Capítulo 6 El peso de un muro.
El peso de un muro.
Tras lograr alejarse de aquel palacio, Abril solo tuvo fuerzas para tirar la máscara carmesí, en algún rincón olvidado de su apartamento y dejarse caer en la cama para intentar dormir.
Había tomado la firme decisión de aislarse por completo: apagó sus redes sociales, evitó los portales de noticias y se desconectó del mundo.
Y aunque María se mantenía al tanto del revuelo provocado por el accidente de Aleksei, prefirió guardar silencio para no alimentar la inmensa culpa que ya carcomía a la muchacha.
A decir verdad, Abril no era quien iba al volante, ni quien había aceptado el imprudente reto en la montaña, y mucho menos la culpable del terrible y obstinado carácter del ruso. Sin embargo, ella no lo sentía así.
Un día después de todo el alboroto, Abril decidió armarse de valor y acudir a su antiguo lugar de empleo para visitar a Susan y Melissa.
En cuanto pisó la oficina, ambas la recibieron con un mar de abrazos y besos.
Al notar que el ambiente general de la empresa lucía inusualmente desanimado, se atrevió a preguntar por su exjefe.
Susan, una mujer madura de tez pálida, grande ojos avellana y un cabello negro moteado por las canas, tragó grueso y miró a Melissa con evidente perplejidad.
Melissa, por su parte, rompió la tensión con su habitual falta de filtro.
__ ¿En qué hueco del mundo te fuiste a meter tú? —inquirió, provocando que la confusión se instalara de inmediato en el rostro de Abril.
__ ¡Baja la voz, imprudente! —se apresuró a regañarla la señora Susan. Melissa puso los ojos en blanco y continuó sin rodeos:
__ Aleksei se está debatiendo entre la vida y la muerte en una clínica privada.
Al escuchar aquellas palabras, el pecho de Abril comenzó a arder con violencia.
El recuerdo de su última conversación en el salón vacío la golpeó de frente; recordó lo molesto e irritado que lucía el ruso justo antes de dejarla sola tras pronunciar aquel tajante «no puedo obligarte a hacerlo».
Sus oídos dejaron de percibir el entorno; la voz de Melissa se desvaneció en un zumbido sordo mientras Abril se sumergía, paso a paso, en un agudo ataque de pánico.
Habían sido demasiadas emociones fuertes en un periodo de tiempo demasiado corto.
La señora Susan apartó a Melissa de un manotazo y, tomando con firmeza los hombros de la frágil muchacha, le habló con una voz clara y demandante:
__ Respira a mi ritmo, cariño. Deja todo eso atrás. Nada de lo que pasó es tu culpa.
Los ojos de Abril se inundaron de lágrimas. Por supuesto que la adorable recepcionista Susan estaba al tanto de las intrigas subyacentes; después de todo, Abril había conseguido ese empleo de secretaria gracias a la vieja conexión de Susan con la familia Tadeo y los Valleflor.
Al regresar a su apartamento, su mente no dejaba de dar vueltas a los escabrosos detalles que le había compartido Melissa sobre lo que difundían los medios de comunicación.
Según la prensa rosa y los programas de cotilleo, en la gala benéfica se había visto a Aleksei Kavinsky conversar íntimamente con una misteriosa dama vestida de rojo, supuesta esposa de un peligroso capo italiano.
Al abandonar el recinto, el celoso marido lo había perseguido en una carrera de alta velocidad por la sierra que culminó en el trágico accidente.
Dado que Aleksei arrastraba una merecida fama de mujeriego incorregible, la opinión pública devoró la mentira de inmediato.
El verdadero problema radicaba en que la descripción física que Melissa le dio de la supuesta "mujer del italiano" era, en pocas palabras, la viva descripción de cómo ella misma había ido vestida y peinada a la gala.
Llevándose las manos al rostro en un gesto de profunda frustración, Abril se dejó caer sobre su cama.
Intentando recuperar la calma a través de respiraciones pausadas, se repitió a sí misma que, aunque una parte de su ser se moría por visitarlo, aquello era un imposible.
Nadie, excepto un puñado muy reducido de personas, conocía su verdadera identidad; no estaba dispuesta a arriesgar su preciado anonimato ni a verse arrastrada de nuevo al torbellino de los escándalos mediáticos de la alta sociedad.
Para colmo de males, desde sus oscuros y difíciles años en el internado, había desarrollado una fobia severa a los hospitales; la simple atmósfera de esos lugares le provocaba ataques de pánico incontrolables.
Aunque podría recurrir a la medicación para adormecer la fobia, quedaba un dilema aún mayor: ¿cómo justificaría que una simple exsecretaria se presentara en la sala de cuidados intensivos de los Kavinsky?
