Capítulo 43
Mientras Eveline seguía mirando desconcertada al posadero detrás del mostrador de The Sheep Heid, su sonrisa se volvió forzada.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido?
Él se encogió de hombros.
—Lo siento, muchacha. Se marchó anoche, a última hora.
Su corazón comenzó a latir con fuerza en el pecho, pero se negó a entrar en pánico.
—¿Pero sus cosas siguen aquí?
—No. Hizo las maletas, pagó la cuenta y se marchó.
Intentó dar sentido a lo que decía el posadero, lo cual no era fácil cuando apenas podía respirar.
—¿Dijo adónde iba?
El posadero hizo una extraña mueca, como si lo supiera, pero se mostrara reacio a decírselo. Lo cual, si hubiera conocido mejor a Eveline, nunca habría hecho.
Lo agarró por la parte delantera de la camisa y tiró de él hacia delante, cruzando el mostrador, mientras desenvainaba la daga y se la presionaba contra la garganta.
—¡Escucha, maldito traidor! Si sabes dónde está, más te vale decírmelo ahora, o te pasarás el resto de tu miserable vida...
—T-tinkle… Tank… —balbuceó él—. Tinklake...
—¿Tintclachan?
—Sí, eso es.
Ella lo soltó, frunciendo el ceño, pensativa.
No existía tal pueblo. Connor se lo había admitido. Se lo había inventado. Entonces, ¿adónde se había ido realmente?
—¿Dijo cuándo volvería?
El posadero tragó saliva con dificultad, reacio a hablar, pero receloso de la espada.
—Dentro de un año.
—¡¿Un año?!
—Más o menos.
Eveline parpadeó. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por qué se marcharía Connor tan de repente? ¿Lo había alcanzado D.S.? ¿Se había visto obligado a huir?
—¿Dijo algo más? ¿Cualquier cosa? —inquirió—. ¿Explicó por qué se iba?
El posadero retrocedió un paso, fuera de su alcance.
—Puede que comentara que quería seguir adelante.
—¿Seguir adelante?
—Y algo sobre... mujeres... que querían meterlo en una jaula.
—¿Mujeres? ¿Qué mujeres?
El posadero le lanzó una mirada fugaz y se encogió de hombros con aire culpable.
—¿Yo?
No se lo creyó ni por un instante. ¿Enjaular a Connor?
Ella nunca le había dado motivos para pensar eso.
No le había exigido nada. Nunca había mencionado el matrimonio.
De hecho, le había entregado su virginidad libremente, sin pedir nada a cambio.
No había necesidad de enjaularlo: estaba unido a ella por el amor, el respeto y la confianza.
Justo la noche anterior, Connor la había abrazado y le había susurrado que
—para bien o para mal, sin importar sus linajes, sin importar lo que reservara el futuro—, sus destinos estaban entrelazados. No le cabía ninguna duda de que él hablaba en serio.
Lo cual significaba que le había mentido al posadero. ¿Pero por qué?
Debía de tener una buena razón. Y si había huido de Edimburgo, también debía de haber tenido una buena razón para hacerlo. Ahora eran aliados, ella y Connor. Quizá no conociera sus intenciones exactas, pero debía hacer todo lo posible por mantener la historia que él había inventado.
El posadero la observaba expectante, como si nunca antes hubiera visto a una mujer despechada. Supuso que más le valía no decepcionarlo.
Con un rugido de rabia, clavó la daga en la barra de roble.
—¡Ese hijo de puta!
Una a una, cogió la media docena de jarras de barro alineadas a lo largo de la barra, acentuando sus improperios al lanzarlas contra el suelo, donde se rompían con estruendos satisfactorios.
—¡Ese bribón cornudo! ¡Ese miserable chucho! ¡Ese cobarde que se acuesta con ovejas! ¡Ese maldito pícaro mujeriego y bueno para nada!
Arrancó la daga de la barra y volvió a envainarla; luego atravesó al posadero con una mirada feroz y escupió con fuerza sobre los juncos.
