CAPÍTULO OCHO
THERON
El helicóptero se eleva desde el acantilado, y Stavros permanece junto al muro del patio para verme partir.
No miro atrás.
La carpeta que me apretó contra el pecho está en mi regazo antes de que la isla desaparezca de la vista. Es el archivo cuya existencia llevo dos semanas sospechando, y del que no he preguntado porque he fingido que el problema que describe no es tan grave como lo es.
Seis páginas.
La primera es una carta de un banquero privado de Atenas, dirigida a Calliope Marinos a través de su abogado en Londres. Ofrece comprar su doce por ciento de Drakos Maritime al triple de su valor. Sin condiciones. Sin auditoría previa. Liquidez antes de que acabe la semana.
La firma es un nombre que no he visto en ningún asunto de Drakos Maritime en años.
La última vez que pasó por mi mesa, uno de nuestros transportistas jóvenes apareció en el puerto del Pireo con las manos cercenadas a la altura de las muñecas y la boca llena de aceitunas.
Todo el mundo entendió quién lo había ordenado. Nadie escribió el nombre.
Escribo una palabra en el interior de la cubierta de mi cuaderno.
Yannis.
La subrayo dos veces.
El resto encaja solo mientras la costa se desliza bajo el cristal. Yannis Drakos es familia. Primo mío y de Stavros, apartado de esta empresa por razones que nadie en esta casa pronunciará en voz alta.
Con los enemigos de fuera, esta casa sabe qué hacer. Lo hemos hecho, en puertos, durante cuatro generaciones. Pero un enemigo que lleva tu propio apellido es aquel al que no puedes eliminar tan fácilmente, porque ya está dentro de los muros, porque se le deben todas las lealtades.
Yannis no quiere las acciones de Calliope. Quiere la puerta que abren hacia la empresa, y ella es esa puerta. La oferta del triple es un cebo para una chica asustada y sola, de las que cogen el dinero y salen corriendo. Cuenta con que ella sea esa chica.
No la conoce.
Tengo hasta mañana por la tarde, cuando la familia se reúna en la sala de juntas, para decidir qué hacer con mi propio cinco por ciento. Decido antes de que la isla desaparezca.
Llamo a Stavros desde el aire. Responde al segundo tono, y se lo suelto con la voz neutra que reservo para lo que no tiene vuelta atrás.
Voy a firmar el poder. El cinco por ciento es tuyo, firme ella la compra esta tarde o no. Mi puesto se juega mañana. Te pido que me dejes perderlo.
Un silencio, y luego Stavros, cauteloso conmigo como no lo es con nadie más.
—Perderás la división jurídica. Perderás tu puesto en la junta.
—Sí.
—Ella no tiene por qué enterarse del poder.
—No va a saberlo, Stavros. Si vuelve conmigo, vuelve sin eso. Si no lo hace, nunca lo tendrá para usarlo contra el resto de vosotros. No pienso comprar un lugar a su lado con lo que firmé. Si me elige, será la primera decisión de su vida en la que yo no haya intervenido.
El silencio más largo de la llamada. Cuando vuelve a hablar, no es una pregunta.
—Entonces estás enamorado de ella.
—Sí.
Me dice lo que hará. Hablará con ella más tarde y le contará lo de Yannis, el peligro, el primo al que no hemos visto en seis años y que anda detrás de sus acciones desde un banco privado.
Le dirá que puede marcharse de Kalydon hoy, pero que la casa le pagará la compra y le dará una carta de recomendación para cualquier familia del país que la quiera. No pronunciará mi nombre ni una vez.
—Gracias —le digo.
—Ella se las arreglará con el resto —dice.
—Sí. Eso hará.
Cuelgo.
Aterrizo en el aeródromo privado a las afueras de Atenas a las siete y veintiocho.
A las ocho estoy en la oficina de la división jurídica.
A las ocho y once firmo el poder en la larga mesa de caoba donde he firmado todos los contratos de Drakos durante dieciséis años, con el bolígrafo de plata que perteneció al padre de Calliope, el que Stavros deslizó en mi maletín antes de mandarme a la noche.
No puedo mostrar emoción alguna. Los hombres de los Drakos no muestran emociones en las mesas de juntas.
Paso el día entre la oficina y el banco, desmontando el asunto Yannis cuenta por cuenta, porque es la única batalla que puedo ganar hoy en esta ciudad.
Cuando un coche me deja en el piso de Plaka, el que mi madre conservó hasta su muerte, el que Stavros ha mantenido en fideicomiso desde entonces, ya es el atardecer. El barrio antiguo rebosa de las veladas ajenas.
Dentro, hay un vaso enjuagado en el escurridor junto al fregadero. Una silla de la barra está separada, sin volver a su sitio. Alguien ha estado aquí. Solo hay una persona en esta ciudad a quien Adrian le habría dado una llave.
Vino a Atenas. Se sentó en la cocina de mi madre mientras yo estaba en mi oficina desmontando una empresa, y la perdí por el margen de una tarde.
No como. No duermo. Ya no queda nada por hacer salvo esperar y descubrir si la mujer que lleva mi camisa vino a Atenas para coger el dinero y huir, o para hacer algo mucho más peligroso: quedarse.