CAPÍTULO 41 #2
—¿Y entonces por qué me mentiste? —susurra con la voz rota—. ¿Por qué permitiste que confiara en ti? ¿Por qué me hiciste el amor y me hiciste creer que estábamos bien? ¿¡Por qué me escondiste que tenías pareja!?
La pregunta me atraviesa limpia, sin piedad. No hay defensa posible y lo sé.
—Porque fui una cobarde otra vez —confieso, y la lágrima que llevaba conteniendo desde hace rato me cae al fin por la mejilla—.
Cuando te vi… todo lo que llevaba años enterrando explotó de golpe.
Todo. Tus ojos, tu voz, cómo me mirabas…
bastó una noche para darme cuenta de que nunca había dejado de ser tuya, de que mi corazón seguía latiendo por ti aunque yo intentara negarlo.
Ella se ríe. Es una risa rota, llena de tristeza.
—Qué bonito te queda decir eso ahora, después de todo lo que has hecho —murmura con ironía.
—No intento que quede bonito, Lidia —respondo con honestidad—. Solo te estoy contando la verdad.
—La verdad habría sido decírmelo antes de responder a mi beso —replica, y su mirada se endurece un poco.
—Sí.
—La verdad habría sido no acostarte conmigo mientras te esperaba alguien en Londres.
—Sí.
—La verdad habría sido elegirme, haberme dicho la verdad desde un principio y haberte evitado hacerme daño otra vez.
La miro y siento que, aunque viva cien años, esta culpa no desaparecerá. Se quedará ahí, como una cicatriz que me recordará la estupidez que cometí y lo que perdí.
—Sí —repito con la voz cargada de arrepentimiento—. Tienes razón en todo, Lidia. No tengo excusas.
Se seca las lágrimas con rabia, como si le enfadara llorar delante de mí.
—Entonces, ¿qué quieres de mí ahora? —pregunta, y la pregunta flota entre nosotras como un precipicio al que ninguna de las dos quiere asomarse del todo—. ¿Qué quieres que te perdone y haga como que no ha pasado nada?
No hay sitio para frases ensayadas ni para discursos perfectos, solo para la verdad. Esa verdad que se esconde en mi corazón.
—Quiero que sepas que te amo —digo, y la voz me tiembla un poco—.
Que no ha habido un solo día desde que te perdí en el que no me haya arrepentido con toda el alma de lo que pasó.
Que mi relación con Ingrid fue real, sí, pero tampoco me entregó lo que tú me diste, lo que tú me das.
Porque lo que siento por ti no se parece a nada más.
Nunca se ha parecido y dudo que se parezca alguna vez.
Doy otro paso hacia ella y ya estoy lo bastante cerca como para ver el brillo húmedo de sus pestañas, para oler ese perfume suave a cítricos tan suyo.
—No quiero pedirte que olvides lo que ha pasado esta noche —aclaro con cuidado—.
No sería justo ni honesto. No quiero que me perdones porque llore o porque te diga cuatro cosas bonitas bajo estas luces doradas.
No te mereces algo tan fácil, Lidia. Te mereces la verdad completa y el tiempo que necesites para decidir si vale la pena.
Lidia baja la vista al suelo de madera pulida. Su pecho sube y baja deprisa, como si le costara respirar.
—Entonces, ¿qué propones? —pregunta casi sin voz, casi sin fuerzas.
Me obligo a no tocarla, aunque me muera por abrazarla y borrar todo el daño con mis manos.
—Quiero que me des la oportunidad de demostrarte que esta vez no voy a huir —respondo con toda la convicción que consigo reunir—.
Que voy a volver a España, a tu lado. Que voy a hacer las cosas bien, aunque me cueste todo lo que tengo.
Aunque tardes meses, años, en creerme de nuevo.
Aunque me cierres la puerta mil veces y me digas que no puedes con ello.
Ella levanta la cabeza despacio y por primera vez desde que empezó esta conversación, no veo solo rabia en sus ojos. Veo miedo. El mismo miedo que llevo yo dentro.
—No sé si tengo las fuerzas para pasar por esto de nuevo —confiesa, rota por completo—. No sé si me quedan energías para intentarlo otra vez, Bárbara.
—No te pido que lo decidas hoy mismo —digo, y mi voz se quiebra un poco—. Solo te pido que no cierres del todo la puerta a lo que sabes que existe entre nosotras. A ese algo que siempre ha estado ahí, incluso cuando nos hacíamos daño.
Lidia me observa largo rato, en silencio. Entonces ella da un paso, solo uno. Lo suficiente para quedar frente a mí, tan cerca que noto su respiración temblorosa contra mi boca.
—Lo peor de todo, ¿sabes qué es? —dice con lágrimas nuevas resbalándole por las mejillas—. Que sigo amándote. Y eso me enfurece tanto...
Cierro los ojos un segundo porque esa confesión duele y a la vez, actúa como un bálsamo sobre una herida abierta.
—A mí también me enfurece haberte querido tan mal —susurro con el corazón en la mano.
Lidia niega suavemente con la cabeza, como si quisiera apartar el hechizo que siempre nos ha unido, ese hilo invisible tira de nosotras a pesar de dar todo por perdido.
—A partir de ahora no quiero que me beses, ni que me toques, ni que me prometas cosas que no puedas cumplir —pide en voz baja y mi corazón tropieza dentro del pecho.
Asiento despacio y la miro como si me estuviera dejando respirar por primera vez en horas.
—Esta vez no voy a prometerte nada —le digo con ternura—. Voy a demostrártelo con hechos, día tras día, aunque sea lo más difícil que haga en mi vida.
Lidia me sostiene la mirada durante un largo instante y aunque no sonríe, aunque sigue rota por dentro, aunque nada está arreglado todavía…
no se cierra en banda. Se queda a mi lado y para alguien que lleva años huyendo de sí misma, descubrir que la mujer que ama todavía es capaz de quedarse, incluso con el corazón hecho trizas, se parece demasiado a un milagro.
Un milagro que me hace creer que quizá todavía podamos encontrar el camino de vuelta a nosotras.