Capítulo 13 Vientos de tormenta.
Vientos de tormenta.
Cuando Romano atendió la llamada, el caos al otro lado de la línea era ensordecedor.
Lo único que logró rescatar entre los gritos desesperados del escolta fue el nombre de la clínica.
María se había convertido en un mar de lágrimas, incapaz de articular una frase coherente; solo repetía una y otra vez las mismas palabras como un mantra de terror: “Carro rojo... Abril... clínica...”.
Esas tres palabras bastaron para que Aleksei perdiera los estribos.
Una furia gélida e incontrolable se apoderó de él.
Romano, a pesar de tener los nervios destrozados, intentó quitarle las llaves para conducir, pero el ruso no se lo permitió.
El trayecto hacia el hospital, que en condiciones normales habría tomado veinte minutos, lo devoraron en apenas cinco.
Antes de salir disparados, dejaron instrucciones precisas a Marcela, el ama de llaves de la mansión, para que informara de inmediato a Viktor y Katerina sobre la emergencia.
Al cruzar las puertas de la clínica, Aleksei divisó al escolta asignado.
Avanzó hacia él como un depredador y, con una voz cortante, le exigió explicaciones en un cerrado y feroz ruso.
El guarda, visiblemente afectado, bajó la cabeza en señal de sumisión y respondió en el mismo idioma, provocando que los médicos y enfermeras a su alrededor se detuvieran en seco, intimidados por el aura de peligro que emanaba de aquellos hombres.
__ ¿Te di o no te di una orden clara de vigilarlas? — rugió Aleksei —. ¿Cómo demonios pasó esto?
__ Mi señor, es todo mi culpa —respondió el escolta con la voz temblorosa, manteniendo la mirada en el suelo —. No pude correr más rápido que el vehículo. Solo logré empujar a la señorita Abril antes de que el automóvil la impactara de lleno.
Aleksei lo evaluó con frialdad.
__ Si el auto no la golpeó, ¿por qué carajo estamos en una clínica?
__ Convulsionó, señor.
Al escuchar esa palabra, la ira ciega que Aleksei sentía hacia el subordinado se disipó instantáneamente, siendo reemplazada por un frío temor.
__ Levanta la cabeza —ordenó el ruso. El hombre obedeció, revelando un hilo de sangre que le corría por la frente —. Pide que te atiendan esa herida y repórtate con Andrew de inmediato.
__ Sí, señor.
Al otro lado del pasillo, la escena no era menos dolorosa. Romano permanecía sentado en las sillas de espera, abrazando con fuerza a María y acariciándole el cabello en un intento por calmar el llanto incontrolable de la joven, quien no dejaba de repetir entre sollozos que todo era su culpa.
En ese momento, un médico de tez pálida y barba blanca espesa se aproximó a pasos rápidos, visiblemente molesto al reconocerlos. Era el mismo doctor que los había atendido en la crisis anterior.
__ ¿Por qué está ella de vuelta aquí? — cuestionó con severidad.
__ Casi la atropellan —soltó Aleksei, con una llanura en la voz que hizo que el médico bajara la guardia de inmediato. El doctor cambió su semblante rígido por uno de profunda preocupación.
__ Le avisaré de inmediato al doctor Robinson —sentenció antes de desaparecer por el pasillo.
María continuaba temblando en los brazos de Romano. Entre hipos, reunió fuerzas para confesarle algo que le carcomía el pecho:
__ Ese carro... ese carro intentó atropellarme a mí, Romano. Abril se dio cuenta y me empujó. Ella me salvó.
Antes de que el pelirrojo pudiera procesar la confesión, las imponentes figuras de Viktor y Katerina Kavinsky entraron a la sala de urgencias.
El efecto fue inmediato: el personal médico y de seguridad del lugar inclinó la cabeza con profundo respeto al verlos pasar.
Quizás los empleados no sabían con certeza quién era el joven Aleksei, pero era imposible no reconocer a los dos benefactores que habían financiado la construcción de esa clínica y que garantizaban sus empleos.
Katerina se dirigió directamente hacia María. Sin dudarlo, la morena se refugió en los brazos de la elegante mujer, rompiendo en un llanto amargo mientras murmuraba lo mucho que lo sentía. Con una ternura maternal, Katerina le dio suaves palmaditas en la espalda.
__ Tranquila, mi niña. Todo estará bien —le aseguró en un tono conciliador.
Mientras tanto, Viktor se limitó a lanzar una mirada fija a Aleksei y Romano. Los jóvenes entendieron la señal y se acercaron a él de inmediato para hablar apartados del resto.
