Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 36
80%

CAPÍTULO 36

LAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Lidia

Despierto antes de que el mundo empiece a moverse y mucho antes de que el sol se abra paso entre las cortinas.

Los rayos de luz dibujan líneas doradas que recorren la pared, se deslizan sobre la cama y terminan acariciando nuestros cuerpos entrelazados.

Parpadeo despacio, con esa pereza dulce de quien aún no quiere abandonar del todo el sueño. Y lo primero que siento, es a Bárbara.

El calor de su cuerpo pegado al mío me envuelve y me refugia de todo lo que existe fuera de esto, fuera de nosotras.

El peso suave de su brazo descansa sobre mi cintura, y su respiración tranquila, acompasada, roza la piel de mi espalda con cada exhalación.

Cierro los ojos durante unos segundos porque quiero quedarme ahí, en este instante exacto donde todo parece encajar a la perfección.

En este punto donde no hay dudas, ni preguntas, ni nada más allá de este cuarto, de estas sábanas revueltas y de su piel contra la mía.

Aquí, en esta burbuja, todo está bien. Todo está en su sitio.

Aunque eso no eclipsa esa sensación que llevo dentro de mí, ese nudo en el estómago y esa pequeña grieta que lleva varios días abriéndose poco a poco.

Respiro hondo, me giro, y me quedo ahí, observando todo lo que me rodea.

La luz de la mañana se desliza por la espalda desnuda de Bárbara, resaltando cada curva, cada línea, cada pequeño lunar que ya conozco de memoria.

Siento que hay algo que se me escapa entre los dedos, algo que no encaja, que desconozco…

«Algo que tiene que ver con todo lo que está ocurriendo», pienso.

No sé cuánto tiempo pasa, pero de un momento a otro ella se mueve y entreabre los ojos para fijar su mirada en los míos.

—¿Qué haces despierta tan pronto? —murmura ella con la voz ronca y todavía cargada de sueño. Su mano se mueve ligeramente sobre mi piel, un roce perezoso que me recorre la cintura y provoca que el corazón me dé un vuelco involuntario en el pecho.

—No podía dormir —respondo en voz baja, casi en un susurro, para no romper del todo la quietud de la habitación.

—Mmm… —protesta ella, acercándose un poco más, enredando sus piernas con las mías hasta que su nariz roza mi pecho—. Pues vuelve a intentarlo, anda. Todavía es muy temprano.

Sonrío, pero es una sonrisa leve, casi invisible, de esas que no llegan a los ojos.

—Tengo que levantarme —añado con suavidad—. Mi padre quería desayunar conmigo esta mañana. Ya sabes lo nervioso que está por la fiesta que ha organizado para esta noche.

—Traición —susurra Bárbara, medio dormida todavía, con ese tono juguetón que siempre consigue sacarme una risa, aunque no quiera—. Y yo que quería disfrutar de ti un poquito más…

No puedo evitar soltar una pequeña carcajada que rompe la tensión que llevo acumulada. El sonido queda suspendido entre nosotras como una nota ligera marcada por un piano.

—Prometo compensártelo —digo, antes de acercarme a sus labios y regalarle un pequeño beso.

—Más te vale… —responde ella, y se acomoda de nuevo entre las sábanas con un suspiro satisfecho.

En cuestión de segundos vuelve a quedarse dormida, con la respiración profunda y relajada.

La observo un instante más, detenida en la forma en que sus pestañas descansan sobre sus mejillas y en cómo su pecho sube y baja con calma.

Me encantaría poder quedarme aquí horas, solo mirándola, disfrutando de su presencia y de su aroma en mi piel.

Pero hoy precisamente me es imposible. Además, desayunar con mi padre me regalará un poquito de paz…

aunque no pueda apartar esta intranquilidad.

Me levanto despacio. Recojo poco a poco la ropa del suelo, me meto en el aseo y después de darme una ducha rápida, salgo del bungaló.

El aire de la mañana abre de lleno mis pulmones; fresco y cargado del olor a mar, a sal y a esa calma que parece envolver todo el resort pero que a mí ni siquiera me roza.

