Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 37
82%

CAPÍTULO 37

LA FIESTA DE BIENVENIDA

Bárbara

La fiesta de bienvenida parece sacada de uno de esos sueños que una guarda en algún rincón de su corazón para los días grises, esos que se sacan solo cuando la vida se vuelve demasiado pesada y necesitas recordar que todavía existe la felicidad.

A mi alrededor, todo el restaurante del resort brilla de manera irreal: las guirnaldas de luces doradas, colgadas entre las palmeras, se mecen con suavidad y titilan como pequeñas estrellas.

Los centros de mesa, cargado de flores tropicales llenan el aire de un perfume dulce que se pega a la piel y el rumor del mar llega desde la orilla mezclándose con la música y la magia que flota sobre nosotros.

Me encantaría decir que todo esto me calma, pero es imposible.

Dentro de mí solo hay un nudo. Uno que me aprieta la garganta desde que abrí los ojos esta mañana y que lleva horas —sino días—, enredándose en mis costillas, robándome el aire cada vez que pienso en Ingrid, cada vez que imagino su cara al verme… al verme con Lidia.

Maldigo la hora en la que a Pablo se le ocurrió invitarme a su boda.

Aunque, no sé por qué quiero buscar culpables en otra parte cuando está claro que la culpable de todo lo que está pasando soy yo.

No debería estar aquí. No con este vestido vaporoso color arena que Miriam insistió en que llevase, no con los labios pintados del tono que a Lidia siempre le gustó, no con el corazón latiéndome desbocado por una mujer a la que ya le destrocé la vida una vez.

Pero aquí estoy. Mintiendo con cada sonrisa que dibujo, mintiendo con cada silencio, mintiendo incluso con la manera en la que finjo disfrutar de la música que llena el ambiente mientras miro, por décima vez en menos de un minuto, hacia la entrada del restaurante.

—Como sigas girando la cabeza así, te va a dar tortícolis —dice Miriam, y su voz me arranca una sonrisa nerviosa.

Está sentada frente a mí, preciosa con un vestido blanco roto que resalta el tono tostado de su piel.

A su lado, Pablo charla animadamente con unos amigos recién llegados de Madrid, completamente feliz.

Tiene esa sonrisa amplia de hombre enamorado que ha encontrado tarde, pero a tiempo, la paz que tanto buscaba.

Los miro y siento una punzada que me atraviesa el pecho. Por ellos. Por Lidia. Por mí. Por todo lo que está a punto de estallar.

—Estoy bien —miento, llevándome la copa de vino a los labios para ganar un segundo de tiempo.

Miriam me observa por encima del borde de su vaso con esa perspicacia que, a lo largo de estos días, me ha puesto entre la espada y la pared.

—Bárbara, cariño… a mí no me engañas. Tienes la misma cara que alguien que está esperando una inspección sorpresa de Hacienda —responde ella, y su tono cariñoso me hace sentir aún más expuesta.

Suelto una risa breve y nerviosa, intentando disimular.

—Qué exagerada eres...

—No. Soy observadora —contesta ella, e inclinándose un poco hacia mí añade con voz más baja—: ¿Tiene que ver con Lidia?

Mi corazón da un vuelco tan brusco que por un segundo temo que se me note en la cara. Miriam siempre ha sido lista. Mucho más de lo que aparenta con esa dulzura que ilumina cualquier habitación en la que entra.

Bajo la vista hacia la mesa y mis dedos juguetean con la servilleta de lino, doblándola y desdoblándola sin darme cuenta.

—Todo lo que tiene que ver conmigo últimamente… tiene que ver con Lidia —confieso en voz baja.

Ella sonríe despacio, emocionada, como si llevara tiempo esperando que yo admitiera algo así.

—A lo mejor es justo lo que necesitabais las dos —menciona llamando mi atención—. Que no haya un solo límite entre las dos.

Levanto la mirada y la fijo en sus ojos.

—Ojalá fuese tan sencillo, Miriam. Ojalá pudiera creerlo.

Miriam abre la boca para responder, pero justo en ese momento el murmullo del restaurante cambia. No sé si es porque la brisa del mar mueve las telas que forman parte de la decoración o porque mi cuerpo la reconoce antes de que mis ojos la encuentren.

Lidia está de pie en la entrada, bajo el arco de flores y luces.

Cuando mis ojos chocan con los suyos el mundo entero se vuelve borroso alrededor de su figura.

Lleva un vestido veraniego de tirantes en un tono azul turquesa que parece robado al color del agua de esta isla.

La tela le cae suave sobre el cuerpo, acariciándole la cintura y las caderas con una elegancia natural que me deja sin aire.

Lleva el pelo suelto, ondulado por la humedad del ambiente, y unos pendientes pequeños brillan cuando gira la cabeza con gracia.

Pero no es eso lo que me paraliza. Ni el vestido ni el brillo con el que relucen sus labios. Tampoco el tono aceitunado que ha adquirido su piel a lo largo de estos días. Es su mirada y la manera en que me sonríe cuando es consciente de no puedo dejar de mirarla.

