Promesas al alba (Serie Fronteras de Pasión nº 4) Capítulo 49
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Capítulo 49

Si alguien le hubiera dicho a Connor que jugaría al golf con la reina de Escocia por segunda vez en Musselburgh, le habría recomendado moderar el consumo de cerveza.

Y, sin embargo, allí estaba, en aquella luminosa mañana de septiembre, dando el primer golpe contra Mary, acompañado por las cuatro fieles damas de la reina, dos cadetes y un pequeño grupo de curiosos que se había reunido para presenciar el improvisado partido.

Connor tenía que reconocerle el mérito a Evie. Se le había ocurrido un plan brillante... siempre y cuando funcionara. De lo contrario, probablemente ambos terminarían descuartizados por traición antes de que acabara el día.

Cara a cara, había insistido Evie. Nada podía ser más directo que un inglés y una espía renegada enfrentándose a la reina de Escocia a plena luz del día.

Evie había enviado una misiva a través de Davey, el conductor del carro de la cerveza, para que se la entregara directamente a María en Holyrood. Era un desafío de Connor Mac Adam —golfista de las Highlands y amigo de Ambrose Scott— para disputar un partido en Musselburgh.

La reina, divertida por la audacia de la carta y ansiosa por jugar, había aceptado de inmediato. Aquella mañana había logrado eludir a sus vigilantes guardias y dejar de lado las obligaciones de la corona el tiempo suficiente para reunirse con él en secreto en el campo.

—¿Cuál será la apuesta, MacLeod? —preguntó la reina mientras se encontraban en el primer tee.

Reacia a llamar la atención, vestía un atuendo relativamente sencillo, de tonos apagados. Su gloriosa melena permanecía oculta bajo una cofia francesa, y solo llevaba una sencilla cruz colgada del cuello. Sus ojos marrones brillaron mientras añadía:

—Supongo que querrás un pedazo de tierra. ¿Quizá el señorío de...? ¿De dónde dijiste que eras?

Connor se quedó inmóvil un instante, mortificado, antes de responder con dificultad:

—Tintclachan.

Una arruga apareció en la frente pálida de la reina.

—Nunca he oído hablar de ese lugar. Veo que tendré que viajar más si quiero gobernar este vasto país.

Evie dio un paso al frente e inclinó la cabeza en señal de reverencia.

—Si le parece bien a Su Majestad, me gustaría proponer la apuesta.

Mary la observó y luego sonrió.

—Tú eres la muchacha del carro de la cerveza.

—Sí.

—Supongo que esta vez querrás algo más que un dedal, ¿verdad?

Evie sonrió, claramente complacida de que la reina la recordara.

—Si Connor gana el partido, Su Majestad, me gustaría muchísimo vuestra bendición... para nuestro matrimonio.

Las Cuatro Marías soltaron exclamaciones de deleite al unísono y suspiraron encantadas.

Connor esbozó una sonrisa burlona. Sin duda eran francesas.

La reina parecía igual de complacida.

—Así que habrá boda, ¿eh?

—Si vos lo permitís —respondió Evie.

La reina sonrió y asintió.

Las Cuatro Marías aplaudieron con entusiasmo.

—¿Y si gano yo? —preguntó Mary.

—¿Qué desea, Majestad? —inquirió Connor.

Ella meditó un momento antes de responder:

—Quiero viajar a tu hogar en las Highlands. Si gano, me acompañarás a Tintclachan.

A pesar de la opresión que sentía en el pecho, Connor logró dibujar una débil sonrisa.

—Como deseéis.

Por Dios, pensó mientras le lanzaba una mirada preocupada a Evie, más le valía ganar aquel partido.

Una vez hechas las apuestas, comenzó el juego.

La reina dio el primer golpe y, como antes, Connor quedó impresionado por su habilidad.

Era evidente que había perfeccionado el deporte en Francia, y sus cadetes, perfectamente entrenados, corrían a colocarle los tees y entregarle los palos adecuados para cada golpe.

A mitad del recorrido, Connor ganaba por tres golpes y la multitud había crecido hasta volverse enorme, pues la noticia de que la joven reina jugaba en Musselburgh se había extendido rápidamente.

Fue mientras daban el primer golpe en el Whin Hole cuando llegó el desastre.

Atravesando el green con expresión asesina, la oscura capa ondeando con cada zancada furiosa, apareció Armand, finalmente alertado de la escapada de la reina y, sin duda, dispuesto a ponerle fin.

