Capítulo 11 El Caos del Décimo Piso e Hilos Invisibles.
El Caos del Décimo Piso e Hilos Invisibles.
La noticia del compromiso en la casa Kavinsky corrió como la pólvora por toda España.
La alta sociedad murmuraba sin cesar, asumiendo de inmediato que se trataba del mismísimo heredero del imperio.
Lo que pocos imaginaban era que el verdadero afortunado era Romano.
Por ello, el día en que el estricto y demandante ruso se reincorporó a sus actividades laborales en el décimo piso, el equipo completo lo esperaba con globos, serpentinas y confeti listos para celebrar.
Tan pronto como Aleksei dio un paso fuera del ascensor, fue recibido por una oleada de aplausos y una enorme pancarta que rezaba: “¡Felicitaciones!”.
Romano, sospechando el origen de la confusión desde el primer segundo, comenzó a reírse por lo bajo, cruzándose de brazos.
El rostro habitualmente sereno y gélido del ruso se encrespó notablemente al notar el inusual alboroto en la oficina.
Con un gesto imperioso y frío de su mano, cortó los aplausos y sumió el piso en un silencio sepulcral.
__ Gracias. Es agradable ver que se alegran de que mi recuperación haya sido todo un éxito, pero debemos volver al trabajo —sentenció con su característico tono autoritario.
Quería enterrar el espectáculo de inmediato y recuperar el tiempo perdido tras el mes y medio que estuvo fuera de circulación.
Pero en el mundo corporativo de los Kavinsky, nada salía como se esperaba.
__ ¿Y la novia? — preguntó Melissa con tono coqueto, enredándose un mechón de cabello en el dedo. Susan la fulminó con una mirada desaprobatoria desde su puesto, mientras en la mente de Aleksei algo hacía clic con fuerza.
__ Sin duda alguna me casaré — respondió el ruso, bajando la voz varios decibeles, un tono grave que hizo que todos contuvieran la respiración presintiendo el peligro —.
Pero con quién, cómo, cuándo y dónde, es absolutamente mi problema.
Solo les aclararé esto para evitar que este piso se convierta en un nido de chismes: quien se comprometió fue Romano, no yo.
Sin añadir una sola palabra, avanzó con paso apresurado hacia su oficina privada. Dejó atrás a un grupo de empleados con cara de payasos y a un Romano que se desternillaba de la risa por lo absurdo de la escena.
Montañas y montañas de documentos pendientes se cernían sobre el imponente escritorio de caoba. Aleksei soltó una maldición entre dientes al recordar que Abril ya no trabajaba para él. Aunque intentó convencerla por todos los medios de regresar a su puesto, ella se había negado rotundamente.
Las puertas dobles de la oficina se abrieron de par en par.
__ ¿Consiguieron a alguien? — preguntó Aleksei sin levantar la vista de las estadísticas financieras del último mes.
__ Sí. Ella es Verónica — anunció Susan, dándole un leve empujón a una joven para que diera un paso al frente. La veterana recepcionista, con su habitual semblante serio, dejó escapar un hondo suspiro que captó de inmediato la atención del ruso.
__ ¿Sucede algo, Susan? — inquirió, evaluando su reacción.
__ Es solo que... sin ella, el caos aquí es el nuevo orden — soltó en un tono melancólico.
Aleksei la fulminó con la mirada. Sabía perfectamente lo que la mujer intentaba hacer; no era como si él mismo no extrañara la eficiencia perfecta de su antigua secretaria, pero era Abril quien se empeñaba en mantener su distancia profesional.
__ Debo atender mis propios asuntos, me retiro — añadió Susan antes de desaparecer, dejando a un indefenso cervatillo a solas con el gran lobo.
Aleksei suspiró con fastidio y señaló con un gesto indiferente el escritorio ubicado a su derecha.
__ Ese será tu nuevo lugar de trabajo a partir de ahora... ¿Berta, no?
Una nueva carcajada resonó en la oficina.
Romano, divertido por el desinterés de su amigo, intervino rápidamente para darle indicaciones a la asustada chica de que fuera por dos cafés.
Verónica asintió nerviosa y salió a toda prisa.
El ruso continuó sumergido en sus papeles: confirmando fechas, anotando direcciones, aprobando contratos y rechazando propuestas con mano firme.
Romano, consumido por un aburrimiento que parecía no tener fin, se recostó de forma perezosa en el sofá de espera, colocando la cabeza donde debían ir los pies mientras jugaba distraídamente con su navaja.
La puerta volvió a abrirse. La muchacha de cabello castaño con llamativas mechas rosadas se acercó con extrema cautela a su nuevo jefe para entregarle la taza.
Sin embargo, los nervios la traicionaron y terminó volcando el líquido hirviendo directamente sobre el documento que Aleksei leía.
__ ¡SUSAN! — un grito atronador retumbó por todo el décimo piso, paralizando por completo a la suplente.
__ ¿Sí? — preguntó Susan, asomándose de inmediato con el ceño fruncido.
__ Cambia de lugar con la nueva. A partir de hoy, tú serás el reemplazo de Abril.
La boca de Susan se abrió de par en par dispuesta a replicar, pero la estrepitosa carcajada de Romano la obligó a callar.
Fue entonces cuando la mujer notó el desastre de café en el escritorio y el suelo, y a la muchacha con los ojos vidriosos, al borde del llanto.
