Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

—¿Ahora? —Mi padre da un paso al frente, tenso—. ¿Ahora te entra la necesidad de decir la verdad, después de todo lo que has hecho?

—Lo sé —murmura, bajando la voz—. Sé que he hecho todo mal, que no hay excusa.

—Te quedas corta —escupe mi padre, con la mandíbula apretada—. Ya te lo dije una vez: si volvías a hacerle daño, no te lo iba a perdonar en la vida.

La frase se abre paso entre nosotras como una verdad que emerge hacia la superficie.

Esto ya pasó antes. Mi padre fue testigo de cómo me rompí tras el divorcio, de cómo tuve que aprender a dormir en mi cama sin la presencia de Bárbara al otro lado, de cómo llené mi vida con Jota, con mis rutinas para no pensar en ella cada segundo del día y hacer creer que mi vida era maravillosa.

Bárbara baja la cabeza un segundo, como si cargar con esa culpa le pesara de verdad en los hombros.

—No vengo a pedir perdón para sentirme mejor conmigo misma —comenta despacio, eligiendo cada palabra con cuidado—. Vengo porque Lidia merece la verdad. Toda.

Me limpio otra lágrima de mala manera, con el dorso de la mano.

—Qué curioso —digo por fin, mirándola directamente a los ojos—. Ahora resulta que te importa la verdad.

Mi voz sale baja, rota. Pero también afilada, cargada de todo el resentimiento que llevo dentro. Bárbara me mira y siento que el aire se espesa entre nosotras.

—Siempre me ha importado —responde, con la voz temblorosa pero firme.

Suelto una carcajada amarga que me raspa la garganta.

—No digas eso. No ahora.

—Es verdad —insiste ella, dando un paso pequeño.

—¿La misma verdad que ocultaste mientras te acostabas conmigo? —pregunto, clavándole la mirada sin piedad—. ¿La misma verdad que escondiste cada vez que sonaba tu teléfono y me decías que era trabajo, que no era nada importante?

Su rostro se desencaja. Sabe que yo no soy de alzar la voz y montar un escándalo para hacer daño, que me basta con nombrar lo evidente, con poner nombre a las mentiras que ahora pesan como piedras.

—Lidia… —empieza, con los ojos llenos de lágrimas.

—No. —Me pongo de pie de golpe. Las piernas me tiemblan, pero me obligo a no caer.

Mi padre da un paso hacia mí, preocupado, listo para intervenir.

—Hija…

Levanto una mano para frenarlo con suavidad. Porque, aunque estoy hecha pedazos, necesito esto. Necesito mirarla de frente, necesito escucharla y odiarla con argumentos reales, no con estas suposiciones que me comen por dentro.

Bárbara no aparta los ojos de mí. Tiene las manos abiertas a ambos lados del cuerpo, tensas, como si quisiera tocarme y supiera que no puede, que cualquier contacto ahora sería simplemente un error más.

—No tienes ni idea de lo que siento ahora mismo —le digo, con la voz quebrándose otra vez, pero sin apartar la mirada—. No tienes ni idea de lo humillante que es darme cuenta de que me he vuelto a poner en tus manos para que me destroces otra vez, como si no hubiera aprendido nada.

Se le llenan los ojos de lágrimas y eso me enfurece todavía más. No quiero que llore. No quiero que parezca vulnerable. No quiero sentir lástima por la persona que me ha roto otra vez con tanta facilidad.

—Lo sé —susurra, casi sin voz.

—No. No lo sabes. Porque si lo supieras, no habrías hecho esto. No habrías jugado con las dos al mismo tiempo.

El silencio se hace tan denso que hasta el mar parece callarse por un momento, respetando la gravedad de lo que ocurre. Miriam se pone en pie despacio y se acerca a mi padre. Le posa una mano en el brazo para contenerlo, para recordarle que este momento es mío.

Yo sigo clavada frente a Bárbara. Frente a mi ruina favorita. Mi peor costumbre. Mi mayor amor y mi mayor herida, todo al mismo tiempo.

