Capítulo 2
-Esta vez no me ganarás, viejo.
Archie frunció el ceño a su joven protegida y se subió las mangas, dejando al descubierto sus antebrazos gruesos y peludos.
—¿Nunca aprenderás a respetar a tus mayores?
Levantó la daga y sacudió la cabeza, murmurando:
—Viejo, sí que lo eres.
Los dos habían entrenado juntos tantas veces que se habían memorizado mutuamente sus puntos fuertes y débiles, sus tácticas y hábitos. Pero aquella semana, la alumna favorita de Archie había aprendido un nuevo truco de Ewan. Hoy el maestro saborearía la derrota a manos de su aprendiz.
Había mucho en juego, y el premio no tenía precio.
La primera embestida de Archie llegó, como siempre, cruzando y bajando desde la derecha en un tajo diagonal. Era predecible y fácil de esquivar.
Su segundo golpe era siempre una respuesta desde la izquierda. Podía venir por abajo o por arriba. Aquel día el arco estaba a la altura de la espinilla, lo suficientemente bajo como para saltarlo.
La respuesta tenía que ser rápida entonces. Solo había uno o dos segundos para reaccionar.
Una estocada inmediata hacia delante hizo que el anciano retrocediera a toda prisa, seguida rápidamente por un tajo descendente, que obligó a Archie a esquivarlo hacia un lado.
Una vez que un hombre estaba a la defensiva, había dicho Ewan, respondería con precipitada desesperación, y sus golpes podrían ser imprudentes. Era entonces cuando había que realizar la maniobra arriesgada.
Cuando el torpe tajo defensivo del anciano silbó de izquierda a derecha, su oponente necesitó un cálculo preciso y rapidísimo, además de un valor a toda prueba, para dar un paso lateral hacia la trayectoria de la hoja.
Afortunadamente, el cálculo resultó certero.
La daga de Archie cortó superficialmente la tela y la carne, no lo suficiente como para causar demasiado daño, pero sí lo justo para que doliera como el demonio.
Tal y como había previsto, Archie soltó el arma, conmocionado por lo que había hecho.
—¡Evie! —gritó.
Tal y como Ewan le había sugerido, Eveline exageró la herida. Soltó un grito femenino, hizo una mueca de dolor y se tambaleó, dejando que Archie viera bien su brazo izquierdo herido, pero sin soltar nunca la hoja que sostenía en la mano derecha.
Con horror en los ojos, Archie dio un paso adelante.
—Evie, muchacha, ¿estás…?
—¡Ajá!
Antes de que pudiera terminar, ella levantó la punta de su daga para apoyarla en su garganta sin afeitar.
—Yo gano.
—¿Qué?
Su mirada desconcertada casi la hizo arrepentirse de su engaño.
Casi.
—He ganado.
Le dedicó una sonrisa de triunfo.
Su confusión se convirtió rápidamente en ira.
—Ganado, y una mierda —escupió—. Has hecho trampa, mocosa.
—No he hecho trampa —protestó ella con un resoplido ofendido—. Puedes ver la sangre.
—No puedo creer que lo hayas hecho a propósito —la regañó él—. Podría haberte cortado gravemente, muchacha tonta.
Sacudió la cabeza.
—¿Quién te enseñó semejante engaño?
—No es engaño —replicó ella, eludiendo la pregunta. Al fin y al cabo, Archie se pondría celoso si supiera que no era su único maestro—. Es astucia.
Le apartó la daga de un manotazo.
—Astucia, y una mierda —refunfuñó—. Te vas a matar con tanta astucia.
—Pero gano, ¿verdad? —insistió ella—. Puedo ir a Edimburgo a ver a la nueva reina.
Él murmuró algo entre dientes que sonó sospechosamente a palabrota.
—Lo prometiste —le advirtió ella.
—Sí, eso hice. Que nunca se diga que no soy un hombre de palabra. Pero —añadió, señalándola con el dedo— vas a prometerme algo a cambio.
El corazón de Eveline latía tan rápido por la emoción de haber ganado la apuesta que no le importaba cuál fuera su promesa.
—¿Sí?
—Irás vestida de muchacho.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—¿Qué quieres decir?
—Te harás con unos pantalones, una camisa holgada y unas botas —le dijo él—. Y un sombrero lo suficientemente grande, señorita Ricitos de Oro, como para ocultar tu cabello y esos ojos verdes y conspiradores.
Eveline frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por protección.
Ella levantó la espada con rapidez.
—Tengo esto para protegerme.
—No discutas conmigo, muchacha, o no irás a ningún sitio.
—Pero lo juraste. Dijiste que si te ganaba, podría ir a Edimburgo.
—Así es, y mantendré mi palabra… aunque hicieras trampa.
—No hice…
Levantó una mano para hacerla callar.
—Pero si no aceptas mis condiciones, no puedo prometer que no se me escape algo delante de Jenny sobre las travesuras en las que te has metido estos últimos años.
Ella bajó rápidamente la daga y lo miró con incredulidad y dolor.
—No lo harías.
Él cruzó los brazos sobre su pecho fornido.
—Solo si me obligas a ello.
Ella soltó un bufido de enfado.
—Oh, está bien. Iré vestida de maldito muchacho.
Enfundó su arma y se desabrochó el cinturón de las caderas, entregándoselo a Archie.