«Dios. Esa sonrisa…»

—Madre mía —murmura Miriam a mi lado, casi sin aliento—. Vale. Confirmado. Estáis hasta las cejas la una de la otra.

Ni siquiera puedo contestarle. Porque Lidia camina hacia mí y cada paso suyo eleva el sonido de mis latidos a una frecuencia mayor.

Cuando llega a la mesa, Pablo se levanta enseguida para abrazarla con ese cariño de padre que nunca ha disimulado.

—Estás preciosa hija —exclama él, visiblemente orgulloso.

—Papá, vas a lograr que me lo crea. —Se ríe ella, y su voz traspasa mi piel hasta quedarse en mi corazón.

Pablo le besa la frente, Miriam le toma la mano para decirle lo preciosa que está, y mientras ellos la rodean de cariño familiar, yo me quedo quieta. Mirándola. Intentando grabar este momento en la memoria como si supiera que podría ser el último en el que todo parece perfecto.

No sé los minutos que pasan hasta que Lidia se gira hacia mí y su sonrisa se suaviza, se vuelve más íntima. Toma cercanía conmigo, acaricia mi brazo con el dorso de las manos y me susurra al oído:

—¿Piensas quedarte ahí sin decir nada?

Me obligo a respirar hondo y disfrutar de su perfume. Me pongo en pie y cuando estoy frente a ella, el resto del mundo deja de importar. Desconecto del ruido, de la isla, del mundo.

—No te prometo nada —le digo en voz baja, casi susurrando—. Verte así debería estar prohibido, Lidia.

Ella suelta una risa pequeña, esa que siempre me ha hecho sentir que el mundo es un lugar menos hostil y más habitable.

—Qué exagerada eres, Bárbara —responde con ese tono juguetón que tanto he echado de menos.

—No. Me he quedado corta —contesto, y me acerco un poco más, lo justo para que solo ella me oiga—. De verdad que me he quedado muy corta.

Sus mejillas se tiñen apenas de un rubor suave. Y eso, verla ruborizarse por mí, me rompe por dentro. Porque la amo. Porque nunca he dejado de hacerlo. Porque he sido una cobarde y, aun así, aquí está. Delante de mí. Regalándome otra oportunidad sin saber la verdad que todavía guardo.

Lidia ladea la cabeza con curiosidad y pregunta con suavidad:

—¿En qué piensas?

«En que voy a perderte. En que he sido idiota. En que si pudiera detener el tiempo lo haría ahora mismo si supiera que voy a quedarme aquí, contigo, bajo estas luces y con el mar de fondo toda una eternidad», pero lo único que digo es:

—En que esta noche pareces una diosa.

Ella me sostiene la mirada. Y durante un segundo se le borra la sonrisa juguetona para dejar paso a algo más profundo, más vulnerable, más nuestro.

—Tú también —susurra—. Y me pone nerviosa que me mires así, como si no hubiera nadie más en toda la isla.

Sonrío despacio, dejando que la emoción se note en mis ojos.

—Es que no existe nada más que tú.

Lidia da un paso más cerca. Lo suficiente para que su perfume de aroma a cítricos me envuelva y descontrole todos mis sentidos.

—¿Estás segura? —pregunta—. Porque tengo la sensación de que llevas día en la luna, ocultándome algo que no quieres compartir conmigo.

La frase me tensa. Porque sí, llevo demasiados días dándole vueltas a todo. Porque ya no puedo más con el peso que cargo y porque necesito contárselo todo de una vez.

Miro alrededor. Pablo está distraído con unos invitados que acaban de llegar. Miriam habla con una pareja junto a la barra. La música sigue sonando, el mar sigue respirando a pocos metros y la noche sigue siendo hermosa, casi irreal.

Pero yo me estoy rompiendo por dentro y no puedo más.

—Ven conmigo —le digo de pronto, extendiendo la mano.

Lidia frunce apenas el ceño.

—¿Ahora?

Asiento con la cabeza, sintiendo el pulso acelerado.

—Por favor.

No pregunta más. La llevo de la mano fuera del restaurante, hacia la pasarela de madera que conduce a la playa privada. El sonido de la fiesta queda atrás, amortiguado por la distancia. Aquí solo queda la luna reflejada en el agua y la madera bajo nuestros pies descalzos.

Lidia se detiene frente a mí. La brisa le mueve el pelo con suavidad. Sus ojos, bajo la luz de la Luna, parecen aún más claros y profundos.

—Me estás asustando un poco —dice con una media sonrisa, aunque su voz suena más seria—. Llevas varios días rara y ahora me sacas de la fiesta para traerme hasta aquí como si fueras a declararte o a huir del país. Dime qué pasa, Bárbara.

La ironía me arranca una risa triste que se me queda atravesada en la garganta. Sí, me encantaría tener un aniño en el que verter todos mis nervios, pero no… es mucho más complejo.

—Siempre consigues hacerme reír incluso cuando no debería.

Ella se acerca. Me roza la mano con los dedos y ese simple contacto derrumba todo lo llevo dentro, convirtiéndome en lo que realmente soy: en una mujer enamorada, en una mentirosa incapaz de decir la verdad.

