PROMESAS DE CRISTAL Capítulo 12 Secretos Compartidos.
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Capítulo 12 Secretos Compartidos.

Secretos Compartidos.

__ ¿Me acompañarás a la prueba de vestidos? — preguntó María mientras batallaba frente al espejo, intentando domar su rebelde y rizado cabello.

__ ¿No crees que van muy rápido? — respondió Abril.

María soltó un profundo suspiro y se dejó caer pesadamente sobre la cama. Abril la observó asombrada; conociendo el temperamento de su amiga, se había preparado mentalmente para un berrinche, pero lo que vio fue vulnerabilidad.

__ La verdad es que no nos casaremos hasta dentro de un año o algo así — confesó María, con la mirada pérdida en el techo —. Pero eso no significa que no deba ir preparando las cosas. Aunque... de verdad me molesta el hecho de que Romano no quiera presentarme a su familia.

__ ¿Y tu familia, María? ¿Qué dice?

__ No tengo a nadie, Abril. Sé que a veces piensas que no he sido del todo sincera contigo, pero la realidad es que llegué a este país siendo muy joven. Viví de albergue en albergue hasta que cumplí la mayoría de edad. No tengo a nadie más en el mundo.

El corazón de Abril se encogió de pesar. Había estado tan abrumada y distraída con sus propios problemas en los últimos días que había olvidado por completo el doloroso pasado que María le había confiado tiempo atrás. Sin pensarlo dos veces, se acercó a la cama y la rodeó con un abrazo protector.

__ Me tienes a mí. Yo soy tu familia ahora — le prometió al oído. María sonrió con los ojos empañados y la apretó con fuerza contra su pecho.

__ ¿Qué se supone que hacen ustedes dos? — la voz grave y profunda de Aleksei resonó desde la entrada, sobresaltando a ambas chicas, quienes se separaron de inmediato.

__ ¿Es que acaso quieres causarme un infarto? — reclamó Abril con el corazón desbocado.

El ruso puso los ojos en blanco con un gesto divertido mientras caminaba hacia ellas.

Con la elegancia y seguridad que lo caracterizaban, se sentó en el borde del colchón y, en un movimiento rápido e imprevisto, tomó a Abril por la cintura para sentarla sobre sus piernas.

En cuestión de segundos, las mejillas de Abril se tiñeron de un rojo tan intenso como un tomate, provocando las carcajadas sonoras de Aleksei y María.

Una vez que las risas cesaron, Aleksei clavó su mirada fija en la morena.

__ María, ¿planeas quedarte trabajando como mesera toda la vida?

__ ¡Por Dios, obvio que no! Pero, ¿qué más puedo hacer? — respondió ella. Abril miraba a ambos, atenta al rumbo de la conversación.

__ ¿Qué es lo que realmente te gustaría tener?

__ Mi propia cafetería — admitió María, con los ojos iluminados —. Pero no una cualquiera. Una cafetería divertida, con un concepto alegre, temático y comidas interesantes.

__ Bien. Considera eso como mi regalo de bodas adelantado.

El silencio sepulcral inundó la habitación durante dos segundos, hasta que un chillido agudo y completamente sobrenatural escapó de la garganta de María.

Como si fuera una niña pequeña en Navidad, la morena comenzó a saltar y a bailar con frenesí sobre el colchón.

De repente, se dejó caer de rodillas en el suelo, justo frente a Abril, deteniendo las risas de la pareja.

Tomando las manos de su amiga entre las suyas, exclamó desbordante de emoción:

__ ¡Abi, tienes que estar allí conmigo! Solo imagínalo: tú como mi administradora y yo al frente. ¡Seríamos socias en un negocio imparable!

__ No hay ninguna necesidad de que trabajes — declaró una voz tosca desde el umbral. Romano entraba a la habitación, y la atmósfera cálida se evaporó al instante.

