Capítulo 7 La protegida de la matriarca.
La protegida de la matriarca.
Tras someter a Aleksei a un riguroso arsenal de exámenes médicos que evaluaron hasta la última raíz capilar, el especialista llegó a una conclusión tan contundente como inesperada: el joven ruso se recuperaría por completo y, milagrosamente, no presentaría secuelas aparentes del catastrófico accidente.
Mientras permanecía en observación, Aleksei no podía apartar de su mente la extraña certeza de que, durante las últimas cuarenta y ocho horas de letargo, había escuchado pasos distantes y susurros ahogados; sin embargo, jamás los asoció con la realidad de sus recuerdos.
Lo último que conservaba en su memoria era la violenta e incontrolable sensación de dar vueltas en el vacío, flotando en un espacio libre de dolor físico y de cualquier restricción.
Lo que el heredero Kavinsky ni siquiera sospechaba era que aquella absoluta ausencia de sufrimiento no se debía a una milagrosa anestesia natural, sino a que su vida se estaba extinguiendo debido a la masiva pérdida de sangre.
Su propio organismo había comenzado a apagar la sensibilidad en diversas zonas como un último recurso de supervivencia.
Pero, por supuesto, no era necesario que él conociera esos escabrosos detalles.
Tan pronto como el médico tratante declaró que los familiares directos tenían autorización para ingresar a la habitación, un enfermero entró apresuradamente al cubículo. Al cruzar el umbral, el rostro del empleado reflejaba que afuera, en el pasillo privado de la UCI, el caos estaba en su apogeo.
Ante la severa e inquisitiva mirada del doctor, el enfermero notificó a toda prisa lo ocurrido: el patriarca ruso se había desplomado de forma súbita, desatando el pánico colectivo bajo la sospecha de un infarto inminente, y la joven de cabello castaño que los acompañaba, en un intento desesperado por amortiguar la caída del hombre, había terminado gravemente herida en el proceso.
En ese mismo instante, las alarmas de los monitores de Aleksei se encendieron en un coro estridente.
Al escuchar los detalles, el joven ruso se despojó del letargo y, con las fuerzas que le restaban, intentó incorporarse de la camilla para llegar a la puerta del pasillo.
El personal médico requirió de todas las manos disponibles en el ala para someterlo, regresarlo a la cama y aplicarle un sedante de acción rápida.
El doctor reprendió duramente al enfermero, recordándole con frialdad que los involucrados en el altercado externo eran, nada más y nada menos, que la influyente familia del paciente que intentaba contener.
Pero la realidad avanzaba ajena a los esfuerzos de Aleksei por no sucumbir de nuevo a la oscuridad inducida.
Afuera, el equipo médico ya había tomado el control absoluto de la situación.
Viktor Kavinsky estaba siendo atendido de urgencia en uno de los consultorios contiguos, mientras que Abril había sido ingresada de inmediato a una habitación privada, sin mostrar señales de recuperar el sentido.
Los especialistas informaron a una consternada Katerina que su esposo no había sufrido un ataque cardíaco, sino un síncope severo provocado por la inmensa presión psicológica acumulada; una vez que su mente se relajó al saber a su hijo fuera de peligro, el colapso momentáneo de la consciencia fue la consecuencia directa.
Tras realizarle los chequeos pertinentes, estimaron que en un par de horas le darían el alta.
El panorama con la muchacha, desafortunadamente, era radicalmente opuesto.
Los neurólogos le practicaron la prueba de estímulo de dolor y Abril no mostró la más mínima reacción, un escenario que mantenía a los especialistas sumidos en el desconcierto y evaluando los pasos a seguir.
Lo cierto era que, más allá de la quietud de la habitación de la clínica, Abril se encontraba librando sus propias y tormentosas batallas en la bruma de su memoria.
Poco a poco, un recuerdo enterrado en su subconsciente comenzó a emerger a la superficie.
Era el día de su cumpleaños número cinco.
En el amplio patio de la residencia de su abuela paterna, una reluciente piscina reflejaba la luz del sol.
Aunque la pequeña Abril se había resistido a asistir, sus padres le habían prometido con dulzura que todo saldría bien, recordándole que debía ser una niña buena y portarse de forma ejemplar.