Connor lanzó una mirada significativa hacia Evie, que permanecía rezagada entre la multitud. Ella también había visto a Armand y respondió con un sombrío asentimiento.

Uno de los cadetes colocó la bola de la reina sobre el tee y Mary alineó el palo detrás de ella.

—¡Su Majestad! —gritó Armand mientras se acercaba apresuradamente, secándose la frente con un pañuelo—. ¡Esperad!

La reina, molesta por haber sido descubierta, suspiró y se volvió hacia él con el ceño fruncido.

—Estoy a punto de dar el primer golpe, Armand. ¿Qué ocurre?

Los espectadores lo miraron con desaprobación.

—Necesito hablar con vos, Su Majestad —declaró con severidad.

—Tendrá que esperar.

—Pero yo... yo... —balbuceó Armand, frustrado.

Mientras examinaba la multitud, sus ojos encontraron a Evie. Le lanzó una mirada amenazante, que ella devolvió arqueando una ceja en silencioso desafío.

—Su Majestad —insistió Philip, pronunciando cada palabra con vehemencia—, debo hablar con vos ahora mismo.

—No cuando estoy en medio de...

—Es de suma urgencia —siseó él.

La reina, claramente irritada, retiró el palo y se volvió hacia él.

—¿Qué sucede, Armand?

Armand se irguió y le dirigió una mirada significativa.

—Temo por vuestra seguridad, Majestad.

—Ya veo. Pues aparta esos temores. Solo es un partido de golf, no un duelo a muerte.

Los espectadores soltaron algunas risas y Armand se sonrojó de rabia.

—Creo —anunció por encima de las carcajadas— que hay un traidor entre nosotros.

La ligereza de la multitud se transformó en murmullos de sorpresa, y la reina cruzó los brazos sobre el palo.

—¿De verdad? ¿Y cuál de estos leales muchachos escoceses sería?

—No es un muchacho.

Connor se quedó paralizado cuando Armand señaló con un dedo huesudo y acusador hacia Evie.

—Ella.

—¿La muchacha del carro de la cerveza? —exclamó Mary entre risas—. Ya veo. ¿Y qué pruebas presentas de su traición?

Armand se irguió con orgullo.

—Ha estado relacionándose con él.

Dirigió el dedo acusador hacia Connor.

—Por supuesto que ha estado viéndose con él —replicó Mary—. Planean casarse. De hecho, si MacLeod gana el partido, le he prometido mi bendición para la boda.

Los ojos de Armand se abrieron horrorizados.

—Ahora —declaró la reina con dignidad regia—, apártate, secretario, o te pondré a recoger bolas en el rough.

Aquello silenció a Armand, aunque no evitó que continuara imponiendo su presencia amenazadora sobre todos ellos.

Cuando Connor volvió a mirar hacia Evie, descubrió al secretario demasiado cerca de ella, observándola con una fría y calculadora amenaza en los ojos.

Connor alcanzó a ver cómo Armand sujetaba disimuladamente el brazo de Evie con una mano mientras, con la otra, presionaba una pequeña daga contra sus costillas.

Connor siempre se había enorgullecido de ignorar cualquier distracción durante un partido. El público podía gritar, agitar los brazos, patear el suelo. Demonios, podían incluso soltar perros sobre el campo y él ni pestañearía. Sabía cómo aislarse del mundo y concentrarse únicamente en el golpe.

Pero cuando vio a Armand cerniéndose sobre Evie de aquella manera, su compostura vaciló y la concentración se disipó como niebla.

¿Qué pretendía aquel hombre? ¿Asustar a Evie para obligarla a confesar? ¿Intimidar a Connor para hacerlo perder? ¿O aprovechar la protección de la multitud para hundir aquella hoja en el corazón de la muchacha?

Connor sintió náuseas. Evie estaba a apenas unos metros, y no podía hacer nada para protegerla sin levantar sospechas y condenarlos a ambos a la horca.

Su juego comenzó a resentirse. Los brazos le temblaban, los golpes salían descontrolados. Y, por muchas veces que levantara la vista para asegurarse de que Evie seguía viva, no podía dejar de pensar en lo rápido que Armand podría acabar con ella de una sola puñalada.

A tres cuartos del recorrido, el marcador estaba empatado. Para cuando alcanzaron el último hoyo, Connor iba dos golpes por detrás.

Maldita sea. Iba a perder.

Y eso significaba perder a Evie.

