Prohibido repetir contigo CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

DEMASIADO TARDE PARA FRENARLO

Bárbara

Fuera de la boutique

El aire fuera de la boutique se siente más denso de lo que recuerdo, o quizá soy yo la que lo percibe así.

Es como si mi propio cuerpo me avisara de que lo que está a punto de pasar no va a ser nada fácil.

El móvil sigue vibrando en mi mano, insistente, implacable, como si no estuviera dispuesto a darme ni un segundo de tregua hasta que conteste.

Aprieto los labios con fuerza y miro hacia el interior un segundo, a través del cristal.

Lidia sigue allí, de pie, con la mirada clavada en mi dirección.

Por un instante quiero salir corriendo hacia la playa, ignorar la llamada y fingir que nada ocurre, seguir viviendo en esta burbuja que he construido con ella como si el mundo real no existiera.

Pero no puedo. No esta vez. No después de todo lo que ha pasado estos días.

Deslizo el dedo por la pantalla y contesto con la voz más neutra que consigo sacar.

—¿Sí?

—¡Hombre! Por fin coges el teléfono y te dignas a responderme. Llevo el día entero intentando contactar contigo, ¿se puede saber qué coño te pasa?

Cierro los ojos un segundo y respiro hondo. Estoy agotada, tan agotada que casi me duele el alma. Pienso en Lidia y la culpa me sube por la garganta como si fuera bilis. «¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo he podido engañarlas de esta manera?»

—Si no te he respondido es porque estoy ocupada —contesto, con una aspereza que ni siquiera intento disimular—. Te recuerdo que no he venido a las Maldivas para pasármelo bien, Ingrid. La boda de Pablo, todo el lío de la organización… No es un puto crucero de placer por el Mediterráneo.

El silencio al otro lado dura apenas un segundo, pero se me hace eterno. Cuando vuelve a hablar, su tono ha cambiado, y sé que esto va a explotar. Ingrid siempre ha tenido un carácter fuerte. No es la primera vez que discutimos. Pero sé que esto no va a ser una discusión normal.

—¿Perdona? ¿Ocupada? ¿Eso es lo que tienes que decirme después de ignorarme durante todo el día?

Soy tu novia, Bárbara —continúa ella, con la voz temblando de rabia—.

Creo que al menos merezco que estés un poco atenta a lo que me pasa, no que desaparezcas como si yo no existiera y lo nuestro no valiera una mierda.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duele y noto cómo la tensión me sube por el cuello hasta la nuca, caliente y asfixiante.

Mi mente va a mil por hora. No sé cómo explicarle a Ingrid que desde que puse un pie en la isla y me crucé con Lidia, ya nada es lo mismo.

No sé cómo decirle que estoy enamorada de otra, que cada vez que Lidia me toca el tiempo se detiene y todo lo demás desaparece.

—No he desaparecido —replico, intentando sonar firme, aunque por dentro esté temblando—. Solo tengo responsabilidades. No puedo estar pegada al teléfono todo el día.

—¿Más importantes que contestar un mensaje? —ataca ella, elevando la voz—. ¿Más importantes que devolver una simple llamada? ¿Más importantes que yo, Bárbara? Porque eso es lo que parece, ¿sabes? Que yo ya no pinto nada en tu vida y que lo que sea que tienes ahí, te tiene absorbida.

Me muerdo la lengua porque la respuesta es que «si». Que Lidia es más importante. Que todo lo que tengo con ella, esta conexión que hemos recuperado… Todo pesa más que ella, que lo que dejé en Londres y en esa vida que me ha costado construir dos años.

—Estás muy rara —añade ella, bajando un poco el tono pero sin ocultar su dolor—.

Y no es la primera vez que lo noto. Desde que hablamos la primera noche después de tu llegada, cada conversación ha sido más fría que la anterior.

¿Te pasa algo conmigo? ¿Todo va bien por allí? ¿Es por Lidia que estás así?

Cierro los ojos y me masajeo la frente pensando en Lidia, en todas las noches que hemos pasado juntas, en esa pasión desbordada que llevo pegada a la piel y que solo despierta con ella.

Sí, estoy muy rara, y lo estoy porque estoy enamorada.

Y lo peor de esto no es eso, es que quizá nunca quise a Ingrid de la manera que ella esperaba.

Que simplemente la usé para amortiguar el dolor que sentía.

—No empieces, Ingrid —murmuro, intentando cortar el tema—. Ya hablamos de eso y creo que te dejé bien claro las cosas.

—No, Bárbara, no —insiste ella, elevando la voz otra vez—.

No voy a hacer como si aquí no pasara nada, porque pasa.

Y mucho. Me estás evitando, me tratas como a una extraña, y yo estoy aquí, en casa, pensando en ti a todas horas.

¿Sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que duele?

Te animé a que fueras porque sabía que era importante, pero no para que te alejaras de mí de esta manera.

Mi paciencia se resquebraja por completo. Siento que el enfado me sube desde el estómago, mezclándose con la culpa y con ese pánico que no me deja respirar.

—¿Sabes qué es lo que pasa? —respondo con dureza—.

Que estoy cansada de tener que darte explicaciones por todo lo que hago, todo lo que siento o todo lo que.

Ha sido así siempre, desde que llegué a Londres y formé parte del equipo.

Siempre cuestionándolo todo, convirtiendo un problema pequeño en una discusión.

Solo cuando hago lo que tú quieres que haga, es que eres malditamente feliz.

—¿Necesitar hablar contigo es un problema? —repite ella, incrédula y con la voz rota—. Dime la verdad, Bárbara, ¿hay alguien más? Porque esto no es normal. Tú no eres así.