—Bárbara… —Su voz se vuelve suave— ¿Qué pasa?

La miro y lo hago de verdad. Como no he dejado de mirarla desde que reapareció en mi vida.

Veo a la mujer de la que me enamoré en esta misma isla hace años.

Veo a mi exmujer. Veo a la persona con la que aprendí lo que significaba sentirse en casa.

Veo a la mujer a la que he herido más de lo que merecía y que sigue teniendo la capacidad de hacerme sentir viva, completa, real.

Se me llena la garganta de palabras que llevo demasiado tiempo callando y al final, empiezo por lo fácil.

—Pase lo que pase en los próximos días… —empiezo, con la voz rota por la emoción—, necesito que recuerdes algo importante. Algo que es verdad por encima de todo.

Lidia frunce el ceño, preocupada.

—No me gusta cómo suena eso. Me estás poniendo nerviosa.

—Déjame hablar, por favor. Solo escúchame.

Ella asiente despacio, tragando saliva.

Mi pulso retumba en mis sienes como un tambor.

—Te he querido siempre —digo, y las palabras salen por fin liberadas—.

Te he querido incluso cuando intentaba convencerme de lo contrario.

Me equivoqué contigo. Me equivoqué al creer que podía construir una vida sin ti.

Me equivoqué pensando que el tiempo arreglaría lo que yo misma rompí.

Me equivoqué creyendo que mi trabajo me ocuparía lo suficiente como para no pensar en ti.

Desde que llegué aquí… desde que volví a verte…

me he dado cuenta de que da igual cuánto corra, cuánto trabaje, cuánto intente distraerme con otras cosas o con otras personas.

No hay un solo lugar en el mundo donde me sienta más yo que contigo, Lidia. Contigo me siento en casa.

La emoción le tiembla en la boca. Veo cómo intenta contener algo que le sube desde el pecho. Cómo respira hondo para no derrumbarse.

—¿Por qué me dices esto ahora? —pregunta casi en un susurro, con la voz temblorosa—. ¿Por qué justo esta noche?

«Porque te he mentido. Porque soy una cobarde. Porque el mundo que hemos construido estos días puede caerse en cuestión de horas cuando llegue Ingrid. Porque tengo miedo de perderte otra vez», pienso.

Pero esta vez no huyo de lo esencial. Le tomo el rostro entre las manos y sonrío.

—Porque te amo —le digo, sintiendo que por fin digo la única verdad limpia que me queda—.

Porque no quiero volver a perderte. Porque esta segunda oportunidad, aunque sea complicada y tengamos que reconstruir muchas cosas, quiero pelearla contigo.

Quiero intentarlo de verdad, sin guardarme nada dentro.

Los ojos de Lidia se llenan de lágrimas que reflejan la luz de la luna. Y verla así, frágil y valiente a la vez, me parte el alma.

—Eres un desastre, Bárbara.

Suelto una pequeña risa ahogada, llena de alivio y de miedo al mismo tiempo.

—Lo sé. Soy un desastre completo.

—Me has hecho llorar en la fiesta preboda de mi padre. Voy a parecer un mapache. Eso debería ser delito —añade ella, secándose una lágrima con el dorso de la mano.

—Lo compensaré. Te lo prometo. Compensaré cada lágrima, cada duda, cada noche que te hice pasar sola.

Ella niega despacio, riéndose entre lágrimas, y entonces me acaricia la mejilla con esa ternura que solo ella sabe dar, esa que siempre me ha hecho sentir que valgo la pena.

—No sé qué va a pasar cuando salgamos de esta isla —dice con la voz más firme—. No sé cómo vamos a arreglar todo lo que nos rompió en su momento. Tengo miedo. Muchísimo miedo. Pero también sé una cosa que es más fuerte que todo eso.

Trago saliva, esperando.

—¿Cuál?

Se pone de puntillas y apoya su frente en la mía. Nuestros alientos se mezclan.

—Que también te quiero. Que nunca he dejado de hacerlo. Y que si esta vez vas en serio… no pienso dejarte escapar tan fácilmente. Esta vez lucharemos juntas, Bárbara.

La emoción me desborda y la beso. Lo hago despacio al principio.

Como si quisiera memorizar el temblor de su boca, la forma en que suspira al sentirme, el calor que se abre paso entre nosotras al contacto.

Luego ella me rodea el cuello con los brazos y todo se vuelve más hondo, más real, más nuestro.

Nos besamos con la luna como testigo, con el mar lamiendo la orilla y la fiesta a lo lejos.

No sé cuánto tiempo nos queda, pero me permito creer que aún hay esperanza. Aunque el miedo siga ahí, latiendo en el fondo. Aunque la verdad siga esperándome como una tormenta que se acerca. Aunque la llegada de Ingrid pueda romperlo todo.

Esta noche, al menos esta noche, Lidia está entre mis brazos. Y su boca sobre la mía me recuerda algo que nunca debí olvidar: que hay amores que no se terminan. Solo esperan el momento para volver a despertar.