Capítulo 24
Connor se quedó tan atónito ante el ataque de la muchacha que, de hecho, dio un respingo.
Al instante siguiente, por supuesto, pasó del asombro a un placer desconcertante.
Finalmente, sus instintos masculinos tomaron el control. Aprovechó la oportunidad… y a la muchacha… y le devolvió su beso entusiasta, ignorando el estruendo de jarras y cucharas volcadas mientras forcejeaban sobre la mesa.
Ella sabía a cerveza, a mujer y a deseo, siendo este último sabor más embriagador que cualquier cosa que él hubiera bebido antes. La cabeza le daba vueltas mientras ella se abalanzaba sobre él con saña, presionando sus labios contra los suyos con deliciosa determinación.
¿Qué le había pasado a la muchacha? No lo sabía. Tampoco tenía muchas ganas de preguntarlo. Solo quería que ella siguiera.
Mientras ella continuaba con su caricia impulsiva, el mundo, de alguna manera, se desvaneció poco a poco.
De repente no había taberna, ni cerveza, ni fuego crepitante, solo aquella hermosa mujer y su beso irresistible.
Su tacto era tan real como cualquier cosa que hubiera sentido jamás, y anhelaba abrazarla con más intensidad.
Pero le daba un poco de miedo moverse, por si rompía la frágil burbuja del momento.
Así que, mientras ella se aferraba a él, entrelazó lentamente los dedos en sus cabellos, inclinando el rostro para poder hundirse entre sus labios ansiosos.
Ella respondió con un suave gemido de placer y dejó que su boca se abriera, concediéndole permiso para explorar.
Con suma delicadeza, deslizó la lengua por sus suaves labios, y ella suspiró, temblando, en su boca.
Pero cuando iba a realizar incursiones pacientes con la punta de la lengua en los dulces recovecos de allí, ganándose poco a poco su confianza, tentándola a una mayor intimidad, de repente Evie dejó muy claro que no estaba dispuesta a nada de eso.
Le agarró la cara con manos enérgicas y, con un gemido de deseo femenino, abrió la boca de par en par y lo devoró por completo.
El gruñido lujurioso que él le devolvió debió de provenir de algún animal alojado en un rincón profundo y oscuro de su pecho. La criatura salvaje salió a la superficie, apartando de un empujón las nobles intenciones de Connor y saciando vorazmente su sed en la doncella dispuesta.
Y aun así ella no retrocedió. Al contrario, exigió más, arañándole el cuello, jadeando contra su boca, empujando y esquivando con la lengua como si estuvieran enzarzados en un duelo a muerte.
La sangre le hervía, el corazón le latía con fuerza y su miembro tiraba con fuerza contra los calzones, tan duro como la mesa de roble sobre la que forcejeaban.
Por Dios, si hubiera sido el highlander de modales rudos que fingía ser en lugar de un caballero inglés, habría despejado la mesa de un solo golpe, le habría levantado las faldas y se la habría tomado allí mismo.
Eveline no sabía qué le había hecho aquel montañés. No podía pensar.
No podía respirar. Y no podía parar.
Él estaba dispersando su concentración y destrozando su moderación, despojándola de sus inhibiciones y destruyendo su autocontrol. Sin embargo, nunca se había sentido tan llena de vida y energía.
Sus labios hormigueaban mientras la boca de él se movía inquieta sobre la de ella con un hambre indescriptible.
Su corazón latía a toda velocidad, sus huesos se derretían y podía oír la sangre cantando en sus oídos.
Solo sabía que deseaba, que necesitaba, que ansiaba, y que alguna recompensa sensual seguía eludiéndola, bailando justo fuera de su alcance.
Un momento más, y podría haberse perdido por completo en el deseo. Pero con las últimas gotas de razón que le quedaban, logró aguantar lo suficiente como para percibir el cambio en la sala.
Aplausos.
Los hombres de la taberna aplaudían. Y silbaban. Y vitoreaban.
Abrió los ojos.
Él también lo oyó. Gruñó y frunció el ceño como un niño aturdido, y luego levantó los párpados unos milímetros.
El reconocimiento los golpeó simultáneamente, y se separaron. Eveline trastabilló hacia atrás, dejándose caer en su silla mientras Connor escrutaba al público que aplaudía con un ceño fruncido y tormentoso.
—¡Eso es, MacLeod! —exclamó alguien—. Sabía que no me decepcionarías.
