Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

LA ÚLTIMA NOCHE

Bárbara

La noche cae sobre Ukulhas. El cielo se oscurece poco a poco, casi sin que nos demos cuenta, como si alguien hubiera bajado la intensidad de la luz del mundo entero.

Ahora la luna llena se alza majestuosa sobre el mar, reflejándose en la superficie calmada formando un camino de plata líquida que invita a perderse en él.

Camino junto a Lidia de regreso a los bungalós, y cada paso que doy pesa en mis piernas.

No estoy cansada físicamente hablando, es emocional, ese nudo apretado que me oprime el corazón y me impide respirar con normalidad.

El aire es cálido, denso y húmedo, cargado del olor penetrante a sal marina mezclada con el aroma dulce y embriagador de las flores que flanquean el camino.

Las farolas del sendero proyectan una luz tenue, amarillenta, que dibuja sombras danzantes sobre la arena blanca.

El sonido constante del mar, rítmico, profundo y eterno, parece marcar el compás de algo que está a punto de terminar para siempre.

Porque lo sé. Lo siento en cada célula de mi cuerpo, en cada latido acelerado de mi corazón.

Esta noche es la última que Lidia y yo viviremos juntas.

No porque yo lo desee con el alma, sino porque ya no puedo sostener esta mentira ni un segundo más.

—Es maravilloso ver a mi padre y a Mirian tan felices, ¿verdad? —pregunta Lidia de pronto, rompiendo el silencio que nos envuelve.

—Si… —murmuro yo, llevando la mirada hacia las estrellas—. Me recuerdan a nosotras hace años atrás, cuando estábamos a tan solo unos días de casarnos…

—Yo casi me como a la florista, lo recuerdo.

Su risa ilumina mi mundo un instante. Después de la mañana que le he dado, de todas mis evasivas, de sus insistentes miradas…

su risa es como una ráfaga de aire helado en mitad del desierto.

Yo solo sonrío, apretando un poco más su mano entre mis dedos.

Estoy agotada, tan agotada que siento que he perdido la energía —también las ganas, la felicidad— por el camino.

El silencio regresa, el mar ruge con suavidad y yo solo soy capaz de suspirar, de sentir cómo el aire se escapa de mis pulmones. Me duele el corazón, me duele tanto que no sé si voy a ser capaz de recomponerme de estas heridas en algún momento.

—Sé que me has dicho que estás bien, que no tengo de qué preocuparme, pero… —susurra Lidia, acercándose un poco más a mí—. No puedes esconderme lo que sea que te pasa, Bárbara. Porque yo no soy cualquier persona, te conozco bien, y lo sabes.

«Claro que lo sé…», respondo para mí misma antes de abrir la boca.

La miro de reojo mientras seguimos caminando despacio y noto en sus ojos la preocupación. Ha estado ahí todo el día, sobre todo después de mi conversación por teléfono con Ingrid. Nunca he sido capaz de ocultar lo que siento, y la situación me está superando.

—Son cosas del trabajo, te lo dije antes… —respondo, acariciando el dorso de su mano para que no se preocupe. Aunque a mí me suena vacío, falso y sin vida, como si mis palabras hubieran perdido su significado al salir de mi boca.

Ella se detiene de golpe en medio del sendero y eso provoca que yo me pare en seco, casi sin querer, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas.

—No —niega con decisión, girándose hacia mí hasta quedar frente a frente—.

No estás bien. Lo noto. Y sí, puedes hacerme creer que no te pasa nada, pero no es cierto.

¿Se puede saber qué te pasa, Bárbara? ¿A qué le tienes miedo?

—añade, elevando un poco el tono sin llegar a gritar, pero con esa intensidad que me hace sentir pequeña—.

¡Llevas todo el día así! Me ocultas algo y yo no puedo seguir así…

El golpe es seco, preciso y absolutamente merecido.

Siento que el estómago se me encoge como si me hubiesen dado un puñetazo, y cómo todo lo que llevo horas, días enteros evitando con desesperación, me alcanza de repente como una ola gigante.

Durante un instante estoy a punto de decírselo todo, de soltarlo, de dejar de mentir de una vez por todas y liberar esta carga que me está matando por dentro.

Pero entonces aparece el miedo, ese miedo tan grande y paralizante a perderla para siempre, a ver cómo esa luz tan especial y brillante que tiene en los ojos cuando me mira desaparece.

El miedo a romper esto que hemos vuelto a construir, a rompernos a las dos de una manera irreparable.

—Lidia… —empiezo en voz baja, casi un susurro que se pierde entre el rumor constante de las olas—. Yo…

Pero no sé cómo seguir. No encuentro las palabras adecuadas porque no hay forma bonita ni suave de decir la verdad, no hay manera de contarlo sin que duela. Ella espera en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Si hay algo que de verdad me molesta en esta vida —añade más despacio, midiendo cada sílaba con cuidado—, es sentir que me toman por tonta, Bárbara.

Aprieto los labios con tanta fuerza que casi me duelen.