Dudo en si seguir caminando o tomarme unos minutos para disfrutar del precioso amanecer que tengo ante mis ojos, pero es mi estómago el que me guía esta vez.

El restaurante ya se encuentra en movimiento.

Algunos huéspedes llegan poco a poco, se saludan y empiezan a llenar el espacio con conversaciones suaves y risas apagadas.

Los primeros invitados a la boda de mi padre ya han comenzado a aparecer, y se nota en el ambiente: en la energía, en las sonrisas, en esos saludos desde la distancia, en esa sensación de que algo importante está a punto de ocurrir.

—¡Hija! —La voz de mi padre me saca de golpe de mis pensamientos.

Levanto la mirada y ahí está, sentado en una mesa junto a la terraza, con una taza de café humeante en la mano y esa sonrisa suya que siempre consigue hacerme sentir en casa, como si nada malo pudiera pasar mientras él esté cerca. Sonrío de verdad esta vez y camino hacia él.

—Buenos días, papá.

—Ven aquí —dice, y se levanta para recibirme.

Me abraza fuerte, como si quisiera transmitir en ese gesto todo el cariño que me tiene.

Nos sentamos uno frente al otro. Durante unos segundos no hablamos, solo nos miramos en silencio.

No necesito poner atención en sus ojos para saber que lo ha notado todo en mi cara, en mis ojos, en lo rígidos que tengo los hombros o en esa mirada triste que intento esconder bajo unas gafas de sol que me protegen de la luz, pero no de su capacidad de saber cuándo me pasa algo.

—Bueno… —habla, apoyando los codos en la mesa—. ¿Me vas a contar qué es lo que te pasa o te lo vas a guardar como haces siempre?

Suspiro y bajo la mirada. Mis dedos juegan con la servilleta de tela, doblándola y desdoblándola sin sentido.

—No me pasa nada, papá —respondo, intentando que mi voz suene ligera y despreocupada—. Solo echo de menos a Jota… y también mis rutinas de siempre. Ya sabes cómo soy.

Él no se mueve, tampoco dice nada y ese silencio es mala señal, porque significa que no se cree ni una palabra de lo que sale de mi boca.

—Puede que ya no vivas conmigo —dice al final—, pero sigo reconociendo cuando algo te preocupa de verdad, hija. Cuéntamelo. No me dejes fuera.

Aprieto los labios porque tiene razón. Siempre la tiene.

Y no puedo esconderme de él como lo hago con el resto del mundo.

Si echo la mirada atrás, después de mi divorcio con Bárbara me escondí en mi propia coraza y no permití que nadie más la atravesara.

Pensé que solo así podría sobrevivir, pero con el paso de los años he aprendido que soltar te ayuda a sanar.

Levanto la mirada y entonces cedo, porque con él siempre termino cediendo, porque ahora mismo es el único con el que puedo hablar sin esa sensación constante de estar metiendo la pata con cada elección que hago.

—Siento que a Bárbara le ocurre algo —confieso en voz baja—. Y si te soy sincera… no sé si estoy preparada para ver cómo toda esta felicidad que siento se derrumba y se convierte en una pesadilla de la que no sé si podré escapar.

Mi padre me observa y se toma su tiempo para responder. Sé que Bárbara es muy importante para él, que después de tanto tiempo juntas —entre el noviazgo y el matrimonio— él le tomó mucho cariño. Pero no puedo cargar yo sola con toda esta incertidumbre.

—¿Estás segura de ello? —pregunta con suavidad—. Ya sabes que yo a Bárbara la quiero como si fuera mi propia hija, pero lleváis tiempo separadas… habéis vivido años alejadas la una de la otra y aunque todo haya estado bien, al final… las personas cambian con el tiempo y quizá tú y ella…

—Entre nosotras todo está bien, papá —le corto rápidamente, porque no quiero oírlo.

No quiero que ponga en duda esto que tenemos—.

En serio. Cuando estamos juntas todo parece normal, todo es como antes…

pero estos últimos días ella está… como en otra parte.

Como si su cabeza estuviera en otro sitio y no supiera cómo volver.

Respiro hondo y trago saliva, intentando que el nudo de la garganta baje un poco.

