Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

LAS CONSECUENCIAS DE NO DECIR LA VERDAD

Bárbara

Corro tras Ingrid con el corazón desbocado y la sensación de que el suelo se mueve bajo mis pies.

No sé en qué momento salgo del restaurante, ni si aparto a alguien al pasar.

Todo lo que hasta ese momento me rodeaba, me llega amortiguado, lejano, como si mi cuerpo se hubiera convertido en un cascarón vacío que solo obedece al impulso urgente de alcanzar a Ingrid antes de que desaparezca de mi vida para siempre.

Antes de que se lleve consigo la última oportunidad de hacer algo bien esta noche.

Aunque ya sea tarde. Aunque el daño ya esté hecho.

El aire húmedo y salado de Ukulhas me golpea la cara cuando el resort queda atrás.

La música se apaga poco a poco a mi espalda y la noche me envuelve con su calor pegajoso, con el rumor constante del mar y con una luna tan enorme y brillante que parece burlarse de mí desde lo alto.

Qué ironía tan cruel. Hace apenas una hora estaba besando a la mujer de mi vida bajo esta misma luna, sintiendo que por fin el universo me concedía una segunda oportunidad que no merecía.

Y ahora corro por la playa como una cobarde que siempre llega tarde a todas las verdades importantes de su vida.

Veo a Ingrid unos metros más adelante. Camina deprisa por la arena, descalza, con los tacones colgando de una mano y la espalda rígida, seguramente, de pura rabia.

Camina como si quisiera dejar atrás no solo la isla, sino también todo lo que hemos compartido estos dos años; años llenos de mentiras e intentos por seguir adelante.

«Y es normal después de lo que le has hecho», me dice una vocecilla en mi cabeza.

—¡Ingrid! —la llamo, jadeando mientras la arena atrapa mis pies e impide que avance con rapidez.

No se gira, así que intento correr más rápido, con un dolor intenso en el pecho y el aire caliente quemándome en los pulmones.

—¡Ingrid! ¡Espera, por favor!

Se detiene de golpe y yo estoy a punto de chocar contra su espalda.

Se gira despacio y lo que veo en su cara me atraviesa el alma.

No solo hay rabia en sus ojos. Hay decepción, hay dolor, hay humillación y, sobre todo, hay una tristeza tan honda que me devuelve, como un espejo cruel, la imagen del daño que he causado.

Ingrid siempre ha sido fuerte. Tiene esa presencia dura e inquebrantable que es capaz de hacerte temblar.

Es esa clase de mujer que conseguía que los peores días en el club fueran más soportables con su humor negro y un café cargado.

La amiga que me sostuvo en su momento cuando yo ni siquiera sabía sostenerme a mí misma.

La mujer que me ha querido con honestidad y sin reservas.

Pero no hay corazón fuerte que valga cuando alguien a quien quieres te hace daño sin piedad.

—¿Qué es lo que quieres ahora? —escupe con la voz cargada de veneno y cansancio.

El corazón se me sale del pecho y la garganta se me cierra tanto que apenas consigo tragar saliva.

—No sé ni por dónde empezar —reconozco con la voz entrecortada—. Pero necesitamos hablar.

Ingrid suelta una carcajada seca, amarga y sin una pizca de humor.

—¿Ahora? Qué oportuno y considerado por tu parte venir corriendo detrás de mí para contarme que te has estado follando a tu ex mientras que yo estaba en Londres pensando que lo que te estaba pasando era que no lo estabas llevando bien —replica con dureza—.

Ya no hace falta que hablemos, Bárbara. Creo que todos en ese restaurante se han enterado de que me has estado poniendo los cuernos.

Cierro los ojos un segundo y respiro hondo, porque me merezco cada una de sus palabras afiladas.

—Lo siento —murmuro.

—¡No me digas que lo sientes! —responde ella, y el volumen de su voz sube de golpe, vibrando de pura indignación—. ¡No te atrevas a resumir en dos palabras toda esa mierda!

Ingrid señala hacia el restaurante. Yo la miro directamente a los ojos sin poder defenderme. Tiene toda la razón del mundo.

—Tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo...

—¿Enfadada? —Da un paso hacia mí, con los ojos brillantes y plagados de lágrimas—.

Bárbara, he cruzado medio mundo porque pensé que me necesitabas, porque llevaba días sin reconocer tu voz a través del teléfono, porque intuía que algo iba mal.

Y cuando llego, me encuentro a mi pareja besándose con otra mujer delante de cincuenta personas como si yo no existiera. ¿Cómo crees que me siento?

Trago saliva con dificultad. Me cuesta sostenerle la mirada, pero lo hago.

—Ingrid…

—No. ¡Esta vez hablo yo! —me interrumpe, señalándome con el dedo mientras la rabia le tiembla en la mano—.

¿¡Sabes qué es lo peor de todo esto!? No es que me hayas puesto los cuernos, aunque eso me duele y mucho.

Lo peor es descubrir que llevo más de un año queriendo a una mujer que nunca ha estado enamorada de mí.

