Promesas al alba (Serie Fronteras de Pasión nº 4) Capítulo 39
77%

Capítulo 39

Connor sintió un nudo en el estómago y le dieron náuseas.

Seguramente había oído mal. Seguramente ella no había dicho Ancrum.

Pero las piezas encajaban. Tenía la edad adecuada. Venía del lugar apropiado.

La historia era innegable.

Anhelaba detenerlo todo allí mismo, silenciarlos a todos para siempre, evitar que la horrible verdad saliera a la luz. Quería sacar a Evie de la taberna y huir con ella, lejos de sus tíos, lejos de su padre, lejos del pasado.

En cambio, solo pudo observar impotente, en silencio, incapaz de moverse, mientras el inevitable caos y la traición se desarrollaban a su alrededor.

El escocés barbudo frunció el ceño.

—Maldita sea, ¿qué os pasa a todos?

Richard, pálido como el pergamino, respondió:

—No luchamos… con mujeres.

—No desde... —añadió Robert, interrumpiéndose para mirar a Evie.

Thomas entrecerró los ojos al ver a la muchacha.

—¿Has dicho… Ancrum?

El barbudo se abrió paso y le puso la punta de la espada bajo la barbilla a Thomas.

—¿Qué sabes de Ancrum?

—Te das cuenta de que estoy desarmado —observó Thomas.

El hombre masculló entre su barba y bajó el arma.

—¿Y bien?

—Luchamos allí, los tres —explicó Thomas—, en Ancrum Moor, en el 45.

Los escoceses se quedaron boquiabiertos.

—¿Luchasteis allí? —susurró el hombre barbudo—. ¿Luchasteis en la batalla de Ancrum Moor?

—Sí.

El hombre barbudo avanzó hasta quedar cara a cara con Thomas.

—Nosotros también.

Richard soltó una carcajada amarga.

—Así que sois los cobardes bastardos que mandaron a las mujeres a la batalla.

El fornido escocés agitó la espada.

—Y vosotros sois los cobardes bastardos que las matasteis.

—Veo que seguís enviando a mujeres a librar vuestras batallas —replicó Robert, mirando con ira a Evie.

—Nadie me envió —espetó Evie entre dientes, con los ojos feroces—, y nadie envió a mi madre. Pero lucho para vengarla, porque fue brutalmente asesinada en Ancrum. Y parece que tenéis su sangre en las manos.

—Puede ser —admitió Thomas—, pero aquí no encontraréis combatientes. Si queréis vernos muertos, tendréis que matarnos a sangre fría.

—Después de Ancrum Moor —añadió Richard—, hicimos un juramento sobre la tumba de nuestro hermano.

Robert resopló.

—No luchamos contra mujeres.

Connor comprendió que aquello iba a acabar mal. Evie estaba lista para la batalla. Probablemente se había criado con sed de venganza. Probablemente había esperado este momento toda su vida. Probablemente había soñado con el día en que se enfrentaría a quienes la habían dejado huérfana.

Él sabía exactamente cómo se sentía ella. Su padre podría haber matado a su madre.

Pero, en cierto sentido, su madre había matado a su padre.

Evie, sin embargo, era impetuosa y apasionada. Bien podía seguir la sugerencia de Thomas y asesinarlos a todos mientras estaban desarmados.

Se derramaría sangre y nada se resolvería.

Si ella quería una pelea, se la daría, pero no a costa de su alma y no con hombres inocentes que nunca habrían permitido que su madre pisara un campo de batalla en primer lugar.

—No hice tal juramento —declaró en voz baja, mirándola a los ojos—. Lucha contra mí.

Ella frunció el ceño.

—Pero tú no estabas en Ancrum. No podías ser más que un muchacho.

—Yo soy a quien buscas —le reveló él—. ¿El que mató a la doncella en Ancrum? ¿El que mató a tu madre?

La miró fijamente con expresión grave.

—Fue mi padre.

Eveline sintió que el mundo se desmoronaba mientras miraba boquiabierta a Connor. No parecía posible.

Había imaginado este enfrentamiento cientos de veces: el momento en que se encontraría con el asesino de su madre.

Él siempre era brutal y repugnante, con una sonrisa burlona y malvada retorciéndole el rostro.

Había ensayado las maldiciones que lanzaría sobre él y había imaginado matarlo tal y como él había matado a su madre, con crueles cortes que lo harían desangrarse lentamente.

No se suponía que fuera así, que la muerte ya se hubiera llevado al culpable y que el único de quien pudiera vengarse fuera… un hombre del que se había enamorado.

De repente sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago. Ya era bastante malo que Connor fuera inglés, pero el hijo del asesino de su madre...