—¡Maldito sea tu género!
Dando una vuelta furiosa con el vuelo de sus faldas, salió de la posada con paso firme, dando un portazo tras de sí.
Connor se acurrucó sobre la mesa en el rincón en penumbra de The White Hart, apartando la vela y tirando de la capucha de la capa para cubrirse mejor el rostro. Se ajustó la bufanda reveladora que le envolvía la mitad inferior de la cara, lo que lo identificaba como un enfermo de viruela.
Debía de amar de verdad a Evie. ¿Por qué otra razón se habría instalado en una posada repleta de espías escoceses? ¿O habría renunciado al golf indefinidamente? ¿O habría adoptado la apariencia de un anciano plagado de viruela, con la espalda encorvada y una cojera pronunciada?
No había sido fácil seguir en secreto a Evie durante las últimas horas. Pero, sin que la muchacha lo supiera, se encontraba en peligro mortal. Alguien tenía que vigilarla de cerca, y ese alguien no podía ser Connor MacLeod.
No había querido asustar a Evie revelándole el peligro en el que se encontraba.
Pero, francamente, el hecho de que el golfista de las Highlands hubiera sido señalado como un personaje sospechoso y que Eveline, una espía de la reina, se hubiera marchado con él durante varios días, no auguraba nada bueno para ella.
Si hubiera desaparecido para siempre, Armand habría dado por hecho que o bien su secreto se había visto comprometido o bien ella le había traicionado.
Habría ordenado que la buscaran y la mataran.
De hecho, Connor sospechaba que el intento de suicidio de Evie podría haber formado parte de su juramento de espía: una precaución necesaria a la hora de afrontar las consecuencias de caer en manos del enemigo.
No había duda: Evie tenía que volver a Edimburgo para demostrar su lealtad.
En cuanto a Connor MacLeod, debía aparentar haber huido a su lejano hogar en las Highlands, lejos del escrutinio real.
Para todos los implicados, parecería que el vínculo entre Connor y Evie se había roto.
Pero alguien tendría que cuidar de la muchacha, y ese alguien sería Connor.
Esa otra persona se alojaba en esos momentos en The White Hart, en la habitación contigua a la de Evie.
Evie apenas parecía darse cuenta de la presencia del anciano encorvado, con el rostro enmascarado y el bastón nudoso, que la había seguido hasta Musselburgh aquella mañana.
Pero a Connor le bastaba con eso. Como ella le había dicho una vez, cuanto menos supiera, más segura estaría.
Connor no sabía cuánto tiempo tendría que protegerla. Con suerte, una vez que
D.S. se enterara de que Connor MacLeod había ido a Tintclachan, abandonaría la persecución, informaría a Armand de su infructuosa búsqueda y el nombre de Evie quedaría limpio.
Por otro lado, si D.S. los hubiera seguido al bosque aquel día y hubiera visto a Evie, una espía real, secuestrada por los ingleses,
eso sería sin duda una sentencia de muerte para ella. Al fin y al cabo, Armand no tenía forma de saber qué secretos traicioneros había revelado bajo la coacción del enemigo.
En cuestión de días quedaría claro cuál era la situación de Evie con Armand. Hasta entonces, Connor no se atrevía a revelarse ante ella. Pero nunca estaría a más de una docena de metros de distancia, con la espada oculta bajo la capa, listo para defenderla hasta la muerte.
Observó a Evie por encima de la jarra de cerveza.
Era la peor tortura, estar tan cerca de ella y, sin embargo, no poder hablarle, tranquilizarla ni tocarla.
Le partía el corazón pensar que ella creía que la había abandonado.
Quería ir hacia ella, arrancarse la máscara y declararle su amor inquebrantable.
La vio apartar el potaje a medio comer y apurar la cerveza, y luego subir las escaleras. Anhelaba levantarla en volandas y llevarla hasta allí, besarla hasta borrar su pena y hacerle el amor con dulzura y ternura.
