Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

CUANDO EL AMOR LO CAMBIA TODO

Lidia

Bailar con Bárbara es como olvidar el mundo.

No importa dónde estemos ni qué forme parte del momento: da igual si estamos en la calle bajo una lluvia torrencial, en la cocina de nuestro antiguo piso mientras la pasta hierve en el fuego y suena una canción absurda de fondo, o aquí, en mitad de las Maldivas, con el mar acariciando la orilla a pocos metros de nosotras y mientras las luces doradas del restaurante lo envuelven todo.

Basta con que sus manos me encuentren, con que me mire, con que coloque una mano en su pecho y sienta su corazón latiendo, firme y rápido para que todo encaje de nuevo, como si las piezas rotas de mi vida regresaran a su sitio.

Después de lo que me ha dicho en la playa, después de esa confesión que me ha dejado el alma temblando, siento que por fin puedo respirar de verdad.

Es como si hubiera llevado años conteniendo el aire sin darme cuenta y ahora, de pronto, el pecho se me abriera por completo y el oxígeno entrara limpio, dulce, casi doloroso de tan necesario que era.

Necesitaba escucharlo de su boca. Saber que no era la única que lo sentía. Saber que, después de todo lo que ha pasado estos días, estamos en el mismo lugar y dispuestas a seguir adelante.

Estamos en el centro del restaurante, rodeadas de mesas llenas de gente que ríe, brinda, conversa y celebra con esa alegría que arrastran las celebraciones como estas.

La música ha cambiado; ya no es ese jazz suave del principio, sino una melodía lenta e íntima, de esas que invitan a dejarse llevar sin pensar en nada más.

Las luces colgadas entre las palmeras titilan con el viento nocturno, y el perfume de las flores tropicales se mezcla con el salitre del mar y el aroma cálido y familiar de su piel, que siempre me ha parecido un refugio.

Bárbara me tiene entre sus brazos con esa seguridad que tanto eché de menos y que recuperé la primera noche que nos acostamos.

Una mano descansa en mi cintura, posesiva y tierna al mismo tiempo.

La otra está entrelazada con la mía, con sus dedos largos y cálidos apretando los míos con suavidad.

Su pulgar dibuja círculos lentos en mi espalda, justo por encima de la tela fina del vestido, y ese simple gesto me derrite por dentro, como si todo mi cuerpo recordara de golpe todas las veces que me ha tocado así.

La miro a los ojos y me cuesta creer que esto esté pasando de verdad.

Que ella esté aquí, en este paraíso, conmigo.

Que haya sido capaz de mirarme a los ojos y decirme que me quiere, que me ha querido siempre.

Que haya elegido quedarse a mi lado después de tanto tiempo y que desee que esta segunda oportunidad que tenemos, nos devuelva a ese lugar en el que estábamos antes de que todo se viniera abajo.

Me sale una sonrisa boba, tímida y llena de esa felicidad que aún siento irreal, y ella la percibe casi al instante.

—¿Qué? —pregunta Bárbara, inclinándose apenas hacia mí con esa media sonrisa dibujada en los labios.

Su aliento me roza la boca, cálido y con un leve aroma a vino blanco.

—Nada —respondo, aunque sé que no me cree.

—No pongas esa cara de «nada» porque te conozco demasiado bien —insiste ella, con la voz baja y juguetona.

Me río por lo bajo, pegada todavía a su cuerpo.

—Es que estoy intentando asumir que por fin te has puesto romántica en un lugar mágico como este, y no en el sofá de casa un martes cualquiera. —Hago una pausa—. ¿Recuerdas cómo me pediste que me casara contigo?

Ella arquea una ceja, divertida, y el gesto le ilumina la cara entera.

—¿Te estás quejando de mis maneras de declararte mi amor?

—No. Me estoy quejando de que hayas tardado tanto en hacerlo —contesto con sinceridad.

Bárbara suelta una carcajada, esa risa ronca y grave que siempre consigue que algo se me derrita por dentro como mantequilla al sol.

—Bueno, para compensar… puedo pasarme el resto de mi vida recordándote lo idiota que fui por haberte dejado escapar una vez.

Levanto la vista hacia ella y ahí está otra vez: esa verdad desnuda, ese brillo sincero en sus ojos que tanto he echado de menos durante los años que estuvimos separadas. Ese brillo que me dice que, esta vez, quizá sí sea diferente.

—No me hables de idioteces esta noche —le susurro, acercando más la mejilla a su hombro—. No quiero pensar en nada malo. Solo quiero esto.

Su expresión cambia, un gesto tan pequeño que cualquiera lo pasaría por alto.

Pero yo no. Porque la conozco como la palma de mi mano.

Porque me he pasado los últimos días notando algo extraño en ella, una tensión que le robaba la sonrisa y la felicidad de la mirada.

Sin embargo, esta vez no dejo que mis pensamientos negativos me roben el momento.

No quiero hacerlo. No esta noche, no cuando todo parece un sueño.

Apoyo la mejilla en su hombro y cierro los ojos un instante.

Bailar así con ella es volver a casa de golpe.

Su cuerpo sigue siendo mi lugar seguro, ese sitio donde el mundo se calla y solo quedamos nosotras dos.