__ No soy un ave a la que debas cortarle las alas y mantener encerrada en una jaula, Romano —replicó María.

Abril supo de inmediato que su amiga estaba furiosa, y no solo por el comentario machista de ese momento.

Sutilmente, Abril se inclinó hacia Aleksei y le preguntó en un susurro qué demonios había pasado entre ellos.

El ruso simplemente se encogió de hombros, la tomó firmemente por la cintura y la guio hacia el pasillo, dejándolos solos mientras la discusión subía de tono a sus espaldas.

__ Así como tú tienes tus secretos, yo tengo mis sueños — se alcanzaba a escuchar la voz firme de María a través de la madera —. Y no pienso desaprovechar las oportunidades que se me presenten. Ni por ti, ni por nadie, ¿entiendes?

Aleksei y Abril se quedaron de pie en el pasillo, visiblemente incómodos por la intensidad del pleito ajeno. Para romper el hielo, Abril miró al ruso con genuina gratitud.

__ Gracias... por darle esta oportunidad a esa pequeña revoltosa.

__ ¿Quieres ser su socia? — preguntó él, arqueando una ceja. Los ojos de Abril brillaron con un entusiasmo tan puro que sirvieron como una confirmación silenciosa. Le encantaba la idea.

Pero antes de que pudiera articular palabra, el eco de una nueva reclamación traspasó la puerta.

__ ¡Por Dios, María! ¡Estás así de molesta solo porque no quiero llevarte a conocer a mi familia!

__ ¡Me voy a convertir en tu esposa! ¿Cómo es posible que no pueda conocer a tu familia?

__ ¡Porque los dejé atrás hace mucho tiempo, por eso! — rugió Romano con una rabia contenida que helaba la sangre.

Abril, sintiendo que estaban invadiendo una intimidad que no les correspondía, hizo un ademán para marcharse, pero Aleksei la sostuvo suavemente del brazo.

Con un ligero movimiento de cabeza, le indicó que se quedara.

Una punzada de confusión y temor comenzó a instalarse en la garganta de la muchacha. ¿Qué tanto ocultaba el pelirrojo?

__ Hace algunos días, tu hermana fue a buscarme a la cafetería — soltó María.

El silencio que siguió a esa frase duró apenas un milisegundo antes de que un estruendo metálico y violento sacudiera la estructura de la casa, acompañado por un quejido ahogado de dolor de Romano y un grito horrorizado de María: ¡Oh, Dios mío!

Fue el detonante necesario para que Abril y Aleksei entraran de golpe a la habitación.

Sobre el suelo, cubierto de polvo y cables, yacía Romano con el pesado ventilador de techo que se había desprendido por completo sobre él.

Aleksei reaccionó con rapidez militar, quitando el aparato de encima de su amigo y ayudándolo a incorporarse.

Tan pronto como el pelirrojo estuvo de pie, María se abalanzó sobre él, derribándolo nuevamente sobre la cama debido a la fuerza de su abrazo.

__ Sigo enojada contigo — sollozó ella contra su pecho —, solo... me alegro de que estés bien.

Tras comprobar que Romano no tenía ningún hueso roto — salvo el orgullo severamente dañado—, Abril decidió que lo mejor era sacar a María de la casa.

Sabía perfectamente que el tema familiar era una bomba de tiempo para el pelirrojo y, conociendo el carácter impulsivo de su amiga, temía que dijera algo que terminara por arruinar la relación de forma definitiva.

__ Vamos por una salida de chicas —le propuso Abril con una sonrisa comprensiva—. Como en los viejos tiempos, cuando solo éramos la secretaria y la mesera.

Tomaron sus bolsos y, sin decir adiós a los hombres, salieron de la propiedad dispuestas a ahogar las penas en los mejores helados de Madrid.

Sin embargo, a Aleksei no se le escapaba absolutamente nada; con una mirada rápida a su jefe de seguridad, ordenó discretamente a los escoltas que las siguieran. No iba a correr riesgos.

