Promesas al alba (Serie Fronteras de Pasión nº 4) Capítulo 31
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Capítulo 31

Por una vez, a Eveline no le costó ignorar al hombre que se le acercó con la jarra mellada.

De hecho, casi se olvidó de recuperar la nota escondida bajo su taza.

Aquella mañana solo tenía ojos para Connor MacLeod, que estaba dando el primer golpe en la distancia.

Su mirada se demoró en sus anchos hombros, sus fuertes brazos, su bonito trasero.

El recuerdo de cómo los había utilizado en su cama las últimas tres noches hizo que se abanicara la cara con la cofia.

Ahora comprendía por qué los bardos escribían sonetos al amor, por qué los trovadores no cantaban de otra cosa. Era una auténtica obsesión: un deporte tan adictivo como el manejo de la espada, una pasión tan conmovedora como una plegaria.

Y, sin embargo, era más que eso. En el entrelazarse de sus cuerpos, había sentido un entrelazarse de sus corazones. Había algo más profundo entre ellos: risas compartidas, lealtad compartida, amor compartido.

¿Amor?

La palabra le provocó un rubor en las mejillas. Seguramente no conocía al montañés lo suficiente como para amarlo. Solo estaba confundiendo el amor con la lujuria.

Pero aquello no sonaba cierto. Como Jenny le había dicho a menudo, el corazón sabía más que la cabeza en asuntos de amor. Le había asegurado a Eveline que, cuando llegara el momento de elegir marido, lo mejor sería escuchar a sus instintos.

En aquel momento, Eveline solo había puesto los ojos en blanco. No tenía intención alguna de elegir marido. Su ambición era seguir los pasos de su madre y dedicarse a la batalla.

Pero eso fue antes de conocer a Connor. Y fue antes de que probara las gloriosas recompensas de acostarse con un hombre que la colmaba de adoración.

Se estremeció al recordarlo y luego miró con enfado al sol, que aquel día se movía por el cielo tan lento como la melaza. Connor le había prometido invitarla a comer en The Sheep Heid. Sonrió para sus adentros. Era más que potaje lo que le apetecía.

Después de lo que pareció una eternidad, Connor finalmente se acercó trotando al carro de la cerveza. Como de costumbre, su corazón dio un salto al verlo, hasta que se percató de que fruncía el ceño.

—Hoy no puedo cenar contigo —suspiró.

Se le encogió el corazón.

Él extendió la mano y le tomó la suya.

—No es que no quiera, cariño.

La atrajo hacia sí y le susurró:

—Joder, estoy tan duro como un palo de golf por ti y más hambriento que un lobo.

Sus palabras lujuriosas le provocaron un escalofrío.

Miró por encima del hombro y saludó con la mano a un joven al otro lado del prado.

—Es un mensajero de algún jefe de clan poderoso y altivo —explicó con una mueca—. Quiere reunirse conmigo en el bosque.

—¿En el bosque?

Sintió un cosquilleo en la nuca.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

—Quizá quiera un compañero para un cuarteto. O quizá solo busque hacer una apuesta. Algunos nobles son reservados con respecto a sus vicios. Prefieren que no se vaya de boca en boca que están apostando en un juego tan… tan vulgar.

—Por los huevos de Dios —refunfuñó ella haciendo pucheros.

—En fin, tengo que irme.

Le dio una palmadita apresurada en la mano, se ajustó los palos al hombro y se dio la vuelta para marcharse.

—Te lo compensaré en la cena —le gritó, guiñándole un ojo—, te lo juro.

Eveline no sabía qué la impulsó a seguirlo. Quizá simplemente había adquirido la costumbre de espiar. Quizá le preocupaba que se metiera en líos reuniéndose con algún jefe de clan intrigante. O quizá temía que ya se hubiera cansado de ella y se fuera a una cita en el bosque con alguna chica nueva.

Por supuesto, no se atrevió a pisarle los talones. Lo observó con atención para ver adónde iba, luego le pidió a Davey que se ocupara de la carreta mientras ella seguía a Connor a distancia, con una mano cautelosa en la daga.

Para cuando llegó al bosque, él ya no se veía por ninguna parte. Pero Archie le había enseñado a rastrear y a buscar señales de paso. Un camino de hierba recién pisada se abría paso entre los árboles, y ella lo tomó, desapareciendo en el verde de las sombras tenues.

De Ewan había aprendido a moverse en silencio por el bosque, y así lo hizo ahora. Su avance era lento y sigiloso y, aunque aguzó el oído para detectar el paso de Connor, lo único que oía era el gorjeo de los gorriones y el ocasional arrastrar de patas de un lagarto.

Maldición. ¿Dónde se había metido?

Se detuvo a la sombra de un sicómoro, escudriñando las brillantes hojas verdes, los helechos y el musgo a su alrededor en busca de señales de movimiento. Una sola ardilla trepó a toda prisa por un roble, pero eso fue todo.

Justo cuando estaba a punto de continuar por el sendero, oyó un grito lejano.

Se quedó paralizada, escuchando con atención.

Hubo otro grito. Y otro más.

