CAPÍTULO 40
HABÍA OLVIDADO LO MUCHO QUE DUELE
Lidia
El restaurante parece otro lugar, como si alguien hubiera apagado la magia de golpe y solo quedara el eco de lo que fue.
Hace apenas una hora, las mesas lucían cubiertas de flores que perfumaban el aire, velas que daban esa sensación de calidez a las conversaciones y copas que tintineaban alegres al chocar entre brindis y risas compartidas.
La música se deslizaba mientras las luces doradas suspendidas entre las palmeras convertían la noche en algo parecido a un sueño del que nadie quiere despertar.
Pero ahora, a pesar de que todo eso sigue ahí, se siente como un decorado vacío después de una función teatral que ha terminado mal, con las sillas desordenadas y el vacío que dejan las personas cuando desaparecen.
Las velas continúan encendidas, aunque algunas se han consumido lo suficiente para que la cera caiga por los laterales en lágrimas espesas y blancas.
Hay servilletas dobladas a medias sobre los manteles, copas olvidadas con restos de vino y platos a medio retirar.
El murmullo constante del mar llega desde la orilla, indiferente a mi dolor, como si la vida siguiera adelante con normalidad mientras a mí me han arrancado el aire de los pulmones y me han dejado ahogándome en silencio.
Estoy sentada en una silla de madera, encogida sobre mí misma, con los brazos fuertes de mi padre rodeándome los hombros, brindándome un abrazo protector, y la mano de Miriam acariciándome el pelo con ternura.
He llorado tanto que me duele la garganta, como si cada sollozo me raspara por dentro.
He llorado con hipo, con rabia y con una vergüenza que me ha hecho desear desaparecer del mundo.
He llorado porque siento que me han abierto el pecho con las manos y me han dejado el corazón expuesto, latiendo todavía, roto en mil pedazos y ridículo por haberse entregado otra vez sin reservas.
No he podido parar por mucho que lo haya intentado.
No sé cuánto tiempo llevo así; quizá diez minutos o una vida entera, no lo sé, porque el tiempo, desde que vi a Ingrid irrumpir en mitad del restaurante, dejó de existir.
Lo único que sé con certeza es que sigo temblando, como si el frío se me hubiera metido en los huesos y estuviera dispuesto a no abandonarme nunca.
Mi padre me aprieta un poco más contra él, exactamente igual que hacía cuando era niña y despertaba de una pesadilla con el corazón acelerado.
—Ya está, cariño —me susurra con la voz rota por la emoción, casi sin fuerza—. Ya está.
Pero no está. No está nada en absoluto. Porque el dolor no entiende de abrazos ni de frases hechas.
Cierro los ojos con fuerza, pero es peor, porque el recuerdo del momento regresa a mi mente de nuevo.
Recuerdo las manos de Bárbara posadas en mi cintura, sus labios rozándome la boca, sus ojos mirándome como si yo fuera lo único importante del mundo.
La escucho decir que me quiere, que quiere luchar por nosotras, que no quiere perderme otra vez después de tanto tiempo.
Y entonces aparece Ingrid; su nombre me quema por dentro, aunque apenas la conozca y la esté juzgando desde la inconsciencia.
Suelto un sollozo tan fuerte que me doblo hacia delante, casi sin aliento.
—No debería haberla invitado a la boda —dice mi padre de pronto Sé que se siente culpable de todo esto, y me duele que se responsabilice de algo que no estaba en sus manos evitar—. Joder… no debería haber permitido que volviera a entrar en tu vida así.
Levanto la cabeza y lo miro entre lágrimas. Tiene los ojos brillantes, llenos de tristeza. Mi padre nunca ha sabido fingir cuando algo le duele de verdad, y ahora mismo le duele verme hecha un desastre.
Miriam niega despacio. La luz cálida de las lámparas le acaricia el rostro y la hace parecer todavía más serena, como un faro en medio de la tormenta.
—Ahora eso ya no importa, Pablo —comenta con esa calma suya que nunca resulta fría, sino firme y reconfortante—. Lo que ha pasado, ha pasado, y ya no se puede deshacer. Aunque yo te dije en su momento que estabas jugando con fuego.
—Lo sé, pero… —replica él, enfadado consigo mismo, con la voz tensa—. Pensé que esto podía ser bonito, que quizá podrían tener una nueva oportunidad.
No le dejo terminar la frase, porque las palabras se me agolpan en la garganta.
—No, papá —consigo decir con la voz rota, casi ahogada—. No te culpes, por favor. No lo hagas.
Me cuesta hasta hablar. Siento la garganta arañada, como si hubiera tragado arena y ahora me raspase con cada palabra. Me limpio las mejillas con el dorso de la mano, aunque las lágrimas siguen cayendo, constantes y traicioneras.
—La única que se ha equivocado aquí he sido yo.
—No digas eso, Lidia. No es justo.
Pero sí lo es y lo siento en cada latido.
Porque yo soy la que volvió a besar a Bárbara como si el tiempo pudiera deshacerse de un plumazo y borrar todo el daño.