—No es eso… —murmuro, aunque sé que suena débil y poco convincente.

—Entonces dime qué es —insiste ella, sin apartar la mirada ni un segundo, con esa determinación que siempre me ha enamorado y aterrado al mismo tiempo.

El silencio vuelve a caer entre nosotras.

El mar sigue sonando a lo lejos, la brisa nocturna mueve su pelo con suavidad, la noche sigue avanzando sin piedad.

Y yo… sigo sin ser capaz de hablar. Decirlo ahora, aquí, en este momento tan frágil y cargado de emociones, lo rompería todo: la boda, la calma relativa que hemos conseguido encontrar estos días en la isla, este pequeño espacio íntimo en el que hemos vuelto a encontrarnos después de tanto tiempo separadas.

Y sí, es egoísta por mi parte, lo sé perfectamente y me lo repito una y otra vez, pero no puedo.

«Pues solo tienes dos días…», me recuerda una vocecita en mi cabeza. Pero doy un paso hacia ella con el corazón acelerado, acortando la distancia que nos.

—Oye… —susurro con voz ronca. Alzo la mano con lentitud y acaricio su brazo con el dorso de los dedos, sintiendo su calor quemándome la piel—. No quiero discutir contigo esta noche —murmuro, casi sin voz, con la garganta apretada.

—Pues deja de darme motivos, joder —responde ella, sin apartarse ni un centímetro, con los ojos todavía clavados en los míos.

Sus ojos exigen respuestas que no puedo darle y yo… me rindo. Pero no como debería rendirme. Me rindo usando aquello que siempre ha funcionado entre nosotras, lo único que puede transformar este momento tan peligroso y cargado de tensión, en uno más dulce e inolvidable.

La acerco hacia mí despacio y mis manos buscan su cintura con posesividad. Su cuerpo reacciona al instante, siempre lo hace, como si estuviera programado para reconocerme incluso cuando todo lo demás se desmorona a nuestro alrededor.

—Bárbara… —empieza ella, con una clara advertencia en la voz.

Pero no la dejo terminar. Porque mi boca ya está sobre la suya con hambre, y el beso no es suave ni lento ni tierno.

Es urgente, necesitado, casi desesperado, como si en ese contacto pudiera esconder todo lo que no soy capaz de decirle con palabras.

Como si besarla fuera mucho más fácil que mirarla a los ojos y confesarle la verdad que llevo días guardando.

Lidia responde con la misma intensidad, claro que responde.

Sus manos suben por mi espalda, se aferran a mi ropa y me acercan más a su cuerpo, pegándonos hasta que no queda ni un centímetro de aire entre nosotras.

Y en cuestión de segundos la tensión cambia, se transforma en algo eléctrico y ardiente.

El enfado se diluye como la sal en el agua del mar, la distancia emocional desaparece, y solo quedamos nosotras dos.

Respirando la una contra la otra, recordando cada caricia que hemos compartido en el pasado, deseándonos con esa intensidad salvaje que siempre nos ha unido y nos ha destruido al mismo tiempo.

—Siempre haces lo mismo… —murmura ella contra mis labios, sin apartarse del todo, con la voz ronca y entrecortada por el deseo—. Cuando no quieres hablar, recurres a esto para callarme.

—No quiero perderte… —confieso en un susurro que apenas reconozco como mío, un susurro cargado de miedo, de necesidad y de un amor que me duele en el alma.

Y no miento. Aunque no sea toda la verdad que Lidia merece.

—No me vas a perder…

Sus palabras suenan a promesa y eso me rompe por dentro. Porque no sabe nada de lo que se avecina. Porque no puede saberlo todavía. Porque soy yo la que está a punto de hacerlo estallar todo sin remedio y sin vuelta atrás.

La beso de nuevo, pero esta vez lo hago con más cuidado, como si quiera memorizarla con detalle: el tacto suave y caliente de su piel bajo mis dedos, el sabor dulce y familiar de su boca, la forma en la que su respiración se entrecorta y se acelera cuando mi lengua roza la suya con hambre.

Sé que esta puede ser la última vez que la bese así, que la sienta así.

Puede ser que esta noche sea un adiós disfrazado de deseo y amor, un amor que ahora me quema en la piel.

Llegamos al bungaló casi sin darnos cuenta, entre besos que se hacen cada vez más profundos y urgentes, entre caricias desesperadas a toda velocidad.

El tiempo se nos escapa, y yo noto como se desvanecen los segundos en cada instante que sus manos tocan mi cuerpo y se me acelera el corazón.

La puerta se cierra y el mundo entero se queda fuera, lejos de nosotras.

La penumbra del interior nos envuelve. Solo la luz tenue de una lámpara de mesilla ilumina el espacio con tonos dorados, haciendo que todo parezca más íntimo, más nuestro, más secreto y prohibido.

Lidia se separa apenas lo justo para mirarme a los ojos, con los labios hinchados y brillantes por mis besos.

—Sigues sin decirme qué pasa… —susurra, con ternura, preocupación y deseo.