CAPÍTULO 42
EL AMOR Y EL PERDÓN
Lidia
Unos días después
El sonido del mar entra por las ventanas abiertas del bungaló de Miriam.
No importa cuántos días lleve aquí, Ukulhas sigue sorprendiéndome por su capacidad de envolver todo de suavidad, de ligereza, como si el propio aire que nos rodea se hubiera puesto de acuerdo con el destino para brindarme una paz que llevo días exigiendo.
El aroma a sal se mezcla con el perfume dulce de las flores blancas que forman parte de su ramo de novia y con ese perfume tropical que Miriam usa casi a diario.
Sonrío al pensarlo mientras sostengo entre los dedos el delicado tocado de perlas que ella va a llevar adornando su pelo.
Es precioso, elegante y encaja perfectamente con su estilo.
Pequeñas flores nacaradas unidas por finos hilos plateados que parecen gotas de rocío suspendidas en el aire, tan delicadas que casi dan miedo a romperlas. Tan bonito como sencillo. Tan Miriam.
—No me mires así —dice ella mirándome a través del espejo, con ese tono bromista que logra arrancarme una sonrisa, aunque por dentro siga hecha un lío—. Pareces una estilista francesa evaluando si soy digna de llevar semejante obra de arte en el pelo.
Suelto una risa breve, de esas que salen solas, aunque el nudo que llevo en el pecho desde hace días no se afloje del todo.
—Es que me estás poniendo muy difícil mantener la compostura —le respondo mientras me acerco por detrás para colocarle bien el tocado sobre el recogido bajo que se ha hecho con tanto esmero—. Después de lo que pasó me siento muy sensible, hoy voy a ser un drama andante.
Miriam se ríe.
—Eso lo heredaste de tu padre, cielo.
—Mi padre llora hasta con los anuncios de colonias, Miriam. No exageres.
—Tu padre es tan sensible que es capaz de llorar porque ha perdido su camisa favorita —menciona y no puedo evitar reír de verdad. Este momento me afloja un poco el nudo que cargo en el corazón desde hace días y me permite respirar con más tranquilidad—. Cuando quiere, es un peluchito.
—Eso sí que me lo creo —admito, todavía con la sonrisa en los labios.
Miriam me mira de nuevo y en su sonrisa hay ternura, pero también comprensión y preocupación. Desde lo que pasó con Bárbara, ella y mi padre han estado muy pendientes de mí. Sé que las cosas no están siendo fáciles, lo veo en sus ojos a través del reflejo del espejo.
—¿Cómo estás tú, cielo? —pregunta al fin, con esa dulzura que nunca falla.
Llevo días esquivando esa pregunta, desde aquella noche en el restaurante en la que el mundo se me vino abajo.
Desvío la vista hacia la ventana abierta.
Fuera, el sol de la tarde cae sobre el jardín del resort de manera generosa.
Todo está preparado para la boda. Visité la zona hará unas horas.
Las sillas están alineadas frente al mar, las telas vaporosas han creado un espacio precioso, y las flores en tonos crema y rosa palo adornan cada rincón con una delicadeza que parece sacada de un sueño.
Es precioso. Todo lo es.
Mi padre se casa hoy con la mujer que le ha devuelto la alegría de una manera tan limpia, tan serena, que a veces solo con pensarlo se me humedecen los ojos.
Debería estar feliz. Lo estoy, de verdad.
Pero también siento un hueco enorme en el pecho, un vacío que no consigo llenar por mucho que lo intente.
—Estoy bien —miento con una sonrisa que he ensayado frente al espejo más veces de las que quiero reconocer—. Hoy no pienso dejar que nada me estropee el día. Ya habrá tiempo de ordenar todas estas emociones cuando vuelva a casa y a la rutina de siempre.
Miriam arquea una ceja con escepticismo y cariño.
—Eso ha sonado a que, si alguien te pregunta Bárbara, te derrumbarás.
—Miriam…
—No, cariño —me interrumpe con suavidad. Se gira en el taburete para mirarme de frente—. No me pongas esa cara de «lo tengo todo controlado» porque te conozco mejor de lo que crees, y sé perfectamente cuándo estás a punto de romperte por dentro.
Y entonces, me rompo un poco. Lo suficiente para que el corazón me duela. Me siento en el borde de la cama, frente a ella, y bajo la vista a mis manos. Las entrelazo, las suelto, las vuelvo a apretar, buscando en ese gesto repetitivo un poco de calma que no termina de llegar.
—Con el tiempo mejoraré —digo al cabo de unos segundos, con la voz baja y contenida—. Solo tengo que asumir que hay cosas que, por mucho que lo desees, no salen bien.
Miriam se inclina hacia mí y me pone una mano cálida y firme en la rodilla.
—Anoche estuve con Bárbara y...
Levanto la cabeza de golpe. El corazón me da un vuelco tan fuerte en el pecho que hasta me enfado conmigo misma. Basta oír su nombre para que todo dentro de mí se altere. Y eso me asusta muchísimo.
