PROMESAS DE CRISTAL Capítulo 3 Cenizas del pasado.
18%

Capítulo 3 Cenizas del pasado.

Cenizas del pasado.

Tan pronto como regresó a su apartamento, Aleksei llamó a Romano, quien había sido su mano derecha desde los quince años.

Le ordenó investigar todo lo relacionado con la familia Valleflor, aunque de inmediato recordó un detalle crucial: en la oficina, Abril nunca se presentaba con ese apellido, sino como Abril Tadeo.

Ante la duda, le pidió que rastreara a fondo el historial de ambas familias.

Habían pasado dos días. Dos días enteros en los que nadie sabía nada de Abril.

Susan, preocupada, se había trasladado hasta su domicilio, pero fue recibida por un hombre extraño que le informó con frialdad que la antigua dueña había vendido la propiedad y se había mudado hacía exactamente cuarenta y ocho horas.

La noticia cayó sobre Susan como un balde de agua helada.

En los tres años que llevaba trabajando codo a codo con la muchacha, sabía perfectamente que Abril jamás faltaba; incluso enferma se presentaba a trabajar, saltándose comidas con tal de cumplir sus deberes, siendo la misma Susan quien en ocasiones debía prepararle algo de comer.

Que hubiese desaparecido de la noche a la mañana le dejaba un sabor de boca amargo.

Sin pensarlo dos veces, Susan organizó una búsqueda.

Los empleados de la empresa, que le habían tomado un cariño inmenso a la joven, se desplegaron por todo Madrid repartiendo folletos con su fotografía, pero parecía que a Abril se la había tragado la tierra.

Para colmo de males, Melissa tuvo que sustituirla temporalmente como secretaria directa del jefe. Desde la marcha de Abril, el mal humor del ruso se había triplicado. Melissa salía constantemente de la oficina con los ojos llorosos, suplicándole a Dios que le devolviera a Abril lo antes posible.

Al tercer día de su ausencia, las secretarias del octavo piso subieron a esparcir un nuevo rumor que no tardó en recorrer todo el edificio: se decía que eran muy pocos los rusos e italianos con negocios en España que no estuvieran vinculados a la mafia.

Al recordar la forma tan cruda en que Abril había insultado a Kavinsky antes de marcharse, los empleados temblaban de pavor en sus asientos, temiendo lo peor por el destino de la chica.

Dentro del despacho principal, la vena de la frente de Aleksei amenazaba con reventar.

Romano, por su parte, estaba a punto de estallar de la risa ante los absurdos rumores que circulaban en los pasillos, y todo porque la intachable secretaria había desaparecido sin dejar rastro.

Al ponerse serio, Romano deslizó dos sobres de Manila amarillos sobre el escritorio de madera.

Aleksei los tomó de inmediato y comenzó a devorar la información. A medida que avanzaba en la lectura, una intensa culpa comenzó a extenderse por su pecho; se cuestionó internamente cómo había podido ser tan idiota.

Aquellos informes revelaban que la familia Valleflor, tras el nacimiento de su primogénito, había caído en la bancarrota debido al despilfarro del patriarca.

Desaparecieron del ojo público y, al cabo de dos años, regresaron con un bebé de apenas meses.

En el mundo del espectáculo —rubro que los Valleflor ahora explotaban—, la prensa no les dio tregua.

La madre era una hermosa mujer rubia de ojos azules; el primogénito, idéntico a ella; el padre, un hombre blanco de cabello negro y ojos grises.

Sin embargo, aquella pequeña era diferente: de piel solo un poco más obscura, algo casi imperceptible, pero con sub-tonos amarillos que el resto de sus familiares no poseían ya que todos ellos eran pálidos como papel, por otro lado los ojos de la chica eran de color marrón y rasgos notablemente latinos.

Los medios de comunicación hicieron un festín con su origen.

Aunque la familia siempre aparentó ante las cámaras que todo marchaba en perfecto orden, años más tarde se descubrió que, debido al constante acoso y desprecio que la niña sufría por parte de la familia del padre, tuvieron que internarla en una institución privada.

Nunca más se volvió a saber de Diana Valleflor.

Titubeante, Aleksei abrió el segundo sobre correspondiente a la familia Tadeo, solo para complicarse más la existencia.

Los Tadeo jamás habían podido concebir hijos biológicos, por lo que, cuando aquella pequeña niña desamparada llegó al internado rogando por un poco de amor, lograron llegar a un acuerdo legal con los Valleflor para figurar como sus padres legítimos.

Posteriormente, la joven decidió sepultar su pasado cambiando su nombre y apellido.

El informe médico concluía de forma tajante: legalmente, Diana Valleflor había muerto en aquel internado, mientras que Abril Tadeo se había recuperado satisfactoriamente de sus traumas.

__ Puedo usar esta información para librarme del matrimonio. Existen documentos legales que certifican la muerte de Diana —comentó Aleksei en tono pensativo, analizando los papeles.