__ Nuestros hombres ya tienen los videos de las cámaras de seguridad de la zona — informó Viktor en un susurro ruso, manteniendo la vista al frente —.
Es un Audi rojo con vidrios polarizados y sin placas de identificación.
Desapareció mágicamente tras ingresar a un estacionamiento subterráneo cercano.
El patriarca alzó ligeramente un dedo y uno de sus escoltas personales se aproximó para entregar el último reporte de inteligencia.
__ Jefe — habló el subordinado con voz baja —, Valeria Romanova abandonó la ciudad de Valencia esta misma mañana. Salió de su residencia conduciendo su Audi rojo.
Al escuchar ese nombre, Romano se tensó por completo. El color abandonó su rostro desde la punta de la nariz hasta el último de sus cabellos, y una cadena de maldiciones en ruso comenzó a escapar de sus labios apretados. La adrenalina le dio un subidón explosivo que lo obligó a hablar.
__ No puedo seguir callando esto — soltó Romano, con la respiración agitada —. Hay algo más que me preocupa. Verónica, la chica nueva de la oficina... ella tiene una conexión directa con Dana, la misteriosa Valleflor.
__ Solo a través de ellas pudieron haberse enterado de la existencia de María — sentenció Aleksei, uniendo las piezas del tablero con frialdad.
Viktor Kavinsky escuchó en silencio, con la mirada fija y pensativa puesta en ambos jóvenes. Finalmente, levantó su dedo índice y lo apoyó con firmeza sobre el hombro de Romano, un gesto de advertencia que puso en alerta inmediata tanto a Aleksei como a Katerina.
__ Tú — sentenció Viktor con una voz profunda que no admitía réplicas— dejaste de ser un Románov hace mucho tiempo. Ellos no tienen absolutamente nada que venir a reclamar aquí. Y si se empeñan en golpear a mi familia para llegar a ti... entonces me encargaré de eliminarlos personalmente.
Romano se quedó estático, tragando grueso ante la fría promesa del patriarca. La densa atmósfera se rompió cuando Robinson y Amparo, los padres de Abril, aparecieron en el pasillo con rostros cansados y desencajados.
Abril afortunadamente ya se encontraba estable.
Sin embargo, en el cubículo médico, Robinson comenzó a cuestionarse seriamente si la cercanía de su hija con la familia Kavinsky era saludable.
En un lapso de apenas mes y medio, Abril había sufrido dos crisis convulsivas severas, cuando llevaba exactamente diez años libre de ellas.
Tras discutirlo largamente a solas con Amparo, ambos padres llegaron a una dolorosa pero firme conclusión: lo mejor para la salud y la paz de su hija era que se retirara con ellos a la casa de campo que la familia poseía lejos del bullicio.
Sabían que debían consultarlo primero con la propia Abril, pero decidieron plantearle la situación a Katerina.
La matriarca rusa, tras escucharlos con atención, asintió con tristeza.
__ Estoy totalmente de acuerdo con ustedes — confesó Katerina con solemnidad—. Estar en Madrid ya ni siquiera es seguro para nosotros mismos.
Aquella cruda declaración dejó a Amparo profundamente intrigada y con el corazón lleno de preocupación. ¿En qué clase de mundo se había metido su hija?
Debido a que habían transcurrido unas seis horas desde el incidente, los médicos informaron que Abril se encontraba algo desorientada, por lo que recomendaron que las visitas ingresaran de dos en dos para no abrumarla. Como era de esperarse, los primeros en pasar fueron sus padres.
__ Hola, mi niña — susurró Amparo con ternura al pie de la cama. Abril les regaló una pequeña sonrisa y se acomodó lentamente sobre las almohadas para verlos mejor.
__ Han pasado muchas cosas, Abril — sentenció Robinson, cruzándose de brazos con semblante serio.
__ Papá, yo... — intentó comenzar ella, pero su padre la interrumpió con suavidad pero con firmeza.
__ Antes de que digas cualquier cosa, debes entender que nada en este mundo es más importante que tu propia salud.
Sin salud, no somos nada; te lo he dicho hasta el cansancio.
El ajetreo y el peligro de esta ciudad son un veneno letal para quienes no están bien.
Abril, tenemos que ser sinceros: esta familia de locos, sus enredos, sus amenazas...
¿Hasta cuándo debo vivir con el alma en un hilo, esperando la llamada que me diga que has muerto?
Amparo colocó una mano compasiva sobre el brazo de su esposo para calmarlo, antes de mirar a su hija.