—¡Cuatro besos! ¡Paga, Cullen! —gritó otro hombre—. Me debes dos libras.
—Oh, vale —refunfuñó Cullen—. ¿Alguien quiere apostar por cinco entonces?
—¡Cinco! —gritó alguien a su vez.
—Esos montañeses son un grupo muy lujurioso —declaró la camarera de la taberna, guiñándole un ojo a Connor—. Si yo fuera ustedes, caballeros, apostaría por seis.
Se alzaron gritos y vítores, y durante unos instantes Connor pareció desorientado, como si lo hubieran despertado bruscamente de un sueño profundo. Luego, desconcertado, sacudió la cabeza mientras se recostaba en su silla.
Pero Eveline sintió cómo se le subían los colores a las mejillas.
Se sentía humillada y confundida y, sí, un poquito achispada, y deseaba atravesar con una brocheta a algunos de los espectadores lascivos.
Por suerte para ellos, no fue capaz de coordinarse lo suficiente como para desenfundar su daga.
¿Qué había pasado? ¿Qué le había hecho Connor? Solo había pretendido darle un beso, eso era todo, un beso para ganarse su confianza y soltarle la lengua.
Soltarle la lengua. Sí, sin duda lo había conseguido, pensó mientras una indeseada oleada de deseo la invadía.
Pero entonces él había hecho… lo que fuera que hubiese hecho, y lo había echado todo a perder.
Le había hecho olvidar por completo sus objetivos, sus progresos, su servicio a la reina.
No solo eso, sino que había llamado la atención sobre ella, que era lo último que quería.
Sin embargo, allí estaba él, sin mostrar ni una pizca de arrepentimiento.
Era poco caballeroso, grosero e imperdonable. Con un puchero de enfado, se inclinó sobre la mesa y le dio un buen empujón.
—¿A qué viene eso?
Frunció el ceño con auténtica confusión.
—Ya sabes a qué.
Ella soltó un suspiro de enfado y se puso en pie de un salto. Por desgracia, no tenía el equilibrio del todo firme y se inclinó un poco hacia la izquierda. Connor le agarró del brazo para estabilizarla, y ella le apartó la mano de un manotazo.
Pero al dar el siguiente paso, se le dobló la rodilla y se habría caído si él no le hubiera sujetado la cintura.
—Tranquila, muchacha.
Ella suspiró. Maldita sea. Aquella misión no iba nada bien. Tenía las piernas como gelatina. Todo el mundo la miraba. Y, maldita sea, ni siquiera podía recordar el nombre impronunciable de la ciudad natal del espía de las Highlands.
—Vámonos de aquí —murmuró él.
Ella lo miró con ira, haciendo un esfuerzo a medias por zafarse de su agarre. Pero su mirada se suavizó, y la curiosa vulnerabilidad que vio en sus ojos atenuó su ira. Aun así, nada salvo marcharse aliviaría el aguijón de su vergüenza.
Se marcharon entre las burlas obscenas de los clientes de la taberna, y si no hubiera sido porque el montañés la sacó rápidamente por la puerta, ella podría haberles lanzado unos cuantos juramentos bien escogidos.
Connor se alegró de la refrescante brisa marina que le azotó el rostro al salir de la taberna. Le despejó el cerebro febril, aunque no pudiera apagar el fuego que le ardía en las entrañas.
Solo una cosa podía hacerlo.
Y eso no iba a suceder. Hoy no.
Quizá si hubiera sido el despiadado terrateniente de las Highlands que fingía ser, acostumbrado a tomar lo que quería sin importarle las consecuencias, habría aprovechado su inocencia. Habría sido fácil seducir a aquella doncella desenfrenada, dado que estaba borracha y desorientada.
Pero sus tíos lo habían educado para ser un hombre honorable. Nunca en su vida había violado a una muchacha que no quisiera o seducido a una que no supiera lo que hacía, y no iba a empezar ahora, aunque esa muchacha fuera una escocesa enemiga.
Mientras se abrían paso de vuelta al carro de la cerveza, Evie permaneció en silencio, lo cual fue una bendición. No creía que pudiera soportar hablar de lo que había pasado en la taberna, y desde luego no quería darle vueltas a lo que ya no iba a suceder.
En su lugar, hizo lo que siempre hacía cuando sufría una frustración sexual excesiva.
Cuando llegaron al campo de golf, sacó su palo de calle, se colocó en un extremo del campo con una docena de pelotas y les dio con todas sus fuerzas.