Miriam me sostiene la mirada con esa paciencia infinita que siempre ha tenido conmigo.
No hace falta que añada nada más. No hace falta que me cuente qué hablaron exactamente, ni cómo estaba ella, ni si lloró, ni si preguntó por mí. Porque la verdad me brota sola de entre los labios.
—Lo sé —susurro, y mi voz tiembla como una hoja al viento—. Yo también la echo de menos.
En cuanto lo digo, siento el nudo subir desde el pecho hasta la garganta como una ola dispuesta a ahogarme. Intento tragar saliva, pero no puedo. Las lágrimas me llenan los ojos con intensidad.
Miriam no dice nada. Solo espera y eso hace que me derrumbe un poco más, como si sus silencios tuvieran el poder de abrir todas las puertas que cerré desde la otra noche.
—Es ridículo. Después de todo lo que ha pasado, de cómo me ha dolido, de cómo me mintió…
sigo echándola de menos. Sigo despertándome en mitad de la noche necesitando su compañía, pensando si estará o no despierta, si habrá cenado.
Sigo evitando pasar por delante de su bungaló porque sé que, si la veo, voy a querer correr hacia ella como una idiota.
Las lágrimas caen por mis mejillas. Me limpio una con rabia, como si ese gesto pudiera borrar también el sentimiento que la provoca.
—Y me da rabia ser así porque he luchado muchísimo por estar medianamente bien como para que ahora, todo este amor vuelva a romperme como ya lo hizo una vez.
Miriam se levanta despacio, se arrodilla frente a mí y me toma las manos con ternura. Sus dedos son cálidos, firmes, seguros.
—No te estás rompiendo por amor —me dice con calma—. Te estás enfrentando al miedo, Lidia. Y eso es muy distinto.
La miro, empañada por el llanto, con los ojos hinchados y el corazón latiendo desbocado.
—¿Y no es lo mismo?
Ella niega con dulzura, sin apartar la mirada.
—No. Romperse es dejar de sentir. Es volverse fría, cerrada, intocable. Y tú, Lidia, sigues sintiendo tanto amor pro Bárbara que te duele hasta el alma. Eso no te hace débil. Eso te hace valiente, aunque ahora mismo no lo creas.
Me muerdo el labio inferior para no echarme a llorar más fuerte, pero no sirve de nada. Las lágrimas siguen su camino.
—Estoy enamorada de ella —confieso al fin, y las palabras salen temblando, desnudas e inevitables—.
La amo muchísimo. Más de lo que me gustaría, más de lo que me conviene en este momento.
Y me da miedo volver a confiar y que dentro de unos meses todo se rompa otra vez.
Me da miedo volver a construir algo con ella y que termine igual de mal.
Me da miedo pasar por otro duelo, Miriam. No sé si podría soportarlo.
Mi voz se rompe al final, como si las palabras hubieran agotado las últimas fuerzas que me quedaban.
Ella me observa con esos ojos que siempre parecen saber más de la vida que una misma. Entonces me sujeta las mejillas con las dos manos. Es un gesto tan maternal, tan lleno de cariño, que algo dentro de mí se afloja poco a poco, como si sus palmas pudieran sostener también mis pedazos.
—El amor es un asco —dice de pronto, con una naturalidad que me pilla desprevenida.
La miro sorprendida, llorando y riéndome al mismo tiempo.
—¿Perdón?
—He dicho que el amor es un asco. Da miedo, te pone del revés, te obliga a mirar de frente tus errores y tiene la mala costumbre de aparecer cuando menos te conviene, cuando ya has hecho planes, cuando crees que ya estás a salvo.
Suelto una carcajada entre lágrimas.
—Eso suena a que también lo has experimentado…
—¿Y quién no? —responde ella, y se ríe también—.
Todos hemos sufrido por amor. Todos hemos deseado no volvernos a enamorar.
Pero mírame ahora —sonríe—. Tu padre llegó a mi vida cuando yo ya había decidido que no volvería a compartir mis días con nadie.
Estaba tranquila, tenía mi rutina, mis manías, mi mundo ordenado …
y de repente apareció ese hombre torpe, sensible y no me pude resistir.
Se le ilumina la cara al hablar de él, y no hay nada más hermoso que ver a alguien enamorado.
—¿Y no tuviste miedo? —pregunto, todavía con la voz entrecortada.
—Muchísimo —asiente ella sin dudar—. Pero entendí que el miedo no desaparece con el tiempo. No se calma huyendo de él. Solo se hace pequeño cuando decides vivir a pesar de él, cuando eliges avanzar, aunque las piernas te tiemblen.
Bajo la vista hacia nuestras manos unidas.
Pienso en Bárbara. En su mirada aquella noche en el restaurante después de que Ingrid se marchara, en cómo me habló y me contó toda la verdad a pesar de todo.
En los momentos que hemos pasado juntas estas semanas.
En esa culpa y tristeza que vi en sus ojos.