Para siempre.

Sin la bendición de la reina para su unión, nada impediría que Armand destruyera a la espía renegada y desenmascarara al falso highlander.

Eveline ya había soportado suficiente de la sofocante amenaza de Armand. Había permitido que la sujetara y la mantuviera prácticamente como rehén, sobre todo porque no quería interrumpir el partido con la ridícula queja de que el secretario de la reina le estaba clavando una daga en las costillas.

Pero ahora el partido se había convertido en una cuestión de vida o muerte, y Connor iba dos golpes por detrás. Tenía que dejar de cometer errores y volver a jugar como sabía. Y ella pensaba decírselo.

Así que, mientras esperaban el primer golpe del último hoyo, Eveline levantó disimuladamente el tacón y lo dejó caer con brutal precisión sobre los sensibles dedos del pie de Armand, como si aplastara brasas.

Él soltó un grito y apartó la daga el tiempo suficiente para que ella se zafara y escapara. No se atrevió a perseguirla por miedo a provocar un escándalo y desatar la ira de la reina.

Ella atravesó la multitud hasta alcanzar a Connor y aferrarse a su brazo.

Connor se volvió y, de inmediato, el semblante sombrío se le iluminó.

—Evie.

—Escúchame, montañés —susurró mientras los cadetes de Mary preparaban el tee—. Más te vale no estar intentando escapar de nuestro matrimonio. He luchado demasiado por ti y no pienso dejar que te escabullas tan fácilmente.

Él abrió la boca para responder, pero ella no le permitió hacerlo.

—Sé que puedes jugar mejor —murmuró—. Ya has derrotado a Mary antes. Así que deja de hacer el idiota y concéntrate.

Mientras hablaba, repasó rápidamente los mismos consejos que su padre le había enseñado para la lucha.

—Encuentra el equilibrio. Dobla las rodillas. Mantén el agarre firme, pero no demasiado. Y, por el amor de Dios, no pierdas de vista el objetivo.

De pronto se dio cuenta de que la multitud había enmudecido y los observaba.

Mary sonreía.

—MacLeod, deberías convertir a esta muchacha en tu cadete. Sabe casi tanto del juego como tú.

El corazón de Connor se llenó de orgullo mientras contemplaba a la mujer que deseaba convertir en esposa. Había olvidado lo fuerte que era, lo decidida, lo luchadora. Demonios, probablemente podría derrotar a Armand con un brazo atado a la espalda.

Con aquellos rizos color miel y sus enormes ojos verdes, Evie podía parecer delicada y vulnerable, pero era inteligente, obstinada y llena de espíritu. Podía ser suave como la hierba nueva y afilada como un cardo escocés.

Podía ronronear como un gatito en un instante y rugir como un león al siguiente. Y, maldita fuera, era exactamente el tipo de mujer por la que merecía la pena luchar.

Y eso era precisamente lo que pensaba hacer.

Momentos después, cuando la bola rodó suavemente hasta el último hoyo, un enorme clamor de vítores estalló alrededor de ellos y Connor apenas logró contener su sonrisa de alivio.

Ni siquiera Mary parecía decepcionada por perder por un solo golpe.

Pero así era un auténtico golfista. Para la reina, no era la victoria lo que importaba, sino el amor por el juego.

Aun así, por una vez, Connor tuvo que admitir que se alegraba enormemente de haber ganado. Y cuando Evie casi lo derribó con su abrazo entusiasta, nunca se había sentido tan eufórico.

Hasta que la severa voz de Armand atravesó el bullicio.

—No pueden casarse, Majestad —declaró mientras avanzaba entre la multitud hacia la reina.

—¿Y por qué no, Armand?

—Porque —respondió él, alzando una ceja con suficiencia para soltar su revelación— Connor MacLeod es inglés.

La multitud quedó en silencio, desconcertada.

—¿Un inglés? —repitió la reina.

El corazón de Connor se detuvo, y el silencio posterior pareció interminable.

Entonces, de pronto, Mary soltó una carcajada, y el resto de los presentes se unió a ella mientras Armand fruncía el ceño con indignación.

La reina apoyó las manos sobre el palo de golf como si se tratara de un cetro.

—No seas ridículo, Armand —declaró con autoridad regia—. Los ingleses no distinguen un niblick de un palo de calle. Además... —Sus ojos brillaron con divertida arrogancia—, ¿de verdad crees que la reina de Escocia podría ser derrotada en el golf... por un inglés?