Comprendiendo que sería lo mejor para todos, Susan colocó una mano firme en el hombro de la joven y la instó a salir de la oficina.
Aleksei se pasó las manos por el rostro, tratando de disipar la rabia del mal rato.
Mientras tanto, Susan, adoptando una expresión severa y ultra profesional, tomó el teléfono fijo que antes pertenecía a Abril.
Dictó un par de instrucciones rápidas, limpió la estancia con movimientos mecánicos y comenzó a trabajar en los documentos en un silencio sepulcral.
A la hora del almuerzo, como era de esperarse tras el incidente, ni Aleksei ni Susan bajaron al comedor.
Los empleados del piso ocho intercambiaron miradas cómplices con los del piso seis, y la maquinaria del chisme comenzó a rodar a toda marcha.
Lucrecia, una empleada de baja estatura y llamativo cabello pelirrojo artificial, se acercó a la mesa de Melissa con intenciones aparentemente inocentes, alegando estar "preocupada" por el humor del jefe.
Melissa, destilando veneno, no tardó en soltarlo:
__ Abril no es más que una mosquita muerta que logró engatusar al jefe. Se van a casar pronto, ya lo verán.
Contrario a la reacción de envidia que Melissa esperaba provocar, los ojos de Lucrecia se iluminaron y comenzó a dar pequeños saltos de felicidad.
__ ¡Yo conocí a Abril cuando era recepcionista en la planta baja!
Solo estuvo una semana en ese puesto, pero seguimos hablando después de eso.
Es una chica maravillosa y buena, ¡me alegro muchísimo por ella!
— declaró con un tono completamente soñador antes de dar media vuelta y regresar con sus compañeras de piso.
El comedor de la corporación nunca había sido tan ruidoso.
La señora encargada del menú observaba la escena con creciente inquietud; en sus veinte años de servicio en la empresa, jamás había visto un chisme durar tanto ni sonar con tanta fuerza.
Lo que más le preocupaba era que todo apuntaba a que la única perjudicada sería Abril, a quien todos recordaban como la dulce muchacha que se había ofrecido a cubrir los turnos del comedor cuando el pequeño hijo de una de las empleadas enfermó.
En aquel entonces, el ruso solo quería deshacerse de ella sobrecargándola de tareas para forzar su renuncia, pero la tenacidad de Abril fue tal que, en cuestión de un mes, pasó por casi todos los departamentos de la empresa, desempeñando cada puesto de manera magistral y ganándose el corazón del personal de planta.
Romano, permaneciendo en las sombras del comedor como un depredador que acecha a su presa, escuchaba con atención las conversaciones.
Algunos se mostraban genuinamente felices de que Abril fuera la futura esposa del heredero; otros simplemente inventaban teorías absurdas por envidia.
Incluso una pequeña facción murmuraba sobre lo increíble que resultaba que María, una simple mesera, se hubiera agenciado el corazón de uno de los hombres de confianza más cercanos a los Kavinsky.
Fue entonces cuando Romano divisó a la chica nueva, Verónica, sentada completamente sola en una mesa arrinconada.
Algo en su postura impulsó al pelirrojo a acercarse con sigilo, cuidando de no ser detectado.
La joven hablaba en voz baja por su teléfono móvil.
La curiosidad de Romano se disparó al límite cuando la escuchó susurrar con frustración:
__ Dana... ¿realmente crees que es tan sencillo?
El pelirrojo aguzó el oído, ansioso por capturar el resto de la conversación, pero la mala suerte se interpuso.
Dos hombres del equipo de seguridad que caminaban distraídos charlando tropezaron de lleno con él, derramando parte de un jugo de naranja sobre la impecable ropa de Romano.
Para cuando logró zafarse y limpiar el desastre, la llamada había terminado, obligándolo a dejar su investigación a medias.
Los días siguientes transcurrieron en una tensa calma.
Susan y Aleksei continuaron sumergidos por completo en interminables montañas de archivos.
Romano, por su parte, no le quitaba el ojo de encima a la chica nueva.
Sus sospechas dieron frutos al descubrir que Verónica había ingresado a la empresa gracias a hilos movidos por las influencias de la familia Valleflor.
Su currículum era una obra de arte falsificada; jamás había tenido un empleo real en su vida.
Estaba buscando algo, pero Romano aún no lograba descifrar el qué.
Mientras el peligro se cocinaba en las oficinas, las vidas de las chicas habían tomado rumbos distintos.
María seguía atendiendo en la cafetería con su característico brillo, ahora luciendo con orgullo su anillo de diamantes.
Abril, por otro lado, se había convertido oficialmente en la asistente personal de Katerina Kavinsky; era ella quien ahora administraba con mano de hierro y dulzura todos los asuntos de los refugios y las fundaciones benéficas de la familia.
Lejos del bullicio de la empresa, los líderes mayores de la dinastía también movían sus propias piezas.
Viktor seguía gestionando sus negocios privados.
Más allá del legado familiar, el mayor de los Kavinsky poseía desde hacía años una red de joyerías de lujo y comerciales que abarcaba desde piezas sencillas hasta alta joyería de diamantes.
Aunque él no confeccionaba las piezas, llevaba personalmente y de forma minuciosa la administración de cada local.
Por su parte, Katerina no se limitaba a firmar cheques como directora de las fundaciones; la imponente mujer rusa se involucraba en cuerpo y alma en el proceso de recuperación de cada una de las personas vulnerables bajo su cuidado, pasando sus días viajando de un refugio a otro.