Pienso en mí. En cómo, pese a todo el dolor, no he dejado de buscarla por todos los rincones de la isla.
En cómo he sentido su ausencia, como si una parte esencial de mí se hubiera quedado dormida en algún rincón de su bungaló.
No sé por qué, pero en ese instante recuerdo algo que me dijo una vez, hace años, una noche de lluvia en Valencia, cuando aún creíamos que el amor era invencible y que nada podría separarnos: «Tú eres mi casa».
Entonces me pareció una frase exagerada.
Ahora entiendo el peso real que tenía. Porque la verdad es que, por mucho que haya intentado construir una vida lejos de ella, nunca he vuelto a sentirme del todo en casa en ningún otro lugar que no sea en sus brazos.
Miriam me acaricia la mejilla con el pulgar, limpiando con ternura una lágrima que aún resbala.
—No tienes que decidirlo todo hoy —me dice con suavidad—.
Hoy es mi boda, sí, pero también es un día para recordar que el amor no siempre llega limpio, ordenado y perfecto.
A veces llega roto, tarde, lleno de errores y heridas abiertas.
Pero merece la pena pelear por él si es de verdad, si sientes que esa persona sigue siendo tu refugio sin importar lo complicado que sea el camino.
La miro y me tiemblan los labios.
—¿Y si me vuelve a hacer daño?
Miriam suspira suave, sin apartar las manos de mi rostro.
—Entonces dolerá. Claro que dolerá, cielo. Pero al menos no vivirás el resto de tus días preguntándote qué habría pasado si hubieras sido valiente una vez más.
Eso. Eso me atraviesa como un rayo de luz entrando de golpe en una habitación oscura.
Porque llevo años siendo valiente en todo menos en esto.
He rehecho mi vida después del divorcio.
He salido con más mujeres. He permitido que mi relación con Alex cambiara.
He sobrevivido a la tristeza, a la decepción, a las noches en las que creía que no podría levantarme.
Me he sostenido cuando pensaba que no podría.
Pero querer a Bárbara sigue siendo lo que más vulnerable me hace sentir. Y también lo más real que siento.
Respiro hondo, intentando recomponerme. Seco mis lágrimas con las manos y niego, medio riéndome de mí misma.
—Gracias por todo esto…
Miriam sonríe, satisfecha, con esa expresión de quien sabe que ha dado en el clavo.
—No me las des. Ya sabes que estoy aquí para todo lo que necesites. Aunque no me lo pidas.
—Eso será muy habitual, ya lo debes saber.
Miriam me mira en el espejo y su expresión se ablanda aún más.
—¿Sabes? —dice—. Pase lo que pase con Bárbara, hay algo que ya has hecho bien.
—¿El qué?
—No cerrarte del todo. Seguir creyendo en el amor, aunque sea con miedo y con dudas. Eso ya es un paso enorme, cariño.
Me quedo quieta un momento, asimilando sus palabras. Quizá tenga razón. Quizá amar no consista en no tener miedo, sino en aceptar que el miedo no puede decidir por ti, que puedes caminar a su lado sin dejar que te paralice.
La abrazo entonces. Fuerte. Con la necesidad de quien ha encontrado, en mitad del caos emocional, un lugar seguro donde descansar unos minutos. Ella me devuelve el abrazo como una madre, como una amiga, como esa familia que llega tarde pero que cuando llega, se queda.
—Y ahora sécate esa cara, porque bastante va a llorar tu padre cuando me vea aparecer como para que también lo hagas tú.
Me aparto riendo, ya más ligera.
—Lo he visto esta mañana y estaba que se lo comen los nervios. Le he pillado practicando frente al espejo cómo decir sus votos sin echarse a llorar como un niño.
Miriam se lleva una mano al pecho, visiblemente emocionada.
—Ay, tu padre… si es que es el hombre de mi vida. No sé qué he hecho para merecerlo.
—Lo sé. Y él lo sabe también.
Ella me mira con una dulzura inmensa, de esas que te envuelven con calidez.
—Y no hay un día que no me recuerde a mí misma la suerte que tengo por tenerlo. Por tenerte a ti también, Lidia. Eres parte de esto, de nuestra historia.
Eso me termina de romper, pero esta vez de una forma bonita, dulce, esperanzadora.
La abrazo de nuevo. Ahora más despacio, más consciente.
Porque quizá de eso va todo esto: de entender que el amor no siempre es perfecto, pero sí puede ser un refugio, puede ser un hogar, aunque esté reconstruido con piezas que antes se rompieron.
Perdonar no es olvidar. Ni justificar. Ni fingir que nada dolió.
Perdonar es decidir que el dolor no va a tener la última palabra.
Que el miedo no va a escribir el final de la historia.
Que, aunque amar a veces dé vértigo y quite el aliento, sigue siendo el único lugar al que merece la pena volver una y otra vez.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, siento que quizá todavía estoy a tiempo de volver a casa. De volver a ella. De volver a nosotras una vez más.