PROMESAS DE CRISTAL Fuego en el Jardín y Promesas de Cristal.
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Fuego en el Jardín y Promesas de Cristal.

Los visitantes de la casa Valleflor fueron despachados uno por uno, como hojas secas barridas por el viento tras la tormenta.

La familia Tadeo sintiéndose incomodos por lo que acababan de ver y oír, decidieron retirarse.

Al final, solo quedó Adrián. Como Viktor tenía asuntos pendientes con él, le permitió quedarse en la propiedad, pero el joven Valleflor no era más que un aprovechador buscando el momento exacto para colarse en la habitación de María.

Aleksei, notando sus intenciones se acercó a él:

__ No te metas en problemas —le soltó el ruso con un tono simple, pero cargado de una advertencia letal.

Los integrantes que quedaron en la mansión se vieron obligados a sentarse a la mesa.

Viktor rompió el silencio con un tajante: "La comida no puede perderse".

Así, sin charlas innecesarias ni la falsedad de los Valleflor, todos comenzaron a cenar.

Al terminar, en un gesto que demostraba la particular calidez de aquella imponente familia, Viktor ordenó a sus escoltas y a todo el personal de servicio que se sentaran a la mesa.

Había demasiada comida y nada debía desperdiciarse; en esa casa era una costumbre compartir como iguales tras los muros de seguridad.

Aleksei aprovechó el movimiento para llevarse a Abril a dar un paseo por el jardín de su madre.

Casi al mismo tiempo, Romano y María desaparecieron entre las sombras del patio sin decir una palabra, seguidos de cerca por un sigiloso y resentido Adrián.

En la mesa principal, solo quedaron Viktor, Katerina y su personal, cenando y charlando amenamente bajo las luces de hadas.

Romano guio a María hacia un rincón apartado de la propiedad, donde un gran árbol se levantaba imponente contra el cielo estrellado.

María dejó escapar una risa cantarina al notar las mantas que se extendían cuidadosamente al pie del tronco.

Al llegar a ese punto, la desesperada y traviesa chica no quiso esperar un segundo más.

Tomó al pobre Romano por las solapas de su saco y lo estampó contra el árbol.

Comenzó besándolo lento, saboreando el momento, para luego transformarlo en un beso salvaje y demandante.

Las manos del pelirrojo no tardaron en posarse sobre las exuberantes curvas del trasero de la muchacha, haciéndola reír entre dientes contra sus labios.

El ambiente comenzó a subir de tono cuando Romano bajó la intensidad de sus besos hacia el cuello de María, descendiendo peligrosamente hacia la v de sus senos.

De pronto, una fuerza desconocida apartó bruscamente a la chica de sus brazos y Romano recibió un golpe de lleno en el rostro.

Era Adrián. Furioso y con los ojos inyectados en sangre, intentó cernirse sobre el muchacho para rematarlo.

Pero lo que pocos sabían de aquel pelirrojo despreocupado era que detrás de su sonrisa guardaba el entrenamiento de un excelente luchador.

En un par de movimientos limpios y calculados, Romano revirtió la posición e inmovilizó al Valleflor contra el suelo.

__ ¿Te volviste loco? — le gritó María, con el corazón acelerándole el pecho.

__ ¡Tú eres mía! — bramó Adrián, forcejeando inútilmente bajo el peso del pelirrojo.

__ Perdiste la cabeza — sentenció María de una forma seca, mirándolo desde arriba con un desprecio gélido—. Jamás... escúchame bien, jamás pienso arrastrarme por el fango ni por ti ni por nadie. Tú ya saliste de mi vida.

Romano, sin perder la compostura, habló directamente por el auricular que siempre llevaba consigo. En cuestión de minutos, dos gigantes de la seguridad de los Kavinsky llegaron al lugar y arrastraron a Adrián fuera de la propiedad como si fuera un saco de basura.

María, suspirando para liberar la adrenalina, se dejó caer sobre las mantas.

