PROMESAS DE CRISTAL Capítulo 5 Asfalto y memoria.
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Capítulo 5 Asfalto y memoria.

Asfalto y memoria.

En las puertas del Palacio de Cibeles, un joven asistente recibió emocionado a Aleksei.

Sin embargo, su entusiasmo se evaporó al instante al notar que el ruso lucía completamente desencajado y furioso.

Este le tendió las llaves de su vehículo; Romano intentó arrebatárselas de inmediato para evitar una locura, pero el ruso fue más rápido y esquivó su mano con un movimiento brusco.

__ ¿Morderás la mano de tu amo? — siseó Aleksei en su idioma natal, provocando un visible escalofrío en el asistente.

Romano se tensó al instante. Consciente del peligro, hizo una respetuosa reverencia, bajando la cabeza.

__ ¿Dónde correrán hoy?

__ Carretera de la Sierra, la M-601.

Una sonrisa amarga y de medio lado se dibujó en el rostro de Aleksei mientras avanzaba hacia su deportivo.

El Porsche 911 GT3 RS gris mate lo aguardaba en medio de la transitada calle madrileña, luciendo tan frío, imponente y letal como su propio dueño.

El ruso no volvió a articular palabra ni a dedicarle una sola mirada al asistente o a Romano antes de adentrarse en la cabina.

Necesitaba adrenalina pura; requería del peligro corriendo por sus venas para intentar apagar la frustrante certeza de que jamás había podido, ni podría, controlar a Abril.

Segundos después, el rugido ensordecedor del motor bóxer resonó con violencia contra las paredes de concreto, y el súper deportivo salió disparado hacia una noche cerrada que amenazaba con traerse el cielo a la tierra.

En su mente solo flotaba una dirección fija: la M-601, buscando las curvas de la sierra a más de doscientos kilómetros por hora.

A medida que el Porsche dejaba atrás las luces de Madrid y comenzaba el ascenso empinado hacia el Puerto de Navacerrada, el aire se volvió sumamente denso y la oscuridad de la montaña lo tragó por completo.

En el trayecto, otro conductor con un coche modificado, arrastrado por una imprudente sed de adrenalina, pensó que sería una excelente idea retar al ruso.

Al divisar la silueta letal del bólido gris mate en el inicio de la carretera de montaña, aceleró a fondo para ponerse a su par.

Fue un desafío que Aleksei aceptó sin titubear; necesitaba urgentemente canalizar la rabia acumulada.

Mientras la velocidad aumentaba de forma vertiginosa en aquel tramo inclinado y carente de iluminación artificial, una oleada de recuerdos y pensamientos sobre Abril inundó la mente del ruso, nublando su visión.

Un relámpago cegador partió el cielo a la mitad y el estruendo posterior del trueno dio inicio a las primeras gotas, que en cuestión de minutos se transformaron en auténticas cascadas.

La tormenta de Junio golpeó con fuerza el asfalto de la sierra, mezclándose con los residuos de aceite de la carretera y convirtiendo las ya peligrosas curvas de horquilla de la M-601 en una pista de patinaje invisible.

Cada vez que a la memoria de Aleksei regresaba la imagen de sí mismo alzando la voz por encima de la de Abril para hacerla callar —frustrado porque ella siempre era quien mantenía el control de la situación—, un nuevo y atronador trueno sacudía el firmamento.

El Porsche rugía a altas revoluciones, con los neumáticos traseros luchando desesperadamente por aferrarse al suelo mojado, mientras la densa niebla de las alturas empezaba a devorar el haz de luz de los faros delanteros.

Entonces, sucedió. Justo al ingresar en una de las curvas más cerradas, pronunciadas y desprotegidas de la subida, donde el espeso bosque de pinos se abre directamente hacia el vacío de la ladera, lo golpeó el recuerdo de la primera vez que Abril le había sonreído a pesar de que él se había portado como un completo idiota.

El derrape fue inmediato. El agua, el frío de la altura y el descontrol emocional de Aleksei se confabularon en su contra.

Como si se tratara de los puños implacables del mismísimo Mark Coleman, el ruso fue golpeado una y otra vez por las imágenes de aquella fatídica noche en la que el frágil cuerpo de Abril se desmoronó en el rellano de las escaleras, con sus ojos despojados de todo brillo.

La zaga del Porsche perdió la adherencia por completo, deslizándose de lado sobre el asfalto flotante.

Siguieron vueltas e impactos incontrolables.

Por más que Aleksei intentó corregir la trayectoria contra volanteando con ferocidad, la física de la montaña y la violencia del suelo mojado anularon sus esfuerzos.

El súper deportivo impactó brutalmente contra el guardarriel de metal, destrozando la carrocería gris mate.

Justo antes de perder el conocimiento y soltar el volante por completo, el ruso alcanzó a formular un último pensamiento: «Al menos moriré bajo mis propios términos».

Un estruendo ensordecedor invadió la montaña entera cuando el Porsche chocó finalmente contra las rocas del arcén.

El metal retorcido comenzó a esparcirse por la carretera y el denso humo del motor se mezcló con la neblina invernal de la sierra.

El conductor que lo había retado frenó metros más adelante, temblando de terror.

Al bajarse del coche y contemplar el estado catastrófico de la bestia gris, sacó su teléfono con las manos trémulas y marcó de inmediato el número de Romano antes de que la situación empeorara.

En el Palacio de Cibeles, la gala benéfica continuaba su curso; aún faltaba subastar la pieza de arte más costosa de toda la colección.

Todo marchaba en aparente orden hasta que Romano irrumpió en el lugar.

Iba sin corbata, con la camisa desabotonada en el pecho y manchas visibles de sangre en el saco.