Yo fui la que confundió deseo con redención, la que quiso creer con toda su alma que esta isla podía borrar los años de heridas abiertas, de silencios que dolían, de reproches que nos separaron y de noches enteras llorando sola en Valencia, preguntándome una y otra vez por qué mi amor nunca había bastado para que ella se quedara.
Aprieto los dedos contra el mantel para no romperme más, para anclarme a algo sólido y me enderezo.
—La única que la aceptó en su corazón de nuevo fui yo —digo, y la confesión me sale entrecortada, sucia, llena de rabia—. Yo soy la idiota. La ingenua. La estúpida que creyó que esto era una segunda oportunidad real, que esta vez todo sería distinto.
Mi voz se quiebra al final, como una copa que cae y se hace añicos. Miriam se inclina hacia mí y me toma la mano con delicadeza. Su gesto es suave, cálido, maternal, como si quisiera brindarme algo de calor en mitad de tanta frialdad.
—No te hables así, cariño —me pide con ternura, mirándome a los ojos—. No mereces ser tan dura contigo misma.
Suelto una risa amarga que no tiene nada de risa, solo vacío.
—¿Y cómo quieres que me hable? —pregunto, con la voz temblorosa—. ¿Cómo alguien inteligente? ¿Cómo alguien prudente que aprende de sus errores? He vuelto a caer exactamente en el mismo sitio del que me costó años salir, y esta vez duele más porque sabía lo que me esperaba en ese hoyo.
—No es lo mismo —insiste Miriam, apretando mi mano con suavidad.
—Sí lo es. Es incluso peor.
Porque esta vez sabía perfectamente lo que podía pasar, conocía el final posible y aun así me lancé de cabeza al vacío, sin red.
Porque sigo queriéndola con una fuerza que me avergüenza.
Y eso es lo más humillante de todo: que incluso ahora, con el corazón hecho cenizas y el alma en carne viva, una parte de mí sigue necesitando una explicación, sigue preguntándose si cada noche que me hizo el amor fue real o si me mintió mientras me besaba con esa pasión que parecía tan auténtica.
Miriam aprieta mis dedos un poco más, como si quisiera transmitirme su fuerza.
—Escúchame —me dice con dulzura, bajando la voz para que solo yo la oiga—. Yo no creo que Bárbara haya mentido en lo que siente por ti. A veces las personas se enredan en sus propias mentiras sin saber cómo salir.
Su frase me resulta aún más dolorosa. Porque duele más pensar que me quería de verdad y, aun así, fue capaz de hacerme esto y ocultarme una parte esencial de su vida.
—No —susurro, negando otra vez con la cabeza, sintiendo que el mundo se me viene encima—. No puedo más con esto. No puedo seguir así.
Siento que me ahogo. De verdad. Que si no saco todo lo que llevo dentro voy a reventar como una ola que rompe contra las rocas.
—No puedo vivir rodeada de mentiras —digo ya sin freno, llorando con rabia—. No puedo seguir siendo siempre la última a la que eligen, la que se queda esperando mientras otras ocupan el lugar que creía mío. No puedo…
Mi voz sale rota, desesperada, como si cada palabra me costara un esfuerzo sobrehumano.
—Yo solo quiero ser feliz —murmuro, sintiendo las lágrimas bajar hasta mis labios y mojarme la barbilla—. Solo quiero estar tranquila, despertar sin este nudo en el estómago. No quiero pelear más por alguien que no sabe quedarse, que siempre encuentra una razón para marcharse o para esconderse.
Mi padre me abraza entonces con más fuerza, rodeándome como si quisiera protegerme del mundo entero.
Y yo me dejo caer contra él, me dejo sostener porque no me queda nada de energía, porque esta noche siento que me han arrancado algo que ni siquiera sabía que había recuperado, un trozo de mí que creí muerto y que ahora duele como si estuviera vivo.
Cierro los ojos y apoyo la frente en el hombro de mi padre. Y durante unos segundos, intento esconderme ahí, volver a ser la niña que podía curarse con un abrazo y una promesa de que todo pasaría.
—Lidia…
La voz de Bárbara provoca que mi cuerpo entero se ponga rígido al instante.
Levanto la cabeza despacio y la encuentro a unos metros de nosotros, con el vestido arrugado, el pelo revuelto cayéndole sobre los hombros y los ojos rojos, hinchados de tanto llorar.
Tiene arena en los tobillos y la respiración todavía acelerada, como si hubiera venido corriendo desde la playa sin detenerse.
Está preciosa, incluso en este desastre, y destrozada al mismo tiempo.
Y odio que incluso así, con el corazón sangrando dentro de mí, sea incapaz de mirarla de otra forma que no sea con amor y deseo.
Mi padre se pone de pie antes de que yo pueda reaccionar. Lo hace de golpe y su silla chirría contra el suelo de madera.
—No deberías estar aquí —dice con una frialdad que pocas veces he detectado en su voz—. Vete.
Bárbara baja un instante la mirada, como si aceptara el golpe sin protestar. Pero vuelve a alzarla enseguida. Y me busca.
—Por favor —dice, con la voz rota por la emoción, suplicando—. Necesito hablar con ella. Solo un momento.