Su olor me envuelve y me lleva de golpe a todos los lugares donde fuimos felices: nuestro sofá un domingo de lluvia en Valencia, sus brazos en mitad de la noche cuando el insomnio nos despertaba, el primer piso que compartimos con las paredes adornadas de papel de flores ochenteras, nuestras vacaciones improvisadas, las discusiones tontas por quién fregaba los platos o quién había dejado las luces encendidas.

Todo vuelve. Lo bueno. Lo malo. Lo que dolió.

Lo que creí perdido para siempre. Todo late aquí, en mitad de esta canción lenta que nos envuelve, en este abrazo que parece eterno, en esta segunda oportunidad que me da vértigo y paz al mismo tiempo, como si el corazón no supiera si saltar de alegría o protegerse.

—¿En qué piensas? —me pregunta Bárbara, besándome la sien.

Sonrío contra su cuello.

—En que da rabia que seas tan guapa. Me desconcentras, joder. Y me dan ganas de fugarme contigo a mi bungaló para hacer ya sabes tú qué.

Ella resopla y el sonido vibra contra mi piel.

—Eso ha sido una declaración muy fuerte e intensa, Lidia…

—Puedo ser aún más intensa si quieres… —susurro buscando su mirada.

Bárbara baja la frente hasta rozar la mía, y su aliento se mezcla con el mío en un espacio tan pequeño que casi duele de lo íntimo que es.

—Cuéntame un poco sobre esas intensidades tuyas… cariño.

—Tengo ganas de quitarte lentamente este vestido y recorrer tu cuerpo con mis labios… —respondo, pero la voz me sale en un susurro ardiente—. Todo tu cuerpo….

—Qué delicia…

Mi cuerpo arde. Le acaricio la nuca despacio, enredando los dedos en su pelo, sintiendo cómo se le eriza la piel bajo mi tacto.

—Para delicia… tus labios.

Sus labios tiemblan en una sonrisa suave y luego me besa.

No es un beso urgente ni desesperado, ni cargado de esa hambre loca que nos ha acompañado estos últimos días.

Es un beso lento, profundo, uno que sabe a hogar, a «te he encontrado otra vez y esta vez no pienso soltarte».

El mundo entero desaparece a nuestro alrededor.

Solo existe su boca, la suavidad de sus labios, la forma en que suspira al sentirme, la mano que me aprieta un poco más la cintura, como si también ella temiera que esto se deshiciera si afloja el abrazo.

La música sigue sonando. Alguien aplaude cerca. Hay risas y copas chocando. Pero todo llega amortiguado, lejano, como si estuviéramos dentro de una burbuja que por fin nos protege de todo lo que nos ha separado antes.

Y entonces se rompe.

—¿Bárbara?

La voz femenina cae sobre nosotras como un vaso de agua helada en plena cara. Me separo apenas, todavía aturdida. Bárbara se queda rígida entre mis brazos. Tan rígida que siento cómo su cuerpo deja de acompasarse al mío de golpe, como si un interruptor se hubiera apagado dentro de ella.

Frunzo el ceño y persigo la voz con la mirada. Es una mujer alta, elegante, con un vestido azul marino veraniego. Lleva el pelo largo, suelto. Tiene el rostro desencajado por algo que, al principio, no sé identificar. Al menos hasta que habla de nuevo.

—¿Se puede saber qué demonios está pasando aquí?

Distingo en su voz el acento inglés y ese es el primer detalle que me altera.

La música sigue sonando unos segundos más, pero el ambiente ya se ha enrarecido.

Las conversaciones se apagan poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo para cotillear.

Las miradas empiezan a clavarse en nosotras, curiosas, sorprendidas, ávidas de drama.

Yo sigo sin entender nada. Miro a Bárbara. Está pálida, tan pálida que por un segundo me preocupa que vaya a desmayarse aquí mismo.

—Vaya… ahora entiendo con qué tenías las manos tan ocupadas —añade la mujer, llevando la mirada a las manos de Bárbara, que siguen apoyadas en mí—. Y yo cómo una estúpida creyendo que te pasaba algo malo.

Mi estómago da un vuelco violento. Algo dentro de mí empieza a tensarse, como una cuerda que se estira hasta el límite.

—¿Quién es? —pregunto, aunque noto que la pregunta me araña la garganta al salir.

Bárbara abre la boca, pero no dice nada.

La mujer se ríe. Una risa amarga, corta, que no tiene ni pizca de humor.

—¿En serio? ¿Eres tan cobarde que ni siquiera te atreves a decírselo?

Se hace un silencio tan espeso que casi duele en los oídos. Y entonces la mujer me mira directamente.

—Soy Ingrid. La novia de Bárbara. ¿Y tú debes ser Lidia, o me equivoco?

El mundo se para. De verdad. Todo deja de sonar: la música, las voces, el mar, mi propia respiración, mi pulso. Siento que el suelo se abre bajo mis pies y que caigo sin poder agarrarme a nada.

Parpadeo. Una vez. Dos. Como si mi cerebro necesitara tiempo para procesar lo que acabo de escuchar. «La novia de Bárbara. Novia. Bárbara tiene novia. Bárbara me ha … ¿usado? No, no puede haber hecho eso. Ella no es así…», me digo a mí misma.