CAPÍTULO 38 #2
La miro a ella, buscando en su cara algo, lo que sea: una negación, una explicación, una excusa que lo arregle todo. Pero solo encuentro culpa, pura y cruda, escrita en cada línea de su expresión.
—Lidia yo… —empieza, dando un paso hacia mí con la mano extendida.
Retrocedo instintivamente, como si su cercanía me quemara la piel.
—No es lo que parece —dice dando un paso hacia mí.
—No me toques.
Mi propia voz me suena fría, rota, ajena.
Bárbara palidece aún más, si eso es posible.
—Por favor, déjame explicarte…
—¿¡Explicarme qué!? —suelto en un grito, sintiendo cómo el dolor me sube desde el pecho hasta la garganta y me ahoga—. ¿Qué me has mentido? ¿Qué has estado follando conmigo mientras tu novia estaba en Londres? ¿Qué me has estado usando para pasarlo bien durante el viaje?
—No te he usado jamás —responde ella, con la voz quebrada.
—¡Pues se parece muchísimo! —replico, y las palabras me salen afiladas.
Ingrid se lleva una mano a la frente, visiblemente desbordada.
—¿Follando? —pregunta con incredulidad y furia—. No me lo puedo creer… y yo pensando que tu relación con ella estaba más que muerta, ¡qué imbécil he sido al no darme cuenta!
Mi corazón se rompe del todo. Cada palabra de Ingrid es una cuchillada precisa que se clava en lo más hondo de mi pecho.
No solo porque confirma que Bárbara me ha estado ocultando su relación durante estos días, sino porque revela que yo he sido el secreto, la aventura, el paréntesis, el error que se comete en vacaciones y luego se guarda bajo llave.
Bárbara se gira hacia Ingrid, desesperada, con los ojos muy abiertos.
—Ingrid, basta, por favor.
—¿¡Basta!? —explota ella, levantando la voz lo justo para que todo el restaurante lo oiga—. ¿¡Basta ahora!? ¿¡Después de venir hasta aquí como una imbécil enamorada pensando que tenía una novia que me echaba de menos y que estaba deseando verme!?
La gente alrededor ya ni disimula. Mi padre y Miriam están de pie a pocos metros, tensos, horrorizados, sin saber qué hacer.
Veo a mi padre dar un paso hacia mí, pero levanto una mano sin mirarlo siquiera.
«No. Ahora no. No delante de todos. No mientras siento que me estoy deshaciendo por dentro como un castillo de arena frente a la marea», le pido como si pudiera leerme la mente.
Bárbara vuelve a mirarme. Sus ojos están llenos de lágrimas que empiezan a rodar por sus mejillas.
Y, maldita sea, eso me enfurece más todavía.
Porque no quiero verla llorar. Porque una parte de mí sigue queriendo correr a abrazarla y secarle las lágrimas con los dedos.
Porque la sigo amando incluso ahora, en medio de esta traición, y eso me humilla de una forma que no sé explicar.
—Lo iba a arreglar —dice ella, con la voz quebrada y temblorosa—. Iba a contártelo todo, te lo juro.
Suelto una risa vacía, ácida, incrédula. Me sale sola, sin que pueda controlarla.
—Claro. Como siempre. Mañana. Luego. En el momento perfecto. Cuando tú decidieras que era el momento oportuno, ¿verdad?
—Lidia…
—¿¡Sabes qué es lo peor!? —La miro de frente, aunque siento que el corazón me sangra con cada latido—.
Que te he creído. ¡Otra vez! Que he vuelto a confiar en ti sin reservas.
Que he vuelto a pensar que esta vez sí me elegirías a mí sin condiciones, sin secretos, sin nada que se interpusiera entre nosotras.
Bárbara llora ya sin esconderse, con los hombros temblando ligeramente.
—Te he elegido a ti. Te lo he dicho antes.
—No —la corto con firmeza, aunque la voz me tiembla—. Si me hubieses elegido de verdad, no me habrías convertido en esto. En la otra. En la que se queda mirando cómo te vas y se queda con las manos vacías.
El silencio que se forma entre nosotras es tan denso que hasta Ingrid baja la mirada consciente de la magnitud de lo que está pasando. Al final, respira hondo y entonces, esa rabia con la que interrumpió en el restaurante, se transforma en agotamiento.
—No pienso quedarme aquí para seguir haciendo el ridículo delante de todo el mundo —dice y se seca con violencia una lágrima que corre por su mejilla—. Cuando termines de decidir a quién quieres… búscame. O no. Ya me da igual.
Se gira y empieza a caminar hacia la salida.
Bárbara da un paso adelante, indecisa. Yo siento el mundo conteniendo la respiración junto conmigo. Porque todavía puede elegir. Todavía puede hacerlo bien. Todavía puede quedarse aquí, mirarme, explicarme, ponerme a mí por delante, aunque sea una sola vez en su vida.
«Quédate. Por favor. Quédate conmigo», suplico.
Pero Bárbara me mira solo un segundo. Uno solo.
En sus ojos hay desesperación, culpa, amor…
y miedo. Un miedo grande, profundo, que lo tiñe todo.
Luego se gira y corre detrás de Ingrid sin decir nada más.
Sin tocarme. Sin explicarme. Sin elegirme. Se va. Otra vez.
Me quedo quieta en mitad del restaurante, con la música sonando lejana y distorsionada, las luces demasiado brillantes clavándose en mis ojos, el murmullo incómodo de los invitados y el sabor de su último beso todavía en los labios, dulce y amargo a la vez.
Es lo más cruel de todo. Que hace apenas unos minutos me estaba diciendo que me quería y que quería que lucháramos juntas por eso.
Me prometía un futuro que ahora se deshace como arena entre los dedos.
Y ahora, mientras ella corre detrás de otra mujer, yo me quedo aquí, delante de todos, sintiéndome la persona más estúpida, más expuesta y más rota del planeta.
El aire me falta. Me tiemblan las piernas como si fueran de gelatina. No sé si voy a caerme al suelo o a gritar hasta quedarme sin voz. Pero por suerte mi padre llega hasta mí y me rodea en un abrazo protector.
—Lidia…
Y entonces me rompo del todo. Me parto en dos ahí mismo. Se me escapa un sollozo feo, desgarrado, que me avergüenza y me libera al mismo tiempo. Me llevo una mano a la boca intentando contenerlo, pero no puedo.
—Me lo ha vuelto a hacer… —consigo decir entre lágrimas que no paran de caer—. Papá… me lo ha vuelto a hacer otra vez.
Él me aprieta más fuerte contra su pecho, como si quisiera absorber todo el dolor con su cuerpo.
—Estoy aquí, cariño. Estoy aquí y no me voy a ir a ninguna parte.
Pero no basta. Porque el hueco que Bárbara deja cuando se va, siempre es demasiado grande, demasiado profundo.
Y esta vez duele peor que nunca. Porque esta vez me dejó creer, soñar, con un futuro que parecía posible de una vez por todas.
Para marcharse en el peor momento, cuando lo único que necesitaba era que expresase con sus actos lo mucho que me necesitaba.
Levanto la vista entre lágrimas hacia la entrada vacía del restaurante, hacia la noche negra que se la ha tragado sin piedad.
Es ahí, en esa oscuridad donde entiendo algo que me desgarra el alma de forma definitiva: que hay amores que no regresan para curarte, sino para enseñarte que aún pueden romperte más, que aún quedan pedazos de ti que no sabías que podían hacerse añicos y que una vez que eso ocurre, nunca vuelves a ser igual.