Promesas al alba (Serie Fronteras de Pasión nº 4) Capítulo 30
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Capítulo 30

Richard Whitmore, tío de Connor, se caló la gorra hasta la frente mientras cojeaba por la Royal Mile de Edimburgo, resistiendo el impulso de levantar la vista hacia las imponentes piedras grises que lo miraban con desdén, como si quisieran decirle que no pertenecía a aquel lugar.

Era la verdad, supuso. Era inglés. No pertenecía a aquel lugar.

Pero tampoco la reina María. Al fin y al cabo, había rechazado al hijo del rey Enrique y había huido a París.

En opinión de Richard, debería haberse quedado allí y haber dejado Escocia a la reina Isabel.

Y si Richard tuviera algo que decir al respecto, la autoproclamada reina escocesa volvería a Francia cuanto antes.

Por supuesto, Richard no tenía nada que decir al respecto. No era más que un peón en la partida de ajedrez de Isabel contra María. Pero incluso los peones podían distinguirse, y esa era su esperanza.

A diferencia de sus hermanos Robert y Thomas, ya no estaba en condiciones de ir a la guerra.

Su última escaramuza con los escoceses, cinco años atrás, había dejado a su único hijo muerto y a Richard lisiado, y sus viejos ojos ya no eran lo que eran.

Pero que el diablo se lo llevara si dejaba que sus heridas le impidieran servir a la corona inglesa.

Los hijos de sus hermanos servían en el ejército de Isabel.

Incluso Connor —el hijo de su difunto hermano Nicholas y un espadachín sin igual— luchaba en torneos por toda Inglaterra, perfeccionando sus habilidades para la guerra que se avecinaba con Escocia.

Richard estaría lisiado, pero aún podía servir a su país.

Así que, hacía un mes, cuando el secretario de la reina Isabel, sir Francis Walsingham, se dirigió a los leales hermanos Whitmore —Richard, Robert y Thomas— con aquella oportunidad única de servir a la reina, se sintieron honrados más allá de lo que las palabras podían expresar.

Llevaban ya dos semanas los tres compartiendo una apartada casita de campo en Escocia, a unos kilómetros al sur de Edimburgo. Era lo único que compartían. Su misión era de estricto secreto, y nunca revelaban sus encargos, ni siquiera entre ellos.

Richard se desvió de la Royal Mile y tomó un callejón estrecho.

Un par de revoltosos estudiantes universitarios que terminaban la jornada de estudios lo empujaron al pasar, pero Richard mantuvo la mirada fija en los adoquines.

Por encima de todo, le había dicho Walsingham, un espía debía ser invisible.

En un lugar tan concurrido y animado como Edimburgo, no era una tarea difícil.

Normalmente salía al atardecer, cuando nadie prestaba atención a un anciano lisiado de barba gris, con un abrigo andrajoso y unas botas de cuero gastadas.

Richard se apoyó con fuerza en el bastón mientras le palpitaba la vieja herida.

Entrecerró los ojos para mirar la carretera sinuosa desde debajo del ala de la gorra.

No le quedaba mucho para llegar a The White Hart.

Una vez dentro, podría acomodarse en su rincón oscuro y pedir una pinta, manteniéndose alerta ante cualquier fragmento de conversación relevante y dándole a la pierna un necesario descanso.

Se rumoreaba que la taberna era el lugar favorito del secretario de María, Armand de Villiers. Walsingham había enviado a Richard allí para que fuera sus ojos y oídos. Debía informar de cualquier actividad inusual o personaje sospechoso y anotar todo lo que dijera de Villiers.

Llevaba ya dos semanas acudiendo todas las noches, y tenía que admitir que era una misión bastante aburrida para un hombre entrenado para el combate.

Se había pasado horas sentado, sorbiendo cerveza, de la que pronto se dio cuenta de que era mucho más fuerte allí que en Inglaterra.

Nadie había mencionado el nombre de María.

El único día que apareció Armand de Villiers, charló unos momentos con el posadero, preguntándole cómo le iba a su hijo Lachlan e interesándose por el vino francés que había encargado, del que el posadero le dijo que aún no había llegado.

Luego se unió a una mesa de tres comerciantes, jugó una sola partida de dados, que perdió, y, tras menos de un cuarto de hora, se marchó de la taberna.

Richard había tenido la tentación de seguir al secretario, pero la advertencia de Walsingham de pasar desapercibido resonaba en sus oídos. Habría otras oportunidades, se dijo.

Quizá aquella noche averiguara algo valioso, pensó mientras empujaba la puerta de The White Hart.

Cuando sus débiles ojos se acostumbraron a la penumbra del interior, se sintió decepcionado al descubrir que su mesa habitual estaba ocupada. Allí se sentaba un hombre con una chica que frecuentaba la taberna. Conversaban ante unos platos de potaje de puerros.

Entrecerró los ojos para mirar las otras mesas de la sala. Había un sitio libre cerca de la barra. No era un lugar tan apartado, pero siempre que se sentara en silencio y no causara problemas, se mimetizaría con el entorno, tan inofensivo como un mueble.

Se sentó con cuidado en el taburete y apoyó el bastón contra la pared; se encogió sobre la cerveza y observó a los ocupantes de la sala.

De Villiers no estaba allí, pero eso no era de extrañar.

Probablemente María lo tenía ocupado buscando espías ingleses debajo de la cama.

Dos muchachos charlaban con la moza de la taberna, pero no era nada inusual: los mismos dos muchachos acudían todas las noches a coquetear con la muchacha.

Un trío de hombres jugaba a los dados, y la conversación consistía principalmente en discutir sobre a quién le tocaba el turno o quién le debía cuánto a quién.