Que siempre ha tenido una parte de su corazón en otro sitio, con otra persona, en otro país y que yo solo era esa roca a la que aferrarse para intentar seguir adelante y borrar el pasado que tú misma creaste por tu estupidez.

Todas y cada una de sus palabras caen y se abren paso en mi piel. Ingrid no exagera, soy consciente de que nunca fui capaz de sanar del todo, que siempre he llevado el recuerdo de Lidia en el corazón, que no dejé de amarla por mucho que yo me aferrara a la idea de que sí.

Ingrid se pasa una mano por la cara, temblando de rabia.

—Ahora entiendo tantas cosas… Tus silencios cuando alguien te preguntaba algo sobre tu vida, tu forma de esquivar ciertas conversaciones sobre el pasado, esa nostalgia absurda que te entraba de repente cuando visitábamos la playa.

Joder, Bárbara… yo estaba ahí, contigo. Y me dejaste entrar en tu vida sabiendo que no estabas bien.

Me quedo muda durante unos segundos porque duele escuchar la verdad, esa verdad que yo misma me he tragado y silenciado durante meses.

La brisa mueve las palmeras detrás de nosotras y las olas vienen y van.

Pero para mí, el tiempo se ha paralizado en el instante exacto en que Lidia retrocedió cuando intenté tocarla.

En su mirada rota y llena de decepción. En su «no me toque».

Dios mío. La expresión de su cara va a perseguirme toda la vida, lo sé.

—No quise hacerte daño —susurro, aunque sé que suena a excusa.

Ingrid niega con la cabeza y suelta una risa incrédula.

—Esa frase no vale una mierda y lo sabes perfectamente.

Bajo la cabeza, derrotada.

—Nada de lo que vivimos fue un juego para mí. Lo que vivimos, fue real.

Ella me mira y sus ojos azules reflejan tanto agotamiento y dolor que soy incapaz de respirar.

—Entonces explícame qué es lo que ocurre. Porque no entiendo en qué momento pasé de ser tu amiga, tu compañera y tu pareja… a convertirme en el colchón emocional de una mujer que es incapaz de superar a su ex.

Levanto la vista y, por primera vez desde que puse un pie en las Maldivas, decido dejar de esconderme o maquillar una verdad que jamás tendría que haber ocultado.

—Cuando me marché de Valencia y acepté definitivamente el trabajo en Londres, estaba rota por dentro —empiezo a hablar—.

Había destrozado mi matrimonio. Había perdido a la mujer que más he querido en mi vida…

—La voz se me quiebra un poco, pero sigo adelante—.

Me fui porque no soportaba seguir respirando en un lugar donde todo me recordaba a ella.

Londres fue mi forma de huir. De empezar de cero.

De castigarme incluso, por todo lo que había hecho mal.

Ingrid aprieta la mandíbula con fuerza, pero sigue escuchándome en silencio.

—Y tú estabas allí —continúo—. Tú me conociste en mi peor momento. Conseguiste que mi trabajo en el club fuese fácil. Me devolviste la ilusión, algo que yo creía perdido para siempre…

Ella traga saliva y la rabia en sus ojos se mezcla con esa tristeza y decepción que me parte el alma.

—Entonces ¿por qué me haces esto?

—No lo sé… —le digo, desviando la mirada hacia la luna—.

Supongo que, por puro egoísmo, Ingrid… —confieso sin rodeos—.

Te he querido mucho, Ingrid. Aún lo hago.

Pero no como debería hacerlo. No como tú mereces que te quiera.

A tu lado encontré paz —sigo, con el corazón en la garganta—.

Rutina. Cuidado. Compañía. Una vida que siempre fue mi sueño.

Y durante mucho tiempo pensé que eso bastaría.

Pensé que el amor podía construirse desde el cariño, desde la costumbre. ..

Ingrid deja caer los zapatos en la arena con un golpe suave.

—Pero yo no soy suficiente para ti. —Niega despacio, más para sí misma que para mí—. Dios… qué humillante suena decirlo en voz alta.

—No —respondo con rapidez, acercándome un poco a ella—. Tú me lo has entregado todo. Así que no tienes la culpa de nada. Lo humillante es lo que yo he hecho, jugar contigo, con ella… —digo refiriéndome a Lidia—. De no ser por ti no habría podido seguir adelante.

Las lágrimas se me escapan al fin y ya no puedo contenerlas. Corren calientes por mis mejillas.

—Nunca pensé que las cosas pasarían así —admito—. Cuando firmé el divorcio con Lidia me juré que no volvería a dejar entrar a nadie. Estaba convencida de que la parte de mí capaz de amar de verdad había muerto con ella.

Ingrid me mira con los ojos brillantes de lágrimas.

—Pero no murió…

Niego con la cabeza. La imagen de Lidia llorando me golpea con una violencia insoportable.

—No. Nunca murió. Solo la enterré debajo de un trabajo exigente, de kilómetros de distancia, de horarios demasiado estrictos y de una vida prestada que nunca fue mía…

—Mi voz se rompe del todo y las lágrimas siguen cayendo—.