Volver a encarnar a Diana Valleflor no era una opción que estuviera dispuesta a contemplar.
El hilo de sus tormentosos pensamientos se vio interrumpido abruptamente al escuchar a María discutir a gritos con alguien en la sala.
Aquello era inusual en su pacífico hogar, por lo que se levantó con sigilo y se acercó a la puerta.
Desde el pasillo, logró escuchar la confrontación con total claridad.
__ ¿Por qué te acercaste a mi hermana? ¿Es acaso una especie de retorcida venganza? —rugía Adrián, con el rostro desencajado por el enfado.
__ ¿Disculpa? ¿Vengarme? ¿Quién en su sano juicio querría formar parte de una familia donde la loca vieja de tu abuela te humilla públicamente por el simple color de tu piel?
— gritó María a todo pulmón, con la voz quebrada por la rabia y el dolor.
— Estamos en pleno siglo veintiuno, ¿cómo puede ese pedazo de papel histórico seguir actuando de esa manera tan clasista?
¿Para qué me vengaría de ti? No vale la pena luchar por un hombre de mentira como tú.
Al escuchar la revelación, las fuerzas abandonaron las piernas de Abril por completo. Su cuerpo colapsó contra el suelo del pasillo, emitiendo un golpe seco que delató su presencia ante ambos.
María se aproximó a ella con el rostro contraído por el sufrimiento. Abril, ignorando su propio impacto, la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo protector. Tras recuperarse del shock inicial, alzó la mirada y arremetió con dureza contra Adrián, quien permanecía de pie en la estancia.
__ ¿Qué haces aquí?
__ Te vine a buscar... No tenía idea de que fueras amiga de ella —respondió él. Sus ojos azules reflejaban el dolor que las verdades de María le habían causado, subrayados por unas enormes y oscuras ojeras de cansancio.
__ Eso no te da absolutamente ningún derecho a venir a mi casa a insultarla, y mucho menos a actuar como el hermano protector que bien sabes que jamás has sido —sentenció Abril.
De pronto, sus palabras hicieron eco en su mente y su rostro palideció al procesar la declaración de su hermano. — ¿Por qué viniste a buscarme, Adrián?
__ Debes estar presente con tu prometido cuando lo desconecten —soltó él sin anestesia.
Aquella frase caló hondo en lo más profundo de su ser, congelándole la sangre.
__ ¿Va a morir? —inquirió atónita, con un hilo de voz.
Una risa amarga y carente de gracia se le escapó a Adrián.
__ Por supuesto que no. Lo van a despertar del coma artificial. Y tu suegra, Katerina, ha exigido que estés presente en la habitación.
__ Yo no tengo nada que hacer en ese lugar. No soy Diana, soy Abril. Tu abuela de seguro ya tiene listo mi reemplazo para presentárselo a los Kavinsky, así que ve y búscala a ella.
__ No voy a perder mi tiempo discutiendo contigo —declaró Adrián con firmeza.
Antes de que Abril pudiera reaccionar, su hermano se acercó con precisión matemática, la levantó en vilo y la cargó como un costal de papas sobre sus hombros, emprendiendo la marcha hacia la salida.
Abril gritó, pataleó con desesperación e incluso se aferró con todas sus fuerzas al marco de la puerta principal para evitar que se la llevara.
Sin embargo, ni siquiera con la intervención de María logró quedarse; Adrián la lanzó sin contemplaciones en el asiento trasero de su coche y arrancó a toda velocidad con rumbo a la clínica.
El trayecto se desarrolló bajo un silencio sepulcral y asfixiante.
Al ingresar al estacionamiento subterráneo del hospital, Adrián se volvió y le tendió una pastilla para la ansiedad.
Sabiendo que la fobia estaba a punto de devorarla, Abril se la tomó de inmediato sin rechistar.
Mentalmente, agradeció llevar puesto un sencillo pero elegante vestido veraniego de color azul y zapatillas; al menos lucía presentable para la situación.
Comenzaron la caminata por el área privada del hospital cuando, de repente, una mano arrugada, fría y firme se ciñó con fuerza alrededor de la muñeca de Abril.
Antes de que pudiera procesar la emboscada, Romano apareció de la nada, interpuso su cuerpo para separarla de la anciana y le habló a esta última en un ruso cortante y autoritario:
__ Usted no tiene ningún derecho a inmiscuirse en los asuntos del heredero. Es ella quien siempre ha permanecido a su lado, y eso es algo que usted no va a cambiar.
Los hombros de Abril se tensaron al reconocer la imponente y altiva figura de la mujer: era Rosaura Valleflor, su abuela paterna.
El ser humano que más daño le había causado en su infancia, menospreciándola por el simple hecho de tener la piel un poco más oscura que el resto de la familia y por haber heredado genes latinos que la vieja aristócrata consideraba una desgracia.