Después de todo, ya estaba cumpliendo cinco años; se suponía que ya era una niña grande.
Ese era el único consuelo que se repetía a sí misma en su mente infantil: «No voy a llorar porque ya soy grande».
Mientras tanto, la mirada gélida y cargada de desprecio de su abuela Rosaura permanecía fija en ella, actuando como el permiso silencioso para que uno de sus primos sumergiera repetida y cruelmente la cabeza de la niña bajo el agua.
La pequeña luchaba con todas sus fuerzas para contener las lágrimas, mientras la asfixiante necesidad de aire le escocía la garganta y la desesperación le nublaba la vista.
En su letargo, Abril seguía sin comprender qué era lo que hacía tan mal para merecer el sistemático rechazo de su propia sangre.
En un arranque de puro instinto de supervivencia para no morir ahogada en sus propios recuerdos, sus ojos se abrieron de golpe con violencia.
Desorientada, examinó el entorno con una mirada errática y el pánico se apoderó de ella al asumir que se encontraba encerrada de nuevo en las frías paredes del internado de su niñez.
Actuando bajo los efectos de una psicosis de atrapamiento, se incorporó de la cama, arrancándose la vía intravenosa y los electrodos conectados a su cuerpo.
Una estridente alarma de emergencia resonó por todo el piso, atrayendo de inmediato a médicos y enfermeros.
Presa del pánico, Abril comenzó a derribar el equipo médico, los soportes de los sueros y el mobiliario a su alcance para construir una barricada improvisada que impidiera que la tocaran.
Cuando el personal intentó sujetarla para devolverla a la camilla, la muchacha se defendió con una ferocidad salvaje: arañazos, mordiscos, patadas y gritos desgarradores transformaron la habitación en un escenario de caos absoluto.
Sorprendentemente, los camilleros y los guardias de seguridad retrocedían ante la fuerza desmedida que la adrenalina y el terror le otorgaban a la joven.
En medio del tumulto, mientras las lágrimas corrían sin cesar por las mejillas enrojecidas de Abril, la imponente figura de Katerina Kavinsky cruzó el umbral.
__ ¡Basta! —bramó la matriarca con una autoridad implacable, deteniendo en seco los intentos del personal de seguridad por someterla a la fuerza.
Ignorando las advertencias médicas, Katerina avanzó con lentitud y absoluta templanza hacia la esquina donde la muchacha se replegaba. Le habló con un tono de voz sumamente bajo, pausado y cargado de una ternura casi maternal.
__ Tranquila... nadie más va a dañarte aquí. Ya estás a salvo —repetía la mujer en un arrullo constante.
Con movimientos calculados, Katerina acortó la distancia hasta que sus delicadas manos acunaron las mejillas de la joven.
Al contacto con esa calidez incondicional, el brote psicótico de Abril se disolvió; se aferró al cuerpo de la elegante mujer rusa como si fuera una niña pequeña en busca de refugio y rompió en un llanto ahogado.
Sin embargo, a medida que su mente se relajaba, una serie de violentas sacudidas y convulsiones de origen nervioso azotaron el cuerpo de la muchacha.
Los médicos intervinieron de inmediato, solicitándole a la matriarca que les permitiera manejar la urgencia clínica.
Katerina Kavinsky siempre había sido la viva imagen de la sofisticación: una mujer de una hermosura natural deslumbrante, cabellos plateados casi blancos, piel de porcelana y unos ojos azul claro de una serenidad envidiable.
Culta, sensata y juiciosa eran los adjetivos que la prensa de alta sociedad utilizaba para describirla.
Había nacido en el seno del poder y entendió desde muy joven que los matrimonios por contrato eran la norma en su casta, por lo que jamás batalló contra su destino.
Para ella, el amor era un mito de la literatura hasta que conoció al hombre que se convirtió en su esposo y dio a luz a su único hijo; ambos, temerosos de las disputas sin sentido de sucesión, pactaron no traer más descendencia al mundo.
Pero detrás de esa fachada de esposa perfecta, Katerina albergaba una voluntad de hierro: horrorizada por el abuso sistémico hacia mujeres y niños en los círculos de poder, había utilizado su inmensa fortuna para fundar una red de refugios y programas de ayuda humanitaria por toda España.
