Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

Y ahí está otra vez. La oportunidad. La última, quizá. Pero niego suavemente con la cabeza y apoyo la frente contra la suya, cerrando los ojos un momento para sentirla más y perderme en su aroma.

—Ahora mismo… solo quiero estar contigo, Lidia. Solo eso —respondo, y mi voz suena ronca, cargada de todo lo que me quema por dentro.

Sus ojos me estudian con atención, me analizan como si intentaran leer entre líneas lo que escondo. Durante unos segundos temo que lo haga, temo que lo descubra sin necesidad de que yo abra la boca. Pero no lo consigue y al final, cede.

—Eres herméticamente imposible, Bárbara… pero te quiero así —murmura con una media sonrisa que no llega del todo a sus ojos, cargada de resignación y también de amor.

Sonrío apenas, sin alegría, sin esa ligereza que solía tener antes de que todo se complicara.

Pero ella no lo nota. O quizá no quiere notarlo.

Sus manos vuelven a buscarme, y esta vez no hay prisa, no hay urgencia.

Solo una necesidad profunda, casi animal, de sentirnos, de encontrarnos de nuevo en la piel de la otra, de aferrarnos a algo que sabemos que es real aunque todo lo demás parezca una mentira.

La noche avanza despacio entre nosotras, entre jadeos que se escapan de nuestros labios hinchados, entre caricias que hablan por sí mismas. Entre miradas que se quedan grabadas en algún lugar de mi memoria del que sé que no voy a poder escapar por más que lo intente.

Mientras la tengo entre mis brazos, mientras su piel se mezcla con la mía en una danza lenta y profunda, mientras su respiración se calma y luego se acelera contra mi cuello y siento su corazón latiendo tan cerca del mío, solo puedo pensar una cosa: que no quiero que esto termine nunca, que no quiero perderla, que no quiero enfrentarme a lo que vendrá cuando Ingrid llegue y todo explote.

Pero ya es inevitable. Porque la verdad está de camino.

Porque Ingrid estará aquí en cuestión de horas.

Porque el tiempo se ha acabado para nosotras.

La abrazo más fuerte, como si pudiera retener este momento para siempre, como si pudiera quedarme aquí, en este bungaló perdido en Ukulhas, en este instante exacto, para siempre. Sabiendo, en el fondo de mi corazón roto, que cuando amanezca nada volverá a ser lo mismo.

Mis manos bajan por su espalda con lentitud, sintiendo cada centímetro de piel que arde bajo mis dedos.

La empujo con suavidad hacia la cama y ella se deja llevar sin resistencia, con los ojos oscurecidos por el deseo.

Caemos sobre las sábanas enredadas, y el beso se vuelve más profundo, más salvaje.

Mi lengua entra en su boca con hambre, explorando, reclamando, mientras mis manos suben por debajo de su camiseta ligera y acarician su vientre, subiendo hasta sus pechos.

Los aprieto con posesión, sintiendo cómo sus pezones se endurecen al instante bajo mis palmas, y ella gime contra mis labios, encendiéndome.

—Joder, Bárbara… —jadea ella, arqueando la espalda para buscar más contacto.

No respondo con palabras. En su lugar, le quito la ropa dejando al descubierto su piel dorada por el sol de estos días.

Mi boca baja por su cuello, mordiendo y lamiendo hasta sus pechos.

Tomo uno en mi boca, chupando con fuerza el pezón mientras mi mano aprieta el otro, tirando de él con los dedos.

Lidia se retuerce debajo de mí, sus uñas se clavan en mi espalda y me arañan con esa mezcla de placer y dolor que siempre nos ha gustado.

Sus piernas se abren instintivamente, rodeándome la cintura, siento el calor húmedo de su sexo contra mi muslo incluso a través de la ropa.

Me incorporo un momento para desnudarme al completo, y ella me mira con ojos brillantes, hambrientos.

Sus manos bajan por mi torso, delineando cada curva de mi cuerpo y ella hace lo mismo, liberándose de su ropa interior en un segundo.

Nuestros cuerpos se encuentran de nuevo, piel contra piel, caliente y sudada.

Mi mano baja entre sus piernas sin piedad, encontrando su clítoris hinchado y resbaladizo.

Lo froto en círculos rápidos y firmes, y ella gime más alto, clavándome las uñas en los hombros.

—Más… por favor… —suplica, moviendo la cadera contra mi mano.

Introduzco dos dedos en ella, sintiendo cómo sus paredes me apresan con fuerza, húmedas y calientes.

Los muevo con ritmo duro, curvándolos para tocar ese punto que sé que la vuelve loca, mientras mi pulgar sigue presionando su clítoris.

Lidia se arquea, gimiendo mi nombre una y otra vez, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados de placer.

Su cuerpo tiembla y ella empuja buscando más profundidad.

No puedo esperar más. Me coloco entre sus piernas abiertas, bajando la cabeza hasta su sexo.

Mi lengua la lame con avidez, saboreando su sabor salado y dulce, chupando su clítoris con fuerza mientras mis dedos siguen entrando y saliendo de ella sin parar.

Lidia grita, sus manos se enredan en mi pelo y me aprietan contra ella, moviéndose contra mi boca con desesperación.

La llevo al borde una y otra vez, lamiendo, chupando, mordiendo suavemente, hasta que su cuerpo se tensa como un arco y explota en un orgasmo intenso, temblando y gritando mi nombre mientras sus fluidos me mojan la boca y la barbilla.

Sigo lamiéndola prolongando su placer, y luego subo por su cuerpo, besándola para que se pruebe a sí misma en mis labios.

Ella me gira con fuerza, colocándose encima de mí.

Sus ojos brillan con esa determinación salvaje que me encanta.

Baja por mi cuerpo, besando y mordiendo mi piel, hasta llegar a mi sexo empapado.

Su lengua me ataca sin piedad, lamiendo mi clítoris con movimientos rápidos y precisos, introduciendo dos dedos dentro de mí con fuerza.

Gimo alto, agarrando las sábanas con los puños, moviendo las caderas contra su boca mientras el placer me sube por la columna como fuego líquido.

—Lidia… Dios…

Ella no para, chupando con más fuerza, curvando los dedos dentro de mí hasta que exploto con un grito ahogado, temblando violentamente mientras el orgasmo me recorre entera, dejándome sin aliento y con el cuerpo convulsionando.

Caemos las dos exhaustas, sudadas y jadeantes, abrazadas con fuerza. Nuestros cuerpos todavía tiemblan por los restos del placer. La abrazo contra mi pecho, besando su pelo húmedo, mientras el silencio vuelve a llenar la habitación, roto solo por nuestras respiraciones agitadas.

Es en este momento, mientras la tengo entre mis brazos y soy consciente de que es posible que no nos volvamos a entregar así, que el dolor se hace más fuerte.

Porque ya no hay marcha atrás para este desastre, porque mañana todo dejará de ser dulce y regresaremos a ese punto en el que dejamos de existir.