CAPÍTULO 41
LA VERDAD NO LO SALVA TODO
Bárbara
La miro y siento que el aire se me queda atrapado a medio camino, justo entre los pulmones y la culpa.
El restaurante, que hace apenas unas horas vibraba, ahora parece otro lugar.
Las luces doradas suspendidas en las palmeras siguen ahí, las flores continúan perfumando el ambiente, y el rumor del mar entra por las cristaleras, trayendo ese olor característico a sal.
Sin embargo, la magia que antes estallaba, ahora está cubierta por una capa de silencio espeso que me aprieta el pecho.
Lidia está delante de mí con los brazos cruzados.
Tiene los ojos hinchados de tanto llorar, las mejillas todavía húmedas por las lágrimas que no han terminado de secarse, y la mandíbula tensa en un intento por evitar derrumbarse delante de mí.
Lo sé porque no es la primera vez que veo ese gesto en ella.
Un gesto que no borra la magnitud de su belleza.
—Tienes cinco minutos —me dice con un tono de voz helado y afilado como un cuchillo.
Pero a mí no me engaña ni un segundo. Debajo de ese tono cortante y duro se esconde esa herida abierta que yo misma he vuelto a abrir.
—Cinco minutos para decirme algo que valga la pena —continúa, y su mirada se clava en la mía sin piedad—. Porque ya no soporto más tonterías.
Trago saliva y me sabe amarga, como si todo el arrepentimiento se me hubiera acumulado en la garganta.
Cinco minutos. Solo cinco minutos para desmontar años enteros de orgullo, de cobardía disfrazada de independencia, de silencios que se quedaron entre nosotras.
Cinco minutos para confesarle a la única mujer que he amado de verdad, por qué he jugado con ella de esta manera.
No sé si existe tiempo suficiente en el mundo para arreglar algo tan roto como lo nuestro, pero si hay una mínima posibilidad, está aquí, en este justo instante.
Decido dejar de pensar en mí. Rehúyo de las frases bonitas. Dejo de esconderme detrás de excusas y hablo, por fin:
—Lo primero que quiero decirte… —empiezo, y mi voz sale rota, en forma de un susurro que se pierde con el rumor lejano del mar—, es que nuestro divorcio fue un error.
Ella no pestañea siquiera. Solo me mira.
El nudo que tengo en la garganta se aprieta todavía más, pero consigo seguir adelante.
—Jamás tendría que haber permitido que llegáramos hasta ese punto —confieso, y cada palabra me quema por dentro—.
Jamás tendría que haberte hecho sentir sola estando casada conmigo.
Me encerré en mí misma, en mi obsesión con el trabajo, en mis horarios, en mis ambiciones…
Me convencí de que eso era lo que teníamos que hacer, que estaba luchando por nosotras dos cuando, en realidad, te estaba dejando fuera de mi vida poco a poco, sin darme apenas cuenta.
Lidia aparta la vista un segundo hacia las mesas vacías del restaurante, como si necesitara apoyarse en algo que no sea mi cara, en algo que no le recuerde todo lo que perdimos.
—Fui egoísta hasta el final —admito con la voz más firme que consigo sacar—.
Fui cruel muchas veces sin querer reconocerlo.
Te exigí que entendieras mis silencios, mis ausencias, mis enfados repentinos que no tenían explicación…
y nunca me senté de verdad a escucharte como merecías.
Nunca te pregunté qué necesitabas de mí en esos momentos duros.
Nunca quise aceptar que te estaba perdiendo porque eso habría significado reconocer que estaba fallando como pareja, como mujer, como todo lo que prometí ser cuando nos casamos en aquella playa de Cádiz.
La veo apretar los labios con fuerza.
—Eso ya lo sé —dice con voz ronca, cargada de todo el cansancio del mundo—. Lo viví en primera persona, Bárbara. Cada día.
Asiento despacio, porque no puedo negarlo.
—Lo sé. Y precisamente por eso te lo digo ahora, aunque llegue tarde. Porque nunca te pedí perdón por lo mal que hice las cosas.
Ahora sí me mira directo a los ojos. En los suyos hay dolor, muchísimo dolor acumulado. Pero también hay cansancio, como si estuviera agotada de sufrir por mí una y otra vez.
—Perdón —susurro, y esta vez siento que la palabra pesa de verdad, como si llevara años guardándola—.
Perdón por las veces que te hice sentir insuficiente, por las discusiones absurdas, por transformar nuestra casa en un campo de batalla constante.
Perdón por dejar que el orgullo nos rompiera poco a poco, por hacerte sentir que elegirte a ti era una renuncia constante.
Tú eras lo mejor que me había pasado en la vida.
Eras mi refugio, mi risa, mi paz… y yo lo tiré todo por la borda.
El silencio que se instala entre nosotras no es cómodo. Es un silencio cargado de todo lo que nunca nos dijimos en su momento, de miradas que se quedaron a medias, de caricias que se interrumpieron, de noches de amor que vivimos en sueños.
Lidia traga saliva con dificultad. Veo cómo el temblor vuelve a su barbilla y cómo lucha por mantener la compostura.