__ Sabemos que tienes derecho a hacer tu vida, mi amor, y no somos nadie para privarte de tu libertad. Pero una temporada con mamá y papá en el campo te ayudará a sanar y a pensar con la cabeza fría sobre las decisiones que deberás tomar más adelante.
__ ¿Me están insinuando que debo dejarlo todo? —preguntó Abril con un hilo de voz.
__ ¿Y si así fuera qué?
__ Robinson Malik Tadeo Diallo, ni una palabra más —intervino Amparo en un tono tajante que cerró cualquier discusión—. Abril ya no es una niña, y tratarla como tal no cambiará las cosas.
Abril soltó un profundo suspiro, sintiendo el cansancio calar en sus huesos.
__ Yo... yo solo quiero que las cosas en mi vida tengan un poco de normalidad. Lo pensaré, mamá. Antes de que tengan que regresar, les daré una respuesta, se los aseguro.
Con esa promesa dio por terminado el tema.
No es que la idea del campo le desagradara; adoraba la paz de la naturaleza.
Lo que realmente le pesaba era dejar las cosas inconclusas, algo que jamás había ido con su estilo de vida.
Y menos ahora, cuando tenía planes tan reales de abrir una cafetería junto a María.
Minutos después, cuando fue el turno de María para entrar, la morena lo hizo convertida en un mar de lágrimas y mocos. A pesar de que Abril le repitió incansablemente que no tenía culpa alguna de lo sucedido, María se aferraba a su terca culpa, sollozando sobre sus sábanas.
Cuando Viktor y Katerina ingresaron al cubículo, el tema del viaje no se mencionó. Por el contrario, mantuvieron una conversación extrañamente casual sobre el clima de Madrid, hasta que la señora Kavinsky soltó un comentario que dejó a Abril pensando:
__ El cielo de la ciudad luce despejado hoy, Abril...
pero ya se sienten los vientos recios que anuncian una tormenta de tamaño colosal —pronunció Katerina.
Su voz sonó completamente seca, y sus ojos, de ese tono azul agua tan penetrante, intentaron transmitirle un mensaje cifrado que la joven no logró comprender del todo—.
Espero, por tu propio bien, que te mantengas muy lejos de esa tormenta.
La verdadera estocada de la noche llegó cuando la puerta se abrió y Aleksei entró al cuarto. La tensión entre ambos era palpable.
__ Mis padres me han pedido que me marche un tiempo al campo con ellos —soltó Abril sin rodeos. La sutil sonrisa que el ruso llevaba en el rostro se borró al instante, dejando una expresión rígida.
__ ¿Y lo harás? —preguntó él, con la voz notablemente tensa.
__ Creo que es lo mejor. Que estemos separados por algún tiempo nos vendrá bien.
__ ¿Crees que eso es lo mejor? — reclamó Aleksei, dando un paso hacia la cama mientras la frustración ganaba terreno—.
En los últimos tres años has sido como el chicle en mi zapato, Abril.
No hay una sola reunión de negocios donde no hayas estado tú, no hay una junta directiva donde no estuvieras a mi lado.
No tengo ni un solo socio comercial en este continente que no sepa perfectamente quién eres.
¿Y ahora me dices con total ligereza que lo mejor es estar lejos?
__ Mi vida se volvió un caos de la noche a la mañana, Aleksei —replicó ella, sintiendo las lágrimas agolparse en sus ojos.
__ ¿Y crees que solo la tuya se descarriló?
Antes de que el ruso pudiera añadir otra palabra hiriente, la figura de Katerina apareció como un fantasma en el umbral de la puerta.
__ Aleksei —pronunció su madre en un tono de advertencia tan bajo y filoso que funcionó como un freno de mano. Estaba cruzando la raya.
El joven empresario soltó un bufido cargado de impotencia, dio media vuelta y abandonó la habitación a pasos agigantados, haciendo resonar sus zapatos contra el suelo.
Los días posteriores transcurrieron con rapidez.
Finalmente, le dieron el alta médica a Abril y, con el papel en sus manos, llegó el inevitable día de la despedida.
Su plan era pasar al menos dos meses completamente alejada de Madrid, buscando sanar su cuerpo y su mente de todo el peligro que la había rodeado en el último mes.
Todos acudieron para despedirla. Todos...
a excepción de Aleksei. Aunque la actitud inmadura, orgullosa y fría del ruso le causó una punzada dolorosa en el centro del pecho, Abril se obligó a mantener la frente en alto.
Miró por la ventana del auto mientras se alejaban de la ciudad; ya había tomado su decisión y no había marcha atrás...