Sabía reconocer las crisis derivadas de traumas profundos mejor que cualquier especialista en esa sala.
Lo que verdaderamente perturbaba la mente de la matriarca era el hecho de que Abril tenía apenas veinticinco años.
Una reacción de tal magnitud, sumada a las convulsiones psicosomáticas, delataba un historial de abuso y desamparo prolongado; el tipo de heridas invisibles que a las mujeres de sus refugios les tomaba años mitigar.
Visiblemente consternada, Katerina comenzó a caminar de un lado a otro en el pasillo privado, jugueteando nerviosamente con sus uñas mientras hilaba cabos sueltos. Necesitaba, por derecho propio, desenterrar la verdad sobre el pasado de esa muchacha.
__ ¿Ocurre algo? —preguntó Romano en ruso, aproximándose al notar su evidente agitación.
Katerina le indicó con una sutil seña de su mano que se acercara aún más.
__ Quiero que localices y llames a los padres de la chica de inmediato — sentenció con una frialdad cortante. — Tan pronto como pongan un pie en esta clínica, quiero ser notificada. Estaré en la habitación de Aleksei.
No concedió un segundo más a la réplica.
En la organización, las órdenes de Viktor Kavinsky a veces se discutían o se ejecutaban a medias, pero los mandatos de Katerina eran un absoluto e irrefutable "sí".
El carácter inquebrantable de aquella mujer, oculto tras una apariencia dócil, era capaz de desarmar a la flotilla rusa y a su propio esposo; en el fondo, todos sabían que contrariarla a ella era un error mucho más peligroso que enfrentarse al mismísimo Viktor.
Minutos después, una enfermera se aproximó escoltando a Viktor en una silla de ruedas. Katerina les hizo una seña para que guardaran silencio y los guio directamente hacia la habitación donde está Aleksei, donde los efectos del sedante comenzaban a disiparse.
__ ¡Salgan todos! —bramó el patriarca al ingresar, y el personal desalojó la habitación al instante, dejándolos a los tres en una tensa privacidad.
Al ver entrar a sus padres, el joven ruso realizó un esfuerzo por sentarse en la camilla; sabía a la perfección que si su padre se presentaba en su estado, la conversación que se avecinaba era de vital importancia.
__ Aleksei Viktorovich Kavinsky — comenzó Katerina, plantándose firmemente al pie de la cama. — ¿Qué pretendes hacer exactamente con la muchacha de los Valleflor?
Las palabras de la matriarca, más que una pregunta, resonaron como una severa advertencia en un ruso impecable. Tanto Aleksei como Viktor tragaron grueso, anticipando el peso de lo que vendría.
__ Ella no desea casarse conmigo... ¿Qué se supone que haga yo al respecto? —respondió el joven en un hilo de voz, desviando la mirada.
__ Katya, este no es el momento idóneo para presionar, deja que el muchacho se recupere primero... —intentó interceder Viktor, pero Katerina alzó una mano con firmeza y su esposo guardó silencio al instante.
__ ¿Acaso me he metido yo alguna vez en tus asuntos de negocios, Kavinsky?
— El silencio de Viktor fue absoluto. Katerina fijó sus ojos azules en su hijo.
— Esa muchacha ha visitado mi casa durante los últimos tres años bajo la identidad de Abril; se ha convertido en una amiga preciada y leal para mí.
¿Que resultó ser la hija perdida de los Valleflor?
No me interesa en lo más mínimo. Hoy casi mueres, Viktor, y la única razón por la que tu cabeza no se estrelló contra el filo de la pared fue porque esa chica interpuso su propio cuerpo para salvarte.
Los ojos de Aleksei se abrieron de par en par por la sorpresa, mientras que Viktor, abrumado por la revelación, pasó una mano temblorosa por su cabello.
__ No me importa qué apellido pese sobre su sangre, ni los planes de su abuela —sentenció Katerina con una determinación inquebrantable antes de avanzar hacia la salida. —Que les quede claro a ambos a partir de este mismo instante: Abril Tadeo es mi protegida. A partir de hoy, es mi hija.
Las puertas dobles se cerraron con un golpe seco tras su estrepitosa salida, dejando a los dos hombres Kavinsky sumidos en un completo, atónito y sepulcral estado de shock.