Richard dio un sorbo a la cerveza espumosa.

Dos caballeros en una de las mesas estudiaban un trozo de pergamino.

Uno de ellos sacudió la cabeza con gravedad.

El otro se encogió de hombros y le lanzó al primero un ceño fruncido de descontento.

Entonces el primero señaló algo en la página, y el segundo ladeó la cabeza, como si lo estuviera considerando.

¿Estarían tramando algo? ¿Una cita? ¿Una emboscada? ¿Un complot para asesinar a Isabel?

No podía oírlos, así que tuvo que basarse en lo que podía adivinar por sus gestos.

Discutían sobre lo que fuera que había en el pergamino.

El primero, evidentemente, estaba contento con ello, y el segundo no dejaba de proponer cambios, aunque de mala gana.

El primero frunció el ceño ante el documento y finalmente lo descartó con un gesto de la mano, lo que hizo que el segundo se apresurara, presa del pánico, a complacerlo.

Richard tenía que averiguar de qué estaban hablando. Bien podrían estar ultimando una conspiración para derrocar a la corona inglesa.

Dejando la cerveza y la gorra a la vista sobre la mesa para que nadie más le usurpara el sitio, cojeó lentamente junto a la pareja hacia la chimenea, aparentemente para calentarse las manos junto al fuego.

Al pasar, entrecerró los ojos para mirar el pergamino. Era un dibujo de un armario con hojas y flores talladas en las puertas. El hombre era, por lo tanto, obviamente un artesano que presentaba planos a un mecenas exigente.

Fueran cuales fueran sus diferencias, no parecían estar involucrados en una conspiración peligrosa, así que Richard se dirigió a la chimenea.

Mientras estiraba los dedos hacia el fuego, echó un vistazo a la pareja que ocupaba su mesa habitual.

Como había comentado en noches anteriores, la muchacha era bastante encantadora…

para ser escocesa. Tenía un rostro hermoso con mechones dorados y parecía conservar todos los dientes. Su acompañante…

Richard frunció el ceño.

Había algo familiar en aquel hombre. Era difícil saberlo en las sombras de la taberna, especialmente con la vista débil, pero Richard creyó haberlo visto antes.

Supuso que era posible, incluso en un lugar tan grande como Edimburgo, encontrarse con la misma persona dos veces. Pero aquello era algo más que un simple reconocimiento. Había algo inquietantemente, extrañamente familiar en él.

Entonces el hombre se rio ante lo que fuera que la muchacha hubiera dicho, mostrando los dientes en una sonrisa inconfundible, y Richard se tambaleó, agarrándose a las piedras de la chimenea para evitar derrumbarse.

Invisible. Tenía que permanecer invisible. Le dio la espalda a la pareja y luchó por respirar con calma, tratando de dar sentido a lo que acababa de ver.

No había duda de quién era aquel joven. Sí, habían pasado dos años, tenía el pelo revuelto y llevaba un día sin afeitar, pero era el mismo muchacho de ojos brillantes que Richard y sus hermanos habían criado desde los seis años.

¿Qué demonios hacía Connor Whitmore allí?

Richard se quedó mirando las llamas, con los ojos reflejando su intenso calor. Se suponía que el muchacho estaba en Inglaterra, compitiendo en torneos. ¿Qué diablos hacía en una taberna escocesa?

Richard apretó los puños para contener el loco impulso de agarrar al muchacho por el cuello y sacarlo a rastras de The White Hart de vuelta a Inglaterra, donde debía estar. Por supuesto, no se atrevió.

Era justo el tipo de acción irresponsable que le valdría la desaprobación de sir Walsingham y su posterior destitución.

Pero ver a Connor allí había echado un palo en la rueda de la misión de Richard, y sabía que no serviría de nada como espía hasta que resolviera el misterio de qué hacía su sobrino en Edimburgo.

Se devanó los sesos buscando una explicación. ¿Era posible que Walsingham también hubiera reclutado al muchacho? ¿Podría ser un agente de la reina?

Parecía demasiado improbable y, sin embargo, era lo único que tenía sentido.

Oyó el roce de una silla a sus espaldas y se quedó paralizado, preguntándose si Connor lo habría reconocido después de todo.

Pero no siguió ningún golpecito en el hombro, y cuando Richard se atrevió a echar otro vistazo, Connor subía las escaleras con un brazo alrededor de la cintura de la muchacha.

Para mayor disgusto suyo, vio que el muchacho vestía una camisa azafrán y pantalones de tartán, como un maldito montañés, y llevaba una bolsa de palos de golf al hombro.

Richard frunció el ceño, decepcionado. Connor no era un espía ni un espadachín en el circuito de torneos. Al parecer, disfrutaba de una vida ociosa, codeándose con el enemigo, jugando al golf escocés y acostándose con prostitutas escocesas.

Estaba deshonrando la memoria de su padre, que había muerto a manos de aquella gente despreciable. Era una afrenta imperdonable. A Richard le partía el corazón saber que su sobrino le había mentido sobre todo, y no descansaría hasta descubrir el motivo.

Pero primero tenía que sacar al muchacho de aquel país maldito.

Connor era de la familia, y Richard había jurado sobre la tumba de Nicholas Whitmore que protegería a su hijo.

Los hombres de Walsingham abundaban por allí.

Si alguno de ellos descubría que el muchacho se codeaba con el enemigo, bien podría ser considerado un traidor a Inglaterra.

Con el corazón encogido, Richard cojeó de vuelta a la mesa, se bebió la cerveza de un trago, se caló la gorra hasta los ojos, agarró el bastón y se dirigió a casa. El secuestro era una empresa que requeriría a los tres hermanos Whitmore.