Mientras tanto, en el despacho de la casa de invitados en donde se encontraba Aleksei, este y Romano compartían un par de vasos de whisky en un ambiente denso.

__ Cuanto más rápido le cuentes la verdad a María, más rápido se solucionarán tus problemas —sentenció Aleksei, dándole un suave vaivén al líquido ámbar dentro de su vaso.

Permanecía apoyado contra el borde de su escritorio de caoba, clavando una mirada feroz en el pelirrojo, quien se encontraba tirado en uno de los sillones de cuero, contemplando su bebida con frustración.

__ ¿Y después qué? ¿Y si se decepciona de mí? ¿Y si me deja al saber quién soy realmente?

__ Eso debiste haberlo pensado antes de ponerle un anillo de diamantes en el dedo.

__ Lo acepto, me dejé llevar —suspiró Romano, pasándose una mano por el rostro—. Pero María es... es un fuego ardiente, Aleksei. Cuando estoy con ella...

__ A mí no me interesa saber cómo terminaras esa oración, Romano —lo interrumpió el ruso con frialdad, ganándose una mueca de absoluto disgusto por parte de su amigo —.

Míralo desde su perspectiva: María no tiene familia.

Para ella, esto es importante. Si le cuentas la verdad de frente, estoy seguro de que lo entenderá.

Lo que no puedes hacer es pretender vivir ocultándoselo el resto de tu vida.

Las palabras de Aleksei flotaron en el aire, sumiendo la oficina en un silencio pesado mientras ambos hombres se sumergían en sus propios pensamientos. ¿Qué era ese oscuro secreto que Romano protegía con tanto recelo?

Mientras tanto en la casa principal, Viktor Kavinsky continuaba revisando minuciosamente los informes de ganancias de su red de joyerías.

La concentración del patriarca se rompió por completo cuando la puerta de la habitación se abrió, revelando a Katerina.

Vestía un camisón corto, confeccionado en una seda blanca tan sutil y transparente que no dejaba nada a la imaginación.

Viktor olvidó instantáneamente los balances financieros y las montañas de papel.

Aunque el reloj marcaba apenas las tres de la tarde, el mundo exterior dejó de existir.

Olvidándose de la madurez y los años compartidos, se abalanzó sobre la única mujer en la tierra que, a pesar del tiempo, seguía teniendo el poder absoluto de volverlo completamente loco.

A kilómetros de allí, las chicas continuaban paseando alegremente por las concurridas calles comerciales de Madrid.

Entre risas, planeaban entusiasmadas los detalles de la futura cafetería: el diseño de las mesas, la decoración del lugar y los posibles menús innovadores que ofrecerían.

Estaban tan sumergidas en su burbuja de felicidad que jamás notaron los ojos oscuros que las observaban fijamente desde la acera de enfrente, midiendo cada uno de sus pasos.

Llegaron a un cruce peatonal. Justo cuando pusieron un pie sobre el asfalto para cruzar la calle, el silencio de la tarde fue brutalmente desgarrado por el rugido ensordecedor de un motor. Un Audi de color rojo brillante apareció de la nada, doblando la esquina a una velocidad alarmante.

Sin detenerse ante las señales de tránsito, el conductor hundió el acelerador a fondo, dirigiendo la masa de metal directamente contra los cuerpos de las dos jóvenes.

Abril, al verse completamente acorralada y con el vehículo encima, reaccionó por puro instinto de supervivencia: empujó con todas sus fuerzas a María hacia la acera contraria, sacrificando su propia posición mientras el parachoques del auto estaba a milímetros de ella si no fuera porque el escolta apareció y jalo de uno de los brazos a Abril ahora mismo estaría volando por los aires, pero el estrés del momento hizo desencadenar una nueva crisis convulsiva en la muchacha, María desesperada tomo el teléfono y llamo a Romano, mientras que el escolta subía a la chica a la parte trasera del auto y le hacía señas a María para que también subiera… .