Dios la ayudara, lo había besado. Lo había tocado. Le había entregado su virginidad. Y él la había traicionado por completo.

¿Desde cuándo lo sabía? ¿Lo había planeado desde el principio? ¿Era una especie de juego para él: seducir y secuestrar a la hija de la Doncella de Ancrum Moor? ¿Era ella el premio en su retorcido juego de venganza?

Temblaba de dolor, de náuseas, de rabia.

—¡Connor! —bramó Richard—. Baja el arma. ¿No has aprendido nada de tu padre?

Los ojos de Connor no se apartaron de Eveline.

—Yo no soy mi padre.

—Es una muchacha, Connor —lo reprendió Robert—. Ella no sabe...

—Sabe lo que hace —lo interrumpió Connor.

—Pero si la hieres —advirtió Thomas—, si la matas...

—Si pisa este campo de batalla —sentenció Connor—, más le vale saber lo que está en juego.

Eveline se enderezó con aire sombrío. Ahora hablaba un idioma que ella entendía.

No importaba lo que dijera su corazón, cuáles hubieran sido sus emociones.

La sangre de su madre exigía venganza. Su padre la había entrenado para esto.

Era lo que esperaban, lo que su madre esperaba, lo que ella esperaba de sí misma.

Así que hizo caso omiso del apuesto highlander con el que había hecho el amor solo unos días antes y se enfrentó a su enemigo inglés con la espada en alto y un breve gesto de asentimiento.

Richard se dirigió a los escoceses:

—Connor tiene razón. Esta es su batalla. Debe ser entre ellos dos.

Archie enfundó a regañadientes su espada y le hizo un gesto a Dougal para que hiciera lo mismo. Connor cambió su palo de golf por la espada de Richard, y Eveline dejó a un lado su daga, para que estuvieran en igualdad de condiciones. Entonces todos retrocedieron para dejarles espacio.

Eveline miró a Connor a los ojos y tragó saliva con dificultad, tratando de borrar de su mente todo lo que no fuera el duelo.

Intentó olvidar su sonrisa, su beso, su tacto.

Intentó olvidar que era el hombre que le había salvado la vida.

Intentó pensar en él como nada más que su traidor, el hijo del hombre que había matado a su madre.

Era lo más difícil que había hecho jamás.

Pero Dougal la había entrenado para bloquear las distracciones, para centrarse en la lucha que tenía entre manos.

No tenía miedo. El miedo era algo que había vencido hacía mucho tiempo. Ewan le había asegurado que incluso alguien de su tamaño siempre tenía ventajas.

Y Archie le había aconsejado que mantuviera la cabeza fría, pues su temperamento era su mayor defecto.

Ganaría este combate. Su oponente era más grande y más fuerte, pero Eveline era rápida e inteligente. Había pasado horas cada día perfeccionando sus habilidades, y aunque Connor pudiera ser hábil con un palo de golf, probablemente habría dejado que sus habilidades con la espada se oxidaran.

Estaba a punto de averiguarlo.

Amplió su postura y se echó el pelo hacia atrás.

—Da lo peor de ti —lo desafió.

Sin perder nunca el contacto visual, él probó su espada, haciendo que silbara al bajarla con un movimiento de muñeca. Luego flexionó las rodillas y levantó la punta de la espada, invitándola con un gesto a dar el primer paso.

Ella frunció el ceño. Para alguien que prefería el golf a la guerra, parecía sorprendentemente cómodo con una espada. Pero ella tenía el poder de la venganza de su lado.

Su padre comenzó a gritarle instrucciones, dándole consejos y ánimos.

Eveline era sorda a todo salvo a la sangre ardiente de la batalla que le rugía en los oídos.

Con un grito cargado de rabia, se lanzó hacia delante.

Él detuvo inmediatamente su espada con la suya, desviándola. Ella atacó de nuevo, esta vez con un tajo diagonal.

Él bloqueó el golpe con un simple movimiento del brazo. Ella avanzó con una serie de golpes rápidos y cortos.

Los cuales él apartó de un plumazo como si estuviera espantando moscas.

Ella gruñó de furia y redobló sus esfuerzos, girando, cortando y lanzando estocadas con su espada, tratando de infligir daño por cualquier parte.

Pero sin mover los pies ni un centímetro, él logró desviar cada golpe.

¡Maldito pícaro engreído! Estaba jugando con ella.

A pesar de sus mejores intenciones, sintió que le subían los nervios. Odiaba a Connor Whitmore. Lo odiaba por ser inglés. Lo odiaba por burlarse de ella. Y, sobre todo, lo odiaba por haberla enamorado de él.