—¿Y lo de Londres? —pregunta al fin, con la voz quebrada por el esfuerzo—. ¿También fue un error todo aquello? Aún recuerdo lo que me dijiste el día que firmamos el divorcio, ¿sabes?
«Me marcho de esta ciudad. Valencia me asfixia y en Londres encontraré todo lo que necesito», me recuerdo a mí misma.
Londres fue la ciudad donde me fui para huir de ella, de nosotras, de todo lo que no sabía manejar.
—Cuando dije aquello, yo… —empiezo despacio, eligiendo cada palabra con cuidado—. Yo estaba cagada de miedo y quería hacerme la fuerte. Era una cobarde y era mejor estar lejos que no cerca y que vieras la clase de mujer que soy.
Ella frunce el ceño, confundida pero atenta.
—No te entiendo —murmura.
—Separarme de ti fue muy duro para mí, pero el orgullo no me dejaba mostrarte que estaba rota —explico, y la miro obligándome a no esconderme esta vez—.
Yo no sabía gestionar mi fracaso, no soportaba verme convertida en una mujer incapaz de sostener lo que más quería en el mundo.
Y en vez de quedarme aquí, escapé como una niña asustada.
El viento mueve ligeramente las palmeras que rodean el restaurante.
—La oportunidad de trabajo en Londres entonces parecía mi salvación, pero en realidad, fue mi castigo —continúo, con la voz más baja—.
Me repetí mil veces que era una oportunidad profesional increíble, que necesitaba empezar de cero lejos de todo, que poner kilómetros de por medio me ayudaría a olvidarte…
pero era mentira. Solo estaba huyendo de la culpa que llevaba encima.
Lidia me mira con una tristeza tan limpia y profunda que me duele más que cualquier reproche que pudiera lanzarme.
—¿Y lo lograste? —pregunta casi sin fuerza—. ¿Conseguiste olvidarme?
Niego despacio con la cabeza, sintiendo cómo se me humedecen los ojos.
—No. Ni un solo día. Ni una sola noche.
Su respiración tiembla visiblemente.
—No me mientas más, Bárbara —suplica en un susurro roto—. Una persona que no olvida, es incapaz de empezar una relación con otra persona.
—No te miento —respondo, y doy un paso hacia ella con mucho cuidado, para no invadir su espacio—.
Hubo días en Londres en los que trabajaba catorce horas seguidas solo para llegar a mi apartamento tan agotada que no pudiera pensar en nada.
Porque si pensaba, pensaba en ti. En cómo dormías abrazada a la almohada cuando yo llegaba tarde, en tu manía de dejarme la cena en la cocina, en esa sonrisita que te salía cuando me metía en la cama y te abrazaba por la espalda, en esos ojos que parecían fuego cuando te enfadabas.
Lidia cierra los ojos un instante, como si las imágenes le dolieran tanto como a mí.
Sé que me está escuchando, con todo el corazón, y eso me da el valor que necesito para decir lo peor, lo que más me avergüenza.
—Ingrid apareció en ese momento —admito sin rodeos.
Sus párpados se abren de golpe y la herida vuelve a abrirse en su mirada.
—Ya —dice simplemente, con un tono que suena a rendición.
No me escudo en nada.
—Sí. Apareció cuando yo estaba hecha polvo, cuando no sabía ni quién era ya. Fue mi amiga antes que nada. Me sostuvo cuando no podía sostenerme sola. Me ayudó a levantarme cada mañana. Me cuidó con una paciencia que yo no merecía. Y con el tiempo… empecé una relación con ella.
Lidia da un paso atrás. Apenas uno, pero siento como si el suelo se abriera bajo mis pies.
—Entonces sí la querías —afirma, y no es una acusación. Es peor. Es una decepción cansada, profunda.
Asiento con la cabeza, porque no voy a maquillar nada más.
—Sí. La quise y la quiero. Es una mujer increíble, estuvo ahí cuando mi mundo se estaba derruyendo y me ofreció una vida estable, tranquila, ordenada… una vida en la que no tenía que mirar atrás constantemente ni enfrentarme a mis errores.
—¿Y qué demonios pinto yo en todo eso? —pregunta, y su voz se rompe al final, como si se le hubiera quebrado algo dentro.
Me acerco un poco más. Esta vez no se aparta.
—Tú eras lo que no podía olvidar por mucho que lo intentara —respondo con sinceridad—. Eras el pensamiento al que volvía cada noche, la voz que escuchaba en sueños, el olor que me perseguía en las calles de Londres.
Lidia me mira como si no supiera si abofetearme o echarse a llorar otra vez.
—Eso no me consuela… —susurra.
—No pretendo consolarte —digo con firmeza—.
Pretendo decirte la verdad, aunque me odies por ella, aunque decidas que no quieres volver a verme nunca más —.
Creí que podía construir una vida sin ti —continúo—.
Lo intenté de verdad, con todas mis fuerzas.
Me repetí una y otra vez que el amor también podía ser calma, costumbre, rutina, tranquilidad…
y quizá para otra persona habría bastado.
Pero conmigo no funcionó. Porque contigo no tuve una historia cualquiera.
Contigo tuve mi vida entera, Lidia. Tú eras mi casa, mi futuro, mi todo.
Lidia tiembla visiblemente, y veo cómo lucha por no derrumbarse del todo.