó.

Ambos salieron disparados de la sala de conferencias, pero apenas sus pies pisaron el pasillo, un crujido metálico ensordecedor distorsionó el ambiente, seguido instantáneamente por un descomunal e imponente ¡BOOM!

La onda expansiva de una explosión sacudió los cimientos de la estructura, impulsando con violencia a los trabajadores hacia el suelo mientras un pitido agudo y doloroso les anulaba el sentido del oído.

Tosiendo entre el polvo y los escombros que caían del techo, Romano logró llegar a rastras a la oficina de Aleksei. Pateó la puerta, pero la estancia estaba vacía. No había rastro del ruso. Las fuerzas se le agotaron y, con el pecho cargado de impotencia, se desplomó sobre los escombros.

Risas distorsionadas. Voces incomprensibles. Burlas lejanas. Todo en la mente de Aleksei era un lienzo borroso y confuso, hasta que una cortina de agua helada impactó de lleno contra su rostro, devolviéndolo a la realidad de golpe.

Aleksei parpadeó con dificultad, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza a punto de estallar por el efecto de algún sedante.

Estaba amarrado firmemente a una silla de madera en mitad de un sótano lúgubre, húmedo y completamente desconocido.

Al levantar la vista, descubrió que no estaba solo: frente a él, atado a otra silla, se encontraba otro hombre visiblemente golpeado y semidormido.

Una voz femenina, cargada de un acento ruso cerrado y venenoso, rompió el silencio del lugar.

__ Vaya heredero de mierda que resultaste ser — siseó la mujer en su idioma natal.

Caminó lentamente hacia él sosteniendo un arma de fuego, la cual pasó con suavidad maquiavélica por la mejilla de Aleksei.

El joven no la reconoció al principio; jamás la había visto en persona, pero no hizo falta ser un genio para atar cabos: era la hermana de Romano, Valeria Romanova.

Las cosas se habían torcido a un nivel inimaginable.

El hombre que estaba atado frente a él comenzó a recuperar la conciencia. Al abrir los ojos y procesar la identidad de quienes compartían la habitación, soltó un bufido lleno de indignación y desesperación.

__ ¡Prometiste que si alejaba a mi hija de todos ellos no nos involucrarías! —terminó gritando Robinson, con las venas del cuello marcadas.

Valeria soltó una carcajada estridente que rebotó en las paredes de concreto.

__ ¿Quién te dijo a ti que se puede confiar en la mafia rusa?

La comprensión golpeó tarde y con fuerza el pecho de Aleksei.

Su mente, aunque lenta por el narcótico, comenzó a analizar el panorama.

Valeria estaba demente, pero sin duda el músculo financiero detrás de esta locura eran los Valleflor.

Los jefes de la familia Románov no se habían movido de Moscú jamás romperían un acuerdo multimillonario con Viktor Kavinsky por el capricho de una mocosa resentida; la única loca operando en territorio español era ella.

Un gemido de dolor interrumpió sus pensamientos. Aleksei giró la cabeza hacia el suelo y sintió que el corazón se le detenía: el cuerpo atado de Abril yacía sobre el suelo húmedo. El desconcierto dio paso al horror absoluto.

Valeria volvió a reír con malicia y presionó un interruptor en un control remoto que llevaba en la mano. De inmediato, un mecanismo hidráulico se activó y paredes de cristal grueso blindado se elevaron desde el suelo, encerrando a Aleksei y a Robinson en cabinas individuales e independientes.

__ Creo que has dormido demasiado, bella durmiente —siseó la rusa, pateando suavemente el costado de Abril.

La joven abrió los ojos con sorpresa y el dolor físico dio paso al llanto en cuanto vio la escena.

__ ¡Yo no te he hecho nada! ¿Por qué me haces esto? —gritó Abril, tirando de las cuerdas que apresaban sus muñecas.

__ Oh, tú no hiciste nada, querida. Toda la culpa es de él —sentenció Valeria, apuntando con el arma directamente a la cabina de Aleksei. Acto seguido, pulsó un segundo botón—. El agua comenzará a subir en las cajas de cristal. Solo a uno podrás salvar, Abril. ¡Te dejo para que elijas quién vive!

Con una última mirada desquiciada, la mujer dio media vuelta y desapareció por una pesada puerta de hierro, dejando los ecos de sus tacones en el pasillo.

Abril comenzó a luchar desesperadamente con las ataduras, desgarrándose la piel de las muñecas en el intento.

Mientras que en las prisiones de cristal, el agua comenzó a brotar desde los conductos inferiores, subiendo implacable por los tobillos de los hombres.

Aleksei la miró a través del vidrio. Sabía que no había forma alguna de que ella lo eligiera a él por encima de su propio padre.

Robinson ya pateaba el cristal y se retorcía, logrando zafarse de la silla, aunque sus manos seguían amarradas y uno de sus pies permanecía sujeto al suelo por un pesado grillete de hierro.

Aleksei ni siquiera intentó luchar. Apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla, resignado, sintiendo el agua fría subir por sus rodillas. Siempre supo que su final en ese mundo sería horrible... pero ni su peor pesadilla había superado la crudeza de la realidad.

__ ¡Aleksei, lucha! ¡Muévete, por favor! —le gritaba Abril desde el suelo, con la voz rota por el llanto.

Él quería pedirle que se detuviera, que salvara a su padre, pero el cansancio le había anulado la voz.

No tenía fuerzas ni para desesperarse; el agotamiento mental era tal que aceptar el final se sentía como el único alivio disponible.

Robinson continuaba golpeando el agua, tratando inútilmente de romper el grillete de sus pies.

Desesperada, Abril divisó una barra de hierro oxidada tirada a unos metros de distancia en el suelo del sótano.

Arrastrándose con las piernas atadas y el alma en un hilo, se lanzó hacia adelante, cayendo pesadamente en su frenético intento por alcanzar la única herramienta que podría romper los cristales antes de que el agua los cubriera por completo...