Suspiró. El corazón de la pobre muchacha debía de haberse hecho mil pedazos cuando se enteró de que él la había abandonado.
Connor esperaba que, cuando todo aquello hubiera terminado, pudiera reparar el daño que había causado.
Rezó para que ella lo perdonara y lo aceptara de nuevo.
El amor lo conquistaba todo, decían los bardos. Esperaba que tuvieran razón.
Eveline estaba de pie en la oscuridad, en lo alto de las escaleras, esperando.
Sabía que no tendría que esperar mucho. El hombre encorvado, con el rostro enmascarado y la capa con capucha, la había estado siguiendo todo el día, y en cuanto se diera cuenta de que se había retirado arriba, sin duda la seguiría de cerca.
Cuando lo hiciera, ella estaría preparada para él.
Se oyó un chirrido revelador en la escalera. En el instante en que él entró en las sombras del rellano, ella lo empujó contra la pared, con la intención de acallar cualquier protesta con un beso enérgico. En cambio, se llenó la boca de lino.
Mientras escupía el pañuelo, él la agarró por los hombros y la inmovilizó contra la pared opuesta.
—¿Qué estás haciendo? —siseó él tras la máscara.
Ella sonrió.
—¿Qué crees que estoy haciendo?
Él soltó uno de sus hombros para arrancarse el pañuelo.
—¿Cómo sabías que era yo? —susurró.
—Oh, no lo sabía —bromeó ella, levantando la mano para jugar con su oreja—. Es que tengo una afinidad por los hombres apestosos.
Él maldijo en voz baja, luego atrapó sus dedos inquietos, encerrándolos en la mano, y repitió:
—¿Cómo lo sabías?
Ella rio entre dientes.
—Vaya, amor, ¿acaso creías que no me había memorizado cada centímetro tuyo?
Después de todo... —Se inclinó para susurrarle al oído—.
He cruzado espadas contigo. —Respiró hondo su embriagador aroma—.
Te he besado. —Giró la cabeza hasta que sus labios casi se tocaron y murmuró contra su boca—. He hecho el amor contigo.
Su respiración entrecortada le rozó la mejilla.
—Te conozco... íntimamente —le aseguró, liberando la mano para retirarle la capucha y pasar los dedos por su cabello—.
Desde tu melena salvaje... —Enroscó la pierna alrededor de la de él y deslizó el talón sensualmente por la parte posterior de su pantorrilla— hasta tus botas raídas.
—Dejó que la mano se deslizara por su cuello y bajo la camisa, acariciando los gruesos músculos de su pecho y sus brazos—.
Desde tus anchos hombros... —La otra mano descendió alrededor de su cintura para apretarle las nalgas— hasta tu firme trasero.
Fue recompensada con un gemido de deseo, pero estaba claro que Connor tenía asuntos más importantes en mente.
—Oh, muchacha —susurró con voz entrecortada, empujándola y tambaleándose hacia atrás—. No podemos. No deben vernos juntos.
—Tienes razón —replicó ella, agarrándole la mano y tirando de él—. Ven. Nos esconderemos en mi habitación.
Él se resistió al tirón.
—Vamos, muchacha, sabes que eso no es lo que yo... No podemos... —Liberó la mano de la de ella—. Maldita sea, muchacha, tengo que mantenerte a salvo.
—¿A salvo?
—Sí.
—¿Así que me estás protegiendo?
—Sí.
—Bueno, ¿qué mejor manera de protegerme que dormir a los pies de mi cama?
—No voy a...
—Shh —lo silenció ella, colocando un dedo sobre sus labios y frunciendo el ceño ante algún ruido imaginario—. Date prisa.
No estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta. Tomándole de la mano de nuevo, empujó la puerta y casi lo arrastró al interior.
Al final, fue Eveline quien durmió a los pies de la cama, pero solo porque habían hecho tal desorden con las sábanas que era imposible distinguir qué extremo era cuál.