Fue entonces cuando su mano rozó un pequeño bulto escondido entre las raíces del árbol.

Curiosa, comenzó a examinarlo mientras una chica de la unidad de vigilancia se acercaba discretamente para curarle el pómulo enrojecido y el labio partido a Romano.

__ Pero ¿qué carajos...? — susurró María con la voz entrecortada.

Al abrir el envoltorio, un espectacular anillo de diamantes destelló bajo la luz de la luna. Por un momento, tanto ella como Romano quedaron paralizados. El paramédico, cobrando el sentido de la situación, se alejó lo más rápido posible para darles privacidad.

__ ¿Qué es esto? — preguntó ella, levantando la cajita con manos temblorosas.

Romano se sacudió el cabello pelirrojo, con una mueca de frustración divertida.

__ Quería hacerte una linda pero caliente proposición... pero ya ves que ese chiquillo lo arruinó todo — terminó diciendo con un tono de derrota.

Las lágrimas de María no se hicieron esperar. Incapaz de creer lo que estaba pasando, se abalanzó sobre él con tanta fuerza que ambos cayeron de espaldas sobre el césped. Romano comenzó a reír sonoramente, abrazándola contra su pecho.

__ ¿Acaso eso es un sí?

María chilló de emoción en respuesta, ocultando el rostro en su cuello, y el pelirrojo la apretó contra sí, incapaz de creerse la inmensa fortuna de escucharla aceptar.

Mientras tanto, en el invernadero de Katerina, el ambiente era completamente distinto.

Abril, maravillada por la belleza del lugar, empezó a correr y a reír como una niña pequeña entre los senderos de flores.

Pero, como era habitual en ella, su torpeza la traicionó y tropezó con una maceta.

Aleksei, con reflejos felinos, consiguió atraparla a tiempo por la cintura.

Quedaron atrapados en la misma posición de la mañana: sus rostros tan cerca que podían sentir el calor de sus respiraciones.

Un leve rubor comenzó a extenderse por las mejillas de la muchacha. Aleksei, observándola fijamente, comenzó a atar cabos en su cabeza. Se enderezó con lentitud, sin soltarla del todo, y se atrevió a preguntar:

__ Antes de mí, estabas comprometida... ¿Qué tan lejos llegaste?

La pregunta desarmó por completo a Abril, quien desvió la mirada de inmediato, incómoda.

__ Ni siquiera he besado a nadie, así que adelante, ríete — dijo con voz de niña malcriada, cruzándose de brazos —. El trato era que yo le serviría de escudo y él sería el mío, pero el muy idiota dejó que lo atraparan besando a otra y todo mi plan se fue al desagüe.

Ante ese arrebato de orgullo infantil, Aleksei no pudo evitar soltar una risa genuina.

__ ¿Y tú? ¿Con cuántas has estado? — replicó ella, queriendo devolver el golpe.

__ Con más de las que pueda recordar — respondió el ruso con total honestidad.

Un nuevo silencio, esta vez más denso, se instaló entre ellos. Abril comenzó a observar de forma distraída los rosales para evitar sus ojos, hasta que decidió hablar:

__ El contacto físico con otros sume a mi cuerpo en mucha tensión... en especial si sé que sus intenciones no son del todo buenas. Mi mente divaga, es algo inevitable para mí.

Aleksei se acercó un paso más. Tomando las pequeñas manos de Abril entre las suyas, la obligó a mirarlo.

__ Nunca te has alejado de mi toque... ¿Por qué?

La risita nerviosa de Abril no le auguraba una respuesta satisfactoria al ruso, pero aun así moría por escucharla.

__ Cuando eras mi jefe, si bien eras un gruñón, nunca fuiste hostil conmigo. Al menos no más de lo necesario. Nunca te fijaste en mi ropa, ni en mis piernas, ni me acosaste... Y ahora, aun ahora, no me obligas ni me arrinconas.