Los gritos estaban demasiado lejos para distinguirlos, pero sonaban como un grupo de hombres.

Dio un paso vacilante hacia delante.

Un fuerte bramido resonó por el bosque, y supo de inmediato que era Connor.

—¡Jesús!

Se le encogió el corazón. Desenvainó la daga, la apretó con fuerza en el puño y cargó hacia delante.

Deben de ser ladrones, pensó. El bosque estaba plagado de ellos.

Solo rezaba para que fueran ladrones y no asesinos.

Ahora corría por el sendero, sin importarle que levantara hojas y asustara a una bandada de codornices. Estaba demasiado alarmada para actuar con sigilo, demasiado desesperada como para pensar que podría estar en inferioridad numérica. Connor estaba en peligro y tenía que salvarlo.

Siguió los gritos. Mientras corría, sentía como si un palo afilado le pinchara en el costado, instándola a darse prisa, a darse prisa antes de que fuera demasiado tarde.

Los gritos se apagaron rápidamente, pero aún podía oír un forcejeo más adelante, fuera del camino.

Por fin logró localizar a los culpables. Se abrió paso a través de un espeso bosquecillo de álamos junto al sendero hasta llegar a un claro. Allí encontró a Connor tumbado boca abajo en el suelo, con sus garrotes esparcidos entre las hojas.

Había tres hombres sujetándolo. Se giraron de golpe cuando ella irrumpió entre ellos, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Rápidamente calculó sus posibilidades de lucha.

Parecían tan mayores como su padre, así que tenía la juventud de su parte.

Uno de los hombres, que le resultaba vagamente familiar, se apoyaba en un bastón, pero él y sus dos cómplices —uno corpulento, el otro alto y de hombros anchos— llevaban espadas.

Estaba en desventaja. Pero no estaba dispuesta a dejar que lo supieran.

Era hora de pasar al ataque.

—¡Soltadlo, villanos! —ladró, apartándose las faldas de un tirón y blandiendo la daga ante sí en señal de amenaza.

—¿Qué demonios...?

—¡Ya me habéis oído! ¡Dejadlo ir!

Lanzó la cabeza hacia atrás y dilató las fosas nasales, fulminando a los rufianes con la mirada.

—¡Ahora!

Su bravuconería no surtía efecto. Solo la miraban con el ceño fruncido.

—¡Evie! —El grito de Connor quedó amortiguado entre las hojas caídas.

—Es su amante escocesa —explicó el hombre del bastón a los demás.

—Con una daga.

El hombre corpulento negó con la cabeza.

—Por supuesto.

—Venga, mi señora —la persuadió el hombre alto, con aquel acento extranjero que ella conocía de sobra—. Baja el arma. No te haremos daño si…

—¡Maldita sea! ¡Sois ingleses! —escupió.

De repente, la vieja rabia que sentía por el asesinato de su madre y el nuevo instinto protector que sentía por Connor brotaron a la superficie como la lava de un volcán, y ella explotó.

Se abalanzó sobre los hombres, sin importarle que tuvieran espadas, con el único pensamiento de degollarles sus despreciables gargantas.

Para su sorpresa, no desenvainaron sus armas, sino que se plantaron frente a ella con las manos desnudas.

Se quedó paralizada, con la daga en alto.

¡Maldita sea! ¿Y ahora qué se suponía que debía hacer? No podía matarlos a sangre fría. Sí, eran ingleses, pero la caballerosidad era la caballerosidad.

Frustrada, bajó la daga.

Entonces se dio cuenta de que aún podía aprovechar su error en su beneficio. Habían tenido que soltar a Connor para ocuparse de ella.

—¡Corre, Connor! —gritó—. ¡Corre!

Él se impulsó desde el suelo y cayó de espaldas, luego se incorporó apoyándose en los codos. Pero ni siquiera intentó escapar.

Quizá no pudiera, pensó ella. Quizá estuviera herido.

—¡Cabrones! —les gritó a los hombres—. ¡Cobardes ingleses!

Estos se encogieron, seguramente temerosos de que sus gritos atrajeran a otros.

—¡Muchacha! —dijo Connor en tono de advertencia.

—¿Tenéis miedo de luchar contra mí, poltrones que se acuestan con cerdas? —los desafió—. ¿Tan encogidos están vuestros huevos ingleses que ni siquiera podéis plantarle cara a una chiquilla escocesa?

Agitó la daga amenazadoramente, pero ninguno de ellos le respondió.

—Por Dios, no sois más que un puñado de malditos cobardes.

—Vaya boca tiene —dijo finalmente el fornido con asombro.

—Muchacha —dijo Connor.

—¡Vamos! —se burló ella, blandiendo la daga—. ¿Qué os detiene? Habéis atacado a un montañés desarmado. ¿Por qué no a mí?

—¿Qué? ¿A él?

El hombre corpulento señaló con el pulgar por encima del hombro.

Para su asombro, los tres hombres se rieron con amargura y negaron con la cabeza.

—No es un highlander —gruñó el hombre del bastón—. Es tan inglés como nosotros.