Mientras caminaban de vuelta hacia la taberna, Eveline se alisó las faldas y se soltó la trenza, dejando que las ondas le cayeran sobre los hombros y le recorrieran la espalda.
Luego se ató la cofia de lino. Jenny no debía saber que había estado peleando. Le rompería el corazón a la mujer.
Archie sacaba a relucir a Jenny Sinclair cada vez que quería tener a Eveline bajo su control.
Jenny, una próspera cervecera, había acogido a Eveline cuando tenía doce años, alegando que era impropio que tres hombres solteros criaran a una muchacha huérfana y señalando que no le habían enseñado más que a pelear, escupir y decir palabrotas.
Pero, a pesar de la amabilidad de la mujer, Eveline había estallado en llanto al verse obligada a dejar atrás a los tres hombres a los que llamaba «papá» para trasladar sus cosas a la habitación situada encima de la taberna de Jenny.
Archie se había compadecido de ella. Le había susurrado que, si prometía no decírselo a Jenny, seguiría entrenando con ella todos los lunes por la mañana. Al fin y al cabo, había jurado sobre la tumba de su madre que enseñaría a Eveline a defenderse adecuadamente.
Lo que Archie no sabía era que su segundo «papá», Ewan, había hecho un acuerdo similar. Se reunían para cruzar espadas los miércoles por la tarde, para honrar la memoria de su valiente padre, caído en combate.
Y ni Ewan ni Archie sabían nada de sus encuentros con su tercer padre, Dougal, quien dedicaba los viernes a enseñarle a Eveline a leer, a hacer cuentas y, si se le insistía lo suficiente, a manejar una daga con letal elegancia.
Por lo que sabía su madre adoptiva, Eveline se ausentaba varias horas a la semana para recoger flores, bordar o visitar a sus amigos. Eso era además de su trabajo habitual, que consistía en servir cerveza en la taberna y llevar las cuentas de la cervecera.
—Más te vale mantener la cabeza fría en Edimburgo —murmuró Archie mientras cruzaban el campo hacia la ciudad—. Al fin y al cabo, esto no es Selkirk.
—Mantendré la cabeza fría y mi espada a mano, papá.
Llamaba «papá» a sus tres padres. A veces resultaba confuso, pero ninguno de los tres estaba dispuesto a renunciar al título.
—Media Escocia está decidida a echar un vistazo a la nueva reina —dijo él con un escalofrío que hizo temblar su barba canosa—. Seguro que habrá una multitud enorme.
El corazón de Eveline se aceleró al imaginar la gran procesión…
cientos de personas agitando bufandas y vitoreando…
soldados franceses a caballo y terratenientes de toda Escocia desfilando por las calles…
músicos, artistas y bailarines ofreciendo espectáculos festivos.
Y flotando como una diosa imperturbable por encima del estruendo y la ceremonia estaría la reina María con sus compañeras inseparables, las Cuatro Marías.
—Quítate ese brillo de los ojos, muchacha —refunfuñó Archie—. La ciudad es un lugar peligroso. Y no todo el mundo se alegrará tanto de ver a la reina.
—¿Cómo no iban a hacerlo?
Eveline arrancó un cardo púrpura que crecía junto al camino.
—Lleva doce años fuera. Será un regreso triunfal.
Sonrió, haciendo cosquillas en la mejilla de Archie con la flor.
Él frunció el ceño y la apartó de un manotazo.
—Es católica, y hay quienes no aprecian mucho la vieja religión.
A Eveline le pareció una tontería. ¿Qué importaba dónde rezara una persona los domingos? Escocia iba a tener por fin a su propia reina de verdad. Y, según todos los informes, María era hermosa y poderosa, inteligente y encantadora.
—María es fuerte —decidió—. Puede defenderse sola.
—No según Knox.
—Hmph.
Eveline había oído a los hombres en la taberna hablar de John Knox, el fanático protestante. Parecía que muchos se dejaban llevar por sus carismáticos discursos.
—No creo que un viejo desagradable con lengua afilada pueda ejercer mucha influencia.
—Quizá no, pero tiene amigos poderosos.
Eveline se enderezó con orgullo.
—Bueno, la reina también.
Más que nada, Eveline quería estar a la altura del legado de su madre, luchar contra los enemigos de la corona, triunfar donde ella había fracasado.
—¿Quién me enseñó —añadió con tono incisivo— que la mejor defensa es un buen ataque?
Archie se detuvo en seco, la agarró por los hombros y la giró para que lo mirara. En ese instante, su feroz ceño fruncido le quitó todo el ímpetu.
—No te meterás con gente como Knox, ¿me oyes?
Eveline tragó saliva. No le daba miedo Archie, pero sí le respetaba.
—Es un hombre peligroso —dijo Archie—. Todos los fanáticos lo son. Puedes ir a divertirte, ver el alboroto y echar un vistazo a la joven María desde la distancia. Pero mantente alejada de Knox y los de su calaña.
Ella se zafó de sus manos.
—De todos modos, ese hombre no me interesa. Te preocupas demasiado, papá.
—Me das muchos motivos para preocuparme —repuso él, sacudiendo la cabeza y suspirando con tristeza mientras seguían por el camino—. ¿Qué le vas a decir a Jenny sobre ese corte en el brazo?
Ella se encogió de hombros.
—Le diré que me caí del carro de la cerveza.
Él arqueó una ceja canosa.
—¿Otra vez?