Lo que la pequeña Abril no sospechaba era que este hombre, desde que ella era su secretaria, se había mantenido a raya por una poderosa razón: incluso desde aquellos tiempos, ella era la protegida de su madre Susan.

Meterse con ella en ese sentido solo le traería problemas monumentales con Katerina.

Incluso ahora, al verla libre de su faceta de adicta al trabajo, Aleksei tenía que usar toda su fuerza de voluntad para reprimirse y no besarla, temiendo asustarla.

El ruso la miró fijamente bajo la luz tenue que se filtraba por los cristales del invernadero, permitiéndose detallar la curva de sus labios y la pureza en sus ojos marrones.

Su mano libre subió con lentitud, casi pidiendo permiso, hasta enredar sus dedos en un mechón de su cabello castaño.

No la besó. Sabía que no era el momento, que la mente de Abril aún cargaba con el peso de muchas heridas emocionales, pero la cercanía fue suficiente para que el aire entre ambos se volviera denso, casi eléctrico.

Abril, por un segundo, cerró los ojos pensando que Aleksei le quitaría la virginidad a sus labios. Pero su voz, grave y profunda, la regresó al presente.

__ No pretendo obligarte a nada, ni siquiera a que aceptes el contrato. Pero si llegas a firmar, ten por seguro que no te podrás escapar de mí. Ya no más.

El rubor de la chica se extendió hasta su cuello, donde aún quedaban las manchas del vino rosado que Rosaura le había derramado encima.

El ruso acercó su nariz a la piel de su cuello, inhalando su aroma y midiendo su reacción.

La mente de Abril puso un cartel gigante en la puerta que decía: "Me he ido de vacaciones".

Era un torbellino de sensaciones que no lograba descifrar.

Había sido tan obstinada que se había negado a cambiarse la blusa, a pesar de que le advirtieron que el vino seco arruinaría la tela.

Los ojos de Aleksei, que antes estaban en su cuello, bajaron hacia el escote visible a través de la transparencia de la camisa blanca mojada. Cada respiración acelerada de la chica hacía que sus senos subieran y bajaran de forma tentadora.

El ruso se vio obligado a contar hasta diez mentalmente en su propio idioma.

Todos en la oficina sabían que debajo de la ropa aburrida de la secretaria se escondían curvas deseables, pero era su personalidad recta la que mantenía a la gran mayoría a raya.

Pero ahora no estaban en la oficina. La sentía tan cerca, pero a la vez tan frágil; tocarla ahora de forma ruda sería igual a soplar sobre una delicada casa de paletas.

Fueron interrumpidos abruptamente por el sonido de unos pasos pesados y un bufido que venía de la entrada del invernadero.

Al voltear, se encontraron con Romano, quien traía el labio inferior partido, un pómulo ligeramente enrojecido y una sonrisa de suficiencia que no le cabía en el rostro.

Detrás de él, María venía con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, sosteniendo con fuerza la mano del pelirrojo.

__ Espero no estar interrumpiendo otro pastel a medio comer — soltó Romano en ruso, ganándose una mirada fulminante de Aleksei.

__ ¿Qué te pasó en la cara, Romano? — cuestionó el ruso, enderezándose por completo y poniéndose en modo protector al notar los rastros de la pelea.

__ Adrián perdió la cordura por un momento — respondió Romano, restándole importancia con un gesto de la mano mientras pasaba su brazo por los hombros de María —.

Mis muchachos ya lo arrastraron fuera de la propiedad.

Pero bueno, los golpes valieron la pena...

Jefe, ve buscando un buen traje, porque esta hermosa mujer de aquí me acaba de decir que sí.

María levantó la mano izquierda con timidez, dejando ver el destello del anillo de diamantes bajo los cristales del invernadero.

Abril abrió los ojos de par en par, perdiendo por completo el habla, mientras Aleksei miraba a su mejor amigo con una mezcla de incredulidad y una media sonrisa que comenzaba a asomarse en sus labios...