—Y me preocupa que no me diga qué ocurre. Que se lo guarde todo para ella —le explico—. No es la primera vez que pasa.

Mi padre asiente despacio, como si encajara cada pieza del puzle en su mente y entendiera más de lo que yo misma soy capaz de expresar.

—¿Quieres que hable con ella? —Se ofrece sin dudar.

La idea por un momento no me parece descabellada. Que mi padre indagase sería fácil, cómodo, me quitaría ese peso de encima y quizás me daría respuestas a esas preguntas que ahora mismo me están consumiendo por dentro. Pero no, tengo que ser yo la que descubra qué ocurre.

—No.

Él frunce ligeramente el ceño, preocupado.

—Lidia…

—No, de verdad —insisto, mirándolo a los ojos—. No quiero que se sienta presionada. Si le pasa algo, quiero que sea ella quien me lo diga. Cuando esté preparada. Aunque esa espera me esté matando.

—Vale… —acepta al final, aunque se nota que no le convence del todo—. Pero no te cierres tú tampoco, ¿eh? No te guardes todo esto para ti sola.

Asiento porque sé que tiene razón. Aunque eso no hace que sea más fácil cargar con esta incertidumbre que me acompaña a todas partes.

Nos quedamos en silencio unos segundos más, hasta que el ambiente cambia poco a poco y empezamos a hablar de cosas más ligeras: de lo nervioso que está por boda, de alguno de sus amigos que han llegado a la isla y con los que está creando instantes inolvidables, de Miriam y del empeño que ha puesto ella en conseguir que sea una boda de ensueño para ambos, de lo que hay preparado para esta noche.

Por un rato, todo parece normal. La conversación fluye, las risas surgen con naturalidad y la tensión que llevaba dentro se afloja un poco, aunque no desaparece del todo.

Cuando nos levantamos de la mesa, mi padre me brinda un abrazo y me aprieta contra él con cariño.

—Pase lo que pase… —dice con voz firme y serena—, vas a estar bien. Y yo voy a estar aquí, siempre.

Lo miro y sonrío, pero por dentro no estoy segura. No esta vez. Me inclino hacia él y le doy un beso suave en la mejilla, aspirando ese olor familiar a aftershave y a casa.

—Te quiero, papá.

—Y yo a ti, hija. Mucho.

Me separo de él y camino hacia la salida del restaurante.

El sol ya está más alto en el cielo y la playa brilla con esa luz intensa de la mañana.

El mar parece tranquilo, casi en calma, con sus olas suaves rompiendo contra la orilla.

Así que decido caminar sin rumbo fijo, dejando que mis pies me lleven.

Mientras avanzo, solo hay una cosa que no puedo quitarme de la cabeza: el miedo a que algo esté a punto de romperse entre nosotras.

Me gustaría poder decir que voy a poder soportarlo.

Pero no sé si voy a tener la fuerza suficiente para ver cómo lo que hemos construido se agrieta hasta hacerse pedazos.

Porque Bárbara es mi todo, siempre lo fue y aunque lo he mantenido oculto, siempre lo ha sido.

Y la idea de perderla de nuevo, me aterra de una forma que no puedo explicar con palabras.

Sigo caminando, con el viento del mar revolviéndome el pelo y el corazón latiéndome con fuerza dentro del pecho.

Cada paso sobre la arena me recuerda que el tiempo sigue avanzando, que la boda se acerca y que, pase lo que pase, tendré que enfrentarme a lo que sea que esté ocurriendo.

Porque no quiero huir. No quiero fingir que todo está bien cuando sé que no lo está.

Quiero enfrentarme a ello, entenderlo. Y, sobre todo, quiero que Bárbara confíe en mí lo suficiente como para contármelo.

Aunque eso signifique que mi mundo se tambalee durante un tiempo.

Aunque signifique que tenga que reconstruirnos de nuevo.

Porque si hay algo que tengo claro, es que no estoy dispuesta a perderla sin luchar.

No después de todo lo que hemos vivido. No después de haber encontrado en ella ese hogar que tanto tiempo he necesitado y que no he encontrado en nadie más.