Ella da un paso hacia mí y mi padre se tensa de inmediato.

—Ni se te ocurra —gruñe, con la voz baja y amenazante.

Bárbara se detiene en seco. Su voz, cuando vuelve a hablar, sale rota, como si pronunciar cada sílaba le costara un esfuerzo inmenso.

—No vengo a pedirte que me entiendas. Ni a pedirte que me perdones. No me lo merezco, lo sé. Pero necesito que me escuches. Aunque después me odies toda la vida y no quieras volver a verme.

Me duele tanto escucharla que me falta el aire.

Una parte de mí quiere mandarla al infierno, gritarle que se marche y que no vuelva nunca.

Y otra… otra sigue necesitando saber. Necesita entender cómo alguien puede mirarme como me miró hace una hora, con tanto amor en los ojos, y aun así esconder una vida entera detrás de sonrisas y besos.

Mi padre me observa con atención. Sé lo que piensa. Que no me acerque al fuego. Que no vuelva a ponerme delante de la llama que ya me quemó hasta dejar cicatrices.

—Lidia —dice con una suavidad cargada de miedo—, no tienes que hacer esto si no quieres.

Lo miro. Y verlo así me parte el alma. Mi padre, que siempre ha sido mi refugio más seguro, está asustado por mí, temiendo que me rompa del todo.

Pero esta vez no puedo esconderme detrás de nadie. Porque si no la escucho, esta herida me va a perseguir como un fantasma.

Respiro hondo intentando llenar los pulmones. Me tiemblan los dedos. Me duele el pecho, pero sé que necesito zanjar esto de una vez. Aunque me rompa del todo en el intento.

—Papá… —Mi voz sale apenas en un hilo, débil pero decidida.

Él frunce el ceño, negando ligeramente.

—No.

—Déjala —le pide Marina.

—Lidia…

—Tiene razón —digo, tragándome un sollozo que amenaza con salir—. Tenemos que hablar. Necesito oírlo de su boca.

Mi padre me sostiene la mirada varios segundos. Puedo ver el miedo, la rabia y el amor peleándose dentro de él, luchando por dominar.

—¿Estás segura? —pregunta al fin, con la voz grave.

No lo estoy. No estoy segura de nada. Ni de si podré soportar otra mentira. Ni de si escucharla me va a salvar o me va a hundir más en este pozo. Pero no quiero pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría dicho, qué excusa o qué verdad guardaba para mí esta noche.

Asiento despacio, tragando saliva.

—Sí.

Mi padre aprieta la mandíbula, derrotado pero resignado. Luego me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos, como hacía cuando tenía fiebre y él se quedaba a mi lado toda la noche.

—Si te hace daño otra vez, juro que…

No le dejo terminar. Le beso la mano con ternura, agradeciendo su protección.

—Lo sé. Pero necesito hacerlo.

Miriam se acerca y me besa la frente con cariño, como una madre que quiere infundir fuerzas.

—Estaremos por aquí —susurra cerca de mi oído—. No estás sola.

Asiento, incapaz de decir más.

Espero a que se alejen. A que sus pasos se pierdan entre las mesas vacías y las luces cansadas de la fiesta que ya no es fiesta. Y entonces el silencio cae de nuevo, pesado y absoluto.

Solo quedamos nosotras. Bárbara y yo frente a frente. Rodeadas de restos de una noche que hace unas horas parecía perfecta, y me cruzo de brazos para no echarme a temblar otra vez, para protegerme de lo que viene.

—Tienes cinco minutos —le digo con la voz helada, aunque por dentro esté hecha añicos—. Cinco minutos para decirme algo que valga la pena, porque ya no soporto más tonterías.

Bárbara cierra los ojos un segundo y cuando los abre, vislumbro en sus ojos marrones una tormenta peor que la de aquella noche en la que todo se rompió por primera vez.

Y por primera vez en semanas, deseo con toda mi alma no haberla amado nunca, aunque una parte traicionera de mí sepa que eso es mentira.