—Siempre he sido así, solo que me he pasado demasiado tiempo ocultándome bajo capas y capas de mentiras —suelto sin pensar, y en cuanto las palabras salen de mi boca sé que me he pasado de la raya.

El silencio que sigue es pesado, peligroso, como el que precede a una tormenta de verdad.

Por dentro, mi cabeza no para: «¿Alguien más?

Sí, Ingrid, hay alguien más. Es Lidia, mi exmujer, y me hace sentir cosas que contigo nunca he logrado sentir».

Pero no lo digo, me lo callo y me muerdo la lengua para no cometer tal estupidez.

—No te reconozco —dice ella, más bajo, casi susurrando—. Nunca has sido así conmigo. La Bárbara que yo conozco no me trataría como si no le importase una mierda. ¿Qué te ha pasado en esa isla? ¿Qué te han hecho?

La culpa me atraviesa el pecho. No puedo dejar salir todo lo que llevo dentro porque si lo hago, la boda, Pablo, Miriam, y sobre todo Lidia, desaparecerán. Y yo no estoy preparada para volver a perder todo lo que he recuperado estos días.

—Estoy cansada, Ingrid —repito, como si eso lo explicara todo, aunque sé que no es verdad.

—No —responde ella con suavidad, pero firme, casi suplicando—. No estás cansada. Estás distante. Fría. Como si ya no quisieras ni hablar conmigo. Dime la verdad, por favor.

No contesto porque no sé qué decir. Porque no sé cómo explicarle que tiene razón, que algo ha cambiado, que ya no es lo mismo, que cada día me cuesta más fingir que sigo siendo la misma Bárbara de la que se enamoró.

Pienso en Lidia de nuevo, en el daño que le hice una vez y en las ganas que tengo de asegurarle que las cosas serán diferentes esta vez.

—Bueno —continúa Ingrid después de unos segundos, intentando sonar más calmada—. Ya arreglaremos todo esto en cuanto llegue.

Frunzo el ceño, confundida, y el corazón me da un vuelco.

—¿Cuando llegues a dónde, Ingrid?

—Si hubieses leído los mensajes que te envié, sabrías que he sacado unos billetes para Maldivas. Salgo esta noche, así que llegaré en unos días. Pensé que sería bonito poder estar juntas en la boda de Pablo y aprovechar para pasar unos días allí.

El mundo se detiene literalmente. Siento cómo los latidos de mi corazón se me suben a los oídos, cómo el suelo bajo mis pies deja de ser firme y cómo todo empieza a tambalearse. «No puede ser…». La culpa me ahoga, pero también el miedo.

—¿Qué…? —murmuro, sin poder evitarlo, con la voz temblando.

—Pues eso. Pensé que sería bonito que estuvieras acompañada —continúa ella, con un tono que intenta ser ilusionado pero que suena forzado—.

Poder estar juntas y aprovechar para pasar unos días en la playa y desconectar de todo.

Te echo de menos. Mucho. Y a la vista está que necesitamos un tiempo a solas.

No respondo porque las palabras se me atragantan. De pronto todo tiene sentido: la insistencia, los mensajes, las llamadas. Pensé que no querría venir y quizá fue mi error no comentárselo antes.

—Vaya… —dice ella tras unos segundos, con la voz teñida de decepción—. Todo tiene que ir muy mal para que ni siquiera te alegres por verme.

Trago saliva e intento recomponerme, aunque por dentro todo se desmorone como un castillo de arena.

—No, no es eso… —miento, y odio cómo suena mi propia voz—. Es que… estoy en la boutique con Pablo y Miriam. Es la última prueba y no esperaba… No esperaba que fueras a venir. Me has sorprendido.

—Ve con ellos —me corta ella, seca y cortante—. Ya hablaremos cuando llegue. Y Bárbara… no me hagas sentir que soy la única que lucha por lo nuestro.

Y antes de que pueda decir nada más, la llamada se corta.

«Ingrid va a venir a Maldivas…»

Un temblor me recorre el cuerpo entero. Tengo las manos frías, la respiración irregular y una sensación de presión en las sientes que no soporto. Pienso en Lidia, en nosotras y no sé cómo voy a poder mirarla a los ojos y decirle que mi novia estará aquí en cuestión de días.

—Joder… —susurro, llevándome una mano a la frente, sintiendo que las lágrimas amenazan con salir.

«Ya no hay escapatoria, ya no hay forma de evitarlo. No hay más tiempo. Todo lo que he estado evitando está a punto de estallarme en la cara…»

Respiro hondo una vez, dos, tres, pero no sirve de nada. Porque cuando levanto la mirada hacia la puerta, sé que debo regresar y fingir una vez más, aunque todo esto me esté matando por dentro.

Guardo el teléfono y empujo la puerta con suavidad. El aire frío de la boutique me golpea de nuevo en la cara y cuando me siento junto a Lidia en el sofá, ella no tarda en preguntar:

—¿Todo bien? —pregunta, dedicándome una sonrisa que en otras circunstancias me calmaría y ahora me altera.

Me obligo a sonreír, a aparentar normalidad, a sostener esta mentira un poco más.

—Sí, sí —respondo, intentando que la voz no me tiemble—. Cosas del trabajo. Ya sabes.

La frase me sale automática, fácil, demasiado fácil.

Pero por dentro todo es muy diferente, porque no son cosas del trabajo lo que me ocurre, porque no hay nada profesional en este lío en el que me he metido, porque lo que está a punto de ocurrir va a arrasar con todo, y Lidia no se merece volver a sufrir por mí.