Sin darle tiempo a la anciana de escupir su veneno, Romano jaló con firmeza a Abril y la introdujo rápidamente al interior de la clínica.
En cuanto Katerina Kavinsky divisó a la muchacha en el pasillo, se deshizo en llanto y la estrechó en un abrazo desesperado.
Abril le devolvió el gesto de forma cálida, dándole pequeñas y suaves palmaditas en la espalda para reconfortarla.
Cuando la matriarca rusa logró componerse un poco, miró a Romano y le preguntó en su idioma:
__ ¿No se suponía que debías traer a esa tal Diana Valleflor aquí?
__ Es una larga historia, madame —intervino Adrián en un ruso perfectamente fluido y pulido. —Pero Abril y Diana son mis hermanas; ambas son una sola persona.
Abril se limitó a esbozar una sonrisa tensa, fingiendo que no comprendía una sola palabra de la conversación, mientras que por dentro sentía unas ganas inmensas de hacerse un ovillo y desaparecer de la faz de la tierra.
__ La muchacha es completamente inocente, pero no su familia — añadió Romano con presteza. Katerina le dedicó una mirada de profunda comprensión a Abril y, tomándola de la mano, la invitó a avanzar.
El nerviosismo de Abril se disparó a niveles críticos cuando su mirada se cruzó con los ojos gélidos de Viktor Kavinsky. El patriarca la reconoció al instante: era la intrusa que había escuchado su conversación privada la otra noche y la protagonista del absurdo rumor que circulaba en la prensa.
__ Ustedes dos me deben una explicación muy detallada de todo esto —sentenció Viktor en ruso, clavando una mirada severa y amenazante tanto en Romano como en Adrián.
Los vellos de la nuca de Abril se erizaron al instante.
Acto seguido, el equipo médico intervino; condujeron a las mujeres a una sala de desinfección y a los hombres a otra para equiparlos con los trajes de aislamiento necesarios para ingresar al área restringida.
Una vez listos, los guiaron a la habitación de la UCI.
Habían transcurrido las cuarenta y ocho horas críticas estipuladas por los especialistas, por lo que iniciaron el procedimiento para retirar los fármacos y despertar a Aleksei.
Al principio, el monitor continuó con su ritmo monótono y el cuerpo en la camilla no mostró reacción, provocando que las respiraciones de los presentes se ralentizaran por los nervios.
Sin embargo, en cuanto el joven ruso comenzó a toser débilmente, las emociones contenidas estallaron en la habitación.
Katerina y Viktor se abrazaron, murmurando fervientes agradecimientos a Dios en ruso.
Adrián y Romano dejaron caer los hombros, visiblemente más relajados.
Pero Abril... Abril comenzó a sentirse mareada, aturdida por el pitido rítmico de los aparatos médicos.
Su mirada se perdió en un punto fijo de la pared, intentando luchar contra el pánico, hasta que los ojos de Aleksei se abrieron por completo y, con sorpresa, se posaron directamente en ella.
Su corazón se saltó varios latidos. Una inmensa y desconocida felicidad la inundó al comprobar, por la lucidez de su mirada azul, que el ruso no sufría de ninguna pérdida de memoria.
El médico les indicó con amabilidad que debían desalojar la estancia brevemente para realizarle los exámenes de rutina antes de que pudieran hablar con él.
Tan pronto como abandonaron la habitación y las puertas dobles se cerraron, la atmósfera del pasillo comenzó a transformarse de forma extraña.
Nadie en el grupo pareció percatarse, excepto Abril, de cómo las facciones del rostro de Viktor Kavinsky comenzaban a tensarse de manera antinatural y cómo su imponente cuerpo perdía el equilibrio, balanceándose hacia el suelo como un muro de concreto a punto de colapsar.
Antes de que su mente racional pudiera procesar la magnitud de la situación, el instinto de Abril tomó el control.
__ ¡Ayuda! —gritó a todo pulmón mientras se lanzaba de frente, interponiendo su propio cuerpo para amortiguar la violenta caída del patriarca.
El impacto fue brutal. Abril logró su cometido: la cabeza de Viktor Kavinsky no golpeó contra el suelo de mármol, salvándole la vida.
Sin embargo, el costo fue altísimo. El impulso y el peso del hombre empujaron el cuerpo de la muchacha con una violencia descomunal, haciendo que su propia cabeza impactara de lleno contra la pared
El silencio volvió a reinar por un milisegundo antes de que ambos cuerpos quedaran inertes e inconscientes en el piso del pasillo, mientras el personal médico corría desesperadamente hacia ellos, gritando instrucciones de emergencia a las enfermeras...