__ Pensé que tu prioridad era disculparte con la chica —refutó Romano con un marcado tono de indignación.

__ Por supuesto, ese es el objetivo principal —aclaró Aleksei—. Pero, Romano, esto significa que ni ella ni yo estamos obligados a casarnos solo porque nuestras familias lo impongan. ¡Necesito encontrarla y darle la noticia!

__ Mi pequeño amigo, olvidas un detalle —le advirtió Romano—. Ella quedará libre porque ante la ley está "muerta", pero a ti tu familia simplemente te cambiará el nombre de la novia y actuará como si nada hubiera pasado.

La expresión de alivio del ruso se distorsionó al instante, transformándose en una mueca de profundo disgusto.

Había pasado una semana completa desde la desaparición de Abril.

Romano había agotado todos los recursos para dar con su paradero, pero cada esfuerzo había culminado en un rotundo fracaso.

En la oficina, el caos era absoluto; resultó que nadie, aparte de la secretaria perfecta, se había tomado la molestia de aprenderse el calendario de la empresa.

Se olvidaron fechas cruciales y, por supuesto, los inversores no estaban nada contentos con la desorganización.

Se aproximaba la temporada vacacional y, si no lograban tomar las riendas de inmediato, las pérdidas financieras serían millonarias.

La noche se presentó fría. Nubes grises y densas cubrían las estrellas y ocultaban por momentos la silueta de la luna, creando un escenario nostálgico y sombrío.

Los Kavinsky no solo eran respetados por ser los fundadores del Grupo K.V.

—o la Corporación Kavinsky, como la conocía Abril —sino también por su labor filantrópica al inaugurar más de diez centros de asistencia para la rehabilitación de adicciones y refugios para mujeres y niños maltratados.

Su estandarte era garantizar el bienestar y la dignidad humana, razón por la cual organizaban galas benéficas con frecuencia.

Aleksei detestaba asistir a dichos compromisos sociales, pero existían ocasiones en las que simplemente no podía negarse, y hoy era una de ellas.

Sus padres habían seleccionado el imponente Palacio de Cibeles para la ocasión, una estructura majestuosa que fusionaba la arquitectura clásica de piedra blanca con una inmensa e innovadora cúpula de cristal que ofrecía una vista limpia del firmamento nocturno.

Ataviado con un traje de diseñador a la medida, Aleksei lucía como un auténtico adonis.

La velada consistía en una gala de máscaras que incluiría subastas de objetos de alto valor, música en vivo y bailes tradicionales en el salón central.

Sin embargo, Aleksei había dejado de prestar atención a las explicaciones del coordinador del evento simplemente porque todo le resultaba sumamente fastidioso.

En un momento dado de la noche Romano se acercó a Aleksei.

__ Jamás vas a creer qué nombre figura en la lista de asistencia —comentó Romano con una emoción excesiva que terminó por crisparle los nervios al ruso. Aleksei soltó un chasquido de fastidio con la lengua, exigiéndole implícitamente que fuera al grano.

Justo cuando Romano se disponía a soltar el nombre, el señor Viktor Kavinsky le hizo una sutil pero firme señal con la cabeza a su hijo para que lo acompañara.

Su padre lo condujo hacia una de las terrazas apartadas del palacio, donde la música del salón se reducía a un mero eco lejano.

Al quedar cara a cara, el patriarca abrió el interrogatorio sin rodeos.

__ ¿Cómo van los preparativos para tu futura boda? —siseó Viktor con un tono claramente amenazante.

__ ¡Ya te lo he dicho, padre! No voy a firmar ese contrato a ciegas. No me importa la cadena de hoteles ni el maldito patrimonio —respondió Aleksei con la voz contenida, pero cargada de una furia peligrosa.

__ No seas insensato, Aleksei —replicó la voz madura, fría y autoritaria del patriarca—.

Esa alianza con los Valleflor se selló antes de que tú nacieras.

Si la hija de Constanza no aparece en diez días, perderás el control absoluto de la corporación.

Tus primos solo están esperando que caigas.

¿Vas a tirar a la basura el esfuerzo de toda tu vida por el simple orgullo de no querer casarte?

__ No es orgullo —siseó Aleksei, mientras el hielo de su vaso de whisky tintineaba contra el cristal—.

Fui un animal con ella. La humillé sin saber quién era, solo porque estaba descargando en ella mi frustración por este maldito matrimonio arreglado.

Ella... ella se rompió frente a mí, padre.

Vi sus ojos. Prefiero perder el imperio antes que volver a pisotear la dignidad de una mujer de esa manera.

No soy como tú, Viktor. Un silencio sepulcral inunda la terraza.

__ Solo te lo advertiré una vez más —siseó Viktor, cambiando drásticamente al ruso—.

Eres mi único hijo. A quienes llamas hermanos no son más que una sarta de sanguijuelas; aunque compartan tu misma sangre, en el instante en que dejes de ser el heredero de la corporación, serán los primeros en darte la espalda.