Y verla aquí… volver a mirarla a los ojos, tocarla, sentirla cerca…

ha provocado que todo despierte de golpe.

Como si mi cuerpo hubiese recordado algo que mi cabeza llevaba años intentando olvidar a la fuerza.

Ingrid se seca una lágrima con rabia.

—Qué bonito. Muy poético todo. Una pena que hayas necesitado arrastrarnos a las dos por el barro para darte cuenta de lo que de verdad sientes.

No me defiendo porque tiene razón. Porque he vuelto a dañar a Lidia. Porque he sido incapaz de ser valiente antes de que todo explorara.

La luna dibuja un camino plateado sobre el agua oscura. El mar sigue respirando a nuestro lado, inmenso e indiferente a nuestro dolor. Me siento pequeña, ridícula y vacía por dentro. Estúpida y un monstruo a partes iguales.

—Lo siento —repito, pero esta vez lo hago de verdad—. Lo siento por haberte mentido durante tanto tiempo. Por haberte hecho sentir que nuestra relación… Lo siento por haberte fallado como pareja… y, sobre todo, como amiga.

Ingrid me observa largo rato. El silencio entre nosotras está lleno de todos esos recuerdos que ahora ya no tienen sentido: dos años de trabajar juntas hasta las tantas, de planes y viajes improvisados, de partidos de fútbol en el sofá gritando como locas, de rutinas matutinas y noches cargadas de sexo.

De una vida que no era de mentira… pero que tampoco me hacía feliz de verdad.

Al final, Ingrid suspira. Largo. Derrotada. Como si cargara con todo el peso del mundo sobre los hombros.

—Te odio un poco ahora mismo, ¿sabes?

Pese a todo, la frase me arranca una sonrisa triste.

—Lo entiendo…

Ella resopla, cansada hasta los huesos.

—No. No lo entiendes. Porque si lo entendieras, te darías cuenta de que lo que más me duele no es perderte. Es saber que la persona a la que más he defendido y cuidado en estos dos años ha sido incapaz de confiar en mí desde el principio.

Y tiene razón. Nunca le hablé de cómo me sentía respecto a Lidia, de lo importante que había sido ella para mí. Nunca le conté lo que realmente significaba en mi vida. Nunca fui honesta ni siquiera cuando intentaba serlo con todas mis fuerzas.

—Te merecías la verdad desde el primer día —admito con la voz rota.

—Sí —asiente ella—. Y Lidia también.

Lidia. Mi Lidia. La mujer que probablemente ahora mismo me odie con todo su ser. La mujer a la que le he confesado mi amor hace tan solo unas horas y a la que le pedí luchar por lo nuestro. Un «nuestro» que posiblemente haya muerto.

Ingrid recoge los zapatos de la arena y se los cuelga de una mano. La veo más serena ahora. No menos dolida, solo más tranquila. Más consciente de que esto ya no tiene vuelta atrás.

—No creo que pueda perdonarte nunca… —dice en apenas un susurro.

—Lo aceptaré si es así.

Ingrid me mira un segundo. Y por primera vez desde que empezó esta pesadilla, veo en sus ojos algo parecido a la compasión.

—Pero sí te voy a decir una cosa antes de irme. Deja de huir de lo que de verdad quieres y sé valiente de una vez por todas. O la perderás.

Miro hacia el restaurante. A lo lejos, las luces siguen brillando entre las palmeras y en algún punto de ese lugar está ella.

—Eso… —Mi voz sale hecha pedazos—, eso si me perdona alguna vez.

Ingrid sonríe apenas. Triste. Pero sinceramente.

—Lo conseguirás. Siempre que te propones algo, lo consigues. Esa es una de las cosas que más admiro de ti…

Las lágrimas me nublan la vista otra vez.

—No merezco tu generosidad.

—No —responde ella—. Pero quizá algún día merezcas tu propia felicidad. Aunque tengas que pelear por ella por una vez en tu vida.

Quiero decir algo, pero antes de abrir los labios, se va. La veo alejarse por la playa, pequeña bajo la luna inmensa, con los hombros un poco caídos y el vestido ondeando con la brisa.

Apenas me muevo unos centímetros. Tampoco la freno. Esta vez solo hay una dirección posible. La que me lleva de regreso al restaurante, al dolor que he causado, a Lidia.

Me quedo un segundo sola, con mis pies hundidos en la arena.

Cierro los ojos y respiro hondo un par de veces.

La culpa me ahoga, el miedo me paraliza, la vergüenza me quema las mejillas…

pero el amor, ese amor que he intentado domesticar, aplazar, maquillar y esconder durante años, ese amor que sigue teniendo el mismo nombre, late con precisión.

Abro los ojos y echo a andar hacia el restaurante sabiendo que quizá sea demasiado tarde.

Que quizá ya la haya perdido para siempre.

Que quizá no existan palabras suficientes para arreglar lo que he roto.

Pero también sabiendo que, si quiero recuperar al amor de mi vida, esta vez voy a tener que trabajarlo de verdad.

Con todo lo que soy, con todo lo que tengo y con todo lo que estoy dispuesta a cambiar.