Con urgencia, le hizo una señal con la cabeza a Viktor Kavinsky.

El patriarca, al percatarse de la gravedad de la situación, le indicó fríamente a uno de sus asistentes que se hiciera cargo del resto del evento y, con un ademán firme, tomó a su esposa del brazo.

Viktor sabía perfectamente que se trataba de una emergencia si Romano se atrevía a presentarse en la gala en semejantes fachas, siendo él quien siempre cuidaba con celo el aspecto de Aleksei.

Tras alejarse de los ojos curiosos de la prensa y los invitados, se encerraron en uno de los salones vacíos.

De inmediato, el jefe del circuito de seguridad de los Kavinsky comenzó a dictar órdenes frenéticas por su auricular, mientras los guardaespaldas corrían de un lado a otro para acatarlas.

El hermoso pero severo rostro de Katerina Kavinsky se distorsionó, perdiendo todo vestigio de color, en el instante en que las siguientes palabras escaparon de los labios de Romano:

__ ¡No podemos demorarnos más! El equipo de rescate tuvo que terminar de seccionar el deportivo para poder extraerlo... Los médicos dicen que no sobrevivirá la noche.

Un grito desgarrador llenó la estancia, traspasando las gruesas paredes del salón y alcanzando a escucharse en las inmediaciones del evento.

Un « ¡No!» espectral, como si la vida misma de Katerina se estuviera extinguiendo en ese segundo, brotó de su garganta antes de que sus fuerzas la abandonaran por completo y cayera en la inconsciencia.

Todos salieron apresuradamente del palacio con rumbo a la clínica privada a la que había sido trasladado de urgencia el único heredero de los Kavinsky.

Durante el trayecto, Katerina recuperó el sentido; se mantuvo rígida en el asiento posterior del coche de escoltas, alzando desesperadas plegarias en ruso.

Sus brillantes ojos de color azul —exactamente iguales a los de su hijo— no dejaban de derramar lágrimas mientras se presionaba el pecho con fuerza.

Sentía que el corazón le ardía de dolor, le costaba respirar y solo era capaz de repetir un mantra quebrado: «Por favor, Dios...

por favor, por favor...». A su lado, sosteniendo su mano con firmeza y repitiendo por lo bajo las mismas súplicas de su mujer, se encontraba Viktor, aferrado a la idea de que, una vez que llegaran a la clínica, el médico les notificaría que todo había sido un susto y que su hijo estaría bien.

La sala de espera de la clínica privada apestaba a desinfectante, a café frío y a una desesperación silenciosa que entumecía los huesos.

Habían transcurrido doce horas desde el impacto en la M-601.

Viktor Kavinsky, el hombre cuya sola presencia congelaba juntas directivas enteras, permanecía sentado con la cabeza hundida entre las manos, con su traje de gala arrugado y completamente despojado de su habitual soberbia.

A su lado, su esposa murmuraba súplicas rotas al aire.

Romano, inmóvil junto al ventanal, vigilaba el pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos como un sabueso herido.

Sin embargo, la verdadera sombra en la habitación era otra.

Sentado en una de las incómodas sillas de plástico, con la mirada fija en las puertas de doble ala, estaba el hermano de Abril.

Adrián no pertenecía a ese mundo de opulencia, no compartía esa sangre, pero el cansancio severo en sus ojos y la rigidez de sus hombros delataban que, en ese hospital, él también se estaba jugando la vida.

El chirrido de las puertas alertó a todos al unísono. Se levantaron de inmediato y rodearon al médico que acababa de aparecer en el pasillo.

__ Hicimos todo lo humanamente posible — comenzó el especialista.

Katerina se aferró con desesperación al cuerpo de su esposo, Romano tragó grueso, Viktor cerró los ojos con fuerza y Adrián apretó los puños.

—Tuvimos que inducirlo a un coma artificial por los próximos dos días.

Esto ayudará a reducir la inflamación severa que su cerebro experimenta tras las continuas sacudidas del impacto.

Es un auténtico milagro que no presente fracturas en sus extremidades inferiores ni superiores, pero no puedo decir lo mismo de sus costillas.

Denle gracias a Dios que no perforaron los pulmones, o estaríamos en un escenario mucho peor.

Que siga con vida ya es un milagro en sí mismo.

Hasta que no despierte del coma, no podremos determinar con exactitud qué tan extenso ha sido el daño cerebral.

Así que, por favor, permanezcan en calma y mantengan la fuerza.

Tras finalizar el informe, el médico dio media vuelta y regresó por el pasillo. Katerina se desplomó en el suelo de rodillas, hecha un mar de lágrimas al no poder contener más la angustia. Viktor se arrodilló a su lado, abrazándola con fuerza mientras le repetía al oído en ruso:

__ Katya, él va a estar bien...

Romano se dejó caer pesadamente en una de las sillas, mientras Adrián dejaba escapar el aire contenido en un silbido bajo.

Cuando la madre de Aleksei logró calmarse un poco, su esposo la condujo hacia uno de los sofás del área privada y le ordenó a uno de sus asistentes personales que no se apartara de su lado. Con paso lento y cauteloso, Viktor se aproximó al hermano de Abril.

__ Tu abuela es un auténtico grano en el culo, ¿lo sabías? —siseó en un tono cargado de profunda molestia.

Adrián bajó la cabeza en una sutil señal de respeto antes de responder.

__ Lo sé. Pero ¿por qué quiere hablar de ella precisamente ahora, señor Kavinsky?

__ Porque afuera está armando escándalo para que los guardias la dejen pasar a esta área.

El rostro del muchacho perdió todo rastro de color al escuchar aquello. Volvió a inclinar la cabeza hacia el patriarca antes de dar la vuelta.

__ ¡Me haré cargo de ella enseguida!...