Capítulo 15 Fin de la Inocencia y Ruegos al Cielo.
Fin de la Inocencia y Ruegos al Cielo.
Tan pronto como la demoledora explosión sacudió el edificio del Grupo K.V, el equipo táctico de Andrew comenzó a moverse a contrarreloj.
La prioridad absoluta era evacuar a los sobrevivientes de una estructura que amenazaba con desplomarse en cualquier instante.
En estado crítico, Susan, Romano y Verónica fueron ingresados de urgencia en la clínica de la familia.
Los médicos de guardia, con rostros desencajados, admitieron que veían casi imposible salvarlos debido a la gravedad de los traumas.
Viktor Kavinsky, conteniendo la rabia y el dolor, los encaró con autoridad: “Hagan todo lo que esté en sus manos”.
La onda expansiva había destrozado órganos internos, obligando al personal médico a trabajar a toda máquina en los quirófanos.
Minutos después, Andrew confirmó el secuestro de Aleksei.
Aunque Katerina sintió que la vida se le escapaba del pecho, se obligó a mantenerse firme por su hijo.
Viktor no titubeó y dio la orden de desplegar de inmediato todas las unidades de búsqueda, activando en paralelo el rastreador subcutáneo implantado en el cuerpo de Aleksei.
Como estrategia táctica, decidieron dejar a Katerina en la clínica, donde su vasta experiencia gestionando refugios y situaciones de crisis sería más útil.
Viktor se trasladó con su equipo de inteligencia a una sala de rastreo, pero las malas noticias no daban tregua: una de sus tiendas de joyería también había sido dinamitada y los heridos ya iban en camino al hospital.
Por si fuera poco, el escolta que transportaba a María fue hallado inconsciente en el asfalto; al despertar, el hombre confirmó el peor escenario: los Valleflor tenían a la muchacha.
Casi en simultáneo, se reportó que la casa de campo de la familia Tadeo había sido asaltada.
Se habían llevado a Abril y a Robinson, dejando a Amparo golpeada.
Los hombres de Andrew la rescataron y la trasladaron de inmediato a la clínica.
El mapa de Madrid se convirtió en un tablero de guerra.
Se dividieron en tres frentes de búsqueda y rescate, uniendo fuerzas con la influyente familia Valenti, quienes aportaron armamento y recursos de inmediato.
Viktor permaneció al mando de la central de operaciones, consciente de que su presencia física solo entorpecería a los agentes más ágiles en el terreno, pero sus labios no dejaron de elevar plegarias al cielo por la vida de sus muchachos.
En un sótano lúgubre, dominado por un penetrante olor a óxido y hierro, María comenzó a reaccionar.
Desorientada, parpadeó repetidas veces hasta que sus ojos se adaptaron a la escasa luz que se filtraba por las rendijas.
En cuanto procesó su situación, el corazón le dio un vuelco de terror: estaba en ropa interior, atada a un colchón mugriento en un lugar completamente desconocido.
Una voz arrastrada y macabra rompió el silencio, haciendo que cada músculo de su cuerpo se tensara al instante hasta encogerse como un ovillo.
__ ¿Para qué te cubres? No hay nada de ti que no haya visto antes —soltó Adrián Valleflor con una sonrisa lasciva.
Esas simples palabras funcionaron como un detonante psicológico que la arrastró violentamente al pasado.
A aquellos días oscuros de su adolescencia donde creyó que él era lo mejor que le había pasado en la vida, hasta que Adrián decidió que la libertad de ella no le convenía y comenzó a tratarla como a una esclava.
María revivió en un segundo las heridas físicas y mentales que él le infligía a diario.
Sumado a los recuerdos de los abusos de la momia viviente de la abuela Valleflor, quien consciente de la situación, había apoyado al monstruo, repitiéndole con desprecio que una basura como ella merecía menos de lo que tenía.
Había pasado un mes entero confinada en aquel infierno de maltratos hasta que un hombre de cabello negro la encontró y la liberó.
María huyó, borrando su rastro por completo.
Le tomó tres años reconstruir sus pedazos psicológicos para reincorporarse a la sociedad...
y ahora, cinco años después de haber recuperado su vida, el destino se la jugaba en contra poniéndolo de vuelta en su camino, nada menos que como el hermano de Abril, la única persona que le había mostrado un cariño sincero sin esperar nada a cambio, cuando María solo era una mesera extraña que le buscaba conversación.
“Esto no me va a vencer”, se repetía María a sí misma mentalmente en un intento desesperado por recuperar el control.
Pero su cuerpo no respondía; temblaba involuntariamente.
Ya no era aquella adolescente indefensa, pero el miedo a lo que Adrián podría hacerle ahora, siendo un adulto con total impunidad, la paralizaba.
__ ¿Sabes? Cuando te vi por primera vez, pensé que me habías olvidado por completo, que me habías superado —continuó Adrián, acercándose a la cama—. Pero veo claramente que solo eras valiente cuando estabas rodeada de otros. Alégrate, mi amor, porque nunca más volverás a ver la luz del sol.
Adrián pasó la lengua por el cuello de la chica, provocando que los sollozos de María se intensificaran.
Aquella vulnerabilidad solo pareció excitarlo más.
Presionando con fuerza su mano contra la garganta de la joven, la hundió en el colchón frío y húmedo.
María ni siquiera intentó luchar por aire; sabía perfectamente que la resistencia solo alimentaba la crueldad de su captor.
Adrián, aburrido por la falta de excitación, la soltó de golpe con un bufido despectivo.
__ Te has vuelto aburrida —escupió antes de salir de la habitación.
En ese instante, cualquier deseo de aferrarse a la vida se esfumó de María.
Su característica sonrisa brillante y su terca costumbre de ver lo bonito en el mundo murieron en ese sótano.
Se preguntó una y otra vez qué había hecho tan mal para terminar en el mismo infierno.
La muerte, en ese punto, se sentía como una bendición comparada con la perspectiva de volver a ser destruida mentalmente.
Sin embargo. Al escuchar pasos apresurados en el exterior, María notó que las cuerdas estaban flojas; el exceso de confianza de Adrián había sido su error.
Con movimientos torpes pero rápidos, logró soltarse de las ataduras.
Agarró las sábanas sucias del colchón para cubrir su cuerpo casi desnudo y corrió hacia la salida trasera, evitando la puerta por la que Adrián había salido.
Al cruzar el umbral, miles de fragmentos de vidrios rotos se clavaron en sus pies descalzos.
El dolor era insoportable, lacerante, pero el pánico la obligó a no detenerse.
Escuchó que gritaban su nombre a lo lejos, pero no miró atrás.
Solo se detuvo en seco cuando el eco ensordecedor de ráfagas de disparos hizo vibrar las paredes.
En la clínica, el médico de cabecera abordó a Katerina con un reporte agridulce: habían logrado estabilizar las funciones vitales de Susan y Romano, pero Verónica permanecía en estado crítico, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Segundos después, los escoltas le informaron a la matriarca que las unidades tácticas habían localizado el paradero de los niños que Romanova había secuestrado; los padres de los menores ya cooperaban con las autoridades, y la orden de aprehensión contra Dana Valleflor ya era un hecho irreversible.
Al mismo tiempo, en el búnker subterráneo, Abril logró ponerse en pie tras una lucha titánica contra sus propias fuerzas.
Su conciencia amenazaba con desvanecerse, pero la adrenalina la mantuvo firme.
Llegó hasta la barra de hierro oxidada y frotó las cuerdas de sus muñecas contra el metal hasta que el roce cortó las ataduras, dejándole las manos ensangrentadas y en carne viva, sin perder tiempo desato sus piernas.
Robinson, que había logrado liberarse de las ataduras, la vio tomar una pesada silla metálica del suelo.
__ ¡A Aleksei primero! — Le gritó su padre desde el interior del cristal, con el agua rozándole la barbilla—. ¡Saca a Aleksei primero!
Abril obedeció. Con una desesperación salvaje, comenzó a estrellar la silla contra las paredes del tanque de Aleksei.
El agua ya había cubierto por completo al ruso, quien yacia inmóvil dentro de la estructura.
Las manos de Abril se tiñeron de rojo con cada impacto y su cuerpo temblaba violentamente; el esfuerzo extremo estaba empujando su sistema neurológico al límite absoluto.
A kilómetros de distancia, en los pasillos de la clínica, Amparo salió corriendo de su habitación sosteniendo un teléfono celular.
Con los ojos desorbitados, le mostró a Katerina la pantalla: los sistemas informáticos de los Valenti habían hackeado la señal de seguridad del búnker, transmitiendo en vivo el suplicio de Abril y Aleksei.
Katerina Kavinsky fue incapaz de soportar la imagen de su hijo ahogándose.
Apartó la mirada, se desplomó de rodillas en el frío suelo del hospital y, rompiéndose en su idioma natal, comenzó a clamar: “Salva a mi pequeño... salva a mi pequeño...”.
En los almacenes olvidados, el tiroteo era un caos.
María, paralizada por el ruido de las balas, tomó la decisión desesperada de lanzarse por una ventana baja del pasillo.
Cayó al exterior sobre un montón de escombros, sufriendo múltiples cortadas que le hicieron arder la piel, pero el sonido de nuevas detonaciones la obligó a levantarse.
De pronto, una mano robusta la sujetó por el hombro.
María soltó un grito de terror puro, pero al identificar el rostro del escolta de los Valenti, se aferró a él llorando.
El hombre la cargó y la resguardó en el interior de una camioneta blindada.
__ Debemos esperar aquí, señorita. Quédese abajo —le ordenó el guardia mientras los disparos seguían resonando en el patio exterior.
Adrián Valleflor había regresado corriendo a la habitación trasera tras ser alertado de que el perímetro había sido vulnerado, solo para encontrarse con la cama vacía.
Furioso y fuera de sí, comenzó a rugir el nombre de María por los pasillos, pero la joven ya estaba a salvo.
Enloquecido por la pérdida de su trofeo, Adrián salió al patio con el arma en la mano, topándose de frente con la avanzada de la familia Valenti.
__ Eh, niñito — le espetó un sicario de complexión gigantesca, bloqueándole el paso con una calma aterradora —. Cometiste un grave error al meterte con un Valenti.
Antes de que Adrián pudiera reaccionar o levantar su arma, el gigante alzó la suya con un movimiento milimétrico y preciso.
Un único disparo seco resonó en el patio, impactando directamente en medio de las cejas de Adrián Valleflor.
El heredero cayó hacia atrás como un saco de piedras, con la mirada perdida.
En el búnker, tras un último golpe sobrehumano donde Abril entregó el resto de sus fuerzas, el cristal templado cedió finalmente con un crujido ensordecedor.
Una violenta cascada de agua reventó hacia el exterior, inundando el suelo de concreto y arrastrando consigo el cuerpo inerte y pesado de Aleksei Kavinsky.
Abril se desplomó de rodillas a su lado sobre el suelo encharcado.
Con sus manos destrozadas y cubiertas de sangre, comenzó a presionar con desesperación el pecho del ruso, intentando desesperadamente iniciar las maniobras de reanimación mientras Robinson intentaba derribar su propia prisión desde el interior.
__ ¡Aleksei, por favor! ¡Aleksei, respira! —sollozaba ella, pasándole aire, sintiendo que sus propios ojos comenzaban a ponerse en blanco. El esfuerzo extremo y la falta de oxígeno estaban gatillando la crisis convulsiva; su cuerpo empezó a experimentar los primeros espasmos inevitables.
Llena de pánico se levantó del suelo y tomando la silla comenzó a golpear nuevamente, esta vez para liberar a Robinson, con cada estocada ella sentía como si intentaran córtale las muñecas, pero ni el dolor, ni el cansancio, ni siquiera la evidente pesadez de su cuerpo que anunciaba un colapso temprano la detuvieron de seguir.
Justo en ese instante de agonía, las pesadas puertas de hierro del búnker fueron derribadas con violencia. Los comandos tácticos de Andrew y los hombres de confianza de Viktor Kavinsky irrumpieron en la estancia con las armas en alto, pero la escena que bloqueó sus pupilas era devastadora.
A kilómetros de allí, en la clínica, la pantalla que Amparo sostenía se fue a negro súbitamente cuando uno de los rescatistas cubrió la lente de la cámara con la mano, cortando la transmisión en vivo de forma abrupta.
Un silencio sepulcral, espeso y doloroso se instaló en el pasillo del hospital.
Katerina Kavinsky levantó la mirada desde el suelo, con el rostro completamente empapado en lágrimas, mientras un ruego final, desgarrador y cargado de una angustia materna incalculable